¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1)
© inepub.com
CAPÍTULO 1
VALERIA
Julio en Paraíso Azul no empieza oficialmente cuando se cambia la hoja del calendario.
Qué va. Empieza exactamente cuando alguien pega un alarido porque faltan toallas de algodón egipcio, una señora de Hamburgo con cara de pocos amigos exige una hamaca en primera línea de piscina y yo llevo un café ardiendo en la mano derecha, el móvil echando humo en la izquierda y unas ganas locas de fingir mi propia muerte o pedir el traslado forzoso a una isla desierta.
Es decir: hoy.
—¡Valeria! —me grita Nando, uno de los chicos de animación, con las manos sobre la cabeza desde el otro lado de la piscina—. ¡Que el flamenco gigante se nos va a pique!
Giro el cuello a la velocidad de la luz justo a tiempo para ver cómo el enorme flotador rosa fucsia —orgullo, gloria y símbolo no oficial de nuestras fiestas de bienvenida— empieza a doblarse por la mitad como un churro mojado en chocolate.
Lo peor es que se inclina peligrosamente hacia un grupo de turistas de Mánchester que ya llevan tres pintas de cerveza entre pecho y espalda a las once de la mañana.
—Sin duda, maravilloso… —murmuro entre dientes, apretando la mandíbula—. El inicio de temporada que le pedí a los Reyes Magos.
Me coloco las gafas de sol sobre la cabeza, sujeto mi melena y me la recojo en un moño alto y rápido con una gomilla que siempre llevo en la muñeca.
Avanzo a zancadas entre las tumbonas, desplegando mi sonrisa de cinco estrellas a todo aquel que se cruza en mi camino.
Pero por dentro, claro está, voy redactando mi carta de dimisión con letras gigantes y mucha purpurina.
Llevo tres años trabajando aquí, y no he tenido un solo inicio de temporada tranquilo. ¿Cuándo me tocará uno, Jesusito de mi vida?
—Nando, mi alma, métele aire antes de que aplaste a todo el mundo —le suelto al pasar por su lado, dándole una palmadita en el hombro sin perder el ritmo ni el acento.
—¡Estoy en ello! Pero es que la válvula tiene más escape que el coche de mi cuñado —responde él, hincado de rodillas en el suelo y sudando la gota gorda.
A tan solo unos metros, veo a la encargada de la música y le hago una seña con el dedo índice, cruzando la zona de hamacas.
—¡Lucía! Haz el favor de decirle al DJ que deje de pinchar reguetón de ese de cortarse las venas. Que estamos en una pool party de categoría, chiquilla. Queremos meneo, alegría, ¡Caribe! No que la gente termine llamando a sus ex para pedirles perdón a lágrima viva.
—¡Oído! Le digo que ponga algo de perreo del que sube la tensión —me contesta Lucía levantando el pulgar, saliendo pitando hacia la cabina acristalada.
Camino haciendo sonar los tacones de mis zapatos contra el suelo de teca mientras paso las hojas de mi libreta mental de catástrofes inminentes por resolver.
Bienvenidos a la inauguración de la temporada alta en Paraíso Azul Beach Resort .
Donde los clientes son más exigentes que la realeza británica, los influencers se creen los dueños del complejo porque tienen cuatro seguidores comprados, hay un centenar de niños embadurnados de helado listos para pringar el mobiliario y algunos matrimonios al borde del colapso, se gastan seis mil euros a la semana pensando que un resort como este puede arreglar lo que un terapeuta no pudo en seis años.
Y en el ojo del huracán, ¿quién está? Servidora. Valeria Ruiz, gaditana de pura cepa, responsable de RRPP, domadora oficial de leones y ejecutiva del caos. O como dice mi santa madre: « Ay, mi niña, tú es que naciste ya con el agua al cuello, con prisas y tres cafés de más en el cuerpo ».
Al pasar por delante de La Ola , el chiringuito de la piscina y uno de los lugares más especiales del resort, veo a una de mis amigas, Clara, la encargada de la zona recreativa que está pegadita a la playa exclusiva, que levanta una limonada con una sombrillita.
—¡Qué arte tienes! —me grita con guasa entre el jaleo de los vasos.
A su vera está Sofía, nuestra Chef principal, también mi amiga.
Lleva la chaquetilla blanca de cocina remangada hasta los codos y una cara de vinagre que delata que ya se ha peleado con tres proveedores antes de que se levantara el día.
Me mira de arriba abajo con la misma cara con la que se mira un choque de trenes a cámara lenta.
—No sé cómo se te ha ocurrido ocupar el puesto de Raúl, ¡si tú no sabes ni sujetar una bandeja! —comenta, apoyando el mentón en la mano, sin cortarse un pelo—. Además, mírate, ya tiene el tic en el ojo izquierdo.
—Totalmente —remata Clara, partiéndose de risa—. Tiene cara de que antes del telediario de las tres ha mandado a alguien a la mierda.
