¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

VALERIA

Se dice que, en Paraíso Azul , hay noches peligrosamente elaboradas para que una termine perdiendo los papeles, la cabeza y el fondo de pensiones. Hoy es una de ellas.

Lo sé desde que pongo un pie fuera del edificio donde se encuentran los dormitorios de personal y noto como el aire cálido de la noche de julio se me pega a la piel.

El resort parece un escenario de Hollywood, brilla bajo miles de bombillas doradas que el equipo de mantenimiento ha colgado estratégicamente; las palmeras, iluminadas desde la raíz, parecen sacadas de una película, y el runrún lejano del mar se mezcla con el compás suavecito de un cuarteto de jazz que ya está dándolo todo cerca de la terraza principal.

Hoy es la gran gala de inicio de verano.

El evento del año para los clientes y el dolor de cabeza particular de cualquiera que trabaje en mi departamento.

Esta es una de esas en las que todo el mundo te busca para que intercedas en conversaciones que no te interesan y te quedes ahí, sonriendo de manera permanente mientras se firman contratos o futuras anexiones.

—Como se me rompa un tacón esta noche, juro que dimito y me meto a monja —murmuro, intentando mantener el equilibrio sobre unos zapatos de aguja de doce centímetros mientras avanzo por el pasillo exterior rumbo al salón donde se lleva a cabo el cóctel.

—Tú no puedes dimitir, Val. Eres el pegamento emocional de este resort y la única que le alegra la vista al personal —me responde Clara con esa voz suya tan ronca que parece que se está riendo de ti a la cara.

La miro de reojo y me entran los complejos.

Camina a mi lado con un mono negro ajustado que le marca hasta los pensamientos.

Su pelo, engominado hacia atrás, le acentúa unas facciones que parecen esculpidas por un ángel.

No me extraña que media plantilla de camareras de piso ande suspirando por ella; Clara tiene un atractivo que derretiría el polo norte entero de un plumazo.

—Di mejor que me tengo que quedar para asegurarme de que tú encuentras una buena novia y no una de esas arpías que siempre se cruzan en tu camino.

Aunque al paso que voy… —replico, arqueando una ceja con guasa—.

Me va a pillar la jubilación obligatoria y tú vas a seguir soltera y metiéndote de lleno en problemas.

—La que quiere meterse en problema, eres tú. Con ese escote vas a provocar un infarto colectivo en cuanto atravieses el salón —me suelta ella pegándome un golpecito con el codo—. Ninguna de las dos tiene el carné de la decencia para juzgar a la otra y lo sabes.

Sin poder evitarlo, me freno en seco frente a uno de los espejos enormes con marco del pasillo y me pego un repaso de arriba abajo.

El tejido azul noche se me pega a la cintura y cae con una caída espectacular hasta la mitad del muslo, donde una abertura lateral muestra la pierna de una forma de lo más audaz y peligrosa.

La espalda va al aire casi entera y el escote…

bueno, el escote tiene vida propia y requiere licencia de armas.

Marta se puso de lo más pesada cuando nos fuimos de compras.

Todavía no sé si regalarle un crucero por las islas griegas o denunciarla por incitación al pecado.

Entramos en el gran salón principal y el despliegue es tan exageradamente lujoso que me quedo tiesa como un bacalao.

Está claro que los recortes presupuestarios que aplicaron a mi área se los han gastado todos aquí.

Mesas vestidas con manteles de lino blanco, centros florales tropicales de unas dimensiones que parecen de la selva amazónica, velas flotando sobre el agua de la piscina junto a miles de pétalos de rosa y los camareros ofreciendo champán francés en copas de cristal como si brotara de un manantial.

Todo huele a perfume del caro, a flores frescas y a dinero. Muchísimo dinero.

Respiro hondo y me coloco la distinción del hotel entre los pliegues del vestido.

Esta noche el personal del resort no viste el uniforme habitual, precisamente para camuflarnos entre la marea exclusiva del evento.

Los clientes quieren sentirse dentro de una fantasía veraniega de lujo absoluto, y los trabajadores formamos parte del decorado.

Clara se me arrima y me da un codazo suave en las costillas que casi me hace perder el paso.

—¿Quieres que hagamos una apuesta de las nuestras sobre cuánto va a tardar la jefa en localizarte con su radar? Diez euros a que te echa el ojo en menos de cinco minutos.

Pongo los ojos en blanco, resoplando.

—No me va a localizar, Clara. Estará demasiado ocupada. Y haz el favor de dejar de apostar sobre mis asuntos, chiquilla.

Pero es levantar la vista del suelo y ahí está Aitana.

Se encuentra junto al escenario, conversando con dos hombres que la miran como si fuera la octava maravilla.

Lleva un vestido blanco roto de un corte impecable que abraza sus curvas con una sofisticación que roza lo delictivo.

Lleva el pelo recogido en un moño bajo de lo más elegante que le deja al descubierto la línea del cuello, y unos pendientes pequeños de diamantes que brillan cada vez que mueve la cabeza bajo los focos.

