¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

AITANA

Hay días en los que una se para a reflexionar si no habría sido mil veces más feliz trabajando en un hotel rural de tres habitaciones en mitad de la montaña, rodeada de vacas, cabras y apartada del mundo y sus complejidades.

—Bienvenida a tu primer día en Paraíso Azul, Aitana… —me digo a mí misma en voz baja, mientras intento relajar los hombros y cierro la puerta de la suite temporal que la cadena me ha asignado hasta que me acomoden el apartamento oficial.

Mis primeras cuatro horas en el complejo y ya me han bautizado como si fuera un pesquero con un cóctel de granadina con extra de sirope, me he topado con la mujer más insolente de toda la provincia de Alicante y se me ha clavado en el pecho la sospecha de que este verano va a acabar con mi salud mental o con mi paciencia. O con ambas.

Empezamos bien, Robles , me recrimino mientras dejo el bolso sobre la cama y me doy una última mirada en el espejo de cuerpo entero presente en el dormitorio.

Si pasamos por alto el asesinato textil que ha sufrido la americana, sigo impecable.

Mi pelo sigue en su sitio, el maquillaje está intacto y la expresión…

Bueno, la expresión es la misma de los últimos seis años.

Mi madre diría que tengo cara de mujer que se ha tragado un palo de escoba y no sabe lo que es relajarse.

Mi expareja aseguraría que tengo cara de sargento pasivo-agresivo las veinticuatro horas del día.

Yo prefiero llamarlo control de daños. He aprendido a no regalar debilidades a nadie y, hasta la fecha, me ha ido de perlas.

El problema es que, por mucho que intente centrarme en todo lo que tengo delante, la mente se me va a esos enormes ojos marrones cargados de pánico y descaro.

Cierro los ojos un segundo y, por primera vez desde que he puesto un pie en el resort, no puedo evitar dejar escapar una risa ahogada. Dios mío. No debería hacerme ni la más mínima gracia, pero la verborrea de esa mujer tiene un punto ridículamente adictivo.

A ver, Aitana, céntrate. No has venido a la costa mediterránea a distraerte con el personal.

Estoy aquí porque la central necesita a alguien capaz de meter en cintura este resort antes de que la temporada alta se convierta en una verbena de pueblo, cara, caótica e insostenible.

Hay demasiados gastos absurdos en el presupuesto.

Demasiada manga ancha. Demasiado «no pasa nada, ya lo arreglaremos sobre la marcha».

Yo no funciono así. Yo no espero a que las cosas se arreglen: las arreglo yo.

Por algo me he tirado quince años construyendo una reputación que nadie se atreve a discutir.

Y desde luego, no voy a permitir que un accidente con una morena con tendencia al desastre me saque de mi eje.

Miro mi reloj de pulsera. Quedan exactamente cuarenta minutos para la reunión.

Perfecto . Tiempo de sobra para ponerme una blusa limpia, repasar la columna de pérdidas y recordarles a todos los responsables de departamento que este resort no es un campamento de verano, sino uno de los más importantes del Mediterráneo.

Cuando entro en la sala de juntas, el ambiente es exactamente el mismo que todas las salas de juntas en las que he estado. Llego cinco minutos antes de la hora. Detesto la impuntualidad; llegar tarde me parece la mayor falta de respeto y de profesionalidad que existe.

Ignacio Salamanca, el hombre que había tomado las riendas del resort después de la dimisión del anterior director, se levanta del sillón en cuanto me ve cruzar el umbral y me tiende la mano.

La mesa ovalada ya está medio ocupada por los pesos pesados del hotel.

Toda una plantilla de profesionales que me escanean de arriba abajo mientras me regalan sonrisas de compromiso.

Conozco el juego al dedillo. Sé perfectamente lo que es entrar en un sitio nuevo y que te miren como a una intrusa con un traje caro, una cara bonita y un carácter de mil demonios enviado por los de arriba para amargarles la existencia.

—Aitana, qué alegría tenerte aquí. Bienvenida oficialmente al ojo del huracán —dice con una sonrisa honesta.

Le sostengo el apretón con firmeza, midiendo las distancias.

—Gracias, Ignacio. Espero que con las nuevas directrices reduzcamos el huracán a una brisa marina bastante más gestionable y rentable —respondo con absoluta calma.

Él suelta una risilla floja, negando con la cabeza.

—Eso mismo prometieron los dos directores anteriores antes de pedir la baja por estrés.

Estupendo. Heredo un cementerio de ejecutivos y un nido de rebeldes.

Tomo asiento a la derecha de Ignacio y abro mi carpeta de cuero negro que traje conmigo de Madrid, desplegando los informes trimestrales.

