CAPÍTULO 10
VALERIA
Ya no recuerdo cuando fue la última vez que dormí del tirón.
Tengo la ligera sospecha de que la última vez que descansé fue antes de que ocurriera lo de la terraza con Aitana.
Porque desde esa dichosa noche, os juro que he empezado a parecer una anciana de ochenta y cinco años con un ataque de reuma atrapada en el cuerpo de una jovencita de veintiséis. Un despojo humano, vamos.
—¡Ay, no, no, no... otra vez no! —gimo entre dientes en cuanto intento girar el cuello hacia la derecha.
Un latigazo de dolor me atraviesa el hombro izquierdo y se me extiende por toda la columna como si me hubiera caído un rayo en mitad de una tormenta. Cierro los ojos con fuerza y respiro hondo por la nariz, intentando que no se me salten las lágrimas del dolor.
Marta, que está sentada justo enfrente de mí en la mesa del chiringuito, me observa con una ceja tan arqueada que casi se le junta con el flequillo.
—Eso te pasa por floja y por no apuntarte a las clases de yoga que te recomendé a principio del verano. Que tienes menos elasticidad que el palo de una fregona —comenta con calma, disfrutando de un zumo de naranja con chía.
—Eso me pasa, porque llevo varios días lidiando con unos turistas que se creen que las normas de cortesía del resort son meras sugerencias para reírse de nosotros —le respondo, frotándome la nuca con muchísimo cuidado para no quedarme tiesa del todo.
—Ya, claro. Cuéntame otra mentira. Seguro que tu contractura no tiene nada que ver con cierta mujer que mide metro setenta y cinco, calza unos ojos verdes de infarto y responde al nombre de Aitana Robles.
La fulmino con la mirada, deseando que le entre flato. Ella, en cambio, se limita a sonreír de lado con esa parsimonia tan de terapeuta que a veces me saca de mis casillas y otras veces me da la vida entera.
—Hazme el favorcito de dejar de decir tonterías —murmuro entre dientes, mirando a los lados para comprobar que no hay nadie a nuestro alrededor—. Además, no tengo ganas de hablar de ella —afirmo con toda la rotundidad que puedo fabricar, aunque la voz me sale más temblorosa que un flan.
—Si yo no te estoy empujando a hablar de ella —replica Marta con una cara de inocencia que no se cree ni ella—. Es más, yo solo digo que…
—Que tienes la mente muy calenturienta —la corto antes de que termine.
—Esa eres tú, que te estás muriendo por darle un mordisco, bonita.
En ese preciso instante, Sofía pasa junto a nuestra mesa y se sienta en una silla.
Trae las mejillas más rojas que una amapola, y os aseguro que no es por culpa del sol.
Si las fuentes no me fallan, le han anunciado que esta semana llegará una inspectora desde la central y la pobre se está volviendo loca, ordenando y metiéndole caña a los pinches para que todo brille como los chorros del oro.
—A ver, ¿las cosas siguen igual de tensas o ya os habéis quitado la tensión en el despacho? —pregunta Sofía yendo directa al grano y sin anestesia.
—Seguimos, seguimos —responde Marta por mí, partiéndose de la risa y sin darme el menor margen para protestar.
—Pues hacerme el favor de avisarme cuando os vayáis a dar el primer beso. Más que nada para vender entradas en recepción y sacarme un sobresueldo, que este mes voy pelada —añade la Chef con una picardía que para qué.
—¡Que no nos vamos a besar, por favor, exageradas! —exclamo pegando un grito que hace que un cliente que pasaba cerca casi tire el helado.
Aunque, para mis adentros, dudo mucho que no terminemos haciendo una locura si Aitana se me sigue acercano.
Las dos me miran fijamente, en un silencio denso, cargado de guasa, cachondeo y escepticismo puro.
Y os prometo que esa miradita de complicidad es mil veces peor que cualquier comentario que me puedan soltar.
Al final acabo resoplando y me dejo caer con todo mi peso contra el respaldo de la silla.
El dolor regresa de golpe y me atraviesa el pescuezo como un recordatorio cruel de que estoy para el arrastre.
—Vale, de acuerdo, lo admito. Necesito relajarme un poquito antes de cometer un crimen —claudico por fin, completamente derrotada.
A Marta se le iluminan los ojos.
—Mira tú por dónde que vas a tener algo de suerte hoy. Tengo una sala libre en el spa para dentro de exactamente... de diez minutos —me propone con una sonrisa de ángel que esconde el mismísimo demonio.
La miro desconfiada, entrecerrando los ojos como si fuera un detective de película mala.
—¿Se puede saber por qué das tanto miedo cuando te pones en plan alma caritativa, Marta?
—Porque me conoces demasiado bien, cariño. Y porque sabes perfectamente el meneo que te hace falta.
Una hora más tarde, llego al spa con la sensación de que el cuerpo me pesa tres toneladas más de lo normal.
El cambio de ambiente siempre me deja un poco descolocada.
Fuera, en las piscinas, el calor del mediodía te aplasta.
Pero cuando cruzas la puerta acristalada, te crees que estás en otra dimensión.
El aire acondicionado está a la temperatura perfecta para no sudar ni una gota, y el ambiente huele a gloria bendita: a eucalipto, a vainilla y a unos aceites esenciales que te piden a gritos que te olvides del mundo.
Suena una música de fondo de lo más relajante, y la decoración se mezcla con la luz de algunas velas encendidas.
