¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Aitana, alma de cántaro, estás describiendo punto por punto a tu prototipo de mujer ideal —afirma mi amiga con convicción—. Aunque te empeñes en negarlo y te pongas un traje de Armani para disimular. ¿Cuántos años tiene?

—Unos veinticinco por ahí... —respondo soltando un suspiro que me vacía los pulmones.

Valentina se queda callada un segundo en el teléfono, asimilando el dato de la diferencia de edad, pero enseguida me salta con su naturalidad habitual:

—Bueno, míralo por el lado bueno.

—¿Por el lado bueno?

—Imagínate la energía que va a tener esa muchacha en la cama. Te va a quitar las telarañas de un lametón.

—¡¡Valentina, por Dios!! —exclamo completamente escandalizada, sintiendo que me pongo roja como un tomate, aunque se me escapa una risa nerviosa que no puedo contener.

Mi amiga se empieza a partir de la risa de tal manera que tengo que apartarme el teléfono de la oreja para que no me deje sorda.

—Ay, de verdad, esto sí que no me lo esperaba yo a estas alturas. La mismísima Aitana Robles, la reina del hielo y del control, derretida como un polo de limón por una chica más joven. ¡Me encanta!

—No pienso seguir hablando de mis intimidades contigo, que eres una ordinaria —le digo, aunque sé perfectamente que ya es tarde para recular.

—Pues deberías, porque se te nota a la legua que necesitas un buen desahogo. A ver, seamos sinceras... ¿Cuánto tiempo hace que no te acuestas con nadie? Pero dime de verdad y sin trampas.

Después de lo que me hizo Elena, los meses se terminaron convirtiendo en años enteros de adicción al trabajo, de inauguraciones de hoteles, de reuniones interminables de consejo y de vuelos transatlánticos que me llevaban de una punta a otra del mundo sin dejarme el menor hueco para nada más. Ni para nadie.

Valentina suelta un bufido de desaprobación.

—Aitana, que tienes cuarenta y dos años muy bien llevados, que eres un auténtico bombón con un éxito brutal. Disfruta de la vida, por favor. Deja que te pase algo bonito por una vez en la vida.

Me dejo caer pesadamente en mi silla y cierro los ojos, frotándome las sienes.

—Lo dice la que sale corriendo de todas sus relaciones —murmuro—. No quiero complicaciones en mi carrera, Valentina. Este resort es mi prioridad absoluta ahora mismo. No me puedo permitir ni una sola distracción.

—Mira, por cómo me estás hablando de esa chica, las complicaciones ya las tienes. Y por lo que me cuentas, dudo mucho que ella no sienta la misma chispa que tú.

Esa frase me hace abrir los ojos de golpe y me trae el recuerdo, como un bofetón a palma abierta, no solo de los momentos en los que Valeria me busca las cosquillas con el flirteo, sino de esos instantes en los que me he quedado a un paso mandarlo todo a la mierda, probar sus labios y comprobar si saben tan dulces como esas gominolas de cereza que esconde en el cajón de su escritorio.

—Además —sigue Valentina con un tonito de lo más sugerente—, si la muchacha te busca las cosquillas y tú entras al trapo...

—Yo no he entrado a ningún trapo, que soy su superior —protesto, intentando recuperar los galones.

—Aitana, te conozco desde hace demasiado tiempo. Sé perfectamente que eres incapaz de morderte la lengua cuando alguien te atrae de verdad. No me mientas a mí, que soy tu mejor amiga.

Me llevo la mano a la frente, completamente derrotada.

—Mira, te voy a colgar ahora mismo porque tengo una reunión con los de mantenimiento.

—Cuelga si quieres, pero antes de colgar respóndeme a una sola cosa. ¿Te gusta mucho?

La respuesta a la pregunta de Valentina es clara como el agua.

Sí. Me gusta. Me gusta muchísimo. Demasiado para lo que me conviene.

Tanto que llevo toda la maldita mañana intentando rellenar hojas de Excel para evitar pensar en ella.

Tanto que no paro de recordar cómo le tembló el cuerpo entero cuando la agarré firmemente de la cintura en la piscina, cómo se le oscurecieron los ojos y cómo mi propio corazón se volvió loco.

—Aitana... contesta, cobarde...

—Tengo muchísimo trabajo, Valentina. No me da la vida —le corto.

—Eso no es una respuesta válida.

—Adiós, Valentina. Un beso.

—¡Cobarde, que eres una cobarde! —me grita con todo el cariño del mundo justo antes de que le cuelgue la llamada.

El despacho se queda sumido en un silencio absoluto.

Un silencio denso, caluroso y cargado de una electricidad extraña.

Me quedo quieta unos segundos, sentada en la silla y mirando la pantalla apagada del móvil entre mis manos.

Luego dejo escapar todo el aire de mis pulmones hasta quedarme sin aire dentro.

—Joder...

Me levanto de golpe y cruzo el despacho para abrir de par en par el enorme ventanal de cristal que da directo a la zona de las piscinas.

El calor de julio me da de lleno en la cara, mezclado con el olor a cloro, a césped cortado y a las flores del jardín.

Con el aire también se cuela el ruido alegre de los niños chapoteando, la música caribeña que suena de fondo en el chiringuito y las voces de los animadores.

Mis ojos, que son de lo más traidores y que parecen tener un GPS especial, la encuentran en un milisegundo.

Valeria está abajo, justo al lado de la piscina.

Lleva el uniforme de la empresa, esa falda que redondea sus caderas y le hacen un culo de infarto, y una camisa azul más suave que tiene abierta hasta el pecho, dejando a la vista una franja de piel de lo más.

Lleva el pelo recogido en una coleta alta que le va bailando con cada aspaviento que hace al hablar y las gafas de sol colocadas encima de la cabeza.

Se está partiendo de la risa por algo que Clara le acaba de decir.

Es luminosa. Es, sencillamente, imposible de ignorar por mucho que yo me lo prohíba.

Noto que el calor me sube lentamente por todo el cuello hasta encenderme el pecho y como si ella tuviera un sexto sentido para notar que la estoy mirando, levanta la cabeza hacia arriba de golpe y nuestras miradas se cruzan en mitad del espacio que nos separa.

Incluso desde mi ventana, a esta distancia, puedo ver perfectamente cómo le cambia la expresión de la cara.

Se quita las gafas de sol de la cabeza despacio y entonces, me guiña un ojo con todo el arte del mundo. Un simple guiño, que me da de lleno en la boca del estómago. El pulso se me acelera y me entra un calor que os prometo que no tiene nada que ver con la temperatura de un mes de julio.