¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

AITANA

El sol cae sobre Paraíso Azul de una manera escandalosa, provocando que hasta el agua del mar adquiera un tono más brillante de lo normal.

Desde la barandilla de la terraza del club de playa, observo el torneo de vóley-playa interdepartamental, con una copa de agua con hielo y limón en la mano derecha y la mandíbula tan apretada que me duelen hasta las muelas.

No sé en qué maldito momento he pasado de supervisar un evento de verano a comportarme mentalmente como una adolescente posesiva, desquiciada y tóxica.

Pero aquí estoy, viendo a la chica que me gusta coquetear descaradamente con otra persona.

La culpa de todo este descontrol tiene nombre propio, unas piernas espectaculares y una risa que se me mete bajo la piel como si fuera arena caliente.

A nivel de gestión, el evento está siendo un éxito rotundo.

La banda local que contratamos ofrece unas versiones veraniegas impecables, los huéspedes aplauden entusiasmados desde sus hamacas y los miembros del consejo de administración llevan media mañana dándome palmaditas en la espalda y felicitándome por la excelente organización.

Técnicamente, todo marcha sobre ruedas. Técnicamente.

Porque emocionalmente, soy un auténtico incendio forestal a punto de arrasar el complejo.

—Aitana, querida, esto ha superado con creces mis expectativas —comenta a mi lado uno de los inversores, Mauricio Ferrer, mientras se recoloca las gafas de sol con un gesto de absoluta satisfacción—.

La idea de contratar a esta banda de música local ha sido un acierto.

El ambiente exclusivo pero cercano que han logrado crear es inmejorable.

Aprieto los dedos alrededor del vaso de cristal frío con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos por la presión.

La contratación de esa banda de música fue una propuesta directa de Valeria, una de esas genialidades espontáneas suyas.

Una idea brillante, como casi todo lo que propone.

Sin embargo, de cara al inversor, no lo menciono.

Mantengo mi postura impecable, mi tono y la profesionalidad que se espera de una alta ejecutiva de mi rango.

—Era fundamental preservar la esencia y la identidad mediterránea del complejo para este día, Mauricio —respondo, forzando una sonrisa de lo más diplomática.

Modulando mi voz con un tono sereno, medido y analítico—.

Nuestros huéspedes de perfil alto buscan una experiencia de autenticidad local, no simplemente el lujo estandarizado que pueden encontrar en cualquier otro resort. Hay que marcar la diferencia.

Mi tono suena firme, seguro, terriblemente frío y perfectamente controlado de cara al público.

Por dentro, sin embargo, mi atención y mi cordura permanecen completamente secuestradas por lo que ocurre abajo, en la pista de arena caliente de la playa.

Valeria salta con una agilidad felina para devolver una pelota casi imposible rozando la red y el público de las tumbonas estalla en aplausos y vítores.

Lleva unos shorts vaqueros blancos ridículamente cortos que le sientan de escándalo y le realzan el culo de forma espectacular, combinados con una camiseta sin mangas que se ha anudado con descaro justo bajo el pecho, dejando a la vista una tentadora, tersa y sudada franja de piel bronceada por el sol.

El pelo castaño, recogido hoy en una coleta alta y algo desordenada por el viento marino, se balancea de un lado a otro con cada uno de sus movimientos, y cada vez que suelta una carcajada, ese sonido limpio se me clava directamente en el pecho como un puñal de fuego.

Y ríe mucho. Demasiado para mi gusto. Sobre todo con la socorrista rubia que juega en su mismo equipo, una chica que resulta ser amiga de Clara y que reconozco casi al instante gracias a su tatuaje tribal.

Una mujer alta, atlética, con un cuerpo escultural y que, para colmo de mis males, no deja de acercarse a Valeria con total confianza cada vez que celebran un punto a favor.

Siento cómo algo sumamente desagradable, afilado, caliente y posesivo se retuerce con fuerza en lo más profundo de mi estómago.

Sí, lo admito, son celos. Unos celos absurdos, ridículos y completamente injustificados.

Porque fui yo, y nadie más que yo, la que le dijo hace apenas unos días que aquel maldito beso bajo el escritorio había sido un error del que debíamos olvidarnos.

Yo. La misma imbécil que ahora se consume de rabia observándola desde la distancia mientras otra la toca.

La pelota cruza la red una vez más y Valeria corre hacia atrás entre risas tontas mientras la rubia la sujeta firmemente por la cintura desde atrás para impedir que caiga de espaldas sobre la arena de la playa. El roce entre sus cuerpos es innegable.

—Joder —murmuro entre dientes, perdiendo por un segundo la postura.

—¿Decías algo, Aitana? —pregunta Mauricio, girándose hacia mí con curiosidad tras escuchar mi exclamación.

