¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Empezamos a subir los escalones metálicos de la torre de lanzamiento, con el estruendo del agua cayendo y el murmullo de los clientes que se ha quedado atrás.

El calor aprieta que da gusto y noto cómo un par de gotas de sudor me resbalan por la nuca y el centro de la espalda.

Valeria va un paso por delante de mí. Y sé que está mal, sé que soy la Directora y que esto es una falta de profesionalidad tremenda…

pero no puedo evitar fijarme en el movimiento de sus glúteos y en cómo le sientan esos vaqueros por detrás con cada escalón que sube.

Me fijo en la gracia con la que mueve las manos al saludar al chaval de arriba, en la energía que desprende.

Todo en ella es vida, espontaneidad, desorden, caos.

Yo llevo demasiados años construyendo muros de control y orden como para no sentir vértigo cada vez que se me acerca.

Cuando coronamos la plataforma, el flotador gigante de dos plazas en un tono rosa chicle estridente nos espera en la salida. Valeria se lo queda mirando y luego vuelve sus ojos hacia mí. La sonrisa que se le dibuja en la cara debería venir con un aviso por riesgo de infarto.

—Oye, pues nos ha quedado una estampa de lo más romántica para un domingo por la mañana, ¿no le parece, jefa? —me suelta con guasa, guiñándome un ojo sin cortarse un pelo.

—No tiene absolutamente nada de romántico. Es una prueba técnica de seguridad bastante aparatosa —replico, intentando recuperar el tono de sargento mientras miro el vacío de la caída.

—Claro, claro. Una inspección técnica, por supuesto —se burla, sentándose de un salto en la parte delantera del flotador, sin perder el contacto visual conmigo.

Yo me acomodo en la parte de atrás, encajando las piernas a los lados de su cintura, intentando por todos los medios ignorar el hecho de que nuestras pieles desnudas se rozan. Un roce que me activa el cuerpo.

El socorrista nos da un empujón suave para encarar la rampa.

—Listas, señoras. Agárrense fuerte a las asas, que vienen curvas.

Valeria arquea una ceja, volviendo la cabeza hacia atrás para mirarme.

—¿Está usted preparada? Intente no ponerse de los nervios y chillarme mucho en la oreja.

—No voy a gritar nada, señorita Ruiz —miento como una bellaca, agarrando las asas de plástico con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos—. Además, no estoy nada nerviosa.

—¡Qué embustera es usted! Si se le nota en la cara. Está apretando los dientes.

Antes de que pueda soltarle una réplica para ponerla en su sitio, el flotador vence la gravedad y nos lanzamos al vacío.

La caída libre me roba el aliento en un suspiro.

El flotador se mete a toda velocidad por el túnel cerrado, encadenando curvas cerradas a derecha e izquierda mientras el agua nos salpica en la cara con violencia.

Escucho la carcajada escandalosa, libre y salvaje de Valeria resonando en las paredes de plástico y, antes de que mi cerebro pueda frenarla, me descubro a mí misma soltando una risotada limpia, de las que hacían años que no me salían.

El flotador pega un bote brusco en una curva ciega y el cuerpo de Valeria choca de espaldas directamente contra mi pecho. Sus manos abandonan las asas por un segundo para agarrarse instintivamente a mis brazos mientras bajamos como un cohete.

—¡Madre mía, qué meneo ha dado esto! —grita ella entre risas—. ¡Vamos a salir volando!

—¡Eso es porque no te estás quieta! —le respondo a grito pelado, disfrutando de la sensación que provoca el agua fría golpeándome la cara.

El tubo cerrado se abre unos metros hacia el cielo y el sol nos ciega antes de volver a meternos en una espiral de agua. Siento sus piernas entrelazadas con las mías, su espalda apoyada en mi abdomen, su respiración agitada a milímetros de la mía. Todo pasa demasiado deprisa.

Otra curva de infarto. Otro golpe de agua congelada. El flotador rebota contra el lateral y el impacto hace que encajemos todavía más. Mi mano, en un acto reflejo del que no me arrepiento nada, termina agarrándola firme por la cintura, sujetándola contra mí.

Valeria vuelve la cabeza. Y en mitad de esa espiral de agua, velocidad y ruido, el resort entero desaparece. Solo existen sus ojos marrones, brillantes, fijos en los míos. Unos ojos que me miran como si yo fuera algo más que la jefa estirada que le amarga los días.

El impacto contra el agua de la piscina llega de la nada. Un golpe seco y frío que nos envuelve, amortiguando los ruidos del exterior. Cuando salgo a la superficie, apartándome los mechones de mi pelo mojado de los ojos, me descubro sonriendo como una adolescente.

Valeria emerge justo frente a mí, resoplando y apartándose el pelo de la cara entre carcajadas que se escuchan en todo el recinto.

—¡Por favor! ¡Deberías haber visto la cara de pánico que has puesto en la tercera curva! —me suelta, mandando el tono formal a tomar viento fresco.

—Eso es una calumnia y una exageración —protesto, aunque la sonrisa no se me borra de los labios mientras flotamos en el agua a medio metro de distancia.

—No es ninguna calumnia, te he visto perfectamente y me has parecido de lo más adorable.

—Te recuerdo que la que iba gritando como una loca poseída eras tú —le lanzo, salpicándole la cara con agua.

—¡Porque me tenías aplastada contra el flotador! Que casi me dejas sin costillas del apretón que me has dado.

—El giro era muy pronunciado. Fue por seguridad.

—Sí, claro. Por seguridad… —repite ella con una ironía deliciosa, acortando la distancia que nos separa con un par de brazadas suaves—. O a lo mejor es que te ha gustado la experiencia y no querías soltarme por si me escapaba.

Seguimos flotando la una frente a la otra, con el agua meciendo nuestro cuerpo suavemente. Y poco a poco, las risas se van apagando. El ambiente cambia de golpe, se vuelve espeso, cargado de una electricidad que noto en la boca del estómago.

Estamos demasiado cerca. Excesivamente cerca.

El agua apenas es una línea delgada que separa nuestros pechos.

Una gota rezagada resbala lentamente por el cuello de Valeria, perdiéndose por el borde de la camiseta que, completamente empapada, se le pega a la piel, dejando adivinar todo lo que hay debajo.

Tengo que hacer un esfuerzo soberano para que no se me note que el aire se me ha quedado atascado en los pulmones.

—Valeria… —murmuro, en un tono que no sé si pretende ser una orden de alejamiento o un ruego desesperado.

—Aitana —me responde ella con un hilo de voz, casi en un susurro que me roza los labios—. No me mires así si luego, cuando salgamos de la piscina, vas a fingir que entre nosotras no pasa nada.

Bajo el agua, mi mano sigue firmemente anclada a su cintura. No me había percatado del detalle hasta este instante. Pero lo peor de todo es que no tengo el más mínimo deseo de apartarla y ella tampoco hace ademán de moverse.

El sol del mediodía le saca brillos dorados a su piel mojada, su respiración me da de lleno en la boca y por un segundo, un segundo peligrosísimo, creo que voy a romper todas las normas de la cadena y la voy a besar allí mismo.

Pero no llego a cometer el pecado porque mi mente —y mi bendito instinto de supervivencia— se despiertan de golpe con el grito exagerado y agudo de un niño que acaba de entrar en pánico en la primera curva del Kamikaze Azul.