CAPÍTULO 74
C omo era de esperar, los nervios de Lisa se iban desbordando conforme escuchaba a Xavier.
Sus labios y mandíbula quedaron completamente prensados, apretaba el puño con el que sostenía el cuchillo, con tanta fuerza que sus uñas llegaban a clavarse en su propia mano, causando unas pequeñas heridas de las que empezaron a desprenderse unas gotas de sangre que se escurrían por el mango del arma que blandía, aunque tal era su frustración que no llegaba ni a percatarse de su autolesión.
—Ya sabes que he podido leer tus pensamientos —le dijo Xavier a Lisa con su característica mirada amenazante—. ¿Crees que no sé lo que piensan Taylor, Amina y la monja?
—¿De qué hablas? —preguntó Lisa expugnada por el nerviosismo que Xavier le había imbuido.
—Pues que en breve vas a ser un estorbo para ellos. No te van a pagar lo prometido.
Xavier, que, a la indicación gestual de Tan al principio de aquel cautiverio, se hubo fijado en la tumba cavada al fondo de aquella ladronera, ya había ideado una estrategia que estaba a punto de desplegar al respecto.
—Supongo que te has fijado en ese agujero que tenemos detrás. No sé si lo sabrás, pero… —Calló un par de segundos y continuó— Bah, para qué insistir —dijo Xavier—. Es una pérdida de tiempo.
—Di lo que tengas que decir —exhortó Lisa exhibiendo autoridad.
—No hace falta, no me vas a creer, estás demasiado sugestionada.
Xavier trataba de romper los prejuicios de Lisa mediante la aplicación de psicología inversa, algo que era prácticamente imposible llegado aquel punto, pero no les quedaba más que ese cartucho.
Lisa insistió en su interés por conocer aquello que Xavier hizo amago en descubrir, pero hizo hincapié algo más alterada, llegó a ponerle el cuchillo en la yugular para obligarle a confesar lo que el mentalista quería que le obligase.
—He dicho que me lo digas —subrayó apretando los dientes.
—Está bien, te lo diré, pero apártame el cuchillo del cuello, por favor —rogó Xavier simulando preocupación.
Lisa lo empujó por la rabia contenida y se alejó dos pasos con el cuchillo en puño.
—Trataba de decirte que… —inclinó el mentón hacia bajo para añadir tensión con su lenguaje corporal y, por sorpresa, la atrapó acto seguido con una mirada posesiva— ese agujero que hay ahí detrás no está hecho para nosotros.
—¿Y entonces para quién? —preguntó ella con desconsideración.
—Mira, por mucho que lo niegue, Tan conoce la clave que Taylor anda buscando —faroleó—, Sarah es su pareja, y si se deshace de ella se trastornaría, no conseguiría nada de él.
Finalmente, yo soy su alumno, y en cualquier momento llego a un acuerdo con él y se acabó este secuestro para mí, ¿o es que no te has dado cuenta de la familiaridad con la que se me dirige?
Soy su alumno. Y, por supuesto, el párroco pasaba por aquí sin haber sido invitado a la fiesta.
—¿Qué quieres decir con todo eso? —preguntó Lisa algo nerviosa de nuevo.
—Que tú sobras aquí. Es de ingenuo pensar que un agujero en el que cabe sólo un cadáver sea para las personas que tenemos la información que Taylor necesita, mientras que de ti ya tiene todo lo que quería, y no le interesa pagarte absolutamente nada ni volver a cruzarse contigo.
¿Te crees que le interesa que saldes tu deuda y luego te vayas de la lengua?
Ja ja ja —el mentalista soltó una carcajada que resonó en las paredes del zulo—.
Ese hoyo no es para enterrar a ninguno de nosotros… sino para enterrarte a ti.
—¡¿A mí?! —exclamó Lisa.
—Sí. Qué casualidad que tú vayas armada con un cuchillo mientras que Amina lleva una pistola. Amina te va a matar —remarcó— como prueba de fidelidad a Taylor y para llevarse ella sola el beneficio de hoy. Quizás no te hayas dado cuenta, pero Amina es la amante de Taylor.
—Eso no es posible. Me lo habría dicho.
—Tss —rechistó—. Hay muchas cosas que te esconde, pero sabes sobradamente que a mí no pueden ocultarme nada… —concluyó Xavier con contundencia.