Me aclaro la garganta al instante, recuperando el control por puro instinto de supervivencia, y le ofrezco una sonrisa perfectamente educada y ensayada.

—Nada de importancia, Mauricio. Solo comentaba lo bien que han quedado las lonas publicitarias del torneo. Un impacto de marca e imagen excelente.

Abajo, la rubia se inclina con descaro hacia el oído de Valeria y le susurra algo que no alcanzo a escuchar por culpa de la música de la banda.

Valeria se dobla literalmente de la risa, con esa alegría suya tan genuina, luminosa y andaluza, y después le devuelve a la otra un pequeño empujón de lo más juguetón con la cadera, seguido de una palmada en el hombro.

En ese preciso instante, algo dentro de mi paciencia se quiebra de forma definitiva y radical.

Valeria levanta la vista en ese mismo momento hacia la terraza, como si tuviera un radar para localizarme, y me encuentra observándola con los brazos cruzados y una mirada que podría congelar el mismísimo desierto del Sáhara.

Durante un segundo eterno, todo el bullicio del torneo, la música de la banda y los aplausos desaparecen entre las dos.

Ella se queda completamente quieta sobre la arena.

Yo también me tenso. Y entonces, la muy inconsciente, descarada y provocadora me dedica una sonrisa lenta, cargada de una intención tan evidente que me corta la respiración.

Sabe perfectamente lo que está provocando en mí.

Lo sabe, lo disfruta y se está regodeando en mi miseria.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que juro que noto un crujido en los dientes.

—Disculpadme un momento, por favor —le digo a todos los presentes, sin esperar a que me den su aprobación.

Dejo la copa de agua con limón sobre la mesa y bajo las escaleras de madera con el corazón golpeándome las costillas como si fuera un tambor de guerra.

El calor abrasador de la arena de la playa atraviesa las suelas de mis sandalias en cuanto llego a la pista de juego, justo en el mismo instante en que el árbitro pita el final del encuentro.

El equipo de Valeria gana el partido. Los aplausos de los huéspedes se multiplican, la banda sube el volumen de los altavoces de forma atronadora y los clientes gritan celebrando la victoria.

Valeria levanta los brazos al cielo con los ojos brillantes y el cuerpo perlado de sudor por el esfuerzo físico, mientras la dichosa rubia la abraza por detrás levantándola a medias del suelo con una familiaridad que me resulta intolerable.

No. Ni hablar. Hasta aquí hemos llegado con las libertades.

Camino directamente hacia ellas con una calma tan sumamente glacial, recta y peligrosa que incluso Paco, que andaba por allí colocando unas vallas, se aparta prudentemente de mi camino arrastrando los pies hacia atrás.

Normal que se asusten. En este preciso momento, os juro que sería capaz de despedir al planeta entero si con eso consiguiera apagar este fuego visceral que me recorre las venas.

Le arrebato el trofeo de metacrilato de las manos a uno de los organizadores del torneo que andaba despistado y obligo a los músculos de mi rostro a mostrar una expresión completamente neutra, profesional, impecable y de una autoridad aplastante.

Valeria me ve acercarme a su posición y su sonrisa de victoria se transforma lo justo; noto perfectamente cómo se le tensa la postura y cómo la electricidad se instala entre las dos.

—Enhorabuena al equipo ganador —digo en voz alta al llegar frente a ellas, modulando una voz clara, autoritaria e incontestable que hace que todas las mujeres que han formado parte del equipo cuadren de inmediato.

La rubia mantiene su brazo alrededor de la cintura de Valeria con una desfachatez pasmosa.

Mis ojos descienden de forma automática, lentos y afilados como cuchillas, hasta fijarse en esa mano intrusa sobre el cuerpo de mi empleada, y luego vuelven a subir con una lentitud premonitoria hasta clavarse en los ojos de ella.

La mujer, al captar la hostilidad absoluta que emana de mi mirada, traga saliva de forma visible y da medio paso atrás.

—Excelente trabajo de dinamización —añado con una voz que podría cortar el cristal, entregándole el trofeo directamente a Valeria a la altura del pecho, sin apartar la mirada de sus ojos marrones.

—Muchísimas gracias, jefa —responde ella con esa voz dulce, un deje gaditano arrastrado y peligrosamente suave que últimamente me persigue incluso en mis peores sueños—. La verdad es que ha sido un partido de lo más intenso, de los que te dejan el cuerpo revolucionado y con ganas de más.

La rubia intenta romper el hielo soltando una risa despreocupada que a mí me suena a burla.

—Desde luego, esta mujer tiene una energía desbordante. Casi me hace perder la concentración en varios momentos clave del juego. Tiene un talento natural para motivar al personal y encender el ambiente, te lo digo yo.

No sé qué expresión exacta adopta mi rostro ante su comentario impertinente, pero os aseguro que ejerce un efecto fulminante.

