CAPÍTULO 16
AITANA
Hace apenas una hora, el sol seguía cayendo sobre el complejo con esa arrogancia insoportable y descarada que tiene el mes de julio en el Mediterráneo.
La piscina infinita rebosaba de turistas tostándose al sol, los niños corrían descalzos por las zonas ajardinadas dejando un rastro de huellas húmedas sobre la piedra caliza y, desde el ventanal de mi despacho, llegaba el eco amortiguado de la música latina del chiringuito mezclado con las risas lejanas.
Todo en Paraíso Azul respiraba ese ritmo alegre y despreocupado del verano.
Hasta yo, con más vino en las venas que sangre y esa sensación pletórica de haber firmado un contrato a prisas y corriendo, pero efectivo a fin de cuentas, me sentía viva y feliz.
Ahora, en cambio, el cielo ha decidido romperse en mil pedazos. Y yo, para mi absoluta desgracia, me rompo exactamente al mismo tiempo.
La lluvia golpea los enormes ventanales con una violencia brutal, salvaje, como si las nubes hubieran decidido descargar toda su ira acumulada contra ellos.
Los relámpagos desgarran la incipiente oscuridad de la tarde tan cerca que cada trueno hace vibrar hasta los archivadores metálicos que hay sujetos a las paredes, provocando un eco sordo, tétrico y espantoso que se me instala directamente en los huesos.
Intento concentrarme. Lo intento con todas mis santas fuerzas.
Tengo tres hojas de cálculo abiertas de par en par en la pantalla del portátil, un informe de los proveedores de la zona recreativa a medio terminar y más de media bandeja de mensajes pendiente de una respuesta urgente.
Sin embargo, llevo exactamente doce minutos de reloj leyendo la misma maldita línea de un correo sin ser capaz de comprender ni una sola palabra.
Las cifras bailan ante mis ojos, borrosas, absurdas e incomprensibles.
Otro trueno espantoso estalla justo encima del edificio. El sonido explota con tanta fuerza que mis dedos se tensan sobre el teclado del ordenador hasta el punto de que los nudillos se me ponen completamente blancos.
Respira, Aitana. Por lo que más quieras, respira. Solo es una maldita tormenta de verano. Solo es agua y ruido. Nada más , me repito a mí misma en un mantra mental que no sirve absolutamente para nada.
A mis cuarenta y dos años debería haber superado esta fobia estúpida hace muchísimo tiempo. Pero el pánico, el miedo irracional y visceral, no entiende de lógicas ni muchísimo menos de la edad que marque tu documento de identidad.
Cierro los ojos un instante, apretando los párpados con fuerza, y el recuerdo de la infancia me asalta el cerebro con la misma crueldad despiadada de siempre: la tormenta eléctrica, la soledad más absoluta en aquella casa enorme, yo metida en el fondo del armario temblando, y aquellos truenos horribles que hacían temblar los cimientos del edificio como si el cielo se estuviera rompiendo a pedazos sobre mi cabeza.
Recuerdo perfectamente el portazo de la niñera al marcharse y esa sensación asfixiante de abandono absoluto mientras mis padres asistían a una gala benéfica al otro lado de la ciudad.
Los truenos siempre me devuelven a ese maldito armario. Siempre.
Aprieto la mandíbula con tanta rabia que me empieza a doler el maxilar.
No pienso venirme abajo por una tormenta de verano de lo más absurda, faltaría más.
Alargo la mano para coger el vaso de agua de la mesa justo cuando un relámpago cegador ilumina el despacho entero con una luz blanca, lívida y fantasmagórica.
Y, un maldito segundo después... ocurre el desastre: todo se apaga.
La oscuridad más densa y negra cae de golpe sobre la oficina como si fuera un telón de teatro.
El sistema de aire acondicionado muere con un último suspiro, las pantallas de los ordenadores se quedan completamente en negro y el silencio más sepulcral se impone durante medio segundo eterno antes de que otro trueno colosal sacuda el resort.
El vaso de cristal se me escurre de los dedos y estalla contra el suelo de la oficina en mil pedazos brillantes, salpicando agua por todas partes.
—¡Joder...! —me quejo en mitad de la penumbra, y mi propia voz me suena tan asustada, rota y patética que me da rabia.
No pasa nada, Aitana. Los generadores de emergencia del hotel van a saltar en tres, dos, uno...
Pero no saltan. Y sí que pasa. Porque la oscuridad se empieza a cerrar a mi alrededor de una manera opresiva, como si las paredes del despacho se me echaran encima.
El viento del temporal silba con fuerza entre las rendijas de los ventanales y otro relámpago atraviesa la estancia de lado a lado.
Durante un microsegundo, veo mi propio reflejo en el cristal de la ventana: estoy pálida como un fantasma, rígida como un poste y completamente aterrada.
Una mujer adulta, una ejecutiva agresiva de éxito, reducida a esto. A una piltrafa humana.
Me llevo una mano temblorosa directamente al pecho, justo encima del corazón, que me late desbocado como si quisiera salirse de la camisa. Estoy respirando demasiado rápido, de forma entrecortada, casi jadeando por la falta de aire. No. No, no, no. Ahora un ataque de ansiedad no, por favor .
