X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 80
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CAPÍTULO 80

C on aquel mensaje que anunciaba el acierto de la contraseña, acababan de lograr un hito sin precedentes, todas las sospechas e investigaciones les acabaron conduciendo a resolver el misterio al que Tan hubo sido guiado furtivamente desde la catedral de Valencia.

Acababan de acceder a la cuenta de administrador de toda la red satelital, y podían hacer con ella lo que les placiese en gana.

La alegría no podía ser superior entre aquel grupo de torturados.

La descarga de adrenalina fue de tal calibre que la emoción se multiplicó hasta empujar una cascada de lágrimas de satisfacción que se deslizaba por sus pómulos.

No podían creer aún que habían conseguido lo más difícil gracias a la oportuna perspicacia de Sarah in extremis .

¿Quién iba a imaginar que una línea casi invisible iba a ser tan decisiva?

De fallar con la U propuesta por la guía del museo a acertar con la N en un texto escrito con una tipografía gótica casi ilegible.

—Lo que daría por que estuviesen aquí Gallardo y Victoria… —comentó Tan .

—Bueno, ellos han hecho bien lo que ha estado en sus manos —afirmó Xavier.

—Así es, aunque esto todavía es el principio del fin —apostilló Tan—. Nos queda lo más importante: bloquear el sistema.

—Tampoco parece tan difícil, amor —opinó Sarah—. Hay varias pestañas en la pantalla bastante intuitivas, y… ¡mira! ¡En una de ellas pone Sayetel!

Aquella pestaña podía ser la puerta que daría acceso a la solución más esperada, presionar sobre ella abriría un mundo de opciones jamás imaginadas. ¿Cómo entender un software propio de ingenieros de telecomunicaciones?

Archer presionó sobre aquel botón que le había indicado Sarah, y ante sus ojos apareció un panel de números que oscilaban en un idioma alejado de los conocimientos de Tan, no sabía a qué se enfrentaba ni qué significaba cada elemento de aquella ventana numérica.

—¿Y ahora qué? —preguntó Tan desconcertado—. Esto es chino para mí. Parece la cortinilla de Matrix con tanto número.

—Mmm… puede que no sea imposible de descifrar —apuntó Xavier.

—¿Y eso?

—Pues que parecen distintas frecuencias de emisión. Podrías hacer una pequeña comparación entre las numeraciones que aparecen en el panel de Sayetel respecto de los paneles de las otras compañías.

—Entonces quédate bien con esos rangos de numeraciones —dijo Tan.

Fue dicho y hecho, el periodista abrió otras de las pestañas habilitadas en el monitor y, efectivamente, los rangos de emisión eran muy dispares respecto de lo que mostraba la monitorización de Sayetel, había unas numeraciones comunes al resto de las compañías, pero también otras que le habían llamado poderosamente la atención a Xavier.

—¿Ves esa frecuencia en el marcador? —preguntó el mentalista.

—Sí, o eso creo… —murmuró Tan.

—Parece que no sólo emite en la misma horquilla que el resto, sino que aparecen además en alternancia, en esta compañía, otras que no son frecuencias precisamente para telefonía, sino que, si os fijáis bien, estamos ante unos rangos entre frecuencias Delta y Theta.

—Y ¿eso en qué se traduce?

—En algo que, como mentalista, conozco perfectamente, ya que son las ondas en las que el cerebro percibe los mensajes que se infiltran en el subconsciente en estado de hipnosis.

—Carraspeó y prosiguió—: Las ondas Delta son las relativas al estado del sueño, y las Theta al de la relajación y receptividad.

De hecho, las horquillas de ambas se cruzan en torno a los 3,5 herzios, lo que acercan al cuasi estado de sueño a la persona —arrugó el entrecejo y apuntó con el dedo índice sobre la cabeza de Tan—, y se convierten en una autopista en la que colar órdenes en el cerebro humano en su punto de mayor vulnerabilidad.

—Agarró aire y continuó—: Para que lo entienda tu mente mundana —bromeó Xavier mirando a Tan—, un constante torpedeo electromagnético puede producir un efecto vaso conductor, el cual arrastre la frecuencia cerebral de cualquier persona a otra frecuencia, con mayor o menor rapidez dependiendo de la intensidad del electromagnetismo de la invasora.

—¿Efecto «vaso conductor»? —preguntó Lisa desconcertada .

—Sí, bonita. Te lo explico con mayor precisión, aunque tal vez os costará entender.

—Inspiró y continuó con la explicación—: Desde hace años, cuando formé parte del experimento en el que nos hicieron partícipes a mentalistas, tanto émpatas como hipnotistas, se probaba una tecnología basada en el descubrimiento de Michael Faraday, que no era otra cosa que su teoría electromagnética de inducción.

En este caso, en lugar de ensayarlo en el campo de la luz como Faraday, lo ensayaron con otro tipo de ondas electromagnéticas…

las correspondientes a las frecuencias cerebrales.

Y así es como han conseguido, por medio de esta tecnología, inducir la alteración de las frecuencias cerebrales de cualquier individuo que se aproximase a su cerebro algún dispositivo…

bajo el control remoto de Taylor y Sayers.

Esas bajas frecuencias podrían cambiar el estado de ánimo o la voluntad de cualquier persona, tal y como sucedió con Sarah y con el trabajador del teatro que se lanzó al vacío.

—Pero, a una frecuencia tan baja, ¿llegaría desde las antenas de telefonía? —preguntó Tan.

—Como ya te he dicho, en este caso parece ser un arma eficaz, en concreto, si esas antenas transfieren la orden de que esas frecuencias sean reproducidas a través de un móvil de su compañía pegado a la oreja…

con lo que llegaría sin barreras de por medio, y aquí está la prueba material delante de nuestras narices.

Las antenas de telefonía quedan demasiado lejos del cerebro, mejor controlar los móviles de cada usuario por su cercanía con el individuo objeto de control —concluyó Xavier.

—Uf —suspiró Tan—, cuesta tanto de creer si no lo ves…

Lo único… que ahora tenemos un problema, supongo que desde este sistema podríamos frenar esta barbaridad, pero de nada serviría porque ¿cómo configuramos la carga de la prue ba?

Únicamente ganaríamos unos días y nos enfrentaríamos a una demanda multimillonaria, ya que ningún juez entendería una desconexión, así porque sí, de toda una plataforma de telecomunicaciones de alcance mundial.

—A ver, nadie tiene por qué saber que hemos sido nosotros los que paremos todo esto, ni siquiera es nuestro ordenador —sugirió Xavier.

—Cierto, pero necesitamos la carga de la prueba a la que poder agarrarnos.

—Amor, si probamos que los que se han suicidado tenían la misma compañía telefónica es un indicio importante —apuntó Sarah.

—Sí, pero necesitamos algo más, princesa.

De repente algo extraño se vio en aquella pantalla…

—¿Eso qué es? —preguntó Xavier.

—Parece que está señalando, sin más, una mayor actividad en vivo de esa frecuencia en este momento —dijo Tan.

Se trataba de la frecuencia mental a la que Xavier estuvo haciendo alusión durante su explicación. ¿Estaría Taylor detrás de ello?