Uno a uno van entrando el resto de los demás miembros del equipo.

Primero pasa Sofía Jiménez, la Chef responsable del restaurante, que arrastra las banquetas con cara de haberle declarado la guerra a media Europa.

Detrás viene Marta Llorente, la encargada del Spa, destilando esa aura mística que choca frontalmente con la melena rizada y alborotada que gasta.

Clara Serra, la de las actividades acuáticas, entra derrochando una energía que me agota solo de verla.

Y finalmente, cerrando el desfile… ella. Valeria Ruiz.

Es la última en cruzar la puerta. Lleva las gafas de sol apoyadas a la cabeza como si fueran una diadema y esa cara de pilla que intenta disimular adoptando una postura seria que no casa con ella.

Nuestras miradas se cruzan durante una décima de segundo.

Noto cómo se tensa al verme. Yo, haciendo gala de mis años como la reina de hielo, mantengo la misma expresión gélida que le mostré junto a la piscina.

Aunque, por dentro, una parte de mi cerebro repare en la forma que la falda se le ciñe a las caderas y cómo la luz del atardecer le saca destellos cobrizos a su pelo.

Concéntrate, Aitana. Al grano.

Valeria se sienta justo en la silla de enfrente, al otro lado de la mesa. Ignacio se aclara la garganta, dando un golpecito con el bolígrafo sobre su bloc de notas.

—Bien, ya estamos todos. Empezamos. Como ya sabréis por el comunicado interno, Aitana Robles se incorpora hoy mismo como la nueva Directora de Paraíso Azul.

Viene avalada por unos resultados espectaculares en la sede central de Madrid y, sinceramente, espero que nos ayude a encauzar los números y a dejar de perder dinero como si fuera un deporte olímpico.

Un par de risas flojas resuenan en la sala, rompiendo el hielo. Yo no me río. Ni pestañeo.

—Gracias, Ignacio —digo, modulando la voz para que suene clara, rotunda y con esa autoridad que hace que todo el mundo deje de juguetear con los bolígrafos.

Cierro la carpeta despacio, entrelazo las manos sobre la mesa y paseo la mirada por cada uno de los presentes—.

Voy a ser muy directa, porque no me gusta perder el tiempo.

Paraíso Azul es la joya de la corona de la cadena, tiene un potencial innegable, pero también padece una alarmante y preocupante tendencia a confundir la excelencia con la improvisación sobre la marcha.

El silencio que cae en la sala se vuelve tan denso que se podría cortar con un cuchillo. Perfecto. Así me gusta empezar.

—He estado revisando los presupuestos de la última campaña, los ratios de ocupación y los costes operativos de la temporada.

Gastamos por encima de nuestras posibilidades en actividades que nos aportan un retorno irrisorio, detecto una falta de coordinación preocupante entre departamentos y una costumbre muy peligrosa de apagar los fuegos cuando ya han arrasado la mitad del complejo.

Clara se remueve incómoda en su asiento, cruzando una mirada de auxilio con la Sofía.

Valeria, por su parte, se cruza de brazos en una actitud defensiva.

El movimiento hace que la tela de la blusa del uniforme se tense, dejando a la vista un pequeño y sugerente lunar justo en la base del cuello que capta mi atención más de lo debido.

Carraspeo de inmediato, recuperando el hilo de mis pensamientos antes de que el subconsciente me juegue una mala pasada.

—No he venido aquí para caer bien ni para hacer amigos. Estoy aquí para lograr que este resort funcione como un reloj suizo y eso, inevitablemente, pasa por aplicar cambios estructurales inmediatos.

Paso la primera página del informe con lentitud, disfrutando del suspense general.

—Partida de Eventos y Animación: reducción directa del veinte por ciento en el presupuesto para este bimestre.

Valeria reacciona al instante. Levanta la mano derecha sin esperar el turno de réplica, echándose hacia delante.

—Perdone, pero eso que está tocando es competencia directa de mi departamento —salta con su marcado acento gaditano, directo y sin filtros.

La miro fijamente a los ojos, sosteniéndole el pulso.

—Lo sé perfectamente, señorita Ruiz.

—Pues si lo sabe, también sabrá que pegarle ese hachazo significa cargarse de golpe la experiencia de los clientes, que son los que se dejan el dinero aquí —rebate ella, usando un tono falsamente almibarado, de esos que esconden un camión de argumentos afilados detrás de una sonrisa.

—Y lo que usted debería saber —le devuelvo el golpe sin alterar un ápice mi ritmo— es que esa maravillosa experiencia de la que habla tiene que ser, ante todo, rentable para la cadena.

