CAPÍTULO 12
AITANA
Llevo tres días enteros escondiéndome en mi despacho.
Tres días . A estas alturas, con mi currículum y mis cuarenta y dos años, debería concederme a mí misma un premio Guinness de los Records a la cobardía más absoluta.
Pero es que es cerrar los ojos un segundo y repetir con nitidez la misma maldita escena: Valeria desparramada en el suelo, yo encima de ella, mis manos arrastrándose por su piel y Marta mirándonos como si acabara de descubrir el Santo Grial de los cotilleos del resort.
Os juro que no sé qué fue peor. Si el porrazo que se pegó Valeria, el silencio de que nos rodeó después o el hecho vergonzoso de que, durante unos minutos eternos, estuve muy cerca de mandar mi profesionalidad a la mierda y follarla allí mismo, en el suelo, como si fuera una adolescente urgida e incapaz de controlarse.
Aprieto los labios, de lo más molesta conmigo misma, mientras reviso por tercera vez consecutiva los informes de gastos del evento de la semana que viene.
El despacho permanece en un silencio absoluto, un silencio extraño, espeso y pesado que solo rompe el zumbido lejano del aire acondicionado y el rumor amortiguado de los turistas disfrutando de las piscinas.
El escritorio de Valeria está vacío porque le toca librar esta mañana.
Y me odio un poquito por notar tanto su ausencia.
Porque antes de que pasara el desastre, su presencia me molestaba y ahora lo único que deseo es volver a repetir aquel numerito, pero con final feliz.
Me inclino hacia delante sobre la mesa y me presiono las sienes con la yema de los dedos. Necesito centrarme de una santa vez, que me pagan para dirigir un resort de lujo, no para andar suspirando por los rincones como una colegiala.
El teléfono del escritorio de Valeria rompe la paz de golpe con un timbrazo ensordecedor.
El sonido me sobresalta de tal manera que por un milímetro no tiro la taza de café sobre el teclado.
Frunzo el ceño, fulminando el aparato con la mirada.
¿Se puede saber por qué demonios desvían las llamadas a su extensión cuando ya tienen la mía?
El teléfono continúa sonando con una insistencia verdaderamente molesta.
Resoplo con fastidio, me levanto de mi sillón y cruzo el despacho.
Descuelgo el auricular con bastante más brusquedad de la necesaria.
—Resort Paraíso Azul, habla Aitana Robles —respondo con mi mejor tono.
La voz histérica y atropellada que entra al otro lado del hilo telefónico casi me perfora el tímpano izquierdo.
—¡Señora Robles! ¡Menos mal que me coge usted el teléfono! —exclama un hombre, respirando como si viniera corriendo—. Tenemos un problema de los gordos.
Reconozco la voz al primer segundo. Es Sergio, el proveedor externo del espectáculo de música y luces que la cadena contrata todos los veranos para cubrir el evento del torneo de voley-playa.
—Dime, Sergio. Y haz el favor de respirar, que no te entiendo nada —le ordeno, cruzando los brazos, aunque ya me huelo que no me va a gustar lo que va a salir de su boca.
—Verás... es que ha surgido una complicación logística de última hora, totalmente insalvable, y vamos a tener que cancelar el espectáculo para el torneo de la semana que viene. Lo lamento en el alma.
Me quedo completamente petrificada en mitad del despacho, con todos los músculos del cuerpo en tensión y la sangre congelada.
—¿Cómo que cancelar, Sergio? —repito con una voz tan cortante que podría usarse para rebanar filetes.
—Sí, bueno... es que hemos sufrido una avería tremenda con el camión de los escenarios, las pantallas no van a llegar a tiempo y...
—No —le interrumpo con una frialdad absoluta que lo deja mudo—.
No me puedes venir con ese cuento a estas alturas, Sergio.
Estamos a una semana de uno de los eventos más importantes del verano en el resort.
Llevamos contando con vuestra empresa desde antes de que yo pusiera un pie aquí.
Y, que yo sepa, tú no puedes cancelar de forma unilateral un contrato mercantil firmado y sellado desde hace meses.
Sergio empieza a largar tonterías a una velocidad pasmosa, soltando excusas baratas sobre problemas técnicos del motor, retrasos en los transportes y no sé qué historia absurda de un sindicato. Mi paciencia, que hoy ya venía bajo mínimos, se agota exactamente en treinta segundos de reloj.
