CAPÍTULO 17
VALERIA
La tormenta sigue golpeando con saña los cristales del despacho cuando vuelvo a mirarla fijamente a los ojos.
No tengo ni la más remota idea de cuánto tiempo llevamos aquí metidas, agachadas debajo del escritorio y escondidas como dos niñas traviesas.
Solo sé que el ambiente en nuestro pequeño búnker improvisado está cargado de electricidad.
Ya no se respira el aroma de la lluvia que entra por las rendijas de las ventanas; ahora huele intensamente a ella, a mí, a una mezcla de hormonas, perfume y deseo.
Aitana respira de forma entrecortada a escasos centímetros de mi boca, todavía con las manos temblando levemente por culpa de los nervios que la acaban de sacudir, y yo siento que el corazón me late con tanta fuerza y tanta prisa que podría salir corriendo ahora mismo, hacerme una maratón por toda la costa y regresar sin mostrar cansancio alguno.
Os juro por mi madre que nunca, ni en mis mejores sueños, la habría imaginado así.
La mismísima Aitana Robles, la mujer que lleva semanas paseándose por el resort con la espalda más recta que un palo, ahora está sentada en el suelo conmigo.
Despeinada, completamente vulnerable, con la guardia baja y con esos ojazos verdes clavados en mi boca.
Eso me altera el pulso de una manera que no os podéis ni imaginar.
Ya no la puedo ver como mi jefa. Solo tengo dos neuronas hábiles y ambas se ocupan de hacerme ver lo irresistiblemente que me parece así de cerca, con esa carita de pánico; sus labios parecen pedir a gritos algo que presiento que lleva necesitando desde hace muchísimo tiempo.
Un buen meneo emocional. O un beso de los que hacen historia.
Fuera vuelve a tronar, aunque esta vez el estallido se escucha bastante más lejos que hacía minutos atrás, como si la tormenta se estuviera marchando a fastidiarle las vacaciones a otros.
El sonido retumba amortiguado entre las paredes de la oficina y noto perfectamente cómo Aitana suaviza la sujeción de sus dedos entorno a los míos.
—Ya está pasando —le susurro, intentando transmitirle una calma que yo misma estoy a años luz de sentir en este momento.
Ella asiente despacio, pero no me suelta la mano.
La pantalla de mi teléfono móvil sigue iluminándonos desde el suelo, proyectando unas sombras suaves, sinuosas e íntimas.
Las piernas de Aitana rozan las mías; puedo notar el calor febril de su piel a través de la tela fina de su pantalón.
Esta cercanía me tiene desquiciada, perdida y sin frenos.
Trago saliva con verdadera dificultad, intentando tranquilizarme.
A ver, Valeria, por favor, céntrate, chiquilla. No deberías estar devorándole la boca con la mirada, que la pobre mujer lo está pasando mal , me regaño a mí misma.
Pero es que llevo demasiado tiempo acumulando una tensión con ella que ni las centrales eléctricas de toda España juntas.
Desde aquel bendito día en que le derramé el cóctel encima, pasando por el momento en la piscina, hasta aquella noche en la terraza de la gala benéfica donde me acorraló contra la barandilla con esa mirada de pantera y me advirtió, muy seria ella, que no jugara con fuego.
Ay, jefa... demasiado tarde para los controles.
Yo ya estoy ardiendo por los cuatro costados y no hay extintor en todo el resort que apague este incendio.
Aitana aparta la vista apenas un segundo, respirando hondo para intentar recuperar la compostura que tanto la caracteriza.
—Siento... siento muchísimo que me hayas visto en esta situación, Valeria —murmura con la voz rota.
Su voz sale baja, quebrada, como si le costara un mundo entero y parte del otro admitir esa pizca de debilidad ante una empleada.
—¿En qué situación, Aitana? —le pregunto con una ternura infinita, sin apartar ni un instante mis ojos de su rostro.
Ella suelta una risa amarga, breve, cargada de autocrítica.
—Aterrorizada. Débil. Patética. Esa es la palabra. No sé ni cómo he permitido que me veas en este estado tan lamentable. Yo no soy así.
La observo detenidamente durante unos segundos eternos.
Incluso metida debajo de un escritorio de oficina, con el rímel corrido por las lágrimas y el pelo revuelto, esta mujer sigue imponiendo un respeto que echa para atrás.
Tiene una elegancia innata que no se le quita ni aunque le caiga un meteorito encima.
Pero a mí ya no me asusta su fachada de ejecutiva implacable.
Ahora mismo solo me despierta una necesidad absurda y gigantesca de romper las distancias, de pegarme a ella, de protegerla de sus propios fantasmas y de borrar con la yema de mis dedos cada rastro de miedo que todavía le brilla en las pupilas.
—En serio… no pasa nada…
—Tú no lo entiendes, Valeria... —comienza a decir ella, negando con la cabeza con un gesto desolado.
—Pues si no lo entiendo, explícamelo, que para eso tengo dos orejas bien grandes —la interrumpo con delicadeza, regalándole una sonrisa—. Estoy aquí contigo y no pienso moverme a ninguna parte hasta que la tormenta escampe del todo.
