CAPÍTULO 14
VALERIA
El calor que hace hoy es capaz de derretirte hasta las pocas ideas que te quedan flotando en la cabeza.
La carretera está más desierta que una calle de Córdoba a las cuatro de la tarde en pleno agosto.
A nuestro alrededor, solo hay olivos resecos y retorcidos, y a lo lejos, se puede ver el mar Mediterráneo brillando, pero envuelto en una especie de calima blanca y espesa que hace que todo el paisaje parezca un espejismo de película del oeste.
Apoyada justo al lado de la puerta del copiloto, como si la cosa no fuera con ella, está Aitana.
Lleva sus gafas de sol puestas y los brazos cruzados con firmeza sobre el pecho, manteniendo esa postura recta que tanto me impresiona.
Os lo juro: esta mujer parece el tipo de persona que es capaz de sobrevivir a un apocalipsis climático sin que se le arrugue la ropa.
Odio con toda mi alma lo sumamente bien que le queda incluso sudar.
Odio cómo el calor del mediodía le resalta ese tono dorado tan bonito en la piel de los brazos y cómo la tela de su top se le pega sutilmente al contorno del cuerpo sin restarle ni una pizca de esa elegancia innata que gasta.
Es que la miras y dan ganas de pedirle un autógrafo, la madre que la parió.
—Los de la grúa dicen que van a tardar un mínimo de dos horas en llegar —anuncia ella con una sequedad que asusta.
—Perfecto… —le suelto, colocándome las manos en las caderas—.
Pues nada, ya podemos ir rezándole a la Virgen de la Palma, porque vamos a morir aquí mismito las dos.
Tú por un ataque de estrés y yo por una insolación.
Una muerte preciosa y de lo más romántica.
Ya imagino el texto de mi lápida: « Aquí yace una andaluza con mucho arte que solo quería un poquito de aire y un meneo bien dao ».
Aitana se coloca las gafas y me dedica una mirada lateral por encima de los cristales oscuros, arqueando esa ceja tan perfecta con una mezcla de exasperación y diversión que ya empiezo a captar de lejos.
—Valeria, por favor, te prohíbo que dramatices en horario de trabajo —responde con una calma que me pone mala.
—¿Que no dramatice? ¡Pero si soy de Cádiz, criatura! —le replico con un desparpajo que me sale del alma—. En mi tierra el drama y el compás nos vienen de fábrica en el paquete básico, justo al lado del aceite de oliva virgen y las ganas de guasa. Así que no me pidas milagros bajo este sol.
La comisura de sus labios tiembla. Apenas un poquito pero lo hace, vaya que si lo hace.
Y yo me quedo completamente idiota mirándole la boca porque, desde el numerito del spa —desde aquella escena vergonzosa y peligrosamente íntima en la que acabé hecha una croqueta en el suelo y ella tocándome sin ser consciente del efecto de sus manos—, cualquier mínimo gesto que hace me afecta el triple.
Me aclaro la garganta con fuerza y desvío la mirada hacia los olivos, intentando por todos los medios recuperar el control de mis hormonas, que están más revolucionadas que los turistas cuando ver el letrero de barra libre.
El sol cae vertical sobre nuestras cabezas.
El ambiente huele a asfalto recalentado, a salitre y a tomillo seco.
Y, para nuestra desgracia, no hay ni una maldita sombra decente a la vista.
—A ver, atiende. Tenemos dos opciones—le digo, dándole un toque juguetón con el codo en el brazo—. Opción A: nos quedamos aquí plantadas como dos estatuas hasta derretirnos como dos bombones al sol. U opción B: he visto una tasca un poco más abajo, justo detrás de aquella curva. ¿Qué me dices?
Aitana alza la ceja con una elegancia que me desarma.
—¿Una tasca, en serio?
—Sí, con su techo, sus paredes y, muy probablemente, una nevera llena de cerveza bien fría con su escarcha y todo. Lo que en mi bendita tierra se conoce técnicamente como un paraíso terrenal en mitad de la tragedia.
—No pienso probar ni una sola gota de alcohol —afirma con una rotundidad digna de un discurso del rey—. Estamos en pleno horario laboral.
—Yo no, te recuerdo que hoy tenía la mañana libre… —le digo con una sonrisa traviesa de oreja a oreja.
Ella suelta un suspiro largo, de esos resignados que hacen que su pecho suba y baje con una lentitud que me distrae una barbaridad.
Pero al final cede, da media vuelta y empieza a caminar hacia la curva.
Y eso me preocupa seriamente, porque Aitana no tiene pinta de ser una mujer acostumbrada a ceder absolutamente nada en esta vida.
Ni terreno, ni el control, ni muchísimo menos sus propias emociones.
La tasca resulta ser el típico bar familiar: manteles blancos, ventiladores de madera girando perezosamente en el techo a todo trapo y un olor a pescadito frito recién hecho que me abre el apetito en apenas unos segundos.
En cuanto cruzamos el umbral y el chorro de aire frío me golpea la cara, siento un alivio físico tan intenso que por un pelo no gimo de placer en mitad del local.
—Yo debería haber nacido en Groenlandia… —exclamo en un susurro, cerrando los ojos un segundo mientras me abanico con las manos.
Aitana se quita las gafas de sol con un movimiento fluido y observa todo el local con esa discreción que la caracteriza.
Es que incluso en un sitio tan humilde y de pueblo como este, parece recién sacada de una portada de revista de moda.