—Escúchame muy atentamente, Sergio, porque no lo voy a volver a repetir —le digo, apretando el auricular con tanta fuerza que se me ponen los nudillos completamente blancos—. Cumple el contrato que tienes firmado. Es tu obligación.
—Es que es materialmente imposible, de verdad. Que lo he intentado todo, se lo juro por mis hijos.
—Pues deja de hacer que parezca imposible, búscate la vida y soluciona lo del camión —le respondo mientras empiezo a pasear por el despacho como un león enjaulado, notando cómo la irritación me sube por el pecho a marchas forzadas—.
Yo quiero ese espectáculo de luces, las tarimas y la música aquí el próximo viernes sin falta.
No acepto un «no» por respuesta, Sergio. Ninguno.
—Por favor, póngase en mi lugar, somos una empresa pequeña...
—No, ponte tú en el mío. Escúchame bien: si el próximo jueves por la mañana tus camiones no están cruzando la barrera de seguridad del resort, me voy a encargar personalmente, a través de la central, de que ninguna cadena hotelera de este país vuelva a contratar un solo servicio tuyo en lo que te queda de vida laboral. ¿Te queda claro?
Un silencio sepulcral, de los que asustan, se instala al otro lado de la línea.
—¿Eso es una amenaza? —murmura él al fin, con la voz temblorosa.
—No. No es una amenaza. Es una promesa.
En ese mismo instante, escucho la puerta abrirse.
Levanto la vista de golpe y me encuentro a Valeria observando todo el panorama desde la entrada, con una ceja alzada y los brazos cruzados sobre el pecho.
Lleva unos shorts ajustados y una camiseta de tirantes color coral que deja al descubierto los hombros.
Y no sé por qué demonios mi cerebro, que es de lo más traidor, decide fijarse precisamente en la curva suave de su cuello y en cómo el sol del mediodía que entra por el ventanal le acaricia la piel. Pero lo hace y me deja fuera de juego
—No puedo hacer nada más. El contrato queda cancelado por fuerza mayor —me suelta Sergio.
Y el muy cobarde me cuelga el teléfono, dejándome con la palabra en la boca.
Me quedo mirando el auricular unos segundos, completamente incrédula, sintiendo que me va a dar un ataque de ira. Luego cierro los ojos lentamente, respirando por la nariz para no romper nada. Fantástico. Lo que me faltaba para rematar la semana.
—Por la cara que acabas de poner, yo diría que alguien muy importante nos ha dado esquinazo —comenta Valeria desde la entrada. Su voz me suena extrañamente suave, cuidadosa, con ese acento gaditano arrastrado que tiene, como si tuviera miedo de que estalle contra ella en cualquier momento.
Cuelgo el teléfono de un golpe seco que retumba en toda la estancia.
—El proveedor del espectáculo para la fiesta del torneo de vóley-playa acaba de cancelar el contrato unilateralmente —le explico, cruzándome de brazos para intentar mantener la compostura y marcar las distancias.
Ella frunce el ceño al instante y da un paso decidido hacia el interior del despacho.
—¿Cómo que lo ha cancelado? Pero si es la semana que viene...
—Créeme, Valeria, soy perfectamente consciente del calendario y de las consecuencias que eso tiene —respondo suavizando el tono de voz.
El silencio entre las dos regresa de inmediato, instalándose en mitad del despacho.
Es denso, es incómodo y está cargado de un magnetismo peligroso.
Es que la tengo a dos metros y todavía puedo recordar a la perfección cómo se sentía su piel suave y húmeda bajo mis dedos...
Joder, Aitana, concéntrate, que eres su jefa, por el amor de Dios.
Valeria se acerca a su escritorio y empieza a rebuscar entre carpetas de colores, libretas desparejadas y esa montaña imposible de post-its fluorescentes que se acumulan a un lado de la pantalla del ordenador.
Su forma de trabajar me genera ansiedad pura y fascinación absoluta a partes iguales.
Todo su espacio es un caos de mil demonios, pero sé perfectamente que es capaz de encontrar lo que busca en cuestión de tres segundos.
—Tiene que haber algo por aquí... Espérate un momento... —murmura para sí misma, metiendo medio cuerpo en el cajón de su mesa.
