X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 76
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CAPÍTULO 76

L isa se sintió estafada, por lo que su enfado fue en aumento y, como era de esperar, su primera reacción se dirigió hacia Amina, que fue quien a regañadientes se las entregó.

—¡Me has engañado! —exclamó Lisa histérica.

—¿Yo? ¡¿De qué vas, tarada?! —contestó Amina.

En un arrebato de ira y miedo, Lisa, que acababa de recordar las palabras de Xavier sobre el agujero que estaba cavado en el rincón del fondo, se puso hecha una energúmena y se abalanzó a la desesperada sobre Amina, para evitar que ésta última se avanzara y la atacase por sorpresa con la pistola.

Por suerte para Lisa, o no, seguía empuñando el puñal con el que, sin pensárselo dos veces, arremetió desesperada contra la que hasta ese momento había sido su «amiga».

Los alaridos resonaban en aquel comprimido habitáculo. Las dos gritaban enredadas en una trifulca improvisada, cuyo final iba a deparar algo poco apacible ante la exasperación que se vivía en aquel arranque .

Amina, que apenas tenía opciones, con su mano izquierda trataba de frenar el brazo con el que Lisa blandía el cuchillo, y Lisa, con su brazo izquierdo bloqueaba la mano de Amina que sostenía la pistola.

Primero, se golpearon contra la pared empujadas por el impulso del forcejeo, se arrastraban por todo el muro en una y otra dirección, aunque Lisa parecía llevar la delantera por el extra de energía que le aportaba aquel pulso de rabia descontrolada.

Taylor también perdió los papeles y empezó a gritar repetidamente « Stop!

¡Parad!», pero, como si fueran dos gatos luchando por su territorio, no atendían a nada de lo que sucedía en su entorno, y siguiendo con la analogía de dos gatos en su lucha a vida o muerte, de aquel forcejeo saltaban puñados de pelo y trozos de uñas, ensangrentadas éstas al ser arrancadas de los dedos al arrastrarse por el muro.

Los gritos del taxista inglés cesaron cuando tropezaron contra él y se llevaron su portátil por delante, el cual cayó al suelo, y un pedazo de su carcasa saltó por los aires dejando esparcidos añicos de parte de su cubierta por el polvoriento firme.

Fortuito o no, se escuchó un disparó proveniente de la pistola de Amina, sonido que hizo frenarse en seco aquella pelea entre Lisa y su «amiga».

Se separaron lentamente la una de la otra y, a los pocos segundos, Lisa cayó desvanecida sobre sus rodillas, soltó el cuchillo, y éste rodó unos centímetros por el suelo.

Su boca se abrió y, tras una arcada, escupió un cúmulo de saliva mezclada con sangre de tono oscuro, del tipo de sangre proveniente de las entrañas.

Se echó las manos al estómago porque de esa zona era de donde también estaba perdiendo sangre del mismo color…

A Amina le empezaron a temblar las manos al mismo ritmo que el de las manos de Lisa.

Estaba viendo cómo su amiga caía inconsciente en el suelo desangrándose por el disparo que le había asestado, aunque ella tampoco tardó en sentirse indispuesta, ya que en su pecho apareció clavado el cuchillo de Lisa, por lo que cayó a plomo apenas un segundo después de su amiga.

Allí estaban las dos, sin mostrar señales de vida alguna, con los ojos entornados hacia arriba y la boca abierta supurando un reguero de sangre.

Aquel fluido empezó a teñir de rojo la tierra de aquel redil, como si se tratase de la arena de una plaza de toros después de una corrida, culminada con el dramatismo violento de unas letales y simultáneas estocada y cornada, por las que, ambos, toro y torero, habrían sufrido las peores de las suertes.

Todo un cúmulo de despropósitos, rematados con un final que nadie habría previsto jamás según había ido avanzando el secuestro.

Aunque, de otra parte, eran dos los efectivos que acababan de causar baja de los cuatro, con lo que todavía quedaban en pie la monja y Taylor.

Por ello que Tan, Xavier y Sarah sólo habían tenido ojos para Lisa y Amina durante el fragor de la reyerta que protagonizaron ambas, y no hubieron prestado atención a lo que pudo haber estado sucediendo con los otros dos malhechores.

