CAPÍTULO 18
AITANA
El sol de la costa entra por los enormes ventanales de mi despacho con una violencia casi ofensiva.
Demasiada luz. Demasiado calor sofocante.
Demasiada claridad deslumbrante para alguien que se ha pasado la noche entera en vela, dando vueltas en la cama de su apartamento, reviviendo un beso en bucle, como si fuese una condena a trabajos forzados.
Llevo más de una hora sentada frente a la pantalla del ordenador y todavía no he conseguido avanzar ni una sola página del maldito informe semanal.
Las cifras del Excel bailan descaradamente delante de mis ojos mientras mi mente, completamente ingobernable, regresa una y otra vez al mismo maldito lugar de anoche: el suelo, la penumbra, la tormenta, las manos de Valeria tocándome, la forma tan salvaje y desesperada con la que correspondió al beso que yo misma inicié.
Cierro los ojos un segundo, dándome un sutil masaje en las sienes y me obligo a respirar profundamente para espantar los fantasmas.
Aitana. Sácatela de la cabeza. Eso no puede volver a ocurrir bajo ningún concepto.
Jamás , me ordeno a mí misma. Yo no hago este tipo de cosas.
Nunca las he hecho. A lo largo de toda mi carrera he mantenido una distancia impecable, pulcra y profesional con cada empleado, cada responsable de departamento y cada persona que trabajaba bajo mi responsabilidad.
Precisamente porque sé perfectamente lo rápido que todo puede irse al traste cuando se mezclan las cosas.
Pero aun así ... Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me da un pinchazo en el maxilar.
Aun así, bastó una tormenta de verano, un ridículo ataque de pánico y una mujer de veintiséis años con la sonrisa más peligrosa y descarada del Mediterráneo para mandar al mismísimo infierno todos y cada uno de mis férreos principios profesionales.
Simplemente brillante.
El cursor parpadea con una insistencia desquiciante delante de mí mientras me pellizco el puente de la nariz con pura frustración.
Llevo toda la mañana intentando recuperar el control, la compostura.
Soy Aitana Robles. Directora de Paraíso Azul.
Cuarenta y dos años de pura eficiencia. Una mujer racional, fría y centrada.
No una adolescente hormonal con las bragas mojadas que se esconde debajo de un escritorio de caoba para besarse con la responsable de RRSS del complejo.
Dios mío, espero que nadie se entere de esto.
Suelto el aire lentamente por la boca y vuelvo a aporrear el teclado, esforzándome al máximo por concentrarme.
Pero el despacho todavía conserva pequeñas pero flagrantes huellas del caos pasional de anoche: una carpeta de proveedores mal colocada en la estantería, un bolígrafo de la cadena caído justo detrás de la impresora...
Detalles insignificantes para cualquiera, pero que mi traidor cerebro transforma en recuerdos vivos.
Revivo la forma en que Valeria me miró antes de acariciarme la cara, la suavidad de sus dedos al secarme las lágrimas del rostro y ese «no pasa nada» susurrado tan cerca de mis labios que todavía siento su calor pegado a la piel.
El timbrazo agudo del teléfono fijo rompe el silencio del despacho de golpe y pego un respingo en la silla que casi me hace tirar ratón del ordenador volando.
Me aclaro la garganta rápidamente, me coloco el auricular en la oreja sujetándolo con el hombro y apoyo las manos en la mesa, recuperando mi fachada de ejecutiva imperturbable.
—Despacho provisional de Dirección, buenos días.
—Aitana —responde al otro lado de la línea una voz grave, profunda y cargada de esa autoridad innata que da el dinero.
Me enderezo en el asiento de forma totalmente automática, pegando la espalda al respaldo.
Es Héctor Balmaseda. El propietario absoluto de la cadena.
El hombre que, precisamente, me puso al frente de este resort por mi reputación y mi capacidad demostrada para no mezclar jamás las emociones con el mundo laboral.
—Buenos días, señor Balmaseda. Qué sorpresa. ¿En qué puedo ayudarle? —le digo, modulando mi voz con un tono perfectamente profesional y equilibrado.
—He estado revisando desde la central los últimos informes de ocupación y gasto previsto para el mes de agosto —continúa él sin perder el tiempo en saludos corteses—.
Los números de pernoctaciones son bastante buenos, Aitana, pero las partidas de gastos podrían estar mucho más ajustadas. Bastante más.
Héctor jamás llama por teléfono para felicitarte ni para darte las gracias por gestionar y encauzar un resort como este en plena temporada alta. Siempre quiere más.
Abro el archivo de presupuestos correspondiente en la pantalla del portátil mientras mantengo un tono frío, analítico y preciso, defendiendo mi gestión.
—Las previsiones de ingresos superan un dieciocho por ciento las cifras del verano pasado. Creo que el balance es más que positivo.