Cruzo los brazos sobre el pecho y la observo en silencio, deleitándome sin querer con el movimiento de su cadera. Al cabo de un instante, saca una agenda enorme forrada de purpurina llena de notas adhesivas y la abre con una rapidez pasmosa.
—¡Aquí está! —anuncia con una sonrisa de triunfo que le ilumina la cara—.
Si es que yo siempre lo digo: una buena RRSS tiene que tener un plan B en la manga para cualquier tipo de catástrofe.
« Orquesta Bahía Azul» . Es un grupo de música y animación.
Trabajé con ellos hace dos veranos en la organización de una boda ibicenca que acabó como el rosario de la aurora.
La miro con un escepticismo que me sale natural, arqueando una ceja.
—¿Y se supone que el hecho de que terminara en desastre debería tranquilizarme?
—A ver, que te explico: sobrevivieron a una novia despechada que intentó tirarle una langosta viva a su suegra delante de todos los invitados —me aclara, y los ojos le brillan con ese humor canalla y absurdo que siempre consigue arrancarme la seriedad a mordiscos—.
Créeme, Aitana, esos muchachos son capaces de torear en cualquier plaza.
Además, son buenos de verdad. Tienen una energía que te mueres, un repertorio que te levanta de la silla.
Saben perfectamente cómo hacer que la gente se lo pase de categoría.
La comisura de mi boca amenaza seriamente con curvarse hacia arriba en una sonrisa. Pero me obligo a mantener el tipo y a ponerme firme.
—Yo no necesito una orquesta de bodas de pueblo, Valeria. Necesito un espectáculo de primer nivel y con caché para un resort como este.
—Que son buenísimos, de verdad, hazme caso por una vez —insiste ella, dando un par de pasos hacia mí hasta quedar peligrosamente cerca—. Y tienen tablas de sobra en eventos grandes. Déjame que les pegue un telefonazo, al menos para ver cómo tienen la agenda.
Me acerco involuntariamente hacia ella hasta quedar a escasos centímetros de su costado.
Valeria gira la agenda hacia mí y me muestra una dirección escrita a mano con una caligrafía redonda, junto a un nombre subrayado en rosa fosforito.
Nuestros brazos se rozan apenas, un simple contacto, pero me sacude un escalofrío traicionero por toda la espalda que me eriza la piel.
—¿Y tú crees que van a tener disponibilidad para la semana que viene en mitad de julio? —le pregunto, intentando con todas mis fuerzas ignorar el calor que desprende su cuerpo.
Valeria se encoge de hombros ligeramente, mirándome fijamente a los ojos.
—Pues solo hay una forma de averiguarlo.
Me sostiene la mirada con descaro y, durante un segundo entero, la tensión de no haberla visto a lo largo de estos tres días late entre las dos con una fuerza descomunal.
Llevo evitándola como si tuviera la peste.
No hemos hablado de lo que pasó en la sala de masajes y las dos sabemos perfectamente el motivo de ese silencio: nos morimos de ganas de seguir donde lo dejamos.
Aparto la vista primero, maldiciéndome por dentro .
—Bien —digo finalmente, carraspeando para recuperar mi voz de mando—. Prepárate, que nos vamos.
Valeria parpadea un par de veces, completamente sorprendida por mi reacción.
—¿Cómo que nos vamos? ¿A dónde?
—Necesito supervisar personalmente cualquier nuevo contrato que firme este hotel. Además, no pienso cerrar un servicio tan importante por teléfono después de la espantada que nos acaba de dar Sergio. Quiero verles la cara y negociar las condiciones en persona.
Ella me observa unos segundos fijos, como si intentara descifrar si meterse en un coche conmigo a solas es una buena idea para su salud mental.
La verdad es que yo tampoco tengo ni la más remota idea de si esto es un acierto o un suicidio en toda regla.
Pero necesito resolver este desastre como sea.
—De acuerdo —acepta al fin, dibujando esa sonrisa pícara que tanto me trastoca—. Voy a por las llaves del coche de la empresa.
Asiento con la cabeza, recuperando la distancia.
—Perfecto. Salgamos de aquí antes de que aparezca otra desgracia.
—Ay, no lo digas muy alto, por lo que más quieras, que el universo nos escucha y es un cachondo de tres pares de narices —me suelta riéndose mientras sale del despacho, dándome unos segundos para respirar.