CAPÍTULO 2
VALERIA
Justo al doblar la esquina, alguien sale por el lado contrario a la velocidad de un AVE. No es el típico tropiezo mono, cuqui y estilizado que se ven en las películas de Hollywood. Lo nuestro es un choque de trenes de mercancías con ensañamiento y alevosía.
El tacón de mi zapato derecho decide meterse en una ranura traicionera del suelo de madera, la bandeja sale despedida hacia arriba haciendo piruetas, yo pego un grito digno de una película de terror y, como si el destino se estuviera riendo de mí en mi cara, el cóctel estrella del resort —un moco rosa fosforito con granadina, sirope y azúcar suficiente para provocarle diabetes a un regimiento— sale volando en una parábola perfecta directo hacia una mujer que acaba de irrumpir en la terraza.
Hasta el momento del choque iba vestida con un traje de lino blanco roto que daba gloria verlo. Iba. Claro está.
El tiempo se detiene. Juro por la Virgen de la Macarena que escucho los violines del drama de mi vida sonar.
El líquido rosa empieza a chorrear de arriba abajo, despacito, empapando su impecable americana.
Yo me quedo congelada, con la bandeja vacía en la mano, las copas rotas en el suelo y la boca abierta como un buzón de correos.
Ella no se mueve. No parpadea. Parece una estatua de mármol del museo del Prado.
Tierra, trágame. Pero trágame y escúpeme en Pekín, por lo que más quieras.
Levanto la cabeza milímetro a milímetro, tragando saliva con dificultad, dispuesta a pedir perdón de rodillas si hace falta. Y entonces, me fijo bien en ella.
Madre del amor hermoso. Qué escándalo de mujer .
Alta, esbelta, con una planta que parece sacada de una pasarela de Milán y guapa a rabiar.
Con el pelo castaño oscuro recogido en un moño bajo, la mandíbula esculpida, los hombros firmes y unos ojos…
¡Ay, los ojos! Verdes. Pero no un verde normal, no.
Un verde peligro inminente. Un verde de los de «Valeria, saca los ahorros del banco que nos vamos a meter en un problema de los gordos».
Un verde de «tu terapeuta va a necesitar terapia cuando le cuentes lo que estás pensando ahora mismo».
Clava sus pupilas en mí y por instante creo que está decidiendo si tirarme de cabeza a los tiburones o enterrarme viva debajo de las palmeras del fondo.
—Yo… verá… esto… —consigo balbucear, perdiendo todo mi salero andaluz de golpe mientras siento que la cara me arde más que una barbacoa.
—Un discurso fascinante, desde luego —suelta ella. Tiene la voz grave, profunda y tan fría que te araña la piel de la nuca.
—Mire usted, esto tiene una explicación… —consigo decir, intentando mantener la compostura aunque las piernas me tiemblan como un flan de vainilla.
—Ah, ¿sí? ¿Existe una explicación en el manual de cortesía del resort que justifique el lanzamiento de bebidas alcohólicas de colores dudosos sobre la directora en su primer día de trabajo? —pregunta, enarcando una ceja perfectamente depilada.
En ese momento, mi alma coge las maletas, sale de mi cuerpo y se sienta en una tumbona a mirarme con lástima.
«Directora», ha dicho. No puede ser. San Judas Tadeo, dime que no es ella.
Le sonrío enseñando todos los dientes, con esa mueca de pánico que te entra cuando te pilla el radar de la DGT a toda velocidad.
—Bueno, es que si usa el verbo «lanzar» de esa manera, suena como si yo tuviera puntería y hubiese querido hacerlo adrede. Y le aseguro que yo por las mañanas no coordino tanto. Ha sido un tropiezo espantoso, un accidente puro y duro, se lo juro por mis muertos.
Ella ni se inmuta. De reojo, noto que en la barra del chiringuito las chicas están conteniendo la risa, disfrutando del espectáculo como si tuvieran pase de primera fila.
—Señora Directora, de verdad, le pido mil disculpas. Le aseguro que esto no me pasa todos los días.
La mujer baja la vista hacia mi pecho, leyendo la placa dorada que llevo colgada del bolsillo de la camisa del uniforme con una lentitud que me pone de los nervios.
—Valeria Ruiz.
—Sí, esa misma. La delincuente del cóctel, para servirle.
—¿Relaciones Públicas? —pregunta, leyendo el cargo en voz alta con un tono que parece que está dictando una sentencia de cárcel.
—Sí, bueno, en defensa de mi puesto, diré que normalmente mis relaciones con los clientes son mucho menos… torpes y bastante más eficientes —suelto con un deje de guasa, intentando rebajar la tensión, porque el humor es lo único que me queda antes del despido.
Por una milésima de segundo, me da la impresión de que sus ojos verdes destellan. Algo mínimo, un reflejo rápido, como si le hubiera hecho gracia mi ocurrencia. Pero el espejismo dura menos que un suspiro y vuelve a ponerse la máscara de hielo.