Me detengo un segundo, las miro fijamente y les hago una peineta con toda la elegancia y el señorío que mis ancestros andaluces me han otorgado.
Mis amigas son lo más parecido a una terapia de grupo, solo que con el peligro añadido de que te animan a solucionar los problemas de la vida con una ronda de chupitos de tequila.
—Qué apoyo tan grande tengo con vosotras, de verdad.
—¡Habló la mística! —salta Sofía al vuelo, tirándome un beso con la punta de los dedos—. Anda, tira, que te queremos viva para que nos pagues los mojitos luego.
Sonrío a regañadientes, sintiendo que el nudo que cargo en el estómago se afloja un poco.
Hoy es mi primer —y último— día como camarera; Raúl, uno de nuestros compañeros tenía algo urgente y familiar que hacer, y yo me propuse voluntaria como Katniss en los Juegos del Hambre.
Una proposición peligrosa teniendo en cuenta que mis manos son de mantequilla y mis pies tienen la mala pata de tropezar hasta con rayas invisibles.
Enderezo mi espalda y comienzo a colocar como bien puedo las copas con los cócteles que han pedido los clientes cuando Marta, otra de mis amigas, y que es la responsable del Spa, se acerca a mí como si flotara sobre una nube en lugar de pisar el suelo.
—Valeria, detén tu eje de energía un momento —me dice con su habitual parsimonia, sujetándome del brazo—. ¿Te ha llegado ya la noticia?
Malo. Cuando Marta es la que trae las noticias, tiembla el universo.
—A ver, ¿qué noticia es esa? —le digo, poniéndome una mano en la cadera—. Si no es que Julia Roberts se ha plantado en la recepción preguntando por mí, prefiero que no me digas nada.
Marta ni parpadea. Siempre trae una paz que no se rompe ni aunque la zarandees.
—Ha llegado la nueva Directora.
Me quedo petrificada, como los monos de Gibraltar.
—Pero, ¿cuántos van este año?
—Yo he perdido la cuenta —asiente Sofía sentándose en un taburete de la barra cuando se une a nosotras seguida de Clara—. Y agárrate porque viene pisando fuerte. La he visto hace unos minutos cruzar el hall y ríete tú de la Santa Compaña. Parece la típica mujer de oficina y aura de hielo.
—¡Ole qué alegría! —resoplo, echando la cabeza hacia atrás y dándome aire con la libreta de notas—. Mi perfil favorito del LinkedIn. La loba de Wall Street versión vacacional. Justo lo que me hacía falta para rematar este miércoles de gloria.
De todos modos, intento quitarle hierro al asunto.
En este negocio una ya cría callo. Los de la alta dirección son siempre iguales: entran como un elefante en una cacharrería, miran tu trabajo con lupa, sueltan cuatro palabrejas raras en inglés para quedarse con el personal, recortan el presupuesto y a los tres meses piden el traslado.
A mí no me asustan. Yo en este hotel soy como las cucarachas: sobrevivo a un ataque nuclear si llevo un buen eyeliner y mi pintalabios fijo.
—¿Cómo se llama la criatura? —pregunto, sacando el bolígrafo dispuesta a apuntarlo en mi lista negra.
Marta saca el móvil, busca entre los emails de compañía y lee la pantalla.
—Aitana Robles.
Clara deja escapar un silbido largo.
—Nombre de mujer de armas tomar, de las que te mata con la mirada y encima le pides el número de cuenta para ingresarle tu herencia.
—No me seáis dramáticas, cómo se nota que os gustan las novelas de la tarde —les digo, agarrando una bandeja con tres copas de cóctel del mostrador—.
Seguro que es la típica estirada con complejo de sargento.
Vendrá a mirar si las esquinas tienen polvo, a decir que gastamos mucho y a mirarnos por encima del hombro como si fuéramos unas catetas.
Sofía arquea una ceja de lado, cruzándose de brazos con una media sonrisa burlona.
—Habló la que el verano pasado casi reduce a cenizas el photocall de la fiesta de San Juan.
—¡Por favor! ¿Quién iba a saber que las bombillitas iban a prender el corcho después de estar encendidas cinco horas? —le reprocho, dándome la vuelta con indignación y sosteniendo la bandeja en el aire—. Aquello fue un sabotaje eléctrico en toda regla.
Me coloco bien la bandeja sobre la palma de la mano y arranco a caminar hacia los reservados de la zona VIP.
El sol de Alicante cae con ganas, y el ambiente está cargadito de esa mezcla gloriosa a crema solar de coco, cloro y el perfume caro de las señoras que se pasean por aquí.
El Mediterráneo relumbra al fondo, transformándose en una postal retocada con ordenador, y yo avanzo sorteando a todo el mundo como si fuera una superheroína.
Diviso a uno de los huéspedes más importantes del hotel y acelero el paso, poniéndome recta para parecer más profesional y fingir que soy una experta en lo que hago.
Pero hoy es uno de esos días en los que debería haberme quedado en la cama, porque la suerte no está de mi mano y me queda claro en un bendito pestañeo.