¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

VALERIA

A salvo del sol justiciero bajo el zumbido constante de los ventiladores del bar, el tintineo del hielo y el sabor del vino blanco empiezan a hacer su magia. La rigidez de Aitana parece haberse quedado fuera, evaporada en el asfalto recalentado junto a nuestro coche averiado.

—Así que de Cádiz... —comenta después de un rato, apoyando el brazo sobre la mesa con una naturalidad que me encanta—. Aunque lo suponía, nunca me lo habías comentado.

—Bueno, es que tú nunca te has parado a preguntarme nada que sea un poquito personal —le respondo, mirándola fijo a los ojos—. Siempre que entras por la puerta estás en modo jefa intocable, analizando los números y los informes como si fueras un robot de última generación.

—Tú tampoco es que te hayas esmerado mucho en preguntar por mí —replica ella, arqueando una ceja con un toque de desafío.

—¡Pero bueno! Si lo hago constantemente, Aitana. Otra cosa muy diferente es que tú me respondas con monosílabos o con más de dos palabras seguidas para cortar la conversación.

Sus labios se curvan en una sonrisa suave, de esas que se le escapan sin querer. Me pongo a jugar con el pie de mi copa entre los dedos, disfrutando del contraste del cristal helado contra la piel.

—Nací en Cádiz, en un pueblo marinero precioso. Me vine para Alicante hace unos años para estudiar la carrera de Turismo y la especialización en organización de eventos. Y al final, mira por dónde, esta costa me atrapó el corazón y aquí me quedé.

—¿Te viniste sola? —pregunta ella, y noto un brillo de verdadero interés en su mirada que me da un vuelco al corazón.

Asiento con la cabeza mientras le pego un sorbo al vino.

—Sola ante el peligro. Mi madre sigue viviendo allí en el pueblo y viene a verme cada dos por tres para controlar de primera mano que sigo viva, bien alimentada y, preferiblemente, con pareja.

—¿Y lo estás? —pregunta Aitana con una voz que de pronto se vuelve más baja—. Viva y bien alimentada, quiero decir.

—Viva, ya lo estás viendo. Y alimentada... bueno, eso ya depende del mes de la temporada y de lo locos que sean los horarios de la semana.

Aitana suelta una carcajada suave, una risa limpia que me recorre la piel del cuello como si fuera una caricia física.

—Madre mía... esa risa tuya debería estar totalmente prohibida —me sale decir en voz alta, sin pasar el filtro de la cabeza.

Ella me mira con una sorpresa evidente, con algo muchísimo más profundo y oscuro cociéndose en el fondo de sus pupilas.

—¿Y a ti te gusta vivir aquí? ¿O echas de menos Madrid? —pregunta yo rápido, intentando desviar el tema antes de meterme en un jardín del que no sepa salir.

Aitana gira la cabeza hacia el gran ventanal del local. Fuera, el monte bajo el sol implacable parece arder en tonos pardos.

—Esta zona es preciosa, no se puede negar —responde con una cautela que me resulta casi dolorosa.

—Eso no responde para nada a mi pregunta, jefa —insisto con suavidad, estirando un poco la mano sobre el mantel sin llegar a tocarla.

Se queda en silencio durante unos segundos largos, sopesando las palabras, como si estuviera decidiendo internamente cuánta información confidencial le va a revelar a una subordinada.

—He pasado los últimos años de mi vida metida en hoteles —confiesa al fin con un hilo de voz cansado—.

Llega un punto en esta profesión en el que todos los lugares del mundo se parecen demasiado: la misma vista panorámica desde la ventana, las mismas sábanas caras, la misma cena...

y la misma soledad de siempre al apagar la luz.

Hay algo tan sumamente triste y agotado en la forma en que lo describe que se me encoge el corazón.

La observo con atención: la forma tan elegante y perfecta con la que sostiene la copa entre sus dedos largos, las pequeñas líneas de expresión que le salen junto a los ojos cuando está cansada y esa serenidad exterior suya que ahora sé que esconde un vacío bastante gordo.