Aitana cierra los ojos asimilando mis palabras.
La lluvia cae muchísimo más suave ahora en el exterior, como un murmullo lejano, rítmico y casi romántico.
Cuando vuelve a abrir los ojos para hablar, su tono es mucho más bajo, desprovisto de toda altanería, casi como el de una niña pequeña desamparada.
—Cuando era pequeña, mis padres se fueron a una cena de gala importantísima y me dejaron en casa con una niñera.
La tormenta eléctrica estalló con una fuerza brutal.
A la chica le entró pánico, recibió una llamada de su propia casa y, como yo estaba tan aterrorizada hasta el punto de negarme a salir para ir con ella, me dejó allí... Completamente sola.
Parpadeo despacio, notando un pellizco de lo más doloroso en mitad del pecho.
—¿Te dejó sola? ¿En mitad de un temporal? Pero qué pedazo de... —Me muerdo la lengua para no soltar un improperio delante de ella—. Menuda arpía, por Dios.
Aitana asiente con la cabeza, y sus ojos verdes se pierden en algún punto difuso del suelo.
—Estuve horas enteras encerrada en el fondo de un armario del pasillo, llorando y creyendo de verdad que la casa iba a partirse en dos mitades cada vez que tronaba.
Recuerdo perfectamente que me tapaba los oídos con las manos y cantaba una canción de dibujos animados a gritos, para intentar no escuchar los truenos exteriores.
La niñera no volvió, así que me quedé allí metida hasta que mis padres regresaron de madrugada.
Desde entonces... odio las tormentas con toda mi alma.
Odio perder el control de las situaciones.
Odio sentir que el mundo se puede derrumbar a mi alrededor en cualquier momento y que no puedo hacer nada para evitarlo.
Os juro que se me rompe algo por dentro al escucharla.
Porque de pronto, gracias a su confesión, puedo imaginar perfectamente a esa Aitana pequeñita, desvalida, metida en la oscuridad de un armario y muerta de miedo, sin que nadie estuviera allí para abrazarla, achucharla y decirle que todo iba a salir bien.
Mi mano derecha se mueve por puro instinto, completamente desobediente a las órdenes de mi cerebro.
Le acaricio la mejilla con una suavidad extrema, usando la punta de mis dedos para retirarle el rastro húmedo de una lágrima rezagada que todavía le brilla en las mejillas.
Y en el mismísimo instante en que mi piel entra en contacto con la suya, el mundo entero se detiene en seco.
Aitana deja de respirar durante un segundo eterno.
Yo me quedo exactamente igual, con el aire retenido en los pulmones.
Sus ojos verdes bajan de nuevo a mi boca y se quedan fijos en mis labios.
El aire debajo de la mesa se vuelve tan espeso que se puede cortar con un cuchillo, y yo creo que sufro una especie de cortocircuito mental, porque soy incapaz de mover un solo músculo.
—Valeria... —murmura mi nombre en un suspiro.
Ay, madre de dios. Mi nombre entonado con esa voz tan grave, tan ronca y tan sugerente debería estar terminantemente prohibido por el Ministerio de Sanidad.
Porque, hablando en plata y sin rodeos, escucharla entonar mi nombre de esa manera me hace sentir como si me arrancara la ropa y me dejara como Dios me trajo al mundo.
Mi pulgar sigue acariciándola, disfrutando de la suavidad de su piel, y noto perfectamente cómo un estremecimiento brutal recorre su cuerpo ante mi tacto.
La veo pelear consigo misma. Puedo leerlo en la expresión de sus ojos: está la Aitana racional, la Directora recta e implacable intentando imponer el sentido común, mientras que la otra parte, la mujer de carne y hueso que lleva días mirándome como si quisiera arrancarme la ropa a mordiscos, está a un milímetro de ganar la guerra.
—Todo está bien, Aitana... —le susurro, acercándome un pelín más, sin saber ya ni a qué me refiero exactamente. Quizá me refiero al miedo a los truenos. O quizá al desastre inminente que se nos viene encima y que estoy deseando que estalle.
Aitana exhala el aire de forma temblorosa, rozando mis labios.
—¿Cómo puedes decir que todo está bien? —me pregunta con la voz entrecortada, perdiendo el norte—. Eres... eres mi empleada, Valeria. Esto es una locura, no debería estar pasando bajo ningún concepto. Yo no debería...
Se mueve rápido, con una agilidad que me pilla completamente desprevenida.
Antes de que me dé tiempo a reaccionar o a decir un "ay", su mano se cierra con firmeza detrás de mi nuca, tira de mí hacia delante y sus labios atrapan los míos en un choque brutal. Y el mundo, señoras y señores, explota en fuegos artificiales.
Ese beso no se parece a nada de lo que haya vivido en mis veintiséis años de existencia. Aunque claro, mirándolo bien, tiene toda la lógica del mundo: nunca en mi vida había besado a una mujer con la fuerza, la clase y el carácter de Aitana.