¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

VALERIA

Aitana se ha quedado junto a la barra, hablando con el responsable del chiringuito.

Lleva puesto un vestido de lino negro sencillo, elegante, con toda la espalda al aire y unos tirantes finitos que dejan ver una piel bronceada que da gloria mirarla.

El pelo oscuro, que siempre lleva recogido en un moño tenso, le cae suelto por los hombros, y la iluminación del chiringuito le suaviza esa expresión de sargento que gasta a diario.

Sigue siendo ella, sigue siendo la misma, pero esta versión playera acojona el doble porque está guapa a rabiar y yo llevo demasiado alcohol encima.

—Valeria… —me susurra Sofía por lo bajini, dándome un toque con el pie—. No pongas esa cara, por lo que más quieras.

—¿Qué cara, chiquilla? —pregunto, incapaz de despegar los ojos de su cuerpo.

—La de que vas a cometer la mayor locura de tu vida.

Tarde. Muy tarde. Porque en ese momento Aitana suelta una risa por algo que le dice el encargado, y ese sonido, grave y bajito, me revoluciona el pecho. Escucharla reír es algo nuevo. Peligroso. Mi cerebro no tenía esa información y ahora la quiere en bucle.

Clara me engancha del brazo con fuerza antes de que me pueda mover del asiento.

—Valeria, quieta ahí. Ni se te ocurra.

—Que no voy a hacer nada malo, suéltame —murmuro, zafándome de su agarre.

Me pongo en pie con suavidad, colocándome bien el pelo y quitándome la camisa rosa que llevo atada a la cintura.

—Solo voy a darle las buenas noches.

—Vas borracha, Valeria —insiste Sofía entre dientes.

—Voy alegre, que es muy distinto —la corrijo.

—Vas camino del despido, que no es lo mismo —añade Clara.

Y antes de que el sentido común pueda frenarme, arranco a caminar.

El suelo del chiringuito se mantiene derecho, lo cual considero un milagro de la Virgen de la Palma.

Avanzo entre las mesas intentando poner andares de modelo de pasarela mientras mi corazón decide ir a mil revoluciones por minuto.

Aitana sigue a lo suyo y cuando me planto a dos pasos de ella el olor de su perfume me nubla el sentido.

Levanta la vista y, durante un suspiro, veo perfectamente cómo la sorpresa le desencaja la cara.

—Valeria. Digo, señorita Ruiz.

La voz se le baja un tono y a mí se me cortocircuita el sistema al presenciar su confusión. Me apoyo con un brazo en la barra con todo el arte que puedo reunir, mirándola de medio lado.

—Buenas noches, Señora Robles. Qué sorpresa verla por aquí.

Aitana entrecierra los ojos, escaneándome de arriba abajo.

—¿Se puede saber cuánto ha bebido usted esta noche?

—Muchísimo menos de lo que sospecha y bastante más de lo que mi madre aprobaría —le respondo con una sonrisa de lo más pícara.

—Eso no responde en absoluto a mi pregunta —me lanza ella, cruzándose de brazos con una firmeza que hace que los tirantes del vestido se le ajusten a los músculos de los hombros.

Me río con ganas, sosteniéndole la mirada sin amedrentarme. Y ahí está otra vez. Esa electricidad estática, esa tensión rara que tira de nosotras cuanto respiramos el mismo aire en el mismo metro cuadrado.

Miro de reojo el vaso que el camarero le acaba de poner y vuelvo a mirarla.

—¿Le apetece tomarse una copa conmigo, jefa? Invito yo.

—No, gracias —responde con sequedad.

Pero el caso es que no se marcha. Y eso, con el alcohol haciéndome palmas en la cabeza, me da una valentía de la que mañana me voy a arrepentir seguro.

—Venga, que es sábado. Solo una. Le prometo por lo más sagrado que esta vez no se la voy a tirar encima.

Por una milésima de segundo, veo que los labios se le curvan en una sonrisa de verdad. Pequeñita, escondida, pero real. Y a mí el corazón me da una voltereta que casi me caigo de bruces al suelo.

Aitana baja la mirada un segundo a la barra antes de volver a fijarla en mis ojos con una intensidad que quita el hipo.

