CAPÍTULO 5
VALERIA
Hay que tener mucho arte y un poquito de duende para entender lo que pasa en La Ola cuando se esconde el sol.
De día, no os voy a engañar, es el típico chiringuito pijo: mucha madera lacada en blanco, cojines en tonos arena que valen un ojo de la cara, sillas de mimbre, turistas haciéndose quinientas fotos con mojitos a precio de oro y camareros que mantienen la sonrisa aunque lleven doce horas trabajando sin descanso.
Pero de noche se transforma. Las bombillas de luz cálida convierten la terraza en un rincón dorado, íntimo y con un embrujo que te mueres.
El mar se escucha muy cerca y la música suena bajita, con el compás perfecto para envolver el ambiente sin obligar a nadie a romperse la garganta para hablar.
El aire, para rematar, huele a sal, a lima y a verano de verdad.
Y supongo que por culpa de todo este maldito embrujo, llevo ya tres chupitos, dos mojitos y me encuentro a un pasito de cometer una locura de las gordas.
—Valeria, cariño, no deberías mezclar el ron con el tequila —me suelta Sofía desde el otro lado de la mesa, moviendo la pajita dentro de su copa—. Que luego te entra el bajón y terminas llorando a moco tendido con los anuncios de la tele.
—¡Es que el anuncio era precioso, chiquilla! —protesto yo, poniéndome la mano en el pecho y con la sonrisa ya un poco torcida por el alcohol.
Clara suelta una carcajada tan limpia y potente que una pareja de franceses estirados que ocupan otra mesa se giran a mirarnos con una cara de espanto que no pueden con ella.
—Valeria, por lo que más quieras, que era un anuncio de yogures para el tránsito intestinal —añade Clara partiéndose de la risa.
—¡Me da igual! ¿Es que no visteis cómo el abuelo recuperaba las ganas de vivir gracias al bifidus?
Marta sonríe de medio lado, destilando esa calma bendita que siempre la hace parecer que está tres escalones espirituales por encima de las demás.
Las cuatro estamos desparramadas en uno de los sofás del chiringuito, celebrando por todo lo alto que hemos sobrevivido, de milagro, a la primera semana oficial de la temporada alta.
Y eso, en Paraíso Azul , no se paga con dinero: se paga con alcohol. Mucho alcohol y del bueno.
—Venga, arriba esos vasos —dice Clara, alzando su copa con una energía que me da hasta envidia—. Brindo por seguir trabajando, por los rusos que dejan propinas que solucionan un mes de alquiler y porque a Valeria no la han puesto todavía de patitas en la calle.
—Pon el «todavía» en mayúsculas —remata Sofía con una ceja más arriba que la otra y un retintín que se las trae—. Que desde la cocina escucho los gritos de la jefa cada día.
Les planto el dedo corazón con mi mejor sonrisa mientras me río con ganas.
—Hay que ver el amor que recibo siempre de mis mejores amigas.
—Es amor del bueno, Valeria —suelta Marta con voz angelical.
—Esto es acoso laboral y bullying de toda la vida de Dios —las corrijo yo, aunque se me cae la baba con ellas.
Chocamos los vasos en mitad de una timba de risas que sobresale por encima de la música de fondo.
Me dejo caer en el sofá, sintiendo cómo los músculos se me quedan como de plastilina por culpa del palizón de la semana y el efecto del alcohol.
Me he pasado los últimos días apagando fuegos absurdos por todo el complejo y además, he tenido que sobrevivir a la sargento de hielo que comparte despacho conmigo desde el miércoles.
Compartir espacio con esa mujer debería puntuar doble para la jubilación anticipada, de verdad.
Le meto un sorbo largo al mojito, dejando que el frescor de la hierbabuena y el crujido del hielo me refresquen la garganta.
—Es que yo no me explico cómo se puede vivir con tanta tensión en el cuerpo —pienso mirando las burbujas del vaso, aunque la realidad es que lo digo en voz alta.
—¿De quién hablas, Valeria? —pregunta Marta, aunque las tres saben de sobra por dónde van mis tiros.
—De quién va a ser, hija. Aitana —suelto con un suspiro que me sale del alma.
Clara da un salto en el sofá, arrimándose a mí con los ojos abiertos como platos, oliendo el cotilleo fresco como un tiburón huele la sangre.
—¡Ay, por favor! Estaba tardando en salir el tema. Venga, que llevo esperando este momento desde que se apropió de tu despacho. ¿Cómo es la jefa en realidad? Desembucha.
—No hay nada que desembuchar, Clara.
—¿Cómo que no? —interviene Sofía—. Si te pasas las horas muertas discutiendo con ella por tonterías.
—Porque es insoportable y me busca las cosquillas —replico con indignación.
—No, cariño. Es porque te pone a mil revoluciones y te tiemblan las piernas —me corrige Clara con una sonrisa de lo más pícara.
Resoplo con fuerza, dándome aire con las manos y revolviéndome el pelo.
—Me pone de los nervios, que es muy distinto. No confundamos los términos. —Las tres se me quedan mirando fijamente, con esa sonrisita de brujas que no me gusta un pelo—. No me miréis con esa cara, que os conozco.
—¿Con qué cara? —pregunta Marta fingiendo una inocencia que no se cree ni ella.
—Con cara de que estoy perdiendo la cabeza.
Se hace un silencio de esos que pesan y Clara aprovecha para darle un sorbo tranquilo a su copa antes de soltar la bomba con toda la guasa del mundo:
—¿Es que no la estás perdiendo, Val?