—Mandó a su sobrino —el hijo de Jackson— a prisión, ¿qué no va a hacer contigo? —insinuó Tan—. Mira, si nos ayudas te prometo que vamos a hacer todo lo posible para solucionar tu situación. Creo que puedes confiar en mí —le rogó a Lisa .
—Imagínate, volver a tener una vida normal y feliz, con la conciencia tranquila. ¿Te gustaría tener de nuevo… libertad? —sugestionó Xavier.
Aquel dilema de vida —hacia el cual el mentalista la abocó— se apoderó del subconsciente de aquella chica desarmada de todo argumento y llena de dudas e inseguridades, parecía que las artes de Xavier podrían ayudarles a ganar algo de tiempo, aunque la última palabra estaba todavía en boca de Lisa…
Xavier era consciente de que «ante convicción no cabe inducción», pero ¿cuál era en realidad el estado que más prevalecía en aquella joven?
Lisa volvió a derrumbarse, era una montaña rusa de emociones, ora se mostraba dura como una roca, ora no sabía si aquél era o no el lugar en el que quería estar.
Recordaba de nuevo la imagen de su madre, desvalida, mayor, casi no podía moverse de forma autónoma víctima de una enfermedad degenerativa que la condenaba a depender de su hija, quien soportaba aquella carga que «el calavera» de su hermano redobló en una partida de cartas; razón de peso, más que suficiente, para tomar decisiones a la desesperada, algo que, a Tan, más allá de llenarlo de odio hacia ella por la situación tan extrema a la que los condujo y el trato que les profería, lo embargó de empatía y compasión.
Pero antes de que ella mostrase arrepentimiento alguno, se escucharon pasos acercándose a la guarida.
— Well , ya estamos de vuelta al lugar de donde esperamos sacar algo en positivo —dijo Taylor que acababa de entrar junto a la monja y Amina, y añadió—: ¿Cómo andan mis queridos invitados?
—De momento bien, apenas ha hecho falta amonestarles —aseguró Lisa .
—Bien, bien. —Taylor miró a Lisa con el entrecejo fruncido y le dijo—: Te percibo extraña, ¿qué te preocupa?
—Tengo una duda… ¿Dónde está mi parte?
— My lady … Qué poco elegante hablar de dinero —protestó el taxista—. Ya sabes cuál es nuestro acuerdo, vas ir saldando lo que tu hermano nos debe. Así te has comprometido y así será.
—Necesito saber cuánto y dónde. Quiero la mitad de lo que se le pague a Amina, sin mí no tendríamos a Tan y es lo que habíamos acordado ella y yo —concluyó algo titubeante.
—¡Por favor! No me trates como a un chapucero. Sin ti lo tendríamos igualmente, aquí, presente de cuerpo y alma. No pienses que tu trabajo es indispensable, si no lo haces tú, okay , siempre tendremos a otra persona encantada de percibir las condiciones por las que tú trabajas con nosotros.
—¿Condiciones? ¡¿Qué condiciones?! —exclamó alterada Lisa—. ¿Es cierto que sabías las cartas que tenía mi hermano cuando le ganaste?
— What? ¡¿Qué más da?! La cuestión es que jugase contra mí para que se creyese vencedor, y a mí no me gana nadie. Me retó y perdió. Aquí no cabe la posibilidad de rebobinar. Yo hice uso de mis facultades sin más —reconoció Taylor.
—Claro, de tus facultades de saber qué cartas llevaba mi hermano.
— Yes . Ni más ni menos. Nada ni nadie le impedía a tu hermano hacer uso de las mismas habilidades y de no jugar la partida.
—Por supuesto que no, pero hay una ligera diferencia, tú eres mentalista y él no.
— Okay . Aquí somos gente de palabra. Amina, puedes darle su parte —ordenó Taylor .
Amina, que llevaba consigo la bolsa bandolera de Tan, no hizo muy buena cara ante las últimas palabras del taxista.
Tal vez era cierto que su intención era la de apoderarse por completo de la prebenda y, a la vista de lo que sostenía en sus manos, no había escatimado oportunidad alguna de acceder al furgón para registrar el equipaje de Tan y apoderarse de su bolsa, en la que tenía guardados los blísteres.