—Imagino que tuviste que trabajar como una leona para llegar a ser elegida como la Directora de uno de los resorts de la cadena… —comento con un respeto que me sale del alma.

Ella esboza una sonrisa amarga, sin pizca de humor.

—En mi casa no se cree en el descanso ni en las vacaciones.

Mi padre dirigía una cadena hotelera internacional y mi madre se pasaba el día organizando eventos benéficos absurdamente elitistas.

Desde niña aprendí que cometer un solo error no era una opción aceptable.

Y que mostrar debilidad ante los demás era todavía peor.

—Vaya... pues ahora entiendo por qué casi me asesinas con la mirada cuando te tiré aquel cóctel de granadina encima del traje de chaqueta.

—¡Es que era un Armani de estreno! —responde ella, y esta vez la sonrisa le sale más torcida y gamberra.

Me llevo una mano al pecho con mi dramatismo habitual.

—Eso que acabas de hacer es hablar en idioma de ricos y yo ahí me pierdo, que soy más de irme al Zara en las rebajas de julio a pelearme por las últimas prendas que quedan de mi talla.

Aitana vuelve a reírse con ganas, y esta vez la forma en que me mira es diferente. Me regala una mirada muchísimo más cálida, más viva... y tres mil veces más peligrosa para lo que me queda de cordura.

El camarero andaluz aparece de nuevo rompiendo el momento y empieza a colocar los platos de pescado frito y los calamares con un cuidado sobre la mesa.

—Aquí tenéis, para las dos chicas más guapas y con más arte de todo el restaurante —nos suelta con un guiño incluido.

Yo le sonrío divertida, encantada de la vida con el despliegue.

—Ay, qué detalle. ¿Ves esto, Aitana? Aprende un poquito, que aquí sí que saben tratar a una RRSS como se merece.

El chaval me vuelve a guiñar el ojo antes de darse la vuelta con la bandeja vacía.

—Si necesitáis cualquier otra cosita, solo tenéis que llamarme. Me llamo Pablo.

En cuanto Pablo se aleja hacia la barra, un silencio cargado de electricidad estática se instala en nuestra mesa. Levanto la vista del plato de calamares y descubro que Aitana me está observando fijamente por encima del borde de su copa de vino, con los ojos entrecerrados.

—¿Qué pasa? ¿Tengo una mancha de aceite en la cara o qué? —noto cómo me sube un calor de lo más encendido por las mejillas.

—Nada... —responde ella con lentitud, aunque el tono aterciopelado de su voz dice exactamente todo lo contrario.

—Uf, ese «nada» ha sonado a que pasa de todo, Aitana. Habla.

Ella deposita la copa de vino sobre el mantel con una lentitud deliberada, como si estuviera midiendo el impacto de lo que va a decir.

—Es que no alcanzo a entender cómo puedes tener tanta energía para hablar y conectar con todo el mundo a todas horas. Pareces... una fuerza de la naturaleza completamente inagotable.

—Pues porque me gusta la gente, Aitana. Me interesa lo que piensan, lo que sienten... me gusta escucharlos.

—La mayoría de la gente es… agotadora —afirma ella con una convicción que da pena.

—Eso lo dices tú porque eres una borde —le replico, regañándola con una sonrisa de oreja a oreja.

—Es así porque tú eres materialmente incapaz de quedarte callada más de cinco minutos seguidos sin soltar una de tus genialidades —me devuelve el golpe.

Sonrío con lentitud, saboreando el momento, e inclino el cuerpo un poco más hacia delante sobre la mesa, buscando sus ojos.

—Venga ya, jefa... admite que te encanta que hable por los codos. Admite que te viene de escándalo que te distraiga un ratito de esa cabeza tuya que no para de dar vueltas y planificar cosas ni un solo segundo del día.

Aitana abre la boca dispuesta a soltarme una de sus réplicas cortantes, pero se lo piensa mejor y la vuelve a cerrar de golpe, mirándome con una mezcla de derrota y deseo. Y esa pequeña victoria interna, me llena el cuerpo de una satisfacción tremenda.

