CAPÍTULO 19
VALERIA
El café me sabe a traición, y mira que lo que me estoy tomando es un cappuccino helado con extra de canela y nata que, en condiciones normales, a mí me arreglaría una ruptura amorosa, un despido fulminante y una liposucción mal hecha en un periquete.
Pero hoy no. Hoy me sabe a derrota, a orgullo pisoteado y a esa maldita frasecita de «fue un error en un momento de debilidad» que me tiene negra.
Todavía la tengo clavada entre las costillas como si fuera un puñal de hielo mientras cruzo la zona de las pérgolas del resort camino a la cafetería.
El sol de julio cae con una fuerza plomiza sobre las baldosas, arrancando unos destellos dorados insoportables y haciendo que todo el complejo parezca un anuncio idílico de vacaciones para ricos y famosos.
A mi alrededor todo el mundo parece feliz: parejas de mediana edad que ríen con complicidad, niños corriendo detrás de un balón inflable, turistas untados en crema solar...
Yo estoy ahí en medio, caminando con una cara de funeral que parece que me acabe de divorciar después de veinte años de matrimonio y tres hipotecas compartidas. Qué coraje cargo, por Dios.
Empujo la puerta de cristal de la cafetería con el hombro y el chorro de aire acondicionado me golpea la cara junto al olor glorioso de esos cruasanes que me vuelven loca.
Mis amigas, las tres, están sentadas en la mesa redonda del fondo, justo al lado de los ventanales panorámicos que tienen las mejores vistas al mar.
Clara es la primera en levantar la vista y chocar con mi cara de pocos amigos.
—Uy, mirad... —la oigo decir en voz baja a las demás.
Sofía se gira de inmediato hacia mí con un cruasán a medio morder en la mano derecha.
—Hija de mi vida, esa cara que traes solo puede significar dos cosas: o te han absorbido la energía con un polvo de cojones o te han atropellado emocionalmente con un camión de dieciocho ruedas.
Marta deja su taza de té verde sobre el plato de porcelana con esa parsimonia zen que la caracteriza y me mira de arriba abajo.
—Yo voto por la segunda opción.
Me desplomo con dramatismo sobre la silla libre como si me hubieran arrancado el alma del cuerpo de un tirón.
—Muchísimas gracias por vuestra extrema sensibilidad, chicas —murmuro, cruzándome de brazos.
Clara me mira detenidamente y suelta un silbido bajito.
—Madre mía, si estás más blanca que la cal de los pueblos de tu tierra. ¿Se puede saber qué demonios ha pasado ahí arriba?
—Que he subido al despacho para ver a Aitana con la tonta excusa de llevarle un café para empezar bien el día y… —les confieso a media voz.
—Error número uno —señala Sofía interrumpiéndome—. A la jefa nunca se le va de frente a primera hora.
—Ya, bueno, el caso es que una cosa ha llevado a la otra y... hemos hablado de lo de ayer. Ya sabéis. De lo que os conté por el grupo de WhatsApp anoche.
Clara casi se atraganta con el sorbo de zumo que está bebiendo en ese momento, tosiendo con fuerza.
—¿¡Me estás diciendo que habéis hablado del beso!? —pregunta casi en un grito, con los ojos como platos.
Varias personas de las mesas de al lado, giran la cabeza hacia nuestra posición con cara de curiosidad.
—¿Puedes hablar un poquito más bajo, chiquilla? —le susurro, metiéndole una patada por debajo de la mesa—. Que creo que los clientes que están alojados en las villas VIP todavía no se han enterado del chisme.
—Perdón, perdón —responde Clara, recolocándose en la silla, aunque vuelve a inclinarse hacia mí con un ansia viva que no le cabe en el cuerpo—. ¿Y qué ha dicho la sargento de hielo?
Me dejo caer con pesadez contra el respaldo de la silla, mirando al techo con resignación.
—Pues ha dicho, textualmente, que lo de anoche fue "un error en un momento de debilidad por culpa del estrés". Tomatazo en toda la cara.
Las tres reaccionan al unísono con una sincronización que ni un equipo de natación sincronizada.
—¿¡Cómo!? —exclaman, indignadas.
No puedo evitar soltar una carcajada amarga por la guasa de la situación.
—Como lo estáis oyendo. Esas han sido sus palabras.
Sofía deja el cruasán sobre el plato con un golpe seco de pura indignación.
—Vamos, no me fastidies. No me lo puedo creer.
