CAPÍTULO 17 #2
El contacto empieza de una forma un tanto torpe, contenida, como si su orgullo todavía estuviera intentando descifrar si tiene el permiso real para cruzar la línea.
Pero la duda le dura exactamente medio segundo.
Justo cuando yo abro la boca soltando un jadeo sordo contra sus labios, entregándome, Aitana pierde el control de una manera absoluta, salvaje y maravillosa.
—Valeria... —gime contra mi boca, y el sonido de mi propio nombre vibrando directamente entre nuestros labios termina por derretir las pocas neuronas que me quedaban operativas.
La intensidad del beso me arrastra hacia el fondo como si fuera una ola gigante de esas de Tarifa.
Me besa con hambre, con desesperación, con toda esa tensión acumulada explotándole con fuerza dentro del pecho.
Mis manos suben de forma automática por sus brazos hasta enredarse en su cuello, mientras ella tira de mi cintura con un ansia brutal para pegarme completamente contra la calidez de su cuerpo.
El escritorio de caoba cruje por encima de nuestras cabezas cuando nos movemos torpemente en mitad de la pasión, encajando nuestros cuerpos a la perfección en el suelo.
—Dios mío... no tienes ni la menor idea de cuánto tiempo llevo deseando hacer esto —me confiesa entre beso y beso, sin separarse de mis labios, con una voz tan ronca, rasposa y sexy que me vuelve loca.
Escucho el ruido sordo de una carpeta de archivos cayendo desde la mesa al suelo.
Luego cae otra. Pero nos importa un comino.
Todo nos da absolutamente igual ahora mismo.
En este despacho oscuro no existe nada. Solo existe ella.
Solo su boca experta. Solo la manera tan posesiva y apasionada en que sus dedos se enredan sin miramientos en mi pelo mientras me besa otra vez, y otra, y otra, como si hubiera descubierto un manantial de agua en mitad del desierto y no pudiera parar de beber.
Yo, desde luego, tampoco puedo ni quiero parar. Se me escapa un gemido pequeño, agudo y cargado de puro placer cuando sus labios bajan mordisqueando hasta la base de mi cuello. Noto a la perfección cómo el cuerpo de Aitana se tensa al escucharlo, volviéndose todavía más exigente.
—Joder, Valeria... No puedo parar, de verdad que no puedo... —susurra contra mi piel, bajando los besos por mi mandíbula.
La sujeto y la vuelvo a besar antes de ponerme a pensar en nada.
Porque yo ya no pienso, solo siento. La siento a ella en estado puro.
Noto el calor abrasador de su cuerpo contra el mío, su respiración agitada golpeando mi cuello y la forma tan firme y desesperada en que sus manos me sujetan las caderas por debajo del pantalón que llevo puesto, como si tuviera un miedo real a que fuera a desaparecer en mitad de la oscuridad si me suelta.
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiera que te detengas, jefa? —le susurro directamente contra los labios, atreviéndome por primera vez a verbalizar en voz alta lo que llevo días callándome y gritando por dentro.
Ella se aparta apenas unos milímetros, lo justo para mirarme con los ojos completamente encendidos, nublados por el deseo y con las pupilas dilatadas al máximo.
—No me digas esas cosas, Valeria... —me responde y vuelve a estampar su boca contra la mía con una intensidad renovada, como si mis palabras hubieran terminado de romper los diques de contención de una presa—. Eres un auténtico peligro para mi salud mental.
Durante unos minutos gloriosos me permito el lujo de olvidarlo absolutamente todo.
Que es mi jefa. Que esto va en contra de todas las normas escritas de la cadena.
Que si a algún gracioso le da por entrar en este despacho estamos de patitas en la calle.
Me da exactamente igual todo. Porque besar a Aitana se siente demasiado bien, demasiado correcto, ardiente e inevitable como para frenarlo.
Aitana apoya su frente contra la mía, jadeando y respirando con verdadera dificultad para recuperar el aire.
Sus labios, habitualmente pintados de un tono sutil, están completamente hinchados y encendidos por mis besos.
Madre mía del Carmen... Como sigamos así, voy a perder la cabeza y el sentido común aquí mismo , pienso, sintiéndome flotar.
—Esto es una locura de las grandes, Valeria —dice con la voz entrecortada, aunque ella vuelve a besarme en los labios en cuanto termina de pronunciar la frase, esta vez con más parsimonia, saboreándome como si fuera un dulce.
—Pues si es una locura tan grande, deja de besarme…
—Es que no puedo, ese es el problema —admite con una sinceridad absoluta que me cala hasta los huesos—. Llevo días enteros luchando con todas mis fuerzas contra esto. Contra ti. Contra lo que me haces sentir. Y ya no me quedan fuerzas para seguir peleando. No cuando me miras así.