La sonrisa de la rubia vacila, se le borra de las facciones y, cuando intenta acercarse de nuevo a Valeria para rodearla con el brazo para la fotografía, le lanzo una mirada tan sumamente cortante y gélida que se queda congelada a medio gesto en el aire.

La mano se le queda suspendida un segundo antes de caer lentamente a lo largo de su costado, completamente cohibida.

—Eh... sí. Bueno. En fin. Creo que voy a ir a la barra a por un poco de agua fría, que hace demasiado calor por aquí —balbucea, perdiendo toda su chulería de antes de dar media vuelta y desaparecer entre la multitud de huéspedes a una velocidad envidiable.

Valeria gira la cabeza hacia mí con una lentitud exasperante, observando la huida de su compañera de equipo, y entonces se le escapa una risa por la nariz. Una risa bajita, incrédula, ronca y cálida que me eriza la piel del cuello a pesar de los cuarenta grados de temperatura ambiente.

—¿Acabas de espantar y traumatizar a una persona civilizada solo con una mirada? —pregunta con un tono de lo más divertido, cruzándose de brazos y mirándome de arriba abajo.

—No tengo la menor idea de qué me estás hablando —respondo con una fingida inocencia, manteniendo la espalda recta como un palo.

—Aitana, por el amor de Dios... —dice ella, dando un paso al frente que reduce peligrosamente la distancia de seguridad entre las dos—. Casi le arrancas el alma del cuerpo con los ojos a la pobre criatura. Pobre Nadia, se ha puesto blanca como la pared del susto que le has pegado.

Nadia. Maravilloso. Ahora resulta que la intrusa hasta tiene un nombre. Siento que me va a dar algo.

—No tengo tiempo ni ganas para perder el día con juegos infantiles de playa, Valeria —replico, manteniendo mi voz en un susurro bajo pero cargado de confianza.

—Pues menos mal que no tienes tiempo, porque la que parece que está teniendo ahora mismo una rabieta de niña pequeña de tres años a la que le han quitado el juguete eres tú, Directora —contesta ella con una ceja perfectamente arqueada y una insolencia que me saca de mis casillas.

La música de la banda sigue sonando con fuerza a nuestro alrededor, los clientes bailan en la arena, los niños corren entre las hamacas y el sol sigue cayendo a plomo sobre nuestras cabezas.

Sin embargo, os aseguro que el aire que respiramos entre Valeria y yo en este preciso instante pesa una tonelada.

Valeria ladea ligeramente la cabeza, entornando sus ojos marrones, analizándome con atención.

—Estás muerta de celos, ¿verdad? —afirma sin rodeos, soltando la bomba sin anestesia y con una seguridad pasmosa.

—No digas estupideces ni ordinarieces, Valeria —contesto de inmediato por puro reflejo defensivo, aunque noto con horror cómo un calor abrasador e incontrolable me sube a toda velocidad por el cuello hasta las mejillas.

—Aitana, por favor, no me seas antigua. Que casi la decapitas delante de todo el mundo.

Doy un paso hacia ella, incapaz de contenerme ni un segundo más.

—Tu comportamiento ha sido inapropiado para una responsable de departamento de este resort —le espeto entre dientes.

—¿Inapropiado por qué? ¿Porque me lo estaba pasando bien con la gente y haciendo mi trabajo? —pregunta, fingiendo una sorpresa genuina con los ojos muy abiertos.

—Porque estabas coqueteando de manera descarada, ordinaria y flagrante delante de algunos miembros de la cadena y de medio complejo hotelero —preciso, bajando aún más el tono de mi voz para que nadie nos escuche discutir.

Ella suelta una carcajada incrédula, suave y de lo más sensual que me tensa todos los músculos del cuerpo.

—Madre mía de mi vida... menudo arranque de celos que tienes. Haz el favor de admitirlo de una vez y no sufras más, mujer.

—Que no lo estoy.

—Claro que no, jefa. Y yo soy monja de clausura en un convento de Cádiz —responde con una ironía andaluza que me saca de quicio—. Aitana, mírame fijamente a los ojos y dime que no te ha molestado ni un poquito ver las manos de Nadia puestas sobre mi cintura. Dímelo.

La tensión me sube por las venas como si fuera fuego quemándome por dentro. Sé que tiene toda la razón del mundo y odio con todas mis fuerzas que la tenga, odio mi falta de control y todo lo que ha despertado el simple hecho de ver cómo la tocaba otra mujer.

Miro rápidamente a mi alrededor. Todo el mundo parece completamente distraído con la música, el reparto de cócteles y la entrega secundaria de los premios de consolación.

Así que, aprovechando ese momento de absoluto caos, ruido y distracción generalizada, la sujeto firmemente del brazo y la saco de allí antes de que termine por perder los papeles.