¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 13
17%

CAPÍTULO 13

AITANA

Diez minutos más tarde, estamos metidas en el coche de la empresa, circulando por la carretera nacional que bordea la costa.

Y el problema de la situación no es el silencio que reina en el habitáculo.

El problema real es que el silencio te empuja a pensar más de la cuenta, y cuando una piensa, rememora cosas que deberían estar convenientemente guardadas bajo llave.

El mar Mediterráneo brilla con intensidad a nuestra derecha, bajo un sol de justicia que lo tuesta todo.

Las ventanillas van bajadas a la mitad, dejando entrar ese aire cálido y pegajoso cargado de olor a sal, a asfalto y a tomillo, mientras la radio del coche escupe una melodía suave de fondo.

Valeria conduce con soltura. Yo, por mi parte, intento con todas mis santas fuerzas no mirar fijamente sus piernas cada vez que estira la mano para cambiar de marcha.

Fracaso de forma estrepitosa y miserable a los cinco minutos.

—Oye... ¿siempre te pones así de sargento por teléfono con los proveedores? —me pregunta de repente, rompiendo la quietud con un tono de lo más guasón.

—Depende —le respondo, girando el cuerpo ligeramente en el asiento del copiloto para mirarla de perfil.

—¿Y de qué depende, si se puede saber?

—Pues de lo incompetente y poco profesionales que sean.

Ella se sonríe apenas, manteniendo los ojos fijos en las curvas de la carretera costera.

—Pues... Da un poco de pánico verte enfadada con ese genio que gastas.

Pareces capaz de congelar el mismísimo infierno con una sola de tus miradas.

Aunque bueno... también te digo una cosa: tiene su punto de lo más sexy esa autoridad tuya tan de mujer de orden... A mí me pone, qué quieres que te diga.

La miro fijamente, notando cómo un sofocón tremendo me sube por todo el cuello hasta encenderme las mejillas. Ya estamos otra vez. No puede evitar el flirteo ni conduciendo a ochenta kilómetros por hora.

—Valeria, por favor... un respeto, que soy tu jefa —le llamo la atención, aunque la voz me sale con menos fuerza que un silbato de plástico.

—¿Qué pasa? —responde ella, girando la cabeza un segundo para regalarme una mirada llena de desparpajo—.

¿Ahora te toma por sorpresa? Que llevemos tres días como si no nos conociéramos de nada no quita que me haya olvidado de lo que pasó el otro día.

Yo no he podido olvidarme de cómo me tocabas. Se me quedó el cuerpo... en fin.

Aprieto la mandíbula, intentando que no se me note lo muchísimo que me afectan sus palabras. Ella me sonríe con más intensidad, dándose cuenta perfectamente del impacto de su confesión.

—Aquello fue... un accidente, Valeria. Una caída desafortunada y nada más —murmuro, aunque sé que las palabras me suenan ridículas y falsas hasta a mí misma.

—¿Un accidente? Dirás uno que duró un siglo mientras nos mirábamos la boca como si quisiéramos comernos vivas allí mismo —me rebate con una suavidad que me desarma, sin perder de vista la carretera—. Venga, Aitana... Que yo todavía noto tus dedos en mi piel, chiquilla.

Antes de que me dé tiempo a fabricar una respuesta lo suficientemente digna y profesional, las primeras casas aparecen.

Un sitio pequeño, precioso y de lo más mediterráneo.

Pero justo cuando empezamos a enfilar la calle principal que da acceso al centro, se escucha un golpe espantoso.

Seco. Brusco. Un clonc de los que duelen en el alma.

El coche se inclina de mala manera hacia el lado derecho en mitad de una sacudida.

—¡No me jodas ahora! —murmura Valeria dando un volantazo.

El ruido del neumático trasero arrastrándose sin aire contra el asfalto dura apenas unos segundos interminables, hasta que ella consigue detener el vehículo junto al arcén, esquivando una farola.

Silencio. Luego, las dos hablamos exactamente al mismo tiempo y con el mismo tono de desesperación:

—¿Un pinchazo?

Nos quedamos mirando fijamente durante tres segundos y, de repente, a Valeria le empieza a entrar una risa floja que termina en una carcajada limpia, sonora, real, cansada y completamente incrédula ante nuestra mala pata.

Apoya la frente directamente sobre el cuero del volante mientras sigue partiéndose de la risa ella sola.

—Aitana... este verano nos quiere ver bajo tierra —dice entre risotadas, limpia de toda culpa—. ¿Qué más nos puede pasar hoy?

La observo detenidamente durante unos instantes, contemplando la frescura de su risa, y contra toda lógica y toda mi cordura, empiezo a reír yo también.

Porque claro, la rueda del coche se tenía que pinchar hoy y teníamos que quedarnos tiradas, bajo un sol de justicia, justo después de pasarnos tres días evitándonos y tras admitir que nos atraemos.

El universo definitivamente tiene un sentido del humor de lo más retorcido y cachondo, tal y como ella decía.

Valeria sale del coche limpiándose las lágrimas de la risa y yo hago exactamente lo mismo por mi lado.

El calor asfixiante de la calle nos golpea como un bofetón.

Apenas hay un alma viva en la calle, y no me extraña con el calor que hace.

Ella rodea el coche y se queda observando la rueda trasera derecha, que está completamente desinflada y destrozada contra la llanta.

—Bueno… —dice llevándose las manos a la cintura, arqueando el cuerpo de una forma que me vuelve a encender—. ¿Tú crees que la grúa del seguro va a tardar mucho en rescatarnos?

Saco el teléfono móvil del bolso y busco el número de la asistencia en viaje.

—Voy a llamar ahora mismo para que se den prisa. No podemos perder toda la mañana aquí.

Valeria da un par de pasos hacia mí, arrimándose hasta quedar apoyada de espaldas contra el capó caliente del coche, mirando el reflejo del mar que se ve al fondo de la calle.

—Pues sabes una cosa... —murmura mirándome de reojo—, que a pesar de todo este desastre del pinchazo y del calor que hace, a mí no me importa lo más mínimo estar aquí tirada contigo. Aunque sea sin aire acondicionado y con una rueda menos.

La miro directamente a esos ojos marrones tan expresivos, sintiendo una oleada de atracción física tan brutal y tan innegable que ya no puedo disimular.

Ella me sonríe con una dulzura que me cala hasta los huesos y, por un instante perfecto, el maldito mundo parece detenerse solo para nosotras dos en mitad de esa calle.

Como si estuviera escrito en alguna parte que este era el momento que buscábamos, sin nada ni nadie que nos incordie, sin nada ni nadie que nos frene.