X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

Y a sólo les quedaba presionar enter , Tan estaba en el borde de aquel escarpado precipicio de tensión, presionado por la fijación de Sarah y Xavier sobre cada uno de sus movimientos.

Antes de ejecutar la acción, los tres se aseguraron de que, entre aquellas letras, no se hubiera colado ningún error de carácter tipográfico culpa de la fatiga arrastrada desde la capital.

Todo parecía estar correcto, pero era la última oportunidad…

—¿Le… le doy? —titubeó Tan sin poder evitar disimular su inseguridad.

—Sí, sí —contestaron Xavier y Sarah a la vez.

La orden ya estaba dada, no había vuelta atrás cuando…

—¡¿Qué es todo esto?! —berreó una voz en la otra estancia—. ¡¿Dónde estoy?!

Cuando el dedo de Tan ya estaba rozando la tecla, éste se sobresaltó al oír aquella voz exaltada y amplificada por el eco que retumbaba en aquellas paredes tan altas .

Archer quedó paralizado, pero Sarah y Xavier tampoco se mostraron de forma distinta, aunque Xavier decidió reaccionar al cabo de unos segundos, y se acercó con sigilo hasta el punto de donde provenían aquellos gritos.

—¡¿Tú quién eres?! ¡Déjame en paz, criminal! — clamó la voz ante la aparición de Xavier.

—Si es que… A Dios rogando —apostilló el mentalista—. No hay peligro alguno —declamó hacia la sala donde se hallaban Sarah y Tan.

Se trataba del párroco de la iglesia, acababa de recuperar el sentido después del letargo al que había sido forzadamente inducido por Taylor.

Su aspecto, desaliñado, no era mucho mejor que el del resto de sus compañeros de zulo.

La expresión de su cara amaneció totalmente desencajada por el temor de estar maniatado en la penumbra ante un desconocido; sus cejas negras y pobladas resaltaban junto a su cabello no sólo por el contraste con su piel paliducha, sino por los revolcones a los que había sido sometido para colocarle las bridas.

A Xavier le atraía la posibilidad de divertirse y amedrentarlo por unos instantes, de ensañarse aprovechándose de su estado de inferioridad, pero prefirió no invertir tiempo en bromas pesadas porque tenían algo importante que finalizar.

—Padre, no se preocupe, no somos los malos —dijo el mentalista.

—¿Somos? ¿Quiénes sois? ¿Por qué me tenéis inmovilizado? —preguntó el párroco forcejeando las bridas con las manos en la espalda.

—Digamos que somos lo mejor de lo peor —contestó.

—Xavier, por favor, no lo pongas más nervioso y ayúdale. No sería agradable que alguien acabase en un cardiólogo esta noche, ya bastante sangre ha corrido —rogó Tan desde la otra estancia.

—En fin… —asintió Xavier desilusionado—. Mire, padre, nosotros estábamos igual que usted hace unos instantes. Nos secuestraron y hemos conseguido liberarnos debido a una trifulca entre los secuestradores. Bueno…, entre las secuestradoras.

—Ah, sí. Re… recuerdo una joven antes de que me agarrase del cuello un hombre trajeado —confesó el párroco renqueante.

—Bien, déjeme liberarle y no se preocupe. Está fuera de peligro.

Xavier fue a la estancia donde se encontraban el resto para recoger el cuchillo de Lisa, volvió donde el cura para liberarlo, aunque éste seguía sin entonar demasiada confianza en su expresión al ver a Xavier regresar y acercársele con el puñal manchado con la sangre de Amina.

—No se preocupe, la carnicería ya ha cerrado —bromeó el mentalista ante la mirada atónita del párroco.

—¿Dónde estamos? —preguntó el cura asustadizo.

—En su propia iglesia.

—¿Cómo? ¿En San Roque… de Oliva?

—Supongo, porque nos trajeron con los ojos vendados, y usted seguro que lo sabe mejor que nosotros.

Aquel hombre estaba boquiabierto, sin poder disimular el pasmo sobrevenido que suponía estar en un lugar de un edificio que erróneamente pensaba conocer como la palma de su mano.

—Pero no… no puede ser, conozco los planos de la iglesia a la perfección, y le puedo asegurar que este lugar no aparece para nada en ellos.

—¿Y el túnel que viene del exterior? —preguntó Xavier .

—¿Túnel? ¿Qué túnel? No sé a qué se refiere…

Tampoco el túnel por el que habían accedido aparecía en los planos originales del edificio. Con toda probabilidad eran lugares destinados a ocultarse en situaciones extremas propias de décadas atrás, si no siglos.

Xavier lo ayudó a levantarse agarrándolo del brazo. Al cura todavía le costaba mantener su equilibrio, no sólo por la agitación a la que fue sometido, sino por su edad cercana a la jubilación.

Cuando atravesaron la arcada que daba acceso a la estancia en la que esperaban Tan y Sarah, el cura se sobresaltó al encontrarse con los cadáveres de las dos chicas.

Tal fue el impacto que le causó aquel desolador escenario, que no pudo evitar zarandearse por el mareo que le provocó la escena aliñada con litros de sangre esparcidos por doquier.

—No se preocupe padre, acuéstese y manténgase con las piernas en alto —dijo Sarah con cariño, y se acercó al cura para acomodarlo en el suelo antes de que cayese mareado.

—Ay, ay, que no me mantengo en pie. Me caigo —dijo el cura y se agarró de los brazos de Xavier y Sarah.

Fueron unos instantes en los que estuvo siendo ayudado por la joven, que lo hubo acostado bocarriba y le estuvo sacudiendo sus piernas en alto, para que el riego sanguíneo fluyese de nuevo por su cabeza con normalidad hasta que, finalmente, pudo levantarse a duras penas, pero con voluntad —también con la ayuda de Xavier y Sarah—, para acompañarlos en la última oportunidad de introducción de la clave.

—¿Qué… qué se supone que estáis haciendo con el ordenador? —preguntó el párroco confundido.

—Salvar el mundo de nuevo, padre —contestó Tan .

—No sé a qué te refieres hijo, pero si es cierto… yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. —Santiguó a Archer ante la mirada incrédula de Xavier.

A priori ya no había más distracciones que impidiesen presionar aquella última tecla…

Tan tomó aire profundamente, cerró los ojos encomendándose al de arriba y dejó aterrizar sobre ella la punta de su dedo índice recubierto de polvo y tierra.

Ahora, en la pantalla apareció el siguiente mensaje: « CONTRASEÑA CORRECTA. ACCESO PERMITIDO» .