—Pues yo sí que me lo creo —murmuro, dándole un sorbo al cappuccino helado que llevaba entre las manos—. Es Aitana. Es cuadriculada y profesional a más no poder.
Clara niega con la cabeza repetidamente, totalmente convencida de lo contrario.
—No, no y no. De eso nada, Valeria. Esa mujer te come viva con los ojos cada vez que te cruzas con ella en el resort. Lo he visto con estos ojitos. No puede estar diciendo eso ni de coña, está mintiendo más que parpadea.
Marta da un sorbo de lo más tranquilo a su té, analizando la situación con su habitual psicología de yoguis total y habla:
—Las personas que sufren de una necesidad de control absoluto suelen asustarse muchísimo cuando experimentan una emoción intensa que no pueden gestionar. Lo que tiene Aitana ahora mismo es miedo, Valeria. Miedo puro y duro a perder los papeles.
La miro con una media sonrisa, agradecida por el análisis.
—Muchas gracias, Paulo Coelho. Me dejas muchísimo más tranquila.
Ella sonríe con esa serenidad tan suya.
—De nada, cariño. Para eso estamos.
Sofía se inclina todavía más hacia mí, apoyando los codos en la mesa.
—A ver, necesito más detalles. ¿Cómo te lo ha dicho exactamente? El tono de voz cambia el significado de las palabras, ya lo sabes.
Clara asiente.
—Exacto. No es lo mismo un "ha sido un error" puesto con carita de pena de "me muero por tus huesos pero no puedo", que decírtelo con cara neutra.
Gimo, tapándome un poco los ojos con las manos.
—Pues ha usado un tono de "he enterrado a gente en los jardines del hotel por muchísimo menos que esto y ahora voy a fingir de por vida que no he deseado quitarte las bragas y hacerte gemir con la boca". Fría. Distante. Como si estuviera dándole el parte de goteras al de mantenimiento.
Las tres empiezan a reírse a carcajadas, unas tan escandalosas que llaman la atención de media cafetería. Incluso Marta, cuya risa siempre nos sorprende a todas por lo contagiosa y ruidosa que resulta.
—Qué hija de puta… —dice Sofía, llevándose una mano al pecho para contener la risa.
—Sofía, por favor, que su madre no tiene culpa —la reprende Marta con una sonrisa oculta.
—¿Qué pasa? Si lo digo desde el respeto absoluto y con mucho cariño.
Clara de repente deja de reírse, me observa con muchísima más atención y su expresión se suaviza, poniéndose seria.
—Oye... fuera de bromas... a ti esto te habrá dolido.
—Pues sí, para qué os voy a engañar —admito en un hilo de voz, bajando la guardia delante de ellas—.
Me ha dolido un montón. Es que, cuando estábamos ahí abajo metidas, os juro que no parecía arrepentida para nada.
La forma tan posesiva en que me agarraba del cuello...
cómo temblaba entera cuando me besaba...
Eso no era solo un momento de debilidad, os lo aseguro.
Eso era deseo del bueno, fuego puro. Y algo que ahora quiere enterrar bajo quince capas de cemento armado de profesionalidad. Me da una rabia...
Clara da un golpe suave pero decidido sobre la mesa, tomando el mando de la situación.
—Bueno, pues ya está. Se acabó el drama y la sargento de hielo. Esta misma noche nos vamos las cuatro de fiesta salvaje.
Parpadeo un par de veces, descolocada.
—¿Qué dices? ¿Qué fiesta? Si mañana entro a las ocho a trabajar.
—Me da exactamente igual el turno. Fiesta salvaje y punto en boca.
Necesitas urgentemente olvidar a Aitana y despejar esas hormonas —añade con una sonrisa pícara—.
Alcohol del bueno, música para mover el esqueleto, gente guapa de vacaciones...
y quién sabe, a lo mejor un posible ligue de rebote para pasar el bache.
Marta hace una mueca de desaprobación al escuchar lo del ligue.
—Un ligue de rebote usado como parche nunca trae paz ni equilibra los chakras , Clara. Eso es un error.
—Pues mira, Marta, resulta que esta mujer lo que menos necesita ahora mismo es paz espiritual en los chakras —replica Sofía, señalándome con la cuchara—.
Lo que necesita urgentemente es dejar de mirar a Aitana como si quisiera arrancarle el traje de ejecutiva con los dientes en mitad del hall . Que da un cante que para qué.
—Oye, que yo no la miro de esa manera tan exagerada, ¿eh? —protesto débilmente, poniéndome roja.
Las tres me clavan la mirada y con una ceja alzada que lo dice todo.