Intento ponerme en pie para buscar la salida, pero otro trueno revienta justo encima y el impacto del sonido me atraviesa el cuerpo entero como si fuera una descarga eléctrica.
El pánico generalizado llega de golpe, brutal, físico, sin avisar.
Termino agachándome y metiéndome bajo el escritorio de Valeria casi sin darme cuenta de mis propios movimientos y, llevada por el instinto más primario de supervivencia.
Con las rodillas clavadas contra el suelo, las manos tapándome los oídos con desesperación y los ojos cerrados con fuerza.
Ridículo. Esperpéntico. Absolutamente humillante. La gran e intocable Aitana Robles, la mujer que hace temblar a los proveedores y que dirige este resort, escondida debajo de una mesa como si fuera una niña de seis años desamparada.
Me muerdo el interior del labio con tanta saña que enseguida noto el sabor metálico y caliente de la sangre en la boca. Respira, imbécil. Venga. Uno. Dos. Tres.
La lluvia exterior sigue golpeando los cristales con furia. Otro relámpago azulado ilumina fugazmente la estancia a través del hueco del escritorio. Y entonces, justo en mitad de mi miseria, escucho que la puerta se abre.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
La voz de Valeria atraviesa la oscuridad del despacho como si fuera un bendito hilo de luz. Mi corazón da un vuelco tan sumamente fuerte dentro del pecho que por un momento me da la sensación de que me voy a marear de la impresión.
Una luz tenue y blanca aparece al fondo de la oficina. Es la linterna de su teléfono móvil.
—¿De verdad que no hay nadie aquí metido?
—pregunta de nuevo la andaluza, con esa entonación y ese salero que la caracteriza hasta en mitad del apocalipsis—.
Paco, el de mantenimiento, me ha dicho que esta zona de los despachos puede inundarse en un periquete si la gotera vuelve a abrirse con el temporal.
He venido volando para comprobar que todo está en su si... ¡Ay, va!
Se interrumpe de golpe.
Creo que me ha visto. Trágame, tierra, por lo que más quieras.
Cierro los ojos todavía con más fuerza, hundiendo el mentón en el pecho y deseando con todas mis fuerzas que el suelo se abra en este mismo instante y me trague. Qué humillación más espantosa. Qué vergüenza de verdad, qué va a pensar de mí ahora mismo .
Escucho sus pasos rápidos acercándose lentamente hacia mi posición, con cautela para no pisar los cristales rotos.
—¿Aitana?
No respondo. Es que, materialmente, no puedo.
Estoy demasiado ocupada intentando que el llanto no me reviente en la garganta y concentrada en no desmoronarme.
Otro trueno colosal vuelve a hacer temblar el suelo del despacho y un sonido horrible, un sollozo ahogado y asustado, escapa de mi boca antes de que pueda hacer nada por frenarlo.
En cuanto lo escucha, Valeria acelera el paso.
—Eh, eh... quieta ahí, mi alma. —La luz del móvil desciende de golpe cuando se agacha sin pensárselo dos veces frente al hueco del escritorio. Su voz se llena al instante de una preocupación real—. Dios mío de mi vida, Aitana... pero si estás temblando.
Ojalá me cayera un rayo encima ahora mismo y me fulminara. Tengo las lágrimas acumuladas detrás de las pestañas y odio con toda mi alma experimentar esta asquerosa sensación de debilidad frente a ella.
—No me mires, Valeria... por lo que más quieras, vete y finge que no me has visto —le susurro con la voz completamente rota y ronca por el esfuerzo.
Ella guarda silencio durante unos segundos eternos, observándome en la penumbra. Después, con una ternura y una delicadeza que jamás habría esperado de una persona tan alocada como ella, responde con una sonrisilla oculta en la voz:
—A ver, jefa... eso que me pides está un poquito complicado. Estás metida justamente debajo de mi mesa de trabajo, ¿Cómo voy a fingir que no te he visto?
Pese al pánico atroz que me tiene atenazado el cuerpo, una risa nerviosa, entrecortada y floja se me escapa de la boca.
Valeria se sienta despacio en el suelo, justo enfrente de mí, cruzando las piernas con una naturalidad pasmosa, como si estar metida debajo de un escritorio a oscuras en mitad de una tormenta fuera el plan más normal del jueves por la tarde.
El haz de luz de su móvil, apoyado en el suelo apuntando hacia el techo, le ilumina parcialmente las facciones de la cara.
Tiene el pelo castaño algo húmedo por las gotas de la lluvia y esa camiseta color coral pegada a la piel, marcando de forma sutil y preciosa la curva de sus pechos.
Y me odio. Me odio profundamente porque, incluso estando aquí metida, medio escondida como una rata y al borde de un colapso nervioso, mi maldito cerebro me obliga a fijarme en cómo la tela húmeda se le adhiere al cuerpo, en su olor mezclado con la lluvia y en el brillo tan limpio de sus ojos castaños.