La conversación empieza a fluir sola, con una facilidad pasmosa mientras comemos.

Le cuento entre risas mil anécdotas de huéspedes insoportables que he tenido que torear, despedidas de soltero que terminaron con el novio atado desnudo a una farola y de los turistas alemanes que el año pasado acabaron bañándose desnudos en la fuente de la entrada del resort.

Ella, poco a poco y copa a copa, va soltando el lastre y empieza a hablar de sus etapas en los hoteles de Dubái, de las noches de invierno en Lisboa y de lo bonita que es Milán.

De esas reuniones eternas donde todo el mundo lleva corbata y nadie dice jamás lo que piensa de verdad.

De esas cenas de gala donde se ha sentido sola a pesar de estar rodeada de cientos de personas.

—Y cuando por fin se termina el día... —confiesa de pronto, bajando el tono de voz hasta dejarlo en un susurro íntimo que me eriza la piel—, lo único que me espera es volver a una habitación que me parece más una jaula dorada que un hogar.

A veces, Valeria... a veces me pregunto seriamente si toda esta carrera y todo este sacrificio merecen la pena.

Cuando se queda callada, después de soltar esa bomba, noto una oleada extraña, cálida y protectora expandiéndose con fuerza por todo mi pecho.

De repente, como si se me hubiera encendido la bombilla, entiendo perfectamente muchas cosas de ella: la rigidez, el control enfermizo, la necesidad obsesiva de tenerlo todo perfectamente organizado.

No es frialdad, es protección pura. Una coraza enorme que ha construido para que nadie pueda hacerle daño.

El camarero de los tatuajes regresa a la carga y apoya una de sus manos en el respaldo de mi silla con una familiaridad de lo más campechana.

—Bueno, chicas... ¿cómo va la cosa? ¿Os traigo otra botellita de este blanco que entra solo? Que vais a un ritmo supremo.

—Pues mira, yo creo que va a ser que sí —respondo sin pensarlo dos veces, buscando la aprobación de Aitana con la mirada.

—Marchando. Para ti, lo que me pidas —me suelta el chaval antes de retirarse hacia la barra.

Aitana arquea una ceja de inmediato en cuanto el chico se da la vuelta, cruzándose de brazos sobre la mesa.

—Me parece a mí que ese chico está intentando ligar contigo de una forma muy poco sutil.

—Pobrecito de mi vida... —digo soltando una risotada floja, mirándola de reojo.

—¿Pobrecito? —repite ella, picada por la curiosidad—. ¿Se puede saber por qué dices eso?

Me encojo de hombros con total parsimonia, sosteniéndole la mirada con un descaro que sé que la pone nerviosa.

—Pues porque está perdiendo el tiempo, Aitana. Así de claro.

Ella le pega un sorbo lento a su copa de vino, observándome con una intensidad que me hace arder por dentro.

—¿Y eso por qué, si se puede saber...?

—Porque los hombres a mí no me interesan absolutamente nada —le respondo con una tranquilidad pasmosa—. Y, además, tampoco me gusta la gente de mi edad, se me quedan cortos. Yo es que prefiero... cierta madurez en una mujer. Cierta intensidad. De esa que te hace estallar la cabeza.

La explicación me sale directa de las entrañas, sin pasar por ningún filtro y sin anestesia. Aitana deposita la copa sobre la mesa de golpe y, de repente, mi corazón se convierte en una manada de caballos salvajes galopando desbocados por el desierto de Almería. Lo noto en la garganta.

Ella me sostiene la mirada fija, sin pestañear, y durante unos segundos eternos el restaurante desaparece.

Ya no escucho el ruido de los platos, ni el zumbido del ventilador de techo, ni el rumor lejano del mar.

Solo siento esa tensión brutal, ardiente y magnética creciendo entre las dos como un incendio forestal que amenaza con consumirnos vivas aquí mismo si ninguna se aparta.

Hasta que Aitana, respirando entrecortadamente, aparta la vista primero hacia la ventana y descubro, con un subidón de lo más salvaje, que mi jefa lo ha sentido todo igual de fuerte que yo.