¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Pues yo prefiero no hacerlo, caballero —le respondo con una sequedad que tumba de espaldas, intentando rodearlo para volver al salón.

Él me corta el paso con un descaro que ya pasa de castaño oscuro. La poca paciencia que me queda se me evapora de golpe.

—Escúchame, guapa…

—Mire, de entrada, no me llame guapa —le advierto plantándole cara, con una seriedad que no suelo mostrar ante nadie.

El muy imbécil se ríe, como si mi mosqueo fuera parte de un juego divertido de seducción.

—Vaya, encima tienes carácter. Eso me encanta en una mujer.

Sin cortarse ni un pelo, estira la mano y me agarra de la cintura con una familiaridad que me revuelve las tripas. Ahí se termina toda mi educación. Le doy un manotazo seco en la mano que suena en toda la terraza.

—¡Ni se le ocurra volver a ponerme una mano encima!

La sonrisita se le borra de la cara por un instante.

—Oye, no hace falta ponerse así de agresiva, solo estoy siendo simpático.

—¡Para ser simpático no hace falta que vaya sobando al personal del resort! —le replico, subiendo el tono.

El francés da un paso al frente, invadiendo mi espacio con chulería y, justo antes de que lo mande a tomar viento fresco con todas las letras del abecedario, una voz helada, cortante y con una fuerza que hace temblar los cimientos del resort, rompe el aire a nuestra espalda:

—¿Se puede saber qué está pasando aquí exactamente?

El cambio en la cara de Bernard es instantáneo.

Seguro que el mío también. En el tiempo que la conozco, jamás la había visto con una cara tan sumamente fría, ni tan imponente, ni tan espectacular como la de ese momento.

Aitana avanza hacia nosotros con una calma glacial que infunde muchísimo más miedo que si hubiera aparecido pegando gritos.

Bernard intenta recuperar la compostura y forzar una mueca de galán, pero le sale un churro de lo más ridículo.

—No está pasando nada, señora… Solo estábamos teniendo una conversación de lo más amistosa.

Aitana ni gasta energía en mirarle a la cara, lo ignora como si fuera invisible. Sus ojos se clavan directamente en mí, leyéndome el cuerpo entero. En cuanto pilla mi evidente cara de agobio y la incomodidad que traigo, sufre otra transformación. Así, como un Digimon.

—Perfecto —suelta con una voz suave, bajita, pero afilada como una navaja—. Entonces, estoy segura de que no tendrá ningún tipo de inconveniente en regresar al salón y dejar que la señorita Ruiz haga su trabajo en paz.

Bernard carraspea, poniéndose de lo más nervioso y ajustándose la chaqueta del traje.

—Solo estaba siendo amable con ella, señora Directora.

Aitana da otro paso adelante, plantándose frente a él con una planta, una autoridad y una elegancia que asustan.

—Y yo estoy siendo extraordinariamente diplomática con usted. Una actitud que no tengo la menor intención de mantener por mucho más tiempo.

El silencio que cae en la terraza después de eso es de los que hacen época. Os juro que hasta a mí me entran ganas de pedirle disculpas por existir.

—Creo que están exagerando la situación—intenta revolverse el francés con chulería.

—No —le frena Aitana con una autoridad que no admite réplica—.

La situación incómoda la está provocando usted, molestando a una trabajadora de este resort después de que ella le haya dejado claro por las buenas que no le interesa su compañía.

Así que le recomiendo, por su propio bien, que vuelva al evento y disfrute de lo que queda de velada sin volver a arrimarse a ella para nada que no sea estrictamente profesional.

Porque como tenga que venir a intervenir una segunda vez, su reserva y su estancia en el resort se van a terminar esta misma noche de forma fulminante.

¿Le ha quedado clara la explicación, señor?

Bernard abre la boca como un pez fuera del agua, la vuelve a cerrar sin saber qué decir y finalmente asiente con la cabeza.

—Sí, por supuesto. Disculpen las molestias.

—Magnífico. Que pase usted una buena noche.

Aitana le sostiene la mirada, hasta que el hombre se da la vuelta y regresa al interior del salón a paso de carrera.

El silencio que se queda flotando en la terraza es de los que se pueden palpar con los dedos.