—Vale... —cedo, levantando las manos—. A lo mejor la miro un poquito así. Pero solo un poco.
—¿Un poco dices? —se burla Clara de par en par—.
Hija mía, si ayer en el buffet del desayuno la estabas mirando exactamente con la misma cara de hiena hambrienta que ponen los participantes de Supervivientes cuando ven una hamburguesa en la caja de los premios.
Se te cae hasta la baba de la intensidad.
Me tapo la cara con las dos manos, muerta de la vergüenza.
—¡Ay, por favor, de verdad, quiero que me trague la tierra ahora mismo!
—De morirse nada —afirma Sofía con un tono de lo más serio y resolutivo—.
Lo que vas a hacer esta noche es ponerte ese vestido negro corto de tirantes que te hace un culo de infarto, nos vamos a ir de fiesta, como dice Clara.
Vamos a emborracharnos con mojitos hasta que se te olvide el apellido Robles y toda su genealogía.
Marta ladea la cabeza pensativa, dándole un toque melodramático al asunto.
—Pues yo creo que eso va a ser una tarea imposible.
—Muchísimas gracias por aportar más drama e intensidad, Marta, eres una amiga excelente —le responde Sofía riéndose a carcajadas.
Estoy justo a punto de soltar una de mis réplicas ingeniosas cuando, la atmósfera en la cafetería cambia de repente en un microsegundo. Percibo esa tensión eléctrica en el ambiente incluso antes de girarme sobre mi asiento.
Clara murmura entre dientes, entornando los ojos:
—Hablando de la reina de Roma... o en este caso, de la reina de las nieves. Mirad quién entra por la puerta principal.
Me giro muy despacio, intentando parecer casual.
Aitana acaba de entrar en la cafetería, acompañada por dos hombres maduros trajeados que reconozco perfectamente de haberlos visto en la gala de hace unos días.
Uno de ellos le está hablando animadamente con un dossier en la mano, pero ella apenas parece prestarle atención.
Porque, en cuanto ha cruzado el umbral, me ha buscado con la mirada y se ha perdido en mis ojos.
El tiempo en la cafetería se ralentiza por arte de magia.
Los ruidos de las tazas y las conversaciones se vuelven un eco lejano.
No sonreímos. Ninguna de las dos hace el más mínimo ademán de saludar.
Pero os juro que algo enorme, gigante y abrasador pasa entre nosotras en esa mirada cruzada a distancia.
El recuerdo del beso. El eco de la tormenta.
Los metros que nos separan. El orgullo herido. El daño de sus palabras.
Aitana mantiene en su rostro esa expresión fría, profesional e imperturbable que le exige su puesto, pero sus ojos verdes la traicionan durante medio segundo porque escondido detrás de las pestañas, se encuentra ese calor.
Ese maldito calor ardiente que aparece cada vez que clava sus ojos en mí.
Sus pupilas bajan involuntariamente, de forma casi imperceptible pero clara, hacia mi boca, y mi corazón se desboca antes de que ella parpadee, aparte la mirada y continúe caminando hacia la zona de reservados.
Doy un sorbo largo a mi café con hielo intentando por todos los medios parecer una persona funcional, pero Clara, que tiene un radar para estas cosas no tarda ni un segundo en hablar con una sonrisa de oreja a oreja:
—Vale, chicas, retiro oficialmente todo lo que he dicho antes sobre el miedo al control de Aitana. Esa mujer no está asustada. Esa mujer lo que está es enamorada hasta las trancas y luchando con uñas y dientes para no tirarse a tus brazos delante de los accionistas.
—Clara, por lo que más quieras, cállate la boca... —le ruego, con el pulso temblando.
—¿Pero habéis visto bien cómo la ha mirado? —insiste Sofía con los ojos como platos de la emoción—. Por favor, si es que esa mirada parecía el inicio de un documental de National Geographic justo cinco minutos antes del apareamiento de los leones en la sabana.
Me atraganto de mala manera con el sorbo de café al escuchar el símil y Sofía empieza a abanicarse exageradamente con la carta de desayunos de la mesa.
—Os lo digo totalmente en serio... Como estas dos sigan mirándose de esa manera tan incendiaria, el sistema eléctrico de Paraíso Azul va a volver a saltar por los aires y nos vamos a quedar todos en la calle y en el paro antes de que termine el mes de julio.
Y lo peor de todo, es que es probable que mi amiga tenga toda la maldita razón del mundo y esto acabe estallando por los aires.