CAPÍTULO 7
AITANA
Los domingos en Paraíso Azul son los llamados «días del caos».
Los huéspedes, en su burbuja formada por billetes de cien euros, se creen que el resort funciona por ciencia infusa.
Que las piscinas amanecen cristalinas por arte de magia, que las hamacas se alinean solas porque sí, y que los camareros sonríen a las nueve de la mañana porque están locamente enamorados de su trabajo.
Pero la pura realidad es que todos despertamos antes de que el sol amanezca.
Yo llevo trabajando desde las seis de la mañana, tragándome informes de incidencias mientras intento tomarme un café con leche que he tenido que abandonar porque el Kamikaze Azul, la atracción acuática estrella de una de nuestras piscinas, un tobogán de los que te roba la respiración, ha decidido declararse en huelga y bloquearse a mitad de un giro.
—Pero, ¿qué es lo que ha pasado exactamente, Paco? Que me tenéis en un sinvivir —le pregunto al jefe de mantenimiento mientras aligero el paso por el camino de palmeras.
Paco, el pobre, viene arrastrando los pies a mi lado y sudando la gota gorda, como si se hubiera metido en una sauna con el uniforme puesto. La camiseta de algodón se le pega al torso que da pena verlo y resopla con cada zancada que da para no quedarse atrás.
—El sensor de presión del sistema automático se ha frenado. El mecanismo de la salida detectó un peso constante y cortó el flujo de agua por pura seguridad. Ha sido justo en el último tramo, el que tiene más peligro.
—¿Me estás diciendo que tenemos a un millonario ahí dentro? —insisto, metiéndole el turbo a mis piernas bajo este sol que ya empieza a quemar.
—No, no, ¡qué va! ¡Dios nos libre! El flotador de un cliente se quedó cruzado de mala manera. Los muchachos ya están metiéndole mano al asunto, pero quería que usted diera el visto bueno en persona, por si las moscas.
Suelto el aire retenido despacio, recolocándome las gafas de sol.
Menos mal. No es una tragedia, solo un problema bastante aparatoso.
A lo lejos, según nos acercamos a la piscina, ya empiezo a escuchar el gallinero.
El dichoso tobogán, una estructura imponente en tonos azul y blanco, se alza como una serpiente marina gigante que brilla bajo el sol.
En mitad de la crisis, reparo en Valeria.
Está apoyada en la barandilla de la piscina, charlando con uno de los socorristas, que la mira con bastante intensidad.
Lleva unos pantalones vaqueros cortos que le sientan de escándalo, una camiseta rosa por encima del ombligo y las gafas de sol haciendo de diadema, conteniendo su pelo revuelto, salvaje y todavía medio húmedo, como si se acabara de pegar un chapuzón en la playa antes de pasarse por aquí.
En cuanto nota mi presencia, se gira de golpe y me regala una sonrisa de oreja a oreja. Madre mía del amor hermoso. Esta mujer debería tener prohibido por contrato sonreír así a estas horas de la mañana. Me va a dar un síncope.
—¡Pero bueno! Buenos días, Directora Robes —me saluda, soltando con esa voz suya tan cálida, cantarina y con ese toque canalla y ronco que, no sé cómo demonios se me ha metido bajo la piel.
Ahí está el tonito. El maldito juego del «usted» que usa cuando le da la gana y que me lleva persiguiendo desde anoche, en mis sueños pecaminosos incluidos.
Hago de tripas corazón y mantengo la cara seria, profesional y más estirada que un billete nuevo. Aunque, por dentro, mi cabeza no para de reproducir en bucle el numerito que me montó anoche en el chiringuito.
—Pensaba que los domingos no aparecía usted por el complejo, señorita Ruiz —comento, plantándome a su lado y cruzándome de brazos para marcar territorio.
Ella se encoge de hombros con una desfachatez que me desarma, pero sin apartar esos ojos marrones de los míos ni una milésima de segundo.
—Es mi día libre y suelo entretenerme con otras cosas, pero Clara me mandó un audio para contarme lo del Kamikaze y he preferido acercarme antes de que alguien nos interponga una demanda por amargarle las vacaciones a sus hijos. Que ya sabe usted el genio que se gastan cuando les tocas el ocio.
Paco suelta una risita floja, un poco incómodo por el voltaje que empieza a flotar en el aire entre nosotras dos. Yo, desde luego, no me río. Bastante tengo con contener el tipo.
—La incidencia está prácticamente resuelta.
Valeria asiente despacio, recorriendo mi cuerpo con una lentitud que me eriza la piel.
Y lo peor de todo es que siento perfectamente cómo sus ojos prestan atención, sin ningún pudor, mi vestimenta.
He salido corriendo de mi apartamento con tanta prisa que ni me he cambiado.