—Aitana Robles. La nueva Directora responsable del resort.
Toma ya. Bingo. Premio gordo para la gaditana. Le he plantado un bautizo de granadina y piña a la jefa nada más bajarse del coche.
Me entran unas ganas locas de tirarme de bomba a la piscina y quedarme a vivir en el fondo con los azulejos para los restos de mi vida.
—Claro… Don... Doña Aitana. Encantada. O sea, no encantada de haberle desgraciado el traje, por supuesto.
Sabía que llegaba hoy, pero mire usted por dónde, no esperaba este encuentro.
Le prometo que suelo ser una mujer de lo más formal y profesional cuando no voy perdiendo el equilibrio por las esquinas.
Aitana, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, se desabrocha los botones de la americana con una parsimonia que, válgame Dios, no debería resultarme atractiva en absoluto.
Pero la forma en que desliza la tela por sus hombros, dejando ver una camisa blanca de seda que se le pega sutilmente a la piel, hace que a mi cerebro le salten los plomos como si fuera una central eléctrica.
—Espero que su destreza para resolver las crisis del resort sea notablemente superior a su equilibrio motor, señorita Ruiz —me espeta con voz cortante, aunque juraría que hay un poquito de ironía escondido en alguna parte.
—Normalmente sí, lo que pasa es que hoy he empezado con el pie izquierdo y el tacón torcido —reconozco, encogiéndome de hombros y regalándole una sonrisa de medio lado, un poco más pilla.
Le entrega la chaqueta manchada a un botones que ha venido corriendo como si le fuera la vida en ello.
—Este asunto lo trataremos debidamente en la reunión de las cinco —sentencia Aitana, cruzándose de brazos brevemente antes de recomponer su postura de general.
Y ahí está. La citación al paredón. El juicio final de Valeria Ruiz.
Asiento con la cabeza intentando parecer una empleada ejemplar y madura, aunque por dentro esté buscando canciones para mi funeral.
—Allí estaré. Si es que el disgusto no me mata antes, claro está.
Aitana me sostiene la mirada. Hay enfado, sí, y una autoridad que tira de espaldas. Pero también capto un brillo de desconcierto, como si mi desparpajo la hubiera descolocado.
Finalmente, se da media vuelta sobre sus tacones.
—Procure no atentar contra la integridad de ningún otro miembro o huésped del resort antes de la hora del café.
Y se aleja, con la espalda recta como una vela, dejando tras de sí una estela de perfume que roba el sentido.
Yo me quedo clavada en el sitio, abrazando la bandeja vacía contra el pecho como si fuera el escudo del Capitán América.
Desde la barra del chiringuito estalla una salva de aplausos.
Aplausos reales, con silbidos incluidos.
—¡Te lo dije, Val!
Sofía se abanica la cara, hipando de la risa.
—Hija de mi vida, yo no veía una demolición tan rápida, limpia y catastrófica desde que intenté hacer mi primer suflé de chocolate en la escuela de cocina. ¡Qué barbaridad!
Marta se acerca flotando con su ritmo caribeño-espiritual y me echa un brazo por encima de los hombros con compasión.
—Bueno, piensa en positivo —me dice con su tono de meditación guiada—. Siempre puedes reinventarte. Dicen que el Tíbet está precioso en esta época del año. Y allí no usan trajes de lino.
Miro a mis tres amigas, sintiendo que los coloretes no se me van a quitar de las mejillas hasta el año que viene.
—Estoy pensando seriamente en meterme a monja de clausura o a pastora de cabras en la alpujarra granadina. Sin wifi, sin jefas y sin cócteles de colores.
Clara niega con la cabeza, mostrando una sonrisa que me da una mala espina tremenda.
—De eso nada, guapa. A ti el retiro espiritual no te pega. Tú lo que vas a hacer es acabar liada con la sargento de hielo . Que te he visto la cara de boba que has puesto al fijarte en sus ojos.
Suelto una carcajada limpia, fuerte y exagerada, porque lo que dice es una soberana tontería . Una loba corporativa y una servidora. Anda ya.
—¡Anda, tira pa’ allá, exagerada! Si esa mujer me ha mirado como si fuera un microbio al que desinfectar.
Pero mientras lo digo, mi traidor de cerebro decide ponerme el vídeo en bucle.
Recuerdo sus ojos verdes fijos en mí. La forma tan sugerente en la que se quitó la americana.
Esa voz grave que me puso los pelos de punta.
Y para mi completa desgracia, noto cómo una chispita diminuta, insolente y completamente irresponsable se enciende justo en el hueco que hay entre el miedo al despido y el deseo más puro.
Mierda. El verano acaba de empezar y me da que con Aitana Robes cerca, va a arder el paraíso como los montes de León el verano pasado .