¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Eres patética, Aitana , me regaño por dentro.

—¿Quieres contarme qué es lo que pasa por esa cabecita tuya? —pregunta con un cuidado exquisito, inclinándose un poquito hacia delante, lo suficiente para que su aroma me sature los sentidos y para que vea la rojez que se ha quedado grabada en sus mejillas después de las horas de sol de la mañana.

Niego rápidamente con la cabeza, encogiéndome de hombros.

Otro trueno ensordecedor golpea el edificio y mis hombros se tensan de tal manera que noto cómo los músculos del cuello me dan un latigazo de dolor.

Valeria parece entender perfectamente cuál es el origen del problema en cuanto ve mi reacción.

Lo noto en cómo le cambia la expresión de la cara en un segundo.

La guasa y la broma ligera desaparecen de sus facciones y en su lugar aparece algo muchísimo más dulce, protector y maduro: una ternura infinita.

—Te dan un miedo de muerte las tormentas, ¿eh? —afirma con una delicadeza que me cala hondo.

Me siento tan sumamente expuesta, tan desnuda ante sus ojos, que apenas me queda aire en los pulmones para articular palabra.

—Es... es absurdo, Valeria. Tengo cuarenta y dos años, soy una ridícula —murmuro, muerta de la vergüenza, bajando la mirada hacia mis manos.

—De eso nada, ni se te ocurra decir eso —responde ella con una convicción total en la voz—.

Mira, yo tengo veintisiete años muy bien llevados y todavía me pongo a gritar y llamo a mi madre por teléfono cada vez que veo una polilla voladora por mi cuarto.

Todos tenemos alguna cruz o algún miedo tonto que nos hace sentir débiles, Aitana.

No tienes absolutamente nada de lo que avergonzarte, de verdad.

La miro a los ojos por primera vez desde que ha entrado al despacho.

Ella sigue ahí sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y el móvil haciendo de lámpara improvisada para darnos una luz tenue, íntima y cálida que nos resguarda del desastre exterior.

No veo ni un ápice de juicio en su rostro.

No parece incómoda, ni se está burlando.

Solo está... preocupada por mí. Por mi bienestar.

Otro relámpago ilumina el despacho e instintivamente vuelvo a cerrar los ojos, encogiéndome de hombros. Valeria baja el tono de su voz hasta convertirlo en un susurro de lo más íntimo y reconfortante, arrastrando el acento con un arte que me calma el pulso.

—Venga, mírame. Respira conmigo, Aitana. Vamos, hazme caso. Inhala despacio por la nariz... así, muy bien. Ahora suelta el aire poco a poco. Despacito.

—Estoy... estoy perfectamente, en serio.

—Aitana... —repite ella mi nombre en un susurro, y os juro que mi nombre suena completamente diferente, más bonito y más real, cuando sale de sus labios.

Trago saliva con verdadera dificultad, notando la garganta seca. Valeria se mueve, arrastrándose por el suelo hasta sentarse todavía más cerca de mí. Tan cerca que puedo notar el calor casi abrasador que desprende su cuerpo en mitad del aire húmedo, denso y cargado de la tormenta.

—Mírame a mí, jefa. Olvídate del resto —me pide con ternura.

Obedezco la orden sin pararme a pensar ni un solo segundo. Sus ojos castaños me sostienen la mirada con una serenidad que hasta entonces no había visto en ellos.

—Eso es. Muy bien. Respira. Conmigo. Otra vez, vamos.

Inhalo el aire. Lo exhalo. Otro trueno brutal retumba en el exterior con saña y mi respiración vuelve a romperse en un amago de sollozo.

Valeria duda durante un microsegundo antes de alargar su mano derecha hacia mí.

Pero no me toca directamente; no me obliga a nada.

Simplemente deja la palma de la mano abierta hacia arriba, a mitad de camino entre las dos, sobre el suelo, dándome todo el espacio y el tiempo del mundo para que sea yo quien decida si dar el paso.

Y eso... eso precisamente termina por romper la última barrera que me quedaba en pie por dentro.

Porque estoy tan sumamente acostumbrada a tener que controlarlo todo en esta vida, a ser la mujer fuerte, la responsable, la que no llora y la que soluciona los problemas de los demás, que no recuerdo cuándo fue la última vez que alguien me trató con tantísima delicadeza y respeto.

Otro relámpago ilumina el despacho y alargo la mano para sujetar la suya. Valeria sonríe y, de inmediato, entrelaza sus dedos firmes con los míos con una destreza perfecta. Sus manos están calientes, son seguras, fuertes y albergan todo el refugio que necesito.

El aire dentro de este improvisado búnker debajo del escritorio cambia de golpe.

Ya no escucho con tanta violencia el golpeteo de la lluvia contra los cristales.

Ya no siento el pánico de la tormenta de la misma manera.

Ahora mismo solo soy capaz de notar su mano sujetando la mía con firmeza, el movimiento lento de su pulgar acariciando con suavidad mi piel y su respiración pausada acompasándose poco a poco con la mía propia.

Su rodilla sigue rozando la mía debajo de la mesa, generando una intimidad tan brutal y tan ardiente que hace que mi estómago se contraiga en un puño de pura expectación.

—Mucho mejor así, ¿verdad? —susurra Valeria, y su voz me resulta la caricia más bonita del mundo en este momento.

Asiento despacio con la cabeza, incapaz de articular palabra. Me siento completamente agotada, vulnerable a más no poder y peligrosamente cerca de su boca.

Valeria apoya la espalda contra el lateral de madera del escritorio, sin soltarme la mano ni un momento.