CAPÍTULO 16 #3
—La verdad es que nunca en la vida me habría imaginado a la gran e implacable Aitana Robles escondiéndose de cuatro truenos mal contados debajo de una mesa —comenta en un susurro cómplice, como si estuviéramos compartiendo un secreto.
—Y yo... yo nunca en la vida habría imaginado que la RRSS del hotel fuese una experta titulada en ejercicios de relajación y pranayama —le respondo, intentando con todas mis fuerzas recuperar un poco de mi ironía habitual para no parecer tan desvalida.
Ella sonríe, y esa sonrisa suya tan auténtica me ilumina el alma entera incluso en mitad de la penumbra más absoluta.
—A ver, jefa, que una está intentando darte un momento de seguridad emocional y apoyo de primera categoría y tú no colaboras absolutamente nada —me regaña en un tono de lo más guasón—.
Pero bueno, me alegra ver que me respondes con tus pullitas de siempre, porque eso significa que el truco está funcionando y ya no estás tan asustada.
La opresión tan horrible que sentía en el pecho empieza a aflojar. Muy poco a poco. Pero lo suficiente como para permitirme inspirar el aire con muchísima más facilidad.
Afuera, el temporal sigue descargando agua con una violencia inusitada.
El espacio huele intensamente a ozono, a lluvia fresca y al perfume dulce y embriagador de Valeria.
Otro trueno espantoso vuelve a retumbar haciendo vibrar los cristales, pero esta vez no me aparto ni me encojo, porque ella se anticipa al ruido y me aprieta la mano con una fuerza tremenda justo un segundo antes, como si supiera exactamente lo que mi cuerpo necesita para no salir huyendo.
La observo detenidamente en silencio durante unos instantes que se me antojan eternos.
Me fijo en sus pestañas, en la pequeña arruga que se le forma entre las cejas cuando se pone seria, y en sus labios, que están ligeramente entreabiertos.
La tengo demasiado cerca. Excesivamente cerca.
Y es una tentación demasiado grande para mi maltrecha cordura.
—Gracias, Valeria... —murmuro finalmente, mirándola a los ojos.
Ella parpadea un par de veces, como si mis palabras de agradecimiento la hubieran pillado totalmente por sorpresa.
—¿Gracias por qué? No hay que darlas, mujer.
—Por quedarte aquí metida conmigo... y por no haberte echado a reír al ver el panorama tan patético que tenías delante —le confieso con el corazón en la mano.
Ella baja la vista un microsegundo hacia nuestras manos, que siguen perfectamente entrelazadas. Cuando vuelve a levantar esos ojos marrones para mirarme, noto perfectamente que algo ha cambiado de forma radical en la intensidad de su mirada. El juego ha desaparecido.
—Yo no pienso dejarte sola, Aitana. Jamás —me dice con una seriedad absoluta que me estremece—. Los miedos de cada uno son sagrados. Nos pueden bloquear la cabeza y hacernos pasar un rato horrible. No hay ninguna gracia en eso.
Mi corazón empieza a latir de nuevo a mil por hora, pero esta vez no es por culpa del pánico, es por ella.
El silencio que se instala entre las dos se empieza a cargar por momentos de una electricidad estática muchísimo más intensa, ardiente y peligrosa que la de todos los rayos que están cayendo ahí fuera en el mar.
—Qué patética e incompetente debo de parecerte ahora mismo… —suspiro, desviando la mirada con un deje de amargura.
Valeria me coge de la barbilla con suavidad con sus dedos libres, obligándome a mirarla de nuevo.
—De patética nada, jefa. En todo caso me pareces humana, de carne y hueso. Y si te digo la verdad... me encanta descubrir esta parte de ti.
Otro relámpago colosal ilumina el despacho entero durante un segundo de reloj. Lo justo y necesario para ver su rostro con nitidez. Su cara preciosa. Sus labios tentadores. La forma tan sumamente encendida y hambrienta con la que me está mirando la boca.
De repente, el espacio físico que nos separa se vuelve insoportablemente pequeño.
Mi respiración se desacelera y noto perfectamente que la suya hace exactamente lo mismo.
Ninguna de las dos dice nada. Ni siquiera sé cuál de las dos empieza a acortar los últimos centímetros de distancia primero.
Solo sé que, de pronto, soy capaz de notar el calor húmedo de su aliento golpeándome directo sobre mis labios.
El ruido ensordecedor de la lluvia exterior desaparece de mi cabeza.
Todo el resort, la tormenta y el mundo exterior desaparecen.
No queda nada. Excepto ella. Excepto sus dedos largos acariciando con una lentitud de infarto los míos.
Excepto esta tensión brutal que lleva semanas creciendo entre las dos por los pasillos de Paraíso Azul y que ahora mismo inunda cada rincón de la oscuridad del despacho.
Sus ojos castaños bajan un segundo, hacia mi boca.
Los míos hacen exactamente lo mismo con los suyos y os juro por lo más sagrado que si otro maldito trueno no hubiera estallado con la fuerza de una bomba en ese preciso instante...
La habría besado allí mismo, mandando mi soltería y toda la normativa del hotel a tomar viento.