Sus dedos largos y cálidos descienden lentamente por los costados de mi cintura, rozándome la piel desnuda justo por debajo del borde de la camiseta que llevo puesta. Estoy temblando de arriba abajo. Ella también. Nos estamos consumiendo vivas.
Otro relámpago ilumina el despacho con fuerza. Y justo después... el destino decide jugarnos una mala pasada. La luz regresa de golpe.
Los tubos fluorescentes del techo parpadean un par de veces con un zumbido eléctrico molesto.
Las pantallas de los ordenadores se encienden emitiendo pitidos de reinicio.
El sistema de aire acondicionado arranca de nuevo con un soplido frío y toda la cruda realidad nos cae encima de golpe como si fuera un cubo de agua helada sazonado con cubitos de hielo.
Aitana se aparta de mí de inmediato, rompiendo el contacto físico unos centímetros que me parecen un abismo.
Yo hago exactamente lo mismo, colocándome bien en el suelo.
Las dos respiramos de forma agitada, con el pecho subiendo y bajando, mirándonos fijamente como si acabáramos de despertar de un sueño erótico en mitad de la jornada laboral.
Mi corazón sigue disparado a mil revoluciones.
Tengo la boca ardiendo, el pulso golpeándome en las sienes y las bragas empapadas.
Justo ahí soy dolorosamente consciente de dónde estamos metidas.
Del caos absoluto de carpetas, folios y cuentas anuales tiradas por el suelo a nuestro alrededor.
De nuestras posturas. De lo rematadamente cerca que hemos estado de perder los papeles en el suelo de la oficina.
Aitana se pasa una mano por el pelo revuelto, intentando ordenar las ideas, sin ser capaz de apartar sus ojos de mí. Y por primera vez desde el día en que la conocí... la gran Directora parece completamente fuera de sí.
—¿Qué... qué es lo que acabamos de hacer? —pregunta en un susurro bajísimo, casi para sí misma, con una mezcla de asombro y pánico ejecutivo.
—Pues lo que deberíamos haber hecho desde aquella noche que te tiré los trastos en el chiringuito… —le respondo con total honestidad, mirándola desde arriba una vez que me pongo en pie—. Pero no me arrepiento de que haya pasado ahora...
Ella sale gateando del hueco del escritorio justo detrás de mí, poniéndose en pie con esa elegancia que recupera en un santiamén.
Su respiración todavía no se ha normalizado y se le nota el pulso acelerado en el cuello.
Ninguna de las dos sabe muy bien qué decir durante unos segundos y el silencio en mitad de la oficina se vuelve gigante, espeso e increíblemente incómodo.
—Yo tampoco me arrepiento, Valeria —me confiesa finalmente a media voz, dándose la vuelta para mirar hacia el ventanal mientras se muerde ligeramente el labio inferior—.
Pero tienes que entender que esto no es nada fácil para mí.
El trabajo en Paraíso Azul, mi reputación, tu trabajo... Esto es un terreno muy peligroso.
Doy un paso lento en dirección a la puerta de salida.
Necesito que me dé el aire fresco urgentemente.
Necesito tomar distancia. Necesito recordar que esta mujer de cuarenta y dos años es mi superior, que tiene el poder de despedirme y que yo estoy absolutamente loca de la cabeza por haberme lanzado a sus brazos.
Pero justo en el momento en que voy a girar el pomo, noto cómo me agarra suavemente de la muñeca desde atrás, deteniendo mis movimientos.
—Por favor, Valeria... —me dice en un hilo de voz de lo más suplicante, sin soltarme—. Que esto que ha pasado aquí... no salga de estas cuatro paredes. Te lo ruego.
La miro por encima del hombro. No sé si se refiere al ataque de pánico tan íntimo que ha sufrido, al beso de película que nos acabamos de dar o a las dos cosas a la vez. Seguramente sea lo último.
—Usted tranquila, jefa —le murmuro con una sonrisilla pícara y recuperando mi desparpajo habitual para quitarle hierro al asunto—.
Ya sabe lo que dicen en las películas americanas...
Lo que sucede en la oficina, en mitad de un apagón...
se queda en la oficina para los restos. Su secreto está a buen recaudo conmigo.
Aitana suelta una risa pequeña, un tanto incrédula, nerviosa pero visiblemente aliviada, y yo me obligo a marcharme del despacho a pasos agigantados antes de que el fuego salvaje que todavía me arde por dentro avive mis ganas de sujetarla y volver a besarla hasta que los fluorescentes del techo estallen.