Alguien al fondo de la mesa suelta una tos falsa para disimular una carcajada. Valeria no se amedrenta. Se apoya en el borde de la mesa, entornando esos ojos color café y regalándome una sonrisa lenta y desafiante.

—Con todos los respetos, Directora Robles, pero los clientes que pagan mil euros la noche no vienen aquí a repasar su hoja del Excel.

Vienen a disfrutar. Y vuelven a repetir la experiencia por los recuerdos que se llevaron de aquí.

Se acuerdan de la música que los puso a bailar descalzos en la arena hasta el amanecer, del momento exacto en el que mandaron los problemas del día a día a freír espárragos.

Eso es lo que vende un resort como el nuestro: desconexión.

—Y con el mismo respeto le respondo, señorita Ruiz —replico, entrelazando los dedos sobre la carpeta de piel y clavándole una mirada que habría congelado el mismísimo desierto de Atacama—, que este complejo no se sostiene con recuerdos bucólicos, sino con unas cuentas anuales que tienen que cerrar en positivo.

Si seguimos tirando el dinero, el año que viene no habrá que preocuparse por los recuerdos porque sencillamente no habrá resort al que acudir.

Valeria ladea la cabeza, estudiándome como si fuera un bicho raro traído de Marte.

—Comprendo lo que dice, sí. Pero si le quitamos la música, las experiencias y las fiestas, lo mismo podemos ponerles un hábito a los turistas y reconvertir Paraíso Azul en un monasterio de gran lujo.

Nos ahorraríamos bastante dinero, pero dudo mucho que los millonarios se dejen la herencia en un lugar así.

A Clara se le escapa una risa y tiene que bajar la cabeza para taparse la boca con las manos. Noto cómo la indignación me sube por el cuello, pero al mismo tiempo siento un chispazo de adrenalina que hace siglos que no experimentaba en una aburrida reunión como esta.

—¿Usted acostumbra a responder de esta manera tan insubordinada a todos sus superiores, señorita Ruiz? —pregunto, bajando el tono hasta dejarlo en un susurro peligrosamente frío.

—Solo a los que llegan y quieren tirar el presupuesto por la ventana sin haberse manchado siquiera los pies con la arena de la playa, Directora —responde ella sin pestañear, aguantándome la mirada con un par de narices.

Sofía murmura un « Madre de Dios » por lo bajini.

Cualquier directora cabal habría cortado la discusión ipso facto, le habría abierto un expediente disciplinario o la habría mandado a la calle.

Pero hay algo en la insolencia de esta mujer, en su forma de plantarme cara, que me despierta algo por dentro.

Discutir con Valeria me resulta excitante teniendo en cuenta los años que llevo oculta tras una coraza de corrección y protocolos.

—Quizá si dedicara la mitad de esa energía que gasta en la ironía y el chiste fácil a la planificación estratégica de sus eventos, no tendríamos la absoluta necesidad de examinar su departamento con lupa, ¿no cree? —sugiero con una calma letal.

Valeria vuelve a ladear la cabeza, y una sonrisa de lo más pícara y descarada le curva los labios.

—Y quizá, si usted se molestara en conocer cómo funciona el corazón de este hotel y el arte que tiene su gente antes de desarmarlo pieza por pieza como si fuera un mueble de Ikea, no tendríamos esta tertulia tan… estimulante.

El silencio que inunda la sala de juntas tras su réplica se vuelve denso, cargado de una tensión extraña que va mucho más allá de lo puramente laboral. Ignacio, por puro instinto de supervivencia y para evitar que salten chispas reales sobre la moqueta, decide meter baza a toda prisa.

—Bueno, bueno… ¡Fantástico! Se nota que empezamos la temporada alta con un equipo con carácter, unido, apasionado y con ganas de dialogar.

Nadie dice esta boca es mía. Yo no aparto los ojos de Valeria y ella tampoco desvía los suyos de mí. Lo verdaderamente insoportable de la situación no es el desafío. Es esa corriente estúpida, eléctrica y absurda que acaba de cruzar la mesa de lado a lado.

Finalmente, decido dar el debate por zanjado y cierro la carpeta con un golpe seco.

—Revisaremos las partidas presupuestarias para cada departamento de forma individual a lo largo de la semana. Por hoy, la sesión ha terminado.

El murmullo colectivo regresa a la sala y todos los presentes desfilan hacia la salida con la prisa de quien huye de un polvorín a punto de estallar.

Valeria se levanta, se acerca a Clara que le susurra algo al oído y yo permanezco sentada unos instantes más, fija en mi sitio, observando cómo la puerta de madera se cierra tras ella.

Pensando qué, este verano, cabe la posibilidad de que sea el más movidito de mi carrera profesional.