—Sí, pero el gasto destinado a los eventos especiales supera un veintidós por ciento lo presupuestado —replica él con una sequedad que me congela la sonrisa—. ¿Me puedes explicar a qué se debe, Aitana?
Me recuesto ligeramente en la silla, entrelazando los dedos sobre la mesa, adoptando mi postura negociadora. En un principio, yo misma había recortado el departamento, pero con el paso de los días, me retracté al ser consciente de lo necesario que es ofrecer a los huéspedes una experiencia única.
—Este complejo vive y se retroalimenta de la experiencia exclusiva que se le ofrece al cliente, señor Balmaseda.
Reducir ciertas partidas en los eventos afectaría de forma directa y negativa a las reseñas de las plataformas de los huéspedes.
Valeria y su equipo de relaciones públicas han conseguido que el índice de satisfacción general aumente notablemente desde el mes de junio. Los datos están ahí.
—Porque esa chica que tenemos contratada convierte a veces el resort en un circo playero —contesta él con un deje de desdén que me revuelve las tripas—.
Espontaneidad, improvisación, caos, fiestas que se alargan...
Todo eso es justamente lo que las grandes cadenas de lujo intentamos controlar y protocolizar, Aitana. No nos conviene perder el estatus.
Siento una punzada terriblemente incómoda en mitad del pecho al escuchar cómo la menosprecia: una mezcla de irritación, un instinto salvaje de defensa y algo peligrosamente parecido al orgullo personal.
—Valeria es una profesional que consigue resultados reales y tangibles, señor Balmaseda —respondo, manteniendo una calma rígidamente medida—.
Los clientes la adoran precisamente por esa cercanía.
Las actividades que organiza generan un engagement altísimo y garantizan la repetición de estancia para el año que viene. Está amortizada de sobra.
—Bien, pues encárgate personalmente de que no se relaje demasiado ni se tome demasiadas libertades —insiste Héctor con tono tajante—. Te traje para poner orden y mano firme, Aitana. No para que te ablandes con el ambiente playero y la parsimonia del Mediterráneo. Que se note quién manda.
Si tú supieras lo que pasó anoche debajo de este mismo escritorio... te daba un síncope , pienso con una ironía de lo más amarga.
La conversación telefónica se alarga durante varios minutos más entre un baile espeso de cifras, presupuestos de la zona recreativa acuática y previsiones de cierre para el final de la temporada de verano.
Mientras discuto firmemente con él, noto cómo vuelvo a colocarme la máscara, la coraza de hielo.
Me visto de arriba abajo con esa versión de mí misma que siempre sabe exactamente qué hacer.
Cuando por fin cuelgo la llamada, el silencio regresa a las paredes del despacho. Pero esta vez me dura muy poco, porque apenas un minuto después, la puerta se abre con un suave siseo y aparece ella.
Valeria entra en la estancia sosteniendo dos vasos de café para llevar y, por un instante ridículamente breve, juro que el aire del despacho cambia de temperatura y se vuelve abrasador.
Lleva puesto el uniforme de la empresa, y esa falda de tubo azul marino moldean sus piernas de un modo que…
Hoy lleva su melena suelta, cayéndole de forma desordenada sobre los hombros, y esas ondas salvajes parecen burdamente diseñadas para destrozar lo que me queda de estabilidad mental.
Pero entonces clava sus ojos en mí, me regala una sonrisa y... Joder. Mi corazón se salta un latido.
—He pensado que probablemente llevas metida aquí dentro desde las seis de la mañana y peleándote con ese Excel de las narices —dice con ese desparpajo suyo tan andaluz mientras se acerca a mi mesa—. Y como yo soy una excelente compañera y una profesional de primera...
Deja uno de los vasos de cartón justo al lado de mi mano.
Huele intensamente a café con un toque de vainilla.
Mi favorito. El que pido siempre para desayunar.
Se me forma un nudo absurdo en mitad del pecho.
No debería saber qué tipo de café tomo. No debería fijarse con tanto detalle en mis gustos personales.
Pero ella es así de atenta y es un detalle tan dulce que me derrito por dentro.
Valeria se queda de pie frente a mi escritorio, observándome en silencio durante unos segundos, y la ligereza habitual y jovial de su expresión se va atenuando poco a poco al ver mi rostro serio.
—¿Va todo bien por aquí, jefa? —pregunta con una suavidad que me cala hondo.
La pregunta es de lo más sencilla, pero estoy tan poco acostumbrada a que nadie en este maldito resort se preocupe por mí, que me entra el pánico. Aparto la mirada de sus ojos de inmediato y la fijo falsamente en la pantalla del portátil.
—Perfectamente. Trabajando, como siempre.
El silencio que se instala entre las dos se vuelve denso, pesado, eterno.
Siento sus ojos clavados en mí, esperando una explicación, un gesto, una mínima referencia comprensiva a lo que ocurrió anoche debajo de la mesa.
