CAPÍTULO 75
A mina abrió sin prisas ni ganas aquella bolsa y, de ella, sacó uno de los dos tubos que contenían las monedas de dos euros. Se acercó a Lisa y le hizo entrega de aquel botín.
En el instante de la transferencia fue cuando Xavier, por primera vez, mutó su semblante, toda aquella rebosante confianza que había estado ostentando se disipó en el acto, su cara quedó hecha un poema, ya que percibió algo de Lisa que no le gustó nada de nada.
Con dinero en mano, aquella joven descargó todo el nerviosismo que la había dominado hasta el momento, por lo que la manipulación mental que hubo tratado de llevar a cabo sobre ella parecía desvanecerse, y haber caído en la más irreverente inocuidad.
— Well … Ahora ya tiene cada uno lo suyo excepto yo.
Creo que he sido bastante condescendiente.
Vamos a ver qué tal colaboramos todos ahora —avanzó Taylor—.
Mirad —abrió el maletín, sacó un ordenador portátil y lo encendió—, ¿veis esta casilla en blanco que hay en la pantalla?
Grea t . Pues, ahí necesito que se introduzca un código que, Tan, estoy seguro que conoces.
Cierto es que, no sé por qué, no puedo leerte los pensamientos, pero sí los gestos, así que sé que me has mentido descaradamente, pero no lo voy a tener en cuenta por esta vez.
—Agarró aire y confirmó—: En cuanto te he preguntado sobre la clave antes, has dicho que no sabías nada, pero resulta que tu mirada se ha desviado notablemente hacia tu derecha, y ¿sabes qué?
Eso significa que has mentido descaradamente.
Archer no pudo evitar agachar la cabeza entonces por lo que Taylor acababa de dejar al descubierto, había dejado a Tan como un mentiroso, y éste no fue capaz de defenderse ante tal acusación.
Xavier y Sarah, sincronizados, miraron a Tan con cara de circunstancias y, seguidamente, de asunción de consecuencias, ya que no quedaba otra que sacar el nombre del cuadro que estaba oculto tanto en la biblia como en aquella cámara secreta.
—No sé qué necesidad tienes de provocar todo esto, Taylor.
¿Por qué no conformarte con una vida pacífica y sin complicaciones?
¿Por qué esa necesidad imperiosa de querer atacar siempre los derechos de las personas para establecer una tiranía?
Mandes más o mandes menos, al final todos vamos a ser engullidos por los gusanos, y la humanidad necesita gente amable que ayude a los demás para hacer de todo esto un mundo menos beligerante.
Tú, en cambio, quieres dedicarte a matar a hombres y mujeres con la excusa de tu, falsamente, plan de justicia —expuso Tan.
— Oh my gosh… ¡Cuánta ingenuidad! —exclamó Taylor con arrogancia—.
El hombre es un invento reciente que ha demostrado haber sido un intento fallido de la razón de los seres superiores que gobernaron la tierra durante milenios antes de su aparición.
Ha llegado el momento de que hagamos justicia divina, y pongamos en su sitio algo que no debía haber sido más que un instrumento, al servicio de los que sí estamos capacitados para imponer el orden de las cosas.
Se acabaron las guerras, por supuesto, se acabaron los odios y los vicios que autoaniquilan al ser humano.
Por mucho que yo me dedique a regalar flores, el ser humano va seguir por su senda de autodestrucción, así que hoy ha llegado un nuevo día en el que, por fin, el plan de Nergal, y ahora de su fiel Asag en su nombre, sea una realidad.
No me preocupa si no me provees la clave que necesito.
Con tu colaboración habría sido todo simplemente más rápido.
Nuestra tecnología ya está en marcha y sólo será cuestión de tiempo su aplicación en todo el mundo.
¿Quién imaginaba que una pequeña tienda de libros se convertiría en el rey del comercio electrónico mundial en, prácticamente, todo orden de bienes?
¿Quién imaginaba que una página con un algoritmo y una casilla de búsqueda se convertiría en nuestra guía universal?
Hoy, acordaos de estas palabras porque esta tecnología que nadie conocía, pronto —remarcó—, será la que dirija hacia el orden vuestras vidas.
Aquí tienes, Tan, la opción de si prefieres que se haga por la vía rápida y con tu colaboración, la cual os salvará, o si, por lo contrario, prefieres callar y que vayamos por una vía ligeramente más lenta pero que, al menos, a los que estáis aquí dentro no os permitirá seguir respirando.
Mi decisión ya está tomada Archer, ahora quedas tú.
Era una clara declaración de intenciones, o confesaba el cuadro y la clave, o morían.
Dentro de su tiranía estaba siendo amable con aquella oferta, pero Tan no quería ser cómplice de una confesión que le corroería la conciencia, aunque tampoco soportaría ver a Sarah asesinada habiendo dispuesto de la opción que lo habría evitado, así que basándose en la teoría del «mal menor» decidió poner de manifiesto su última opción.
—Taylor, tú y yo sabemos que no eres de fiar.
Sé que, aunque te diera la clave, no saldríamos de aquí.
No te cuesta nada asesinar a sangre fría.
Y, a la vista de los hechos, matando a gente delante de mis ojos en Londres, traicionando a tu propia familia, y ahora queriendo usar una tecnología de la forma más perversa jamás imaginada, ¿piensas que me voy a creer tu predisposición a salvarnos?
¡Ja! Olvídate de mí, pero también de Lisa —avanzó Tan poniendo de manifiesto que estaba dispuesto incluso a arriesgar la vida de Sarah, cuyos ojos lo miraban con perplejidad.
Lisa también se quedó estupefacta cuando la nombró de aquella forma, ya que se había demostrado que tenía el dinero en sus manos y que, por tanto, estaría saciada de momento.
—Lisa, no debes fiarte de esta gente… ¿Te han prometido un pago en monedas que dicen que valen más de lo que pone en ellas? No te fíes de su palabra, seguro que te han vendido gato por liebre. ¿Acaso has echado un vistazo a las monedas? o ¿se lo has consultado a algún especialista en numismática?
—Por supuesto que he consultado cuánto puede valer una moneda del Vaticano según el año de su acuñación —contestó ella.
—Yo de ti miraría antes lo que te han dado —comentó el periodista.
La joven quedó desconcertada, disparó su mirada de forma alternativa hacia Amina, la monja y Taylor.
Sus nervios volvieron a aflorar y la condujeron a desconfiar una vez más.
Sacó el blíster de su bolsillo para abrirlo y comprobar que dentro de éste se contuviesen, ciertamente, las monedas que Tan se hubo apropiado a la salida de Atocha.
—Pero… ¡¿ésta que tipo de broma es?! —exclamó Lisa con el puñado de monedas en sus manos y haciendo aspavientos.
—¿Qué sucede? —preguntó Taylor.
—No os hagáis los despistados. Estas no son las monedas que habíamos acordado.
Acababa de suceder algo inesperado, alguien había cambiado las monedas, y ya no se trataba de aquellas de las que el taxista que recogió a Tan en Atocha confesó su alto valor.
Eran monedas comunes de España, sin edición especial ni ningún detalle que encareciese su valor o las hiciera únicas.
En sus manos tenía nada más que cincuenta euros en monedas de dos.