CAPÍTULO 59 #2
—Pues no esperaba yo menos de usted, jefa —respondo, girándome sobre mis talones para clavarle mis ojos—. Y le voy avisando de que yo tampoco pienso dejarla escapar viva.
Clara se nos acerca en ese preciso momento con dos copas llenas de champán en la mano y una expresión de lo más traviesa y pilla en la cara.
—A ver, parejita, ¿podéis hacer el favor de dejar de miraros con esos ojitos de cordero degollado? Es que estáis poniendo el listón del romance de verano demasiado alto al resto de las que estamos solteras.
—Anda, Clara, no seas envidiosa —bromea Sofía uniéndose al grupo de inmediato con una copa en la mano, siendo perseguida por Valentina, que por alguna razón que desconozco, no se aparta de ella ni un solo segundo.
—Mucho, soy una envidiosa de tres pares de narices, para qué os voy a engañar —admite Clara sin pizca de vergüenza, haciéndonos reír—. Pero os juro que me alegro por las dos. De verdad de la buena. Después de todo os merecéis esta felicidad y todo lo bueno que os pase.
Marta asiente con la cabeza, mucho más contenida en sus gestos como siempre, pero con una mirada igual de sincera y cariñosa.
—Habéis luchado mucho y veros así, libres y sin esconderos, es el mejor cierre posible para este verano en Paraíso Azul.
Mi santa madre se une al corro de las chicas en ese instante y levanta su copa de champán bien arriba con un arte que no se puede aguantar.
—¡Por el amor, niñas! —brinda con voz clara y salero andaluz—. ¡Por todas esas mujeres que se atreven a ser felices a pesar de todo! ¡Arriba!
Brindamos todas juntas haciendo chocar los cristales y las risas divertidas vuelven a llenar nuestro espacio en la playa. Hasta que, de buenas a primeras, una voz imponente y sumamente conocida invade los altavoces gigantes del escenario, cortando el rollo de la música del DJ.
—Muy buenas noches, Paraíso Azul . Espero que estéis disfrutando de esta noche.
Todas las conversaciones de nuestro grupo se detienen en seco y yo cierro los ojos con fuerza, apretando los dientes.
—Ay, no me lo puedo creer... —susurro con un mal presentimiento.
Valentina aparece sobre el escenario bajo los focos. Está elegante, imponente con un mono blanco de encaje. Sofía, que ha permanecido a su lado toda la noche, sonríe y lo hace con esa clase de sonrisita boba que le caldea las mejillas.
—Antes de que continuemos —anuncia Valentina con un entusiasmo contagioso y un micrófono inalámbrico en la mano—, quiero llamar al escenario a alguien de lo más especial para todos nosotros. Alguien que se ha dejado la piel este verano.
Varias personas entre el público empiezan a aplaudir y a soltar silbidos de pura complicidad. Valentina sonríe de oreja a oreja y apunta con el dedo hacia nuestra zona.
—¡Pido un fuerte aplauso para la Directora de este maravilloso resort! ¡Aitana Robles!
Yo giro la cabeza de inmediato para mirarla de reojo. Aitana me clava los ojos y pone exactamente la misma cara de pánico y horror que pondría alguien a quien acaban de condenar a muerte por garrote vil delante de todo el pueblo.
—No pienso subir ahí arriba ni muerta —protesta en voz muy baja entre dientes, tensando la mandíbula.
—Que sí vas a subir, mi alma, no me seas cobarde —insisto yo con guasa, dándole un empujoncito de lo más tierno con la palma de mi mano en la espalda.
—Que no, Valeria, por lo que más quieras, que me muero de la vergüenza.
—Que sí, Aitana. Anda, arriba el orgullo.
—Valeria... de verdad...
—Aitana... muévete ya.
—Te odio con toda mi alma, que lo sepas —me espeta con una mirada que promete venganza de la buena de camino a las escaleras.
Ella suelta un suspiro profundo, pero finalmente se dirige hacia el escenario con andares de reina, entre los aplausos atronadores y los vítores de todo el personal del hotel y de los clientes.
La observo caminar sobre las tablas. Elegante, segura de sí misma, imponente, hermosa.
Y os juro que siento algo sumamente cálido y maravilloso instalándose de golpe en mitad de mi pecho.
Orgullo. Orgullo de mujer enamorada. Porque nadie en este bendito complejo vacacional se merece más ese reconocimiento público que ella. Nadie en este mundo.
Aitana toma el micrófono de manos de Valentina y, durante los primeros segundos, se la nota de lo más incómoda, ajustándose la chaqueta con unos nervios que me parecen una auténtica monada.
Hasta que carraspea, empieza a hablar y entonces todo el ambiente de la playa cambia de golpe.
Habla de su llegada al resort, de aquel primer día de calor infernal en el que todo el proyecto le parecía un desafío imposible de gestionar.
