CAPÍTULO 9
AITANA
El aire acondicionado de mi despacho va a tres mil revoluciones por minuto, pero es totalmente incapaz de ganarle la batalla al calor pegajoso y asfixiante que se ha instalado en el resort desde que ha amanecido.
El mes de julio en el Mediterráneo no tiene piedad con los mortales.
Ni siquiera conmigo, que se supone que controlo hasta el último rincón de este sitio.
Me quito las gafas y me masajeo en el puente de la nariz mientras vuelvo a clavar los ojos, por enésima vez, en los informes de ocupación que tengo esparcidos por la mesa.
Noventa y ocho por ciento de ocupación. Todas las villas premium completas hasta arriba.
Las suites con lista de espera hasta últimos de agosto.
Vamos, lo que viene siendo una temporada perfecta.
Me alegra que los pequeños cambios que he añadido estén dando sus frutos a la velocidad de la luz.
Cierro los ojos un segundo y la imagen de lo que pasó anoche con Valeria se me instala en la cabeza con una claridad que molesta.
Ese vestido azul noche que parecía que se lo habían pintado sobre la piel, ese maldito escote que era una invitación formal a pecar, su espalda desnuda y ese gesto que puso cuando la acorralé contra la barandilla de piedra...
«No juegues con fuego, Valeria... si no tienes la menor intención de terminar quemándote viva.»
Madre mía del amor hermoso. Todavía no creo que fuera capaz de soltarle semejante burrada en la cara a una empleada. Es que me acuerdo y me entran los calores.
Abro los ojos de golpe, asustada de mis propios pensamientos, y echo mano al teléfono móvil antes de que mi cabeza se meta en un camino sin retorno y de lo más suicida. Marco el número que me sé de memoria y Valentina, mi mejor amiga, me lo coge al tercer tono.
—Oye, más te vale que esta llamada sea porque necesitas que te esconda un cadáver o porque Sanidad te va a precintar las cocinas del resort —me suelta a modo de saludo, arrastrando las palabras—. Que son las siete de la mañana de un jueves, Aitana, por Dios.
Me echo hacia atrás en mi sillón de piel y dejo escapar un suspiro de los gordos, de esos que te salen desde la punta del pie.
—Buenos días para ti también. Veo que las costumbres no cambian, ¿a qué hora llegaste a casa anoche?
—A una muy imprudente. Pero no nos centremos en mí, que nos conocemos. Cuando tú llamas antes de las diez de la mañana, quiere decir que se ha muerto alguien o estás a puntito de cometer una locura.
No puedo evitar que se me escape una sonrisa leve. Valentina tiene esa capacidad insoportablemente maravillosa de calarme a la primera y de arrancarme una reacción incluso cuando estoy al borde de un ataque de nervios. Me conoce mejor que la madre que me parió. Literalmente.
—Estoy en el despacho del resort —le digo, levantándome de la silla para estirar las piernas por una estancia que, para mi desgracia, comparto aún con Valeria—. Revisando los balances de la semana. Todo marcha según lo previsto, pero...
—¿Pero…? —pregunta ella desde el otro lado de la línea. Y en esa simple preguntita van metidos quince años de amistad incondicional, sesiones de terapia gratuita a las tantas de la madrugada y demasiadas botellas de vino blanco compartidas en terrazas de medio mundo.
Me detengo frente al escritorio de Valeria, que está justo al otro lado del despacho. Lo tiene desordenado a más no poder. Os juro que no entiendo cómo puede trabajar así.
—Los cambios de organización y los recortes que he metido están dando sus frutos —comento, dándole la espalda a su mesa y mirando por el ventanal enorme—.
Hemos recortado en gastos generales y la satisfacción de los clientes ha subido un siete por ciento esta semana.
El equipo está respondiendo bien a, aunque todavía tengo a alguna que se me resiste más de la cuenta.
—Mhm... Sigue, sigue.
—He conseguido que los departamentos se coordinen entre sí y las quejas por el jaleo nocturno han bajado notablemente.
—Mhm... Ya.
Frunzo el ceño molesta por su falta de entusiasmo, y me quedo quieta junto al cristal.
—¿Bueno, vas a dejar de responder como si fueras una máquina en bucle? Que me estás poniendo de los nervios.
—Podría dejar de hacerlo —me contesta Valentina con un tono de cachondeo que tumba de espaldas—, pero me perdería el espectáculo de escucharte marear la perdiz y rodear el verdadero problema como haces siempre. Venga, por favor, suéltalo ya. ¿Qué te pasa?
Aprieto la mandíbula, conteniendo el tipo.
Camino hacia el mueble del minibar que tengo en la esquina del despacho y me sirvo un vaso de agua mineral bien fría, aunque la verdad es que no tengo sed.
Necesito tocar el cristal helado con los dedos para ver si recupero un poco de cordura.
Bebo un sorbo despacio, notando el frescor bajar por mi garganta.
—No pasa nada grave, pesada.
Valentina se suelta una carcajada tal alta desde el otro lado del teléfono que casi me rompe el tímpano.
