CAPÍTULO 81
M ientras pronunciaban aquellas palabras y monitoreaban la alteración de emisión de frecuencias, Tan recibió una llamada a su teléfono…
—Gallardo, cuéntame cosas —contestó Tan acelerado al descolgar.
—Buenas y malas noticias, macho.
—Ya estamos —refunfuñó Tan.
—Joder, te las alterno, vamos con la primera mala, venga.
—¿Primera mala? ¿Hay más de una mala? —preguntó Tan preocupado.
—Por desgracia, sí. —El policía agarró aire e informó—: Unos compañeros han encontrado al prelado de la catedral de Valencia inconsciente, herido y en estado grave en las inmediaciones de la Almudena en Madrid.
Archer se quedó enmudecido con aquella noticia, ¿cómo era posible que aquel hombre hubiese sido atacado? ¿Por qué y por quién ?
—En cuanto a la buena… Hemos capturado a Taylor. Ha sido fácil, no mucha gente circula con un coche inglés de lujo a doscientos treinta kilómetros por hora por autovía.
—Menudo hijo de su madre… —Suspiró y preguntó—: ¿Y lo malo?
—Que no había ninguna monja con él, y la bazofia que ha soltado por la boca Taylor en el momento de ser capturado no ha sido muy reconfortante.
—¡¿No?! A saber dónde se ha escondido ese bicho. Y ¿qué ha dicho Taylor? Necesitamos saberlo —urgió Tan.
—Algo así como que el plan ya estaba en marcha y que, hiciéramos lo que le hiciéramos, ya podía morir porque la orden acababa de ser ejecutada —transcribió Antón.
—¡El hijo de puta de Taylor —estalló Xavier—, seguro que en cuanto ha salido de aquí ha dado la orden para hacerlo a las bravas!, aunque haya sido desde, únicamente, su compañía —presumió el mentalista.
—¿Cómo que desde su compañía? —preguntó el policía.
—De Sayetel, ya que no ha obtenido la clave de todo el sistema en general.
La cuenta atrás se acababa de activar de forma inexorable ante un contratiempo inesperado, si la amenaza era cierta, en esta ocasión se estaba produciendo, confirmado por la monitorización, un nuevo ataque masivo en la misma línea que la que se produjo en el teatro, pero de mayor alcance, la primera ocasión habría sido un mero testeo al lado de lo que estaba a punto de suceder, y con toda probabilidad eran muchas las vidas que estaban sometidas a un peligro fatal, aunque no de tanto alcance de haber conseguido la clave.
Si habían llegado a pensar que la huida de Taylor habría supuesto un alivio para su integridad, de otro lado debieron estar muy equivocados, un tirano con tanto poder e influencia, actuando a la desesperada, no podía desencadenar en nada positivo.
Se estaban precipitando los temores que hasta hacía unos instantes parecían remotos, y en sus manos acababa de aterrizar la responsabilidad de poder evitar, a la mayor celeridad posible, que se provocase una hecatombe, una cadena de acontecimientos fatales inducidos por aquel sistema diseñado por el mismo Satanás, o por otro demonio llamado… Asag.
De ser así como Taylor hubo alardeado ante la policía, en los próximos minutos los informativos de la mañana iban a abrir con un incremento meteórico de suicidios, accidentes de carretera, asesinatos y otras tantas formas de catástrofes producidas por inducción.
Necesitaban tomar una decisión que no pudiera ser legal ni judicialmente contravenida.
De tal modo, y como una exhalación, Sarah se apoderó con decisión del ratón del portátil para navegar entre las opciones del panel.
Su punto extra de juventud —por pertenecer a una generación nativa digital— empezó a brillar, por su facilidad de manejarse con atrevimiento y destreza por cualquier software sin haberlo usado con anterioridad, como si se tratase de un instinto instalado en su subconsciente generacional, y lo más admirable, ante una situación nada apacible.
—Se nos acaba el tiempo —lamentaba Tan cabizbajo y negando gestualmente.
—No me seas agorero, amor. —Los ojos de Sarah se fundieron con la pantalla del portátil y exclamó por sorpresa a los segundos—: ¡Ajá! Esto nos podría valer…
—¿Registro de actividad? —leyó el periodista.
—Eso parece, con un poco de suerte podemos bajarnos un archivo en formato CSV con el detalle de toda la actividad por fechas y horas .
—¡Eso sería extraordinario! —exclamó el periodista sorprendido de la habilidad sobrevenida de su pareja.
Sarah le dio clic a la opción que había encontrado en su búsqueda, y no sólo se descargó un archivo detallado con todos los registros de las últimas semanas y, especialmente, de las últimas horas y minutos, sino que, además, presionó sobre una opción que incluía el espectro de frecuencia con el comportamiento de onda emitido en antenas y dispositivos, es decir, tenían delante la prueba registrada y documentada de la anomalía que suponía la activación de aquella frecuencia demoníaca.
Y lo que todavía era aún mejor, la base de datos de todas las llamadas de teléfonos producidas en las que intervenía la compañía, algo que iba a confirmar el momento exacto de cada suceso provocado por la inducción de las ondas. Así que… la joven acababa de dar en el clavo.
—¡Impresionante! Con esto podemos desconectar el sistema e instar una investigación a través de Gallardo, para que también lo efectúen de oficio —apuntó Tan—. Mándamelo por Bluetooth.
Dicho y hecho, al instante se pudo descargar en su dispositivo toda la información para reenviar de inmediato copia al policía, a su propio correo y, por supuesto, a Victoria y los compañeros del FDP para que publicaran el escándalo que suponía toda esa trama tan cruel y retorcida.
Pero el tiempo apremiaba, y Sarah seguía trasteando entre las opciones del sistema.
—A ver, por lo que veo, hay dos formas de poder actuar, o bien a las bravas haciendo un blackout con el que desconectar todo o trastear un poco más para encontrar una fórmula más «legal» —resaltó Sarah.
—¿A qué te refieres con «más legal»? —preguntó Tan .
—Pues aquí veo una opción que programa y automatiza la alternancia y la fijación de frecuencias.
—Ya, pero no sería suficiente porque, aunque pongamos los mismos parámetros que estén dentro de la normalidad, podrían volver a cambiarlo en cualquier momento.
—Sí, cierto, pero si hacemos esto no…
Sarah acababa de tener una nueva idea. Con su dedo índice, al ritmo en que lo deslizaba sobre el trackpad del portátil, la flecha del ratón iba guiando el camino por la pantalla.
En un momento dado, ésta paró sobre una de las opciones que rezaba: gestionar contraseñas de usuarios.
La joven sabía que desde una cuenta de administrador tenía el mando absoluto para conceder o denegar el acceso a cualquier usuario, por ello clicó y…
¡Eureka! Tenía a un golpe de dedo bloquear al usuario que actuaba bajo el mandato de Taylor, y no sólo eso, el registro de la dirección I.P.
de donde se había abierto la última sesión con aquella cuenta, algo que también sería de utilidad para la policía.