Lleva un pantalón que se le ajusta a las caderas que da gloria verlo, y ese top blanco que deja a la vista sus brazos y parte de su ombligo.
No debería fijarme en esas cosas, pero es que la carne es débil y aquí estamos las dos a solas.
Un camarero joven, con los brazos llenos de tatuajes y una sonrisa enorme, aparece enseguida con un trapo al hombro.
—Bienvenidas. ¿Qué os pongo?
—Hola, guapetón —respondo yo antes de que Aitana pueda desplegar su tono frío y comedido, devolviéndole la sonrisa con ganas—. Mira, ¿tenéis por ahí alguna mesita libre o tenemos que pelearnos por ella? Porque te juro que con el calor que traigo encima soy capaz de cualquier barbaridad.
El chaval se echa a reír con ganas, mirándome con descaro.
—Para ti tengo la mejor del local. Os pongo justo al lado del ventanal del fondo, allí os llegará el aire de lleno.
—¡Ay, te quiero un poquito ahora mismo, de verdad te lo digo! —le suelto con todo mi arte, ganándome un bufido inmediato por parte de mi acompañante.
Aitana niega suavemente con la cabeza con cara de pocos amigos mientras camina hacia el fondo del local. Se sienta frente a mí, cruzando las piernas con una distinción que parece que esté en el Palace de Madrid en vez de en un bar de pueblo.
—Tú es que no puedes evitar coquetear con todo el mundo, ¿verdad? —murmura en voz baja en cuanto el camarero se aleja a por las cartas, apoyando las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Bueno... con todo el mundo no, no te pases —replico, inclinándome hacia delante y apoyando los codos sobre el mantel para acortar la distancia.
—Con el noventa por ciento de la población, entonces. Incluyendo el personal de seguridad, los animadores y los proveedores —insiste ella, clavándome esos ojos de gata que tiene.
—A ver, te voy a contar mi secreto mejor guardado: a mí lo que me interesa es el diez por ciento restante de la población.
Ahí es donde se esconden los casos más interesantes, los difíciles de roer...
los que van de duros por la vida y luego se derriten — le respondo, sosteniéndole la mirada con una sonrisa de lo más traviesa.
Sus ojos verdes se clavan en los míos y noto la tensión de inmediato.
Es ese tirón extraño, ardiente y salvaje en mitad del pecho que me deja sin respiración.
El camarero regresa rompiendo el hechizo, dejándonos las cartas impresas y una botella de agua helada que suda gotas frías.
Me sirvo un vaso y me lo bebo casi entero de un tirón, sintiendo cómo el frío me devuelve la vida al cuerpo.
—Creo que he resucitado de entre los muertos… —suspiro, pasándome el dorso de la mano por los labios.
—Desde luego... qué imagen tan poco refinada, Valeria —comenta ella mirándome de reojo, aunque el tono de su voz me suena muchísimo más suave y juguetón que de costumbre.
—Y dale con el refinamiento, mi alma. Qué obsesión más mala tienes, de verdad. Alguien tiene que encargarse de romper las reglas de vez en cuando en esta vida para que no sea un aburrimiento, ¿no crees?
—Sí, puede ser, pero alguien tiene que mantenerlas en esta mesa para que no acabemos en comisaría —responde ella de inmediato.
Y justo después, se le escapa una risa baja, profunda y cálida que me recorre toda la espina dorsal como un calambre.
Me echo a reír con ella, contagiada por el momento.
La risa le ilumina la cara, borrando de un plumazo todas las líneas de tensión y amargura que suele llevar alrededor de los ojos cuando está metida en el despacho.
La miro tan fijamente, tan embobada con el hoyuelo que se le forma en la mejilla, que Aitana termina carraspeando, poniéndose un poco colorada, y apartando la vista con rapidez hacia el menú.
—¿Ya has pensado qué quieres comer? —pregunta, fingiendo un interés tremendo en los platos combinados.
—La verdad es que no… —miento como una bellaca, apoyando la barbilla en mi mano.
Porque es obvio que lo que quiero llevarme a la boca es a ella.
Y porque verla así de relajada y sin la coraza puesta me vuelve loca.
En el resort siempre va recta como un palo, tensa, perfecta, como si llevara una armadura de diseño pegada a la piel.
Aquí, en cambio, sentada frente a mí, me parece peligrosamente humana.
Vulnerable, preciosa e interesante a rabiar.
Pedimos una ración de pescadito frito variado, una ensalada de tomates de la huerta con un chorro generoso de aceite de oliva, calamares a la plancha y una botella de vino blanco de la casa bien frío.
Aitana intenta protestar durante exactamente siete segundos de reloj, soltando algo sobre el reglamento, antes de aceptar que le llene la copa.
—Esto que estamos haciendo es una infracción de lo más grave y no debería ocurrir bajo ningún concepto en horario laboral, que lo sepas —dice, aunque sus dedos largos ya están rodeando el tallo de la copa de cristal.
—Venga ya, mujer. Además, el coche de la empresa nos ha dejado tiradas en mitad de la carretera, nadie tiene por qué enterarse de nuestros pecadillos.
El vino blanco entra fresquito y noto al instante cómo el ambiente cambia de rumbo entre nosotras.
Tal vez sea el calor sofocante que hemos dejado fuera o el hecho maravilloso de que estamos a kilómetros del resort.
Aquí no hay nadie mirándonos de reojo, ni jerarquías estrictas que mantener.
Solo estamos ella y yo. Y esa idea me enciende la sangre de una forma que prefiero no analizar si no quiero ponerme a sudar de nuevo.