¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

VALERIA

—¿Se puede saber qué haces tú aquí? —soltamos las dos a la vez, con el mismo tono de sorpresa en la voz.

En mitad del ataque de pánico —o del subidón sexual que me está dando— intento incorporarme de la camilla con rapidez.

Error . La toalla se me engancha en los pies, el codo me resbala de la camilla y, antes de que pueda entender lo que está pasando, caigo y aterrizo en el suelo completamente desnuda y rodando como una croqueta humana en mitad de una crisis existencial.

El porrazo resuena entre las cuatro paredes de la sala.

—¡¡Hostia puta!! —exclamo al ser consciente del bofetón que me he dado contra el suelo—. ¡¡Que daño me he hecho!

Durante un segundo larguísimo os juro que veo desfilar la semana santa de Sevilla entera por delante de mis ojos. El dolor del golpe se me mezcla con la vergüenza más espantosa, más ridícula y más absoluta de toda mi historia vital.

Aitana reacciona más rápida que una centella.

—¡Valeria! —exclama con la voz cargada de preocupación, tirándose al suelo de rodillas a mi lado tan rápido que se le cae la toalla y se queda ella también como Dios la trajo al mundo.

Yo intento ovillarme en el suelo y taparme las vergüenzas como puedo con los restos de la toalla, mientras asimilo que mi orgullo propio acaba de abandonar mi cuerpo para los restos. Las manos me tiemblan tanto que parece que estoy tocando las castañuelas.

—Estoy perfectamente, no me he hecho nada, tranquila —miento como una bellaca, con un hilo de voz que apenas me sale del pecho.

—¿Cómo vas a estar bien, si te has pegado un golpe tremendo contra el suelo? —insiste ella, arrimándose más a mí y acortando la distancia.

—Que no pasa nada, de verdad.

—Claro que pasa. Haz el favor de quedarte quieta y déjame ver si te has hecho.

—Déjalo, Aitana, si lo único que he perdido aquí es la dignidad —murmuro, entornando los ojos y deseando que la tierra me trague.

Veo perfectamente que ella está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada. Se le nota en la tensión de los labios perfectos que tiene. Y os prometo que verla aguantarse la risa me resulta mil veces más humillante todavía.

—No te rías de mí, por favor te lo pido, que estoy sufriendo —le suplico mirándola de reojo.

—No me estoy riendo, Valeria —me dice, aunque la voz le tiembla de la pura contención que lleva encima.

—Te estás partiendo de risa.

—Bueno... a lo mejor un poquito —confiesa en un susurro bajito, mirándome con una ternura que me desarma entera.

La miro desde mi posición de croqueta desparramada en el suelo. Ella me mira desde arriba, inclinada sobre mí. Y de repente, en mitad de ese silencio, nos damos cuenta de la situación en la que estamos.

Aitana está agachada sobre mí, con la toalla apenas cubriendo su cuerpo.

Yo permanezco en el suelo tirada, desnuda, con la toalla tapándome a duras penas la mitad del cuerpo.

Sus manos, que han venido a socorrerme, estás puestas sobre mi piel: una está apoyada en mi vientre y la otra, está sujetándome la base del cuello.

Os prometo que sus manos queman. Pero queman como las calderas de Pedro Botero, os lo juro.

El aire de la sala pega un cambio drástico cuando mis ojos ponen atención a su cuerpo desnudo.

Sus pechos, esos pezones duros. Noto perfectamente cómo su respiración se vuelve más lenta, más profunda, más pesada.

Sus ojos verdes van bajando, directos hacia mi cuerpo, antes de volver a subir disparados a mis ojos. Pero ya es tarde para disimular.

Los dedos de Aitana se mueven por mi piel, regalándome un roce que me eriza la piel y despierta partes de mi cuerpo que deberían estar dormidas. Aitana lo nota al segundo, porque veo perfectamente cómo sus ojos se oscurecen de golpe, cargados de un deseo que da miedo y gusto a partes iguales.

Madre mía del amor hermoso, la que se va a liar aquí.

El silencio entre las dos se vuelve espeso, caliente, peligroso.

Yo sigo en el suelo, respirando a mil revoluciones por minuto, deseando por todos los santos del cielo que deslice sus manos mucho más abajo.

El pelo le cae un poco sobre la frente, y en esa cercanía me llega su olor. No el de su perfume, el de su cuerpo.

—Valeria... —me murmura con un hilo de voz que no parece ni la suya.

El corazón me golpea contra las costillas de una manera tan salvaje que empiezo a sospechar seriamente que va a salirse de mi pecho para quedarse a vivir en el suelo.

—Jefa... Aitana…dime que... —trago saliva con una dificultad espantosa— creo que me he dado un buen porrazo y estoy teniendo alucinaciones.

Aitana me regala una sonrisa de medio lado. Pequeña, una sonrisa sensual suficiente para destrozarme emocionalmente de arriba abajo y derretirme en el suelo.

—Sí... —me susurra sin apartar sus ojos de mi boca ni una milésima de segundo—. Eso parece... que te has dado un buen golpe.

Dios mío, que esta mujer no debería tener permitido sonreír así en distancias cortas.

Su mano sigue apoyada en mi cuerpo, moviéndose lentamente, descubriendo curvas de mi cuerpo que ni siquiera sabía que existían.

Las mías, que no sé en qué momento se han movido, ha terminado apoyadas en su cintura, notando la firmeza y la calidez de su piel.

Durante un segundo horrible, perfecto y maravilloso, os juro por lo más sagrado que creo que va besarme.

Lo pienso porque baja la mirada descaradamente hacia mis labios, porque su respiración me acaricia la cara, porque su cuerpo se inclina apenas unos centímetros más sobre el mío y el calor que desprende su piel me aturde.

El deseo flota entre nosotras dos, denso, pesado, de lo más palpable.

Noto perfectamente el pulso acelerado en su piel bajo mis dedos.

Me da por imaginar cómo sería acortar el puto milímetro que nos separa, estampar mis labios contra los suyos, mandarlo todo a hacer gárgaras y dejar que sus manos me exploren el cuerpo entero sin toallas de por medio.

La cabeza se me llena de imágenes de lo más pecaminosas de un momento a otro, pero justo cuando me atrevo a acercarme a ella, la puerta corredera se abre de golpe con un estruendo que casi nos mata del susto a las dos.

—¡Hala, ya estoy aquí...! —Marta se frena en seco en mitad del umbral de la puerta, quedándose más congelada que un témpano de hielo.

Yo sigo tirada en el suelo boca arriba, envuelta como un mojón enrollado en una toalla de algodón 100%. Aitana sigue encima de mí, con las manos puestas todavía sobre mi piel. Y las dos, os lo juro por Dios, cargamos la expresión de haber sido pilladas en plena escenita.

Marta parpadea una vez. Luego parpadea otra vez, asimilando la situación. Y después, despacito, se le empieza a dibujar en la cara esa sonrisa de guasa total que tanto me temía.

Oh, no. Tierra, trágame de una santa vez. Esa sonrisa de bicho no, por favor.

—Bueno, bueno, bueno... —suelta Marta por fin, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco con toda la tranquilidad del mundo—. Al parecer, señora Robes, mi mejor amiga la ha convencido de darle un masaje aún más estimulante que el que yo tenía preparado, ¿no?

Todo sucede a la velocidad de la luz. Aitana se separa de mí como si le hubiese dado un calambre en las manos, y con un sofocón espantoso en la cara, se marcha corriendo de la sala, desapareciendo tan rápido que apenas me da tiempo a reaccionar.