Su presencia es magnética, imponente, de las que te hacen dar tres pasos atrás por pura intimidación.

Madre mía del amor hermoso. Esta mujer no puede ir así por la vida. ¡Es ilegal!

Clara sigue la dirección de mis ojos y suelta un silbido por lo bajo.

—Vale. Retiro lo dicho. La que va a causar una baja por infarto esta noche es ella. Ese vestido blanco es un pecado mortal, joder.

Intento mirar para otro lado, os lo juro, pero fracaso de una manera espantosa.

Y entonces ocurre el desastre. Aitana se mueve, pasea los ojos por los asistentes y clava la mirada directamente en la mía, como si tuviera un GPS incorporado para encontrarme en mitad de un salón con trescientas personas.

Mantiene el gesto profesional, frío y controlado.

Sin embargo, noto a la perfección cómo sus ojos verdes van bajando muy despacio por todo mi cuerpo y cuando llegan a la altura de mi escote, se frena en seco durante un segundo que me parece dos años.

Cazo al vuelo la mínima tensión de su mandíbula, el cambio drástico en su respiración y cómo los dedos se aprietan con más fuerza alrededor del tallo de su copa de champán. El estómago me da una vuelta de campana y noto un fogonazo de calor intenso que se me extiende por todo el pecho.

Clara se empieza a partir de la risa sin ningún disimulo.

—La has dejado sin palabras, Val. Mírala, que se le va a caer la copa de la mano.

—Haz el favor de callarte, que nos van a escuchar —le susurro entre dientes, aunque noto que los labios me tiemblan de la pura electricidad.

—Te está desnudando con la mente, Valeria. Esa mujer es capaz de prenderle fuego a tu vestido sin necesidad de mechero.

—Clara… que te lo digo en serio.

—Está bien, ya me callo —dice simulando que cierra una cremallera en sus labios—. Iré a buscar a Marta. Seguro que está aburrida, ya sabes lo poco que le gustan esta clase de eventos.

Durante todo el discurso de apertura del director general de la cadena, me dedico a concentrarme en mis obligaciones.

O lo intento al menos. Recorro las mesas asegurándome de que todo vaya como la seda, de que los clientes disfruten y no les falte de nada.

Pero cada vez que levanto la mirada, me encuentro con Aitana observándome, y todo mi cuerpo reacciona a ella a pesar de la distancia.

Un cliente francés me regala una sonrisa seductora mientras me acerco a su mesa para asegurarme de que la música se escucha a pesar de la lejanía.

— Bonsoir, mademoiselle. Vous êtes magnifique ce soir —me suelta con un acento más empalagoso que el sirope de chocolate.

Le devuelvo mi sonrisa más profesional, que para eso me pagan.

— Merci, monsieur . Disfrute de la velada.

El hombre, que andará por los cincuenta muy bien llevados, y con un aire a Julio Iglesias, se cree que mi amabilidad es una invitación formal para entrar a matar.

Empieza con comentarios inocentes sobre lo bonito que está el resort, luego pasa a ponerse demasiado intenso y preguntón con mis horarios, y termina resultando de lo más pesado.

—¿Y una belleza como tú trabaja aquí todo el verano? Qué suerte tienen los huéspedes de tenerte cerca para alegrarles la vista.

Sonrío por pura cortesía, pero la incomodidad me empieza a subir por la espalda.

—Muchas gracias, caballero, pero si me disculpa, tengo que seguir supervisando las demás mesas.

El hombre, con una confianza brutal, me sujeta del brazo. La sonrisa se me congela en la boca y me zafo de su amarre con un movimiento limpio.

—Venga, mujer, no seas esquiva. Tómate una copa conmigo. Solo cinco minutos.

—De verdad, señor, no insista. Estoy trabajando y está completamente prohibido.

—Bernard. Para ti soy Bernard, chérie .

Intento darle esquinazo tres veces durante el resto de la noche, pero él reaparece por cada rincón del salón.

En cuanto termina el brindis, aprovecho un momento de despiste para escaparme a la terraza y respirar un poco de aire.

El frescor de la noche me golpea la cara cargado de olor a salitre y a jazmín.

Me hacía falta un respiro. Necesitaba distancia.

Pero sobre todo, dejar de sentir los ojos fijos de Aitana clavándose en mi piel durante toda la velada.

Me apoyo en la barandilla de piedra, observando cómo las luces doradas de algunos yates se reflejan en el Mediterráneo, moviéndose como estrellas caídas en el agua. Entonces escucho los pasos a mi espalda y se me corta el rollo.

—Sabía yo que terminaría encontrándote a solas en algún lugar.

Cierro los ojos con fuerza, tragando saliva. No, por favor. Otra vez el pesado no.

Me giro despacio, cruzándome de brazos. Bernard, con una copa en la mano y esa sonrisita que cargan esos hombres que jamás ha escuchado un «no» por respuesta, avanza directo hacia mí.

—Solo quería que charláramos un rato con tranquilidad, lejos de todo el jaleo de dentro.