¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

AITANA

Una hora más tarde continúo sumergida en el infierno burocrático que arrastra cualquier traspaso de poderes.

El supuesto glamour de un resort de cinco estrellas en la costa alicantina reducido a un Excel mal estructurado.

Son las ocho de la tarde, tengo un hambre de mil demonios y estoy concentrada repasando las facturas de la limpieza de las piscinas cuando un ruido extraño me roba la concentración.

Primero se escucha un golpe seco en el techo, luego un coro de voces alteradas dando gritos y, acto seguido, unos pasos de alguien corriendo por el pasillo como si persiguieran al demonio.

Levanto la vista justo en el instante en el que Paco, el jefe de mantenimiento de unos cincuenta años, pasa por delante del despacho de Ignacio con la cara desencajada.

—¡No, hombre, no! ¡Lo que nos faltaba! —va gritando, desesperado y con las manos en la cabeza.

Esa frase no augura nada bueno, de modo que me levanto de la silla y salgo al pasillo exterior de inmediato.

—¿Se puede saber qué está pasando?

El hombre clava los talones en el suelo, frenando en seco, sofocado y secándose el sudor de la frente con el revés de la mano.

—Doña Aitana… Mire usted, es que hay una fuga de agua en el techo de la zona de administración. El despacho nuevo que le estábamos preparando… su oficina, bueno… Digamos que ahora mismo cuenta con servicio de piscina privada y cascada termal incorporada.

Cierro los ojos, apretando los párpados con fuerza mientras me doy un masaje en el puente de la nariz. Universo , dime que esto es una cámara oculta, por favor.

—Lévame allí ahora mismo.

Cuando llegamos al ala administrativa, me encuentro a media plantilla arremolinada cotilleando el desastre.

El agua cae del techo a chorros finos pero constantes, inundando el suelo de parqué.

Hay archivadores retirados a la carrera y un cubo de fregar totalmente inútil colocado en medio del charco intentando salvar lo poco que queda de la dignidad de la estancia.

Entre el grupo de curiosos distingo a Marta, y cómo no, a Valeria.

Estoy convencida de que el destino la ha contratado solo para poner a prueba mi resistencia profesional.

Me está mirando con una mezcla de lástima y una chispa de diversión en los ojos que intenta disimular ensayando un puchero de lo más fingido.

—Vaya por Dios… —suelta con tono cantarín, dando un paso al frente—. Técnicamente, Directora Robes, hemos conseguido ese ambiente tropical e integrado que tanto busca la compañía dentro de las oficinas. ¿Le voy pidiendo a los de servicio de habitaciones que le traigan un coctel con pajita?

Le dedico una mirada de arriba abajo, observando cómo se muerde el labio inferior para contener la risa.

—¿Ha venido usted aquí a arrimar el hombro, señorita Ruiz, o a impulsar mi descenso a la locura?

—Bueno, yo es que soy una mujer muy polivalente y puedo hacer las dos cosas a la vez si me lo pide —responde, y su voz adquiere un matiz provocativo, canalla y juguetón que me pilla con la guardia baja—.

Ahora en serio, bromas aparte, es una putada.

Lo siento. Si le hace falta cualquier cosa mientras los de mantenimiento arreglan todo este desastre…

Paco se aclara la garganta, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón de trabajo, visiblemente incómodo.

—Verá, solucionar esto nos va a llevar unas semanas días. Hay que picar el falso techo, localizar la tubería rota y luego meter las máquinas deshumidificadoras para que seque todo el desaguisado.

—Excelente —respondo, dejando escapar un suspiro—. Necesito que me habilitéis otro despacho hoy mismo. No puedo estar instalada como una okupa en la mesa de Ignacio eternamente.

Y entonces Valeria, haciendo gala de una absoluta falta de instinto de supervivencia, suelta:

—A ver… El despacho que queda más cerca y que tiene el aire acondicionado funcionando bien es el mío. No es muy grande, pero puede caber otra mesa si lo acomodamos todo bien.

La miro fijamente. Ella me sostiene la mirada. Al fondo del pasillo administrativo, veo de reojo cómo Marta sonríe. Doy un paso firme hacia Valeria acortando la distancia entre las dos y obligándola a levantar un poco la barbilla.

—Perfecto. Entonces me instalaré en su despacho. Gracias por la invitación.

Valeria parpadea una vez. Dos veces. E incluso tres, perdiendo el color de las mejillas por el camino.

—¿Cómo dice?

—Acabas de ofrecerme tu despacho.

—¿Yo?

—Sí.

—Solo dije que… —dice, con el rostro desencajado y ese brillo confuso en los ojos.

—Será maravilloso compartir espacio con usted, señorita Ruiz —le respondo, y por primera vez en lo que va de jornada, permito que una levísima y triunfal sonrisa asome a mis labios.

Detrás de nosotras, a Paco se le escapa una risotada que intenta camuflar con un estornudo falso. Valeria se pasa una mano por el pelo, alborotándose el moño improvisado, visiblemente nerviosa.

—Ya… bueno. Menos mal que me vuelve loca el trabajo en equipo… Aunque sea con alguien que me quiere dejar el presupuesto de mi departamento en los huesos y bajo mínimos.

Doy otro paso hacia delante, colocándome a escasos centímetros de ella. Lo suficiente para que me invada su perfume: una fragancia fresca, cítrica, con un toque dulce a vainilla que me resulta terriblemente embriagador.

—Procure, al menos, andar con pies de plomo y no derramar ninguna bebida de color extravagante sobre mis informes. Y por favor, intentemos que nuestras… tiranteces profesionales no interfieran en la rutina diaria del resort.

Valeria traga saliva de manera visible, aunqe tarda muy poco en recuperar su sonrisa insolente y pícara.

—Yo es que no soy mucho de prometer cosas que luego no sé si puedo cumplir, jefa.

Pero ya que vamos a convivir juntas en el mismo metro cuadrado, a lo mejor tendríamos que poner unas cuantas reglas de convivencia.

Por ejemplo: yo me comprometo a no poner reguetón si usted promete no mirarme con esa cara de querer firmar mi finiquito cada vez que abro la boca pa’ respirar.

Noto un calor súbito e inesperado recorriéndome la nuca y subiéndome hasta las mejillas.

El aire entre las dos se vuelve pesado, cargado de una electricidad estática tan brutal que casi se pueden oír las chispas.

Alguien finge una tos de perro exagerada desde el fondo para romper el hechizo del momento, lo que me obliga a dar un paso atrás y a recuperar mi máscara de hielo de inmediato.

—Empecemos por trasladar una mesa y toda la documenta a su despacho. Y Valeria… gracias.

—No hay de qué… jefa.

Sonrío para mis adentros mientras me doy la vuelta. No sé si convivir con ella es la mejor idea, pero tengo la ligera impresión de que a partir de hoy, va a ser de lo más estimularte tenerla cerca.