Cualquier cosa que rebaje la tensión. Pero soy lo bastante madura, experimentada y sensata para saber perfectamente que, en cuanto verbalicemos lo que pasó, dejará de parecer un accidente fortuito y se convertirá en una realidad tangible.
Y yo no puedo permitirme algo que ponga en peligro mi puesto y el suyo.
Así que me obligo a adoptar mi tono más neutro, profesional, distante y frío.
—Valeria... sobre lo que ocurrió ayer aquí dentro... —comienzo a decir, entrelazando mis manos sobre la mesa.
Ella se queda completamente quieta al escucharme y noto cómo sus dedos se tensan de golpe alrededor de su propio vaso de café.
—No debería haber pasado bajo ningún concepto —continúo, manteniendo la voz firme a duras penas—.
Fue un error absoluto provocado por un momento de debilidad de lo más inoportuno.
La tormenta, el apagón, la situación de estrés...
Todo era demasiado intenso y nos dejamos llevar por la adrenalina del momento. Nada más.
Cada palabra que sale de mi boca me sabe a una mentira espantosa, cobarde y mezquina. Porque el problema real de anoche no fueron los truenos, ni el fallo eléctrico, ni los malditos generadores de mantenimiento. El problema real y absoluto fue ella y lo que me hace sentir.
Valeria baja la vista hacia el suelo, pero ese breve instante de desilusión en su mirada basta para que algo dentro de mi se retuerza de manera agónica.
Después, vuelve a levantar la cabeza y en sus facciones aparece esa sonrisa suya tan descarada, luminosa y canalla de siempre; esa sonrisa que utiliza como escudo protector cuando sé perfectamente que algo le está doliendo por dentro.
—Claro que sí, jefa, faltaría más —responde con una ironía andaluza que me corta la piel—. Qué alivio más grande, de verdad. Ya empezaba yo a pensar que a lo mejor te gustaba.
El golpe directo de sus palabras me atraviesa la piel como un dardo envenenado.
Quiero decir algo, dar un paso atrás, disculparme o explicarle que me muero de miedo, pero Valeria no me concede ni un solo segundo de tregua.
Da un paso hacia atrás alejándose de mi escritorio y levanta las manos de forma exagerada.
—Usted tranquila, Directora Robles. No sufra, que no tengo ninguna intención de volver a lanzarme como una leona sobre usted debajo de ningún otro mueble de oficina —añade, aunque a su voz le falta esa chispa de alegría habitual—.
Además, mire usted, todos tenemos momentos de debilidad tontos en esta vida de los que luego nos arrepentimos.
Yo una vez me acosté en un festival con una socorrista que tenía un tatuaje tribal horroroso en toda la espalda y mire, aquí sigo viva. Nadie es perfecto en este mundo.
La broma cae entre nosotras como un yunque de plomo, vacía, forzada y dolorosa.
Valeria se gira sobre sus talones antes de que yo pueda articular palabra para defenderme.
El despacho de repente se me vuelve demasiado grande, demasiado silencioso y terriblemente frío en cuanto veo que empieza a alejarse hacia la puerta de salida.
—Valeria... —la llamo por su nombre. Mi voz sale muchísimo más baja, ronca y suplicante de lo que pretendía en un principio.
Ella se detiene en seco justo al lado de la puerta, pero no se da la vuelta para mirarme. Puedo ver perfectamente desde mi posición cómo aprieta los nudillos alrededor del vaso de plástico del café.
—Espera, por favor —insisto, levantándome a medias del sillón de cuero—.
No... no quería que sonara tan sumamente frío ni de esa manera.
Es solo que... quiero que entiendas que yo no puedo permitirme una situación así.
Mi posición en este resort, mi carrera, mi reputación...
Todo lo que he construido con tanto esfuerzo en este sector se basa precisamente en mantener las cosas bien separadas. El trabajo es el trabajo.
Valeria suelta una pequeña risa nasal, seca, pero esta vez me duele en el alma escucharla.
—Mire, jefa, a mí se me da verdaderamente genial fingir que no me importa alguien cuando me lo propongo —dice finalmente, manteniéndose firmemente de espaldas a mí—.
Así que no se coma usted más la cabeza. A partir de este mismo segundo no se me va a notar que usted me atrae y desearía repetir hasta el cansancio lo que sucedió ayer entre nosotras.
Sin darme tiempo a replicar, abre la puerta y se marcha.
La puerta se cierra y me quedo completamente inmóvil, de pie frente al escritorio.
El café con vainilla sigue soltando un hilo de humo aromático sobre la mesa, tengo una sensación de lo más amarga e insoportable instalada en la garganta y, por primera vez en toda mi trayectoria, me odio por haber hecho lo que se supone que es lo correcto: dejarla escapar.