X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

T aylor ansiaba, cómo no, que le confesasen en cuál de las obras de El Bosco se encontraba la respuesta que andaba buscando para acelerar su plan de control, bajo el que nadie tendría oportunidad de rechistar lo más mínimo al aprovechar, el tirano, la inercia de la digitalización.

Sabía que se hallaba en una de las obras, pero desconocía en cuál exactamente, de ahí que hubiesen sustraído la totalidad de la exposición que se exhibía en el Prado.

De pie, ante la deslumbrante colección robada, se puso a mirar fijamente a Tan tratando de focalizar su habilidad mental sobre el periodista para saber, al menos, en cuál de las pinturas podría estar pensando.

Pero algo parecía no estar funcionando como esperaba el taxista tirano.

Según pasaban los segundos, su rostro se comprimía más y más, y con cara de no demasiados amigos decidió cambiar de víctima y giró hacia Sarah, frente a quien llevó a cabo el mismo ejercicio…

aunque la expresión de su cara arrojó la misma respuesta.

Finalmente, sus ojos se clavaron so bre los de Xavier, y sus facciones mutaron, se podía leer perplejidad en su expresión.

— Unbelievable —dijo Taylor con frustración aquella palabra que significaba «increíble» en español—.

No sé por qué, pero no consigo leer vuestros pensamientos, en cambio, los de Xavier sí, y no percibo, para nada, respuesta alguna —informó Taylor—.

En fin, si no me servís tendremos que acelerar el final de todo esto.

—Giró hacia Amina y le ordenó—: Por favor, Amina, dejémoslos encerrados un momento para que recapaciten.

Les daremos una oportunidad de gracia, pero si no obtenemos ninguna respuesta tendremos que despedirnos de ellos… para siempre.

—Bien. Que se quede Lisa vigilándolos, yo necesito recoger unas cosas del furgón —sugirió Amina.

Aún quedaban unas cuantas horas para la apertura del templo a los feligreses, así que Taylor se podía permitir todavía un receso.

Tampoco podía tomar una decisión precipitada, porque la clave que necesitaba era la parte más importante del plan de control que estaba rozando con la yema de sus dedos, era el último escollo que les quedaba por superar a los Hijos de las Sombras, y no podía permitirse el lujo de actuar con visceralidad , a priori tampoco era el estilo del taxista inglés.

Taylor abandonó por unos minutos aquella guarida acompañado de la monja y Amina, para que se aclarasen las ideas los tres secuestrados.

Lisa tan sólo llevaba consigo un cuchillo, aunque sabía que ante cualquier movimiento extraño mejor no usarlo y avisar a Taylor de inmediato, si no podría incurrir en una temeridad que le costaría excesivamente cara.

Pero, más allá de forzar la confesión, de pronto se abrió una conversación nada cómoda para la verdugo .

—¿Por qué me haces esto, Lisa? —preguntó Tan derrotado e inmóvil.

—No es asunto tuyo —respondió ella, tajante, de pie frente a los tres.

—Te han prometido algo, seguro. Tú no das puntada sin hilo en una situación como esta. ¿Qué te han ofrecido? —insistió Tan.

—No tienes ni idea, Jonathan —contestó ella.

—No hace falta que lo diga, yo lo sé, soy mentalista —interrumpió Xavier.

Xavier tendía a repetir aquella coletilla de que era mentalista con la intención de afectar el subconsciente de la persona que sería víctima de sus capacidades, y así, la cara de Lisa quedó petrificada, no era plato de buen gusto para ella que se desvelasen los intereses tan indignos que la habían arrastrado a comportarse como una sicaria de tres al cuarto.

La joven parecía comportarse como aquellos delincuentes que muestran arrepentimiento, no cuando perpetran el delito sino cuando los descubren.

Aun manteniendo, Lisa, la posición de poder respecto a los tres inmovilizados y al párroco, que todavía estaba inconsciente en el suelo, sintió un irrefrenable miedo que arrancó a sacudir sus rodillas, temía que Xavier sacase a la luz y ventilase las más profundas de sus miserias e inseguridades.