De la gaditana descarada que la recibió y que la descolocó.
De todos y cada uno de los trabajadores que formamos parte del equipo y que, de algún modo, hemos hecho posible que este verano sea tan maravilloso.
Y poco a poco, os prometo que la mujer rígida que llegó a Paraíso Azul escondida detrás de una armadura de hielo impenetrable va desapareciendo ante mis ojos.
Aitana muestra frente a todos tal y como es por dentro.
Entonces, sus ojos verdes buscan fijamente los míos entre la multitud y el corazón me da un vuelco tan salvaje que por poco se me sale por la boca.
—Y este verano de 2026 también me ha regalado algo con lo que yo jamás en mi vida esperé encontrarme —continúa Aitana a través de los altavoces, y el silencio en la playa se vuelve absoluto, mágico—.
Me ha regalado a una persona única que ha cambiado mi existencia.
Una persona con un arte especial que me enseñó a reír a carcajadas cuando yo ya había olvidado cómo hacerlo.
Que me recordó, día a día, que todavía soy capaz de sentir cosas maravillosas dentro de mi pecho.
Varias sonrisas de complicidad y codazos cariñosos aparecen entre las chicas. Yo noto cómo la emoción y un nudo tremendo me aprietan la garganta por momentos, poniéndome los ojos vidriosos.
—Valeria —me dice directamente desde el escenario, sin apartar ni un solo milímetro su mirada verde de la mía—, muchísimas gracias por mostrarme con tu luz que el amor de verdad puede ser valiente, libre y sin condiciones. Va por ti.
Las lágrimas de felicidad amenazan con desbordarse por mis mejillas, pero me las aguanto como una leona.
—Por todo eso, queridos amigos, quiero brindar esta noche —concluye Aitana levantando su copa de champán hacia el cielo—.
Por los nuevos comienzos que nos esperan a todos.
Por las oportunidades que te llegan a la vida cuando menos te las esperas.
Y, sobre todo, por las personas que tienen la santa valentía de cambiarte la vida para siempre. ¡Salud!
Los aplausos estallan en toda la playa de Paraíso Azul con una fuerza salvaje. Fuertes, sinceros, atronadores y de lo más merecidos.
Pero yo no aplaudo, qué va. Porque a mí siempre me ha gustado hacer las cosas a lo grande y tengo una idea muchísimo mejor en mi cabeza.
Camino por la arena, subo las escaleras del escenario y antes de que a mi alta ejecutiva le dé tiempo a soltar una sola protesta de las suyas, la agarro por la nuca y la beso con toda la pasión del mundo delante de toda la plantilla y de los huéspedes del resort.
Los aplausos de la arena aumentan el triple de volumen en un segundo.
Los silbidos de Clara y las chicas también se escuchan por encima de la música, acompañados de las risas del público.
Cuando nos separamos un milímetro por la falta de aire, Aitana apoya su frente contra la mía, con los ojos brillando de una manera que me derrite entera.
—Por cierto, mi amor... me han llamado de la central hace un rato —susurra Aitana con una picardía y una gracia que no le conocía—. El mismísimo Héctor Balmaseda me ha ordenado de forma estricta que te readmita en la plantilla
Parpadeo dos veces, completamente estupefacta y con la boca abierta.
—¿Qué me estás contando? ¿De verdad?
—Lo que oyes, mi vida —me confirma sonriendo de oreja a oreja con una felicidad que no le cabe en el pecho—. Así que técnicamente, señorita Ruiz, está besando de lo más apasionadamente a su jefa delante de todo el mundo. ¿Qué tiene que decir a eso?
Me echo a reír con todas mis ganas, acariciándole la línea de la mandíbula con el pulgar.
—Pues que se vayan acostumbrando, Directora Robles… —respondo con todo mi desparpajo andaluz—. Porque el amor que siento hacia usted, no es algo que yo vaya a esconder ni a disimular de ahora en adelante.
Su sonrisa se vuelve en ese instante muchísimo más brillante que todas las luces led de la fiesta juntas. Nos volvemos a besar de nuevo sobre las tablas del escenario, mucho más despacio esta vez, saboreando el gusto a champán de nuestros labios, disfrutando del momento que es nuestro.
—Te quiero muchísimo más de lo que jamás imaginé que se podía llegar a querer en esta vida a alguien, Valeria —murmura contra mi boca, acariciándome la espalda descubierta—. Gracias este verano tan increíble.
Bajamos del escenario de la mano entre otra oleada de aplausos cariñosos de los clientes y nos fundimos de inmediato con nuestro grupo de locas de siempre.
Y mientras el mar susurra a nuestro alrededor y la música vuelve a llenar con fuerza la noche, descubro que algunas historias de amor no terminan cuando acaba el verano, comienzan cuando crees que se te ha agotado el tiempo.
Y la mía con Aitana, apenas acaba de empezar.
FIN