Abro la boca dispuesta a soltar un mitin de los míos para defenderme, pero me quedo en blanco, con la palabra en los labios y cara de boba.
Porque, para mi completa desgracia, Clara tiene una poquitica de razón y mi cerebro traidor no deja de registrar y almacenar datos sobre Aitana que no me van a servir para nada productivo en mi carrera profesional.
Sofía me apunta directamente a la cara con una aceituna ensartada en un palillo, como si fuera un dedo acusador.
—Ya tienes las mejillas rojas otra vez.
—¿Qué dices? —pregunto, intentando taparme con el vaso.
—Seguro que estás pensando en lo bien que le quedan esas blusas de seda desmangadas que usa.
Me tapo la cara entera con las dos manos mientras el sofá se sacude con las risas de estas tres.
—¡Es que no puedo evitarlo, vale! —suelto desde detrás de los dedos, rindiéndome—. Es que... Hay algo en esa mujer que me saca de mis casillas y a la misma vez me revoluciona por dentro.
Clara se echa hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, interesadísima en lo que me pasa.
—Venga, pecadora. Cuéntanos las intimidades del despacho.
El ron me ha ablandado la lengua lo justo para perder el sentido del ridículo y tirar la dignidad por la borda de un barco.
—¿Vosotras os habéis fijado en cómo huele? —suelto de sopetón.
Las tres se quedan mudas de golpe, mirándose entre ellas. Entonces Clara suelta una risa tan grande que casi me escupe el combinado encima.
—No, bueno. Esto es superior a mis fuerzas. Sigue, sigue, por favor, que me interesa.
—¡Que os lo digo en serio! —insisto, notando el calor en las orejas—. Es que entras por la mañana y huele dulce, suave, atrayente… como cuando pasas por la puerta de una pastelería y te atrae el chocolate. Es embriagador, de verdad os lo digo.
Sofía me mira con una cara de pena fingida que da coraje.
—Estás fatal de lo tuyo, Valeria. Pero fatal, nivel supremo.
—Para ingresarla en el psiquiátrico —remata Clara entre carcajadas.
Abro los ojos y suelto un suspiro que casi apago las velas que forman parte de la decoración de la mesa en la que estamos sentadas.
—Pero ¿cómo se puede oler tan bien, tener esa planta de modelo y luego ser más borde que un dolor de muelas? Es que es un misterio de la naturaleza.
—Eso tiene una única explicación —suelta Sofía.
—Te mueres por sus huesos, Valeria —sentencian Clara y Marta sin anestesia.
—Que no me muero por nadie.
—Val… —insiste Sofía con guasa.
—Que no, de verdad, que no es mi tipo de mujer.
—Valeria —repite Clara, marcando cada sílaba.
—Vale, de acuerdo. A lo mejor me parece que está de toma pan y moja, y que tiene un atractivo peligroso y perjudicial para mi continuidad en esta empresa. ¿Ya estáis contentas, brujas?
Clara levanta las manos al cielo como si acabara de ganar el gordo de Navidad.
—¡Por fin lo ha soltado la niña! Llevábamos cuatro días haciendo apuestas en el grupo de WhatsApp.
Me dejo caer de bruces contra la mesa de madera de forma dramática, apoyando la frente contra la madera fría para ver si así se me baja la fiebre.
—Es que no me conviene sentir esto, chiquillas. Yo no quiero volverme loca por una mujer que me saca más de diez años y que es mi jefa. Menudo problemón sería ese. Además, ya sabéis que la cadena es estricta con las jerarquías.
Marta le da un trago corto a su copa de vino blanco y suelta una de sus reflexiones filosóficas:
—Pues yo os digo que eso es una tontería y que uno no puede poner freno a los sentimientos cuando aparecen.
Sofía, que no ha dejado de escuchar, sonríe.
—Además las mujeres que parecen un bloque de hielo suelen esconder los paraísos más increíbles.
—O un cementerio de exnovias —murmura Clara con malicia.
—O grandes deseos reprimidos —insiste Marta, ignorándola—. De esos que, cuando encuentran la chispa, arrasan con todo.
Ay, por favor, qué películas se montan . Me río negando con la cabeza, aunque os prometo que un escalofrío me recorre la espalda de arriba abajo al imaginármelo.
—Qué va, ni hablar. Además, esa mujer me tiene una tirria que no puede con ella. Me lo demuestra cada mañana con las miraditas que me clava desde su mesa.
—Que no te tiene tirria, boba —asegura Sofía.
—Hija, me mira como si estuviera calculando cuánto le va a costar la indemnización por despido improcedente o si me puede estrangular con el cable del teléfono directamente. Y no sé yo qué opción le gusta más.
Clara arquea las cejas con una sonrisa maliciosa que le llega a las orejas.
—Pues qué quieres que te diga, eso en mi pueblo se llama tensión sexual. Hay historias que empiezan con ganas de matarse y terminan en la cama con la respiración rota de tanto gemir.
Estoy a punto de soltarle un desplante de los míos cuando, de repente, veo que Marta levanta la vista hacia la entrada de la terraza. La cara se le pone seria en un segundo, lo justo para llamar mi atención.
—Hablando de la loba de Wall Street…
Me giro con el corazón dándome un vuelco en el pecho y el chiringuito entero parece quedarse en pausa. Porque Aitana Robles acaba de llegar a La Ola . No va vestida como suele ir siempre. Y eso, os lo juro por mi madre, debería estar penado por la Guardia Civil.