—Veo que esperas que te paguen por esto —avanzó Xavier—. Y que aún no has visto ni un euro. ¿Qué pasa, tienes muchas deudas?

Xavier acababa de abrir con sus palabras una herida todavía en carne viva, Lisa estaba pasando por un mal momento financiero. No llegó todavía a confesar la realidad cuando de repente se derrumbó al escuchar al mentalista :

—No tenéis ni idea de lo duro que es sufrir el infierno que estoy viviendo —sollozaba—, van a dejarnos en la calle a mi madre enferma y a mí.

Están a punto de quitarnos la casa. Tiene más de ochenta años y todo por lo que ha luchado durante toda su vida se va a perder por una deuda que contrajo mi hermano.

No… (llora) no imagino qué será de ella si al final no tenemos don…

(llantos) donde ir a vivir. Cada vez que veo a indigentes cobijados en la entrada de algún cajero, me da más miedo pensar que podamos acabar en un sitio así, sufriendo el frío de sus baldosas y respirando el polvo de la calle día y noche. —Las lágrimas se escurrían por su cara.

—Tú no quieres hacer todo esto —afirmó Xavier con autoridad.

Lisa apenas podía articular palabra. Toda la dureza que había estado fingiendo al lado de Amina se fue por la borda, al destapar la única razón que había llevado hasta conducir, a la desesperada, hacia una encrucijada de vida o muerte a una persona que hubo fingido camelar por algún interés.

—Sabía, Jonathan, que a ti te iban bien las cosas en Londres.

Cuando fui a tu casa, pensaba que, estando contigo, podría ser una vía de escape a todos estos problemas por los que estamos pasando —sollozaba—, pero ¡te negaste por esa zorra!

—exclamó de repente con el odio y miedo de un escorpión acorralado, por las circunstancias de su vida llena de contrastes—.

Podríamos haber sido felices juntos… Y te negaste —rabió.

El breve momento de neurótica sinceridad que Lisa había derramado parecía haber enternecido el ambiente, pero toda sensación edulcorada se desvaneció al recordar que Tan mantenía su relación con Sarah, y su presencia provocó que su carácter se descubriera radicalmente bipolar y llena de rencor .

—Escúchame, que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Si necesitabas ayuda ¿por qué no me la pediste? —preguntó Tan.

—¿A ti? ¿Cómo? ¿Así?: Hola soy Lisa, ya que no quieres follar conmigo dame cien mil euros.

—¡¿Cien mil euros?!

—Sí, mi hermano, es un ludópata y un «bala perdida», se lo jugó todo al póker contra Taylor y perdió, y desde ese momento ya no hubo vuelta atrás. Necesitábamos dinero, y ahora debemos más de lo que se requería para el tratamiento de nuestra madre.

—Y te ha prometido que con trabajitos de este tipo te va a ir condonando la deuda, ¿verdad?

¿No te das cuenta de que él también es mentalista y sabía qué cartas tenía tu hermano en la partida?

Seguro que lo usó de cebo porque sabía que contigo conseguiría cazar a Tan…

Ay, ignorante, has vendido tu alma al diablo —apuntó Xavier.

—Mejor que perder todo y dejar a mi madre en la calle —contestó Lisa.

—¿Mejor? ¿Prefieres estar sujeta a la voluntad absoluta de una organización criminal?

Estás muy equivocada, nena —recriminó Xavier—.

Van a usarte para esto y ya no les servirás porque saben que has sido capaz de traicionar a un amigo por un puñado de euros, ¿qué no les harías a ellos por un poco más de dinero? Les has demostrado que no eres de fiar.

Xavier no únicamente brillaba por su capacidad de leer la mente, sino también por manipularla.

Sus palabras iban dirigidas a debilitarla, y a darle la vuelta a los argumentos preconcebidos que habían arrastrado a Lisa a mandar su vida a la deriva, por una maniobra quirúrgicamente meditada desde la organización dirigida por Taylor.

Y así fue, el mentalista la puso en una encrucijada psicológica.