—¿Usted acostumbra a flirtear de manera tan descarada con todos sus superiores, señorita Ruiz?

Ay. Madre. Mía. Del. Carmen.

El alcohol se me baja de golpe a los pies, como si me hubieran tirado un cubo de agua congelada. Debería dar media vuelta y retirarme con dignidad, de verdad de la buena que debería. Pero mi boca hoy tiene complejo de kamikaze.

—Solo con las jefas que parecen sacadas de un anuncio de colonia cara y que me miran con cara de querer firmar mi finiquito cada vez que entro por la puerta. Aunque empiezo a dilucidar que esa mirada suya esconde otra cosa muy distinta, Señora Robles.

Aitana se queda estática, como si le hubiera echado un conjuro.

Por primera vez desde que llegó, veo cómo pierde los papeles.

Es solo un segundo, un suspiro, pero yo lo cazo al vuelo: el parpadeo rápido, la respiración que se le frena en la garganta y ese color rosita que le empieza a colorear las mejillas, encendiéndole la cara.

Virgen de la Regla, que he conseguido sonrojar a la reina de hielo.

El descubrimiento me causa un regustillo en el cuerpo que me deja temblando. Aitana es la primera en apartar los ojos, buscando los papeles del mostrador. Mala señal para algunos, pero una señal divina para mí.

Se recompone a la velocidad del rayo, estirando la espalda y recuperando esa fachada glacial que parece que lleva cosida a la piel con hilo de oro.

—Creo que va siendo hora de que regrese usted con sus amigas, señorita Ruiz. La noche es joven y parece que el alcohol le está sentando demasiado bien.

—¿Eso es una orden de dirección? —le pregunto entornando los ojos y con una voz que me sale más suave de la cuenta.

Sus ojos verdes vuelven a clavarse en los míos con una intensidad que me deja sin aire.

—Considérelo simplemente una recomendación profesional.

El tono le sale firme, cortante y con el mando de siempre, pero los coloretes de sus mejillas siguen ahí, delatándola. Y eso me da una satisfacción que no me cabe en el pecho. Aitana recoge los informes firmados y da un paso atrás con una finura que parece que baila.

—Buenas noches, Valeria.

—Que descanse usted, jefa —le devuelvo yo, paladeando cada letra con una lentitud que me da hasta miedo.

Se da la vuelta y enfila el camino de salida con la espalda recta y el control recuperado.

O eso intenta aparentar la pobre mía. Porque justo antes de doblar la esquina de la pasarela de madera, se lleva una mano al pelo con un gesto nervioso.

Y ese pequeño gesto me hace saber que la he dejado tan descolocada y con las defensas tan bajas como me deja ella a mí cada vez que me respira cerca.

Cuando regreso de nuevo al sofá, Clara me mira con los ojos como platos, como si hubiera visto un ovni aterrizar en la piscina.

—¿Pero tú estás bien de la cabeza? ¡Dime que no le has tirado los trastos!

Me arrellano en los cojines intentando disimular la sonrisa de satisfacción que llevo conmigo, aunque no hay manera de taparla.

—Un poquito de juego sí que ha habido. Pero oye, que me quiten lo bailao , ha merecido la pena el riesgo.

Sofía sigue con la boca tan abierta que le cabe un camión.

—Hija de mi vida, que le has soltado el «jefa» con una voz que parecía que le ibas a arrancar el vestido allí mismo, con los franceses mirando. La tensión se podía sentir desde aquí, qué barbaridad.

—No exageréis, que sois unas peliculeras —digo yo, aunque el corazón me va dando botes en las costillas.

—Valeria, cariño —salta Clara—, que hasta yo he tenido que pedir un vaso de agua con hielo del calor.

Marta, en cambio, se queda callada unos instantes, mirándome con fijeza y luego desvía los ojos hacia el camino por donde se ha marchado Aitana. Al final, se le dibuja esa sonrisa mística, de esas que auguran cosas que eres incapaz de imaginar.

—Ay, Valeria, Valeria… —murmura, dándole un sorbo lento a su copa de vino—. Que aquí hay una energía cruzada muy peligrosa y me da en la nariz que ninguna de las dos va a poder esquivarla.

Y lo peor de todo es que creo que la mística tiene más razón que un santo.