La recepcionista, una chiquilla joven que está en prácticas, me saluda con una sonrisa de oreja a oreja.
—Marta ya te está preparando la sala, Valeria. Pasa cuando quieras, está todo listo.
—Estupendo. Escúchame, si no sobrevivo a las manos de tu encargada, haz el favor de llamar a mi madre y decirle que la quiero con locura —le bromeo, aunque con el dolor que tengo, lo digo medio en serio.
La muchacha se ríe por lo bajo mientras yo avanzo descalza por el pasillo de madera, notando el frescor del suelo en la planta de los pies. En cuanto empujo la puerta de la sala privada, me encuentro a Marta colocando unas toallas blancas de lo más mullidas encima de la camilla de masaje.
—¿Tanto te duele? —me salta en cuanto me ve.
—Más que la regla cada mes —le suelto con todo el sarcasmo andaluz que me queda en el cuerpo.
—No, hablando en serio. ¿Se puede saber cuántas horas has dormido esta semana?
—Horas exactas no te sé decir, yo creo que solo he dado cabezadas como los viejos delante de la tele —le comento mientras me desnudo detrás del diván y me enrollo con una toalla fina—. Pero siento que como me descuide un segundo, me voy a desparramar por el suelo como un saco de patatas.
Me da por reírme por primera vez en todo el día, y la verdad es que esa risa me sienta de categoría.
La luz tan bajita de la estancia convierte el sitio en un refugio de lo más íntimo y agradable.
Hay velas aromáticas encendidas al lado de una fuentecita de piedra de donde cae agua con un ritmo que, de verdad, hace que las pulsaciones me bajen y la cabeza se me empiece a quedar en blanco.
—Venga, déjate de cháchara —me ordena Marta con esa autoridad cariñosa que gasta—. Túmbate boca abajo en la camilla y haz el favor de apagar el cerebro durante una hora.
—Es el mejor plan que me han propuesto en todo el año, te lo juro.
Marta empieza a trastear entre los botes de aceites con movimientos súper profesionales.
—A ver, dime... ¿Nivel de dolor físico del uno al diez? —me pregunta dándome la espalda.
—Aitana Robles —le respondo del tirón.
Marta se gira despacio y suelta una risotada floja.
—De verdad, Valeria, que lo tuyo con la jefa ya roza la obsesión enfermiza —añade mientras yo me siento en la camilla.
—¡Yo no estoy obsesionada con nadie, pesada! Es solo que trabajar con ella está siendo un suplicio.
—Sí, claro, por eso tienes esa cara de momia egipcia que asusta al miedo —me señala apuntándome con el dedo—. Sería todo muchísimo más fácil si dejaras de coquetearle tanto y te la follaras de una santa vez.
—¡¡Pero Marta!! —le grito con los ojos como platos.
Ella suelta una carcajada limpia y de lo más sonora que retumba en la sala.
—Vale, vale, me callo. Túmbate ya.
Obedezco refunfuñando y me acomodo boca abajo sobre la camilla de masaje. La sábana de algodón, fresca y suave, me acaricia la piel y se me escapa un suspiro de alivio que me sale del alma. Marta me cubre el trasero y las piernas con una toalla grande que está calentita.
—Voy a la sala de al lado a por el aceite de vainilla, que nos hemos quedado sin existencias en este estante. No te muevas de ahí, quédate quieta y relájate. Respira hondo por la nariz.
—Lo intentaré, pero no prometo nada.
—Y haz el favor de no pensar en quien tú ya sabes.
Marta desaparece por la puerta antes de que me dé tiempo a agarrar una toalla y tirársela a la cabeza.
El silencio vuelve a adueñarse de la estancia.
Cierro los ojos con fuerza e intento meterme en el papel de la relajación.
Respiro despacio, dejando que el calorcito, la música y el aroma de las velas me vayan ablandando los músculos de la espalda.
Poco a poco, noto cómo el nudo de tensión me empieza a soltar los hombros.
Hasta que escucho el sonido de la puerta corredera abrirse con un suave siseo.
—Ay, Marta, menos mal... Necesito que me arranques la espalda y me pongas una nueva, te lo juro por Dios —suelta una voz que entra en la sala.
Esa voz. No puede ser.
Se me eriza hasta el último pelo del cuerpo, os lo juro. Se me corta hasta la digestión, la respiración y el riego sanguíneo. No. No puede ser. El universo me está vacilando. Dime que es una broma.
Levanto la cabeza de la camilla despacito, me giro de medio lado como puedo y, cuando abro los ojos, casi me da un síncope allí mismo.
Aitana está plantada junto a la entrada, envuelta únicamente en una toalla blanca que le llega por encima de los muslos.
Lleva el pelo suelto cayéndole en unas ondas de lo más sexis por los hombros, y tiene una cara de impacto absoluto que es digna de una fotografía.
Durante dos segundos eternos, allí no respira ni Dios.
Creo, vamos, porque lo que soy yo, tengo los pulmones colapsados.
Las velas iluminan el espacio con una luz de lo más sugerente, y veo perfectamente cómo los ojos verdes de Aitana bajan, de forma totalmente involuntaria, por todo mi cuerpo hasta quedarse anclados en mi trasero.
Madre de mi alma. Y el cerebro se me queda seco, sin una sola neurona en funcionamiento, cuando nos imagino a ambas gimiendo en el suelo.