—Aitana, por el amor de Dios, no me vengas con esas. La última vez que me dijiste un “no me pasa nada” con ese tonito, terminaste metida en mi sofá a las tres de la mañana, llorando a moco tendido porque tu ex te había robado ese proyecto para el resort de Dubái.
Me quedo callada y ese es mi mayor error, porque para Valentina el silencio es una confesión en toda regla.
—¡Ah, amiga! ¡Lo sabía! —salta ella, ya completamente despierta y frotándose las manos a juzgar por el tono—. Entonces sí que pasa algo. Y por lo que callas, tiene que ser de lo más interesante. Cuéntame.
Vuelvo a mirar de reojo el escritorio de Valeria.
Tiene un post-it rosa fosforito pegado en el marco del ordenador que pone: «Comprar tequila para la supervivencia emocional, que la jefa viene fina» .
Una sonrisa traicionera y completamente estúpida amenaza con pintarme los labios.
Cierro los ojos con fuerza. Necesito tres meses de vacaciones en una isla desierta. O un exorcismo. O las dos cosas juntas.
—Hay una chica aquí en el resort —admito por fin, bajando la voz.
Valentina suelta un silbido largo, de esos que hacen época.
—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Paren las rotativas! Mira qué interesante se está poniendo el verano en la costa.
—No empieces a montarte películas, Valentina, que te conozco —le pido, aunque sé que es una causa perdida.
—¿Cómo se llama la afortunada?
Tardo un par de segundos más de la cuenta en contestar. El simple hecho de pronunciar su nombre en voz alta me produce un vuelco de lo más incómodo en el pecho, como una descarga eléctrica que me baja por la espalda y se me instala directamente en el bajo vientre.
—Valeria. Valeria Ruiz.
—¿Y se puede saber quién es Valeria exactamente en tu organigrama, si es que se puede contar?
Me apoyo en el borde de mi escritorio, cruzando las piernas y los brazos, intentando mantener la pose de ejecutiva.
—Es la responsable de RRSS del resort. La contrataron hace cosa de dos años. Es... intensa. Muy intensa.
—¡Uy, eso suena a peligro de muerte! —me suelta Valentina muerta de la risa—. Descríbemela, anda, hazme un retrato robot.
—Es un dolor de muelas —digo, aunque el tono de voz me traiciona y me sale más suave de la cuenta—.
Habla por los codos, tiene opiniones absolutamente para todo, te organiza los eventos como si fueran las fiestas patronales de su pueblo y no se calla ni debajo del agua.
Te lo prometo, Valentina, me va a volver loca.
—O sea, que te tiene loquita y te encanta —afirma mi amiga sin dudarlo un solo segundo.
—A mí no me encanta nadie, haz el favor —replico a la defensiva y más rápida que una bala.
Valentina vuelve a reírse, esta vez con más ganas.
—Claro que sí, cariño, lo que tú digas. Y yo soy monja de clausura en un convento en las Maldivas. Venga, Aitana, no seas sosa. ¿Qué tiene esa Valeria para tener a la mismísima Directora temblando como un flan?
Me paso una mano por el pelo, frustrada, y vuelvo a dar vueltas por el despacho como un león enjaulado.
—Te juro por lo más sagrado que yo no quería meterme en este embolado, Valentina. Pero es que me genera la misma atracción irracional que mi madre siente por los diamantes de Tiffany's: es algo totalmente absurdo, carísimo para mi salud mental y absolutamente adictivo.
El silencio dura medio segundo en la línea antes de que Valentina estalle a reír hasta el punto de que me entren ganas de colgarle el teléfono.
—¡No me lo puedo creer! ¿¡Acabas de comparar a una tía con las compras compulsivas de tu madre!? Esto es oro puro, Aitana, te lo juro. Mañana mismo viajo a Alicante a ver el espectáculo en primera línea.
—No te burles de mí, que lo estoy pasando mal —protesto, notando cómo las mejillas me arden de pura vergüenza.
—Me voy a burlar todo lo que me dé la gana y un poquito más. Primero, porque hacía mucho que no te escuchaba así de descolocada, y segundo, porque tú jamás hablas de nadie de esta manera. Pero jamás, ¿eh? Ni de lejos hablabas así de Elena, y eso que estuvisteis juntas la tira de años.
Aprieto el vaso de agua entre los dedos con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos.
Valentina tiene razón. Yo no soy así. Yo no hablo de la gente con este desespero.
Nunca lo hago. No después de lo que pasó con Elena.
No después de pasarme los últimos años construyendo un muro alrededor de mi vida, una versión de mí misma blindada, ordenada, fría y a la que nadie pudiera acceder.
—A ver, al grano... ¿Es guapa? —pregunta Valentina, yendo directa al cuello.
La imagen de la Valeria se me viene a la cabeza de forma automática: la curva perfecta de su boca cuando sonríe con esa picardía andaluza que tiene, el lunar de su cuello, sus piernas definidas y bronceadas por el sol, su trasero y como se contonea al caminar…
Trago saliva con una dificultad espantosa.
—Mucho. Demasiado. Y encima es el caos personificado.