El mar rompe suavecito contra las rocas del espigón, y las luces de los jardines nos iluminan a ambas.

Yo me quedo observando a Aitana como una completa idiota, con el corazón dándome golpes contra las costillas y el estómago haciendo piruetas. Ella suelta un suspiro largo, pasándose una mano por el brazo desnudo como si intentara bajar las revoluciones y calmar el genio.

—¿Te encuentras bien, Valeria? ¿Te ha hecho algo ese impresentable? —me pregunta, y os prometo que en su voz ya no hay rastro de la sargento que conozco; hay preocupación de verdad y una ternura que me descoloca todo lo que pensaba de ella cuando nos conocimos.

Asiento con la cabeza, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago.

—Sí, estoy bien… Muchísimas gracias, Aitana. Me has salvado de caer en las redes de un pesado.

Ella aprieta la mandíbula, clavando sus ojos verdes en los míos.

—No me des las gracias ni bromees con estas cosas. Faltaría más. No deberías tener que agradecerle a nadie que te trate con el respeto que te mereces. Ese tipo de hombres me repugna.

—Ya… pero es que ha sido de lo más sexy ver cómo lo amenazabas con echarlo del hotel —murmuro sin poder frenar mi boca, dando un pasito hacia ella.

Aitana cierra los ojos un segundo, como si le doliera la cabeza o como si acabara de perder una batalla interna de las gordas contra sí misma.

—Valeria… te lo advierto, no empieces —me dice con un hilo de voz baja.

—¿El qué, jefa? Si solo estoy diciendo la verdad.

—No hagas eso, por favor —insiste, aunque la voz le sale menos firme y más rota que de costumbre.

—¿Qué cosa? ¿Decirle a mi jefa que me ha parecido impresionante, atractiva y espectacular la forma en que ha sacado las garras para defenderme?

Aitana clava sus ojos en mí y os juro que el aire de la terraza cambia de temperatura en un suspiro. Sus ojos verdes ya no tienen nada de hielo; ahora queman y arden con un hambre salvaje y contenida que me hace temblar las rodillas.

—Coquetear conmigo a todas horas, Valeria —me responde en un susurro ronco que me da de lleno en la cara—. Llevas días jugando ese juego, provocándome en cada rincón, y las dos sabemos perfectamente que esto no tiene nada de inocente.

El corazón me mete un viaje tan fuerte en el pecho que hasta me duele, pero mantengo mi sonrisa, sosteniéndole el pulso.

—Vaya… pues no sabía yo que estuvieras tan pendiente de lo que hago o dejo de hacer...

Aitana, en apenas un pestañeo, se coloca delante de mí, apoya las dos manos en el pasamanos a ambos lados de mis caderas y me encierra entre la piedra y su cuerpo. Está tan jodidamente cerca de mí que su perfume me nubla los sentidos.

—Escúchame bien, Valeria Ruiz —me murmura, con esos labios perfectos peligrosamente cerca de mi boca.

La boca se me seca como si me hubiera tragado un kilo de polvorones.

—Usted dirá… jefa…

Sus ojos verdes van recorriendo mi rostro con una parsimonia que me va a costar la vida: se detiene en mis ojos, baja a mi boca, me recorre todo el cuello y vuelve a subir. Siento que cada maldito centímetro de mi piel se despierta y se altera bajo ese escáner pecaminoso.

—Llevas desde que llegué al resort, provocándome. Cada miradita que me echas, cada sonrisita de lado, cada roce supuestamente casual…

La respiración se me pone a mil revoluciones por minuto y noto que las manos me tiemblan de lo lindo a los lados del vestido.

—Pues y yo que pensaba que las hojas de Excel te absorbían el cerebro… —consigo soltar en un susurro, manteniéndole el pulso como una valiente.

Ella suelta una risa breve, bajita, peligrosa y cargada de una sensualidad que me recorre toda la columna vertebral de arriba abajo.

—No juegues con fuego, Valeria… —me susurra, rozándome casi los labios con los suyos al hablar— si no tienes la menor intención de terminar quemándote viva.

Y os juro por lo más sagrado, que en ese mismísimo instante, lo único que me pide el cuerpo entero es arder en su boca.