Llevo una camisa abierta de mala manera sobre el bañador negro de una pieza y unas sandalias bajas.
Cómoda, sí. Práctica, también. Pero la forma en que Valeria me escanea de arriba abajo hace que, de repente, me sienta más desnuda que si estuviera haciendo topless en mitad de la recepción.
Es ella la que aparta la vista primero, pero se muerde el labio inferior con una sonrisita que me va a costar la salud mental.
Intento ignorar el sofocón que me está subiendo por el cuello y miro fijamente al técnico que está trasteando la bomba de agua. El chaval levanta la cabeza, se pasa un trapo sucio por las manos y me da el parte:
—En diez minutitos lo tenemos en marcha. El sensor ya pinta bien.
Asiento con firmeza, tomando el mando de la situación.
—Perfecto. Pero antes de abrir y dejar que suban los niños, quiero probar la atracción yo misma. Necesito certificar que el sensor responde al peso real de una persona adulta y que no nos va a dar otro susto a otro huésped en mitad del trayecto.
Paco parpadea tres veces seguidas, como si le estuviera hablando en chino.
—¿Cómo dice? Pero mujer, no se moleste, que para eso estamos los de mantenimiento…
—He dicho que me tiro yo —insisto, clavando la mirada en el técnico de forma que no quede espacio para la réplica.
Valeria gira la cabeza hacia mí con una lentitud de lo más dramática y la sonrisa se le ensancha como si le hubiera tocado la lotería de golpe.
—¿Me está diciendo en serio que se va a lanzar por el Kamikaze Azul? No me lo creo.
—Es mi obligación, Valeria —contesto, estirando la espalda para no perder la compostura.
—Qué va —me suelta con un desparpajo que me deja muerta—.
Su trabajo es ponernos firmes durante las reuniones y elaborar esas hojas de Excel infernales con letras de colores que no las entiende ni la madre que las parió.
Tirarse por el tobogán no. Diga mejor que le ha entrado a usted el capricho y entonces la creeré.
Decido ignorarla. O por lo menos, hago el paripé de intentarlo. Porque tenerla tan cerca, escuchando su risa limpia y ese acento andaluz que me vuelve loca, se está convirtiendo en el mayor problema de mi trabajo en este paraíso.
Los operarios terminan de ajustar los tornillos mientras el público del resort observa la escena con expectación. Hay un grupo de niños ingleses agarrados a sus flotadores amarillos que nos miran con cara de pocos amigos.
Valeria da un paso hacia mí, cruzándose de brazos.
—Pues alguien tendrá que acompañarla. No puede lanzarse sin compañero —suelta con una determinación que me deja sin argumentos.
La miro seria, intentando imponer respeto.
—No es necesario. Puedo hacerlo yo sola, Valeria.
—Sí lo es —me rebate, acortando la distancia—.
Yo me conozco este parque acuático mejor que las palmas de mis manos.
Llevo varias temporadas evitando que los alemanes borrachos se tiren de cabeza o que las parejitas con exceso de hormonas me monten un espectáculo poco cristiano dentro de los tubos.
Créame si le digo que tengo más mili hecha en flotadores de dos plazas que toda la directiva junta. Así que, andando.
Paco carraspea y murmura algo de que tiene que ir a mirar los filtros de la depuradora antes de desaparecer. Yo me quedo sola ante el peligro. Respirar hondo es lo único que me salva, porque os prometo que discutir con Valeria es una tarea agotadora.
—Puedo hacerlo sola —insisto, aunque la voz me sale menos firme de lo que querría. No sé a quién quiero mentir.
Ella da otro paso al frente. El sol de la mañana le ilumina unas pecas diminutas que tiene repartidas por el puente de la nariz y me llega un olor riquísimo a crema solar de vainilla que me borra de la mente el olor a cloro que nos rodea.
—Y yo puedo acompañarla a pasar el mal trago, jefa. ¿O es que le da a usted miedo que la vea perder la compostura cuando entremos en la gran curva?
Dios del cielo. Esta mujer tiene que alejarse de mí si no quiere que cometa una locura.
—Valeria… —le lanzo a modo de advertencia, entornando los ojos.
—Aitana —me devuelve ella sin formalidad alguna, sosteniéndome el pulso con una mirada que me quema todos los circuitos mentales—. Es solo un trozo de plástico con agua, mujer. Y usted y yo sabemos torear en plazas mucho más difíciles que esta, ¿a que sí?
Nos quedamos ahí plantadas, devorándonos con los ojos durante un segundo que se me hace eterno, hasta que el socorrista de abajo nos corta el rollo desde la distancia.
—¡El flotador doble está posicionado arriba! ¡Cuando queráis!
Menos mal, porque me faltaba el aire.