Y así, cuando todos recobraron el control de sus sentidos, con excepción del párroco —todavía inconsciente—, se dieron cuenta de un detalle bastante significativo: Taylor y la monja habían desaparecido.

Habrían huido para evitar ser víctimas del zarandeo de las dos jóvenes fallecidas, ya que incluso llegaron a proferir algún empujón bastante rudo a Taylor, prueba de lo cual aún yacían esparcidas las piezas del portátil por el suelo de la guarida, incluido el propio ordenador en sí.

No querrían ser víctimas de ninguna bala perdida .

Archer, aprovechando la ausencia de ningún otro enemigo, se agachó como pudo para alcanzar el cuchillo que había caído de las manos de Lisa y, a pesar de estar completamente mojado por la sangre de la que un día fue su amiga, definitivamente se arrastró por el suelo manchado y húmedo hasta agarrarlo de espaldas, ya que era donde llevaba las manos esposadas.

Solamente había un inconveniente, Tan y Sarah estaban inmovilizados por las esposas de metal, y Xavier con unas bridas de plástico, así que no quedaba más opción que dejarse llevar en un acto de fe por las inciertas intenciones del mentalista.

—Xavier, mientras yo aguanto el cuchillo acércate y trata de que corte las bridas de tus muñecas —sugirió Tan con prisas y tirado en el suelo como una babosa.

—Uf, la tintorería… —ironizó Xavier.

El mentalista se arrastró como pudo emulando a Tan y consiguió unirse a él de espaldas.

—Jamás pensé que haría esto contigo, un 96 en lugar de un 69 —bromeó el mentalista en cuanto pudo liberarse.

—Bueno, ahora te toca a ti usar tus habilidades o traicionarnos como últimamente parece que hace todo el mundo —comentó Tan.

Archer seguía teniendo la mosca en la oreja acerca de la fiabilidad del mentalista, y aquel momento para la liberación iba a convertirse en la respuesta que estaba buscando, si Xavier estaba de su parte o no.

Así, con las manos ya liberadas, el mentalista se acercó a Tan por la espalda, y acto seguido se oyó el sonido metálico de las esposas, lo cual delató una gran noticia, Xavier acababa de liberar a Tan con su habilidad mental, del mismo modo que doblaba las cucharas u otros cubiertos, haciendo ceder el metal del cerrojo de las esposas, o quizás con algún clip escondido.

En cuanto vio que Tan ya estaba libre, se acercó a Sarah para efectuar el mismo ejercicio, y mientras manejaba las esposas de ella aprovechó para hacerle una pregunta al periodista:

—¿Cómo podías saber que la habían engañado con monedas que no eran de colección?

—Fácil, porque como no me fiaba de nada ni nadie, en cuanto oí a Sarah tropezar con «alguien desconocido» en la puerta de la habitación, de repente imaginé la de gente que podría colarse en ella a registrarla, por lo que se las dejé al recepcionista del hotel cuando volvimos del teatro, a pesar de que le había pedido hacerlo antes de salir hacia allí, pero no tenían cambio para que pudieran rellenar los blísteres con monedas más comunes, así que tuve que esperar, y hasta que no volvimos del teatro no dispusieron de aquel surtido de las monedas nuevas que, al final, le ha entregado Amina a Lisa pensando que eran las del Vaticano —reconoció Tan.

La previsión de Archer dejó sin palabras al mentalista, fue un golpe de suerte, o no, gracias a ser precavido, ya que jamás hubo imaginado que iban a ser secuestrados, aunque vistos los sucesos los días antes, no se sabía en qué galimatías se podrían ver involucrados en el momento más inopinado, por lo que el depósito de las monedas en la recepción y llevarse consigo otras tantas comunes, adolecía a una mera desconfianza en algunos rateros, aficionados o no, que podrían merodear por la zona, pero gracias a su agilidad mental supo adaptar la situación de la forma más sublime, como anzuelo del que Lisa picó sin contemplaciones debido a su estado psicológico tan sensiblemente crítico e inestable.