CAPÍTULO 70
Y a en el interior de la garganta profunda descubierta en la pared, se trazaba una gruta cuyo camino seguía en su línea lúgubre y fosca.
De las paredes, se deducía que aquel agujero había sido excavado directamente en la roca de la montaña, sobre la que se instalaba el arrabal, las cuales, arrugadas por la mezcla de tierra y piedras, estaban empapadas por las gotas de condensación que no cesaban de escurrirse por ellas, salpicaban un sonido redondo y agudo reverberado por todo el pasadizo incierto que afrentaban sin visibilidad.
El eco de las gotas y de los pasos avecinaba que aquel hoyo los haría transcurrir por un zigzag laberíntico, tan alargado como la angustia y el temor que se había apoderado de los tres, y con mayor intensidad de Sarah, que ya había recibido el primer aviso aquella madrugada en su sien, dolor que todavía le recordaba que nada de aquello iba en broma.
Seguían paso a paso enmudecidos, sentían el frío de la humedad calando en sus huesos, pisaban sobre charcos que se filtraban en el interior de sus zapatos, dejando sus calcetines empapados de aquel barro desagradable; una sensación horrible que destemplaba sus cuerpos al colarse por los pies.
Algunas de aquellas gotas se estrellaban sobre los hombros y el pelo, lo que iba acompañado de un repentino espasmo, ya que les causaba el temor de que fuese algún insecto repugnante.
Apenas se veía lo que el aro de luz de la linterna acotaba, el resto era la oscuridad de la nada, y a ello se le unía el terror de que apareciese sin previo aviso alguna alimaña hambrienta, infecta y virulenta.
De vez en cuando, Amina hacía recordar su presencia y autoridad desde la retaguardia con algún empujón intimidatorio, que efectuaba con el cañón de la pistola.
Y, después de todo aquel peregrinaje entre la húmeda penumbra de aquella estrecha excavación, la monja frenó sus pasos, apuntó con la linterna hacia arriba y, a los segundos, una compuerta se abrió sobre sus cabezas.
Ante ellos apenas se distinguían unas escaleras, que les conducirían hacia una estancia de la que tampoco se podían apreciar demasiados detalles por la escasa iluminación. Era una habitación alargada con un techo alto, y a mano izquierda aguardaba un portón antiguo.
La monja accionó el cerrojo y, acompañado de un chirriar agudo, abrió el portón.
Primero pasó ella, a la espera de que cruzasen los demás, para cerrarla.
Era un lugar que Tan reconoció en cuanto levantó su mirada, ya que en una ocasión hubo publicado un artículo sobre aquella belleza artística que, así, de repente, sobrevolaba sus cabezas.
Aquella siguiente estancia era una capilla decorada con unos frescos exquisitos que recordaban la minuciosidad y detalles de la propia Capilla Sixtina de Miguel Ángel, aunque en este caso de unas dimensiones reducidas a escala.
En la parte inferior de la cúpula Tan reconoció unos escudos de la noble familia de los Centelles, de los cuales llegó a escribir sobre su palacio desmembrado y esparcido por ciudades de todo el mundo, entre ellas por la mismísima Nueva York, dato que le delató que habían sido conducidos en aquel secuestro hasta la iglesia de San Roque, ubicada en una ciudad valenciana en la costa levantina, y llamada… Oliva.
Aquel detalle, el eco del aire, unos cirios con una llama tintineante que alumbraba el lugar, y un aroma a suave incienso, avanzaban que se trataba nada más que del lateral de aquella iglesia del siglo XVI, la cual alardeaba de unas dimensiones y verticalidad imperiales.
Fueron arrastrados hacia el pasillo de la nave lateral donde en el suelo, de baldosas blancas y negras, permanecían cicatrizadas pequeñas señales de piquetas clavadas durante la guerra civil española, que servían para clasificar los víveres que allí se aprovisionaban durante el 36.
Probablemente, aquel pasadizo subterráneo, por el que accedieron, se habría habilitado durante aquel conflicto para huir en caso de algún ataque del bando opuesto.
De nuevo giraron hacia la derecha, el silencio era perturbador, estaban siendo vigilados por representaciones de Cristo y de santos que lucían en los altares.
Pocos metros más hacia delante se encontraron una reja que protegía otra estancia con otros santos, uno de los cuales, también a mano derecha, era Santa Rosa.
Pero para acceder hasta aquella zona se necesitaba la llave que abriese el cerrojo que las protegía, y cómo no, la monja sí disponía de ella.
¿Quién se la habría entregado? ¿El cura de la parroquia?
Aquella tenebrosa religiosa, la introdujo con cierta dificultad en el cerrojo de la reja debido a la luz tan tenue que centelleaba con timidez, mientras delataba en un tono siniestro: « bendita llave maestra»; palabras que exculpaban al párroco, ausente en esa «fiesta».
Al girar la llave, el sonido percutor del mecanismo de la puerta resonó en todo el templo, y al abrirla, de nuevo las bisagras crujieron sin reparo alguno.
Los cinco estaban ya tras la reja, en frente del altar de Santa Rosa.
La monja se acercó a un lado del muro, del cual arrancó de un tirón, y con las dos manos, una falsa pared que simulaba a la perfección las baldosas que decoraban el muro; era otro pasadizo secreto, de nuevo se adentraban en la penumbra; se ve que habían escogido a conciencia un lugar insospechado y alejado de donde se inició aquella cadena de desventuras.
La monja volvió a alumbrar con la linterna la estancia que se ocultaba tras el muro, aunque a diferencia del resto de la iglesia, el suelo todavía estaba sin embaldosar, tan sólo se veía recubierto de tierra y polvo, y las paredes, altas, desnudas aún con el ladrillo a la vista.
En aquel rincón había dos estancias separadas, era un lugar perfecto para esconderse, o para esconder a alguien.
Una vez adentrados en las tragaderas del muro, la monja sacó a duras penas su teléfono, hizo una llamada corta en la que sólo pronunció la frase: «ya los tenemos en el agujero».
Fue conciso pero no menos perturbador, además, Archer, que estaba de pie, erguido al lado de Xavier y Sarah, volteó la cara un momento y se dio cuenta de un detalle poco esperanzador, al fondo de aquella madriguera acababa de ver a duras penas en la oscuridad un hoyo en el suelo, a lo que con cierta tensión en sus músculos, apenas movió sus ojos para que Xavier se percatase de su gesto, y así fue, el mentalista, aunque supuestamente tenía el acceso bloqueado a la mente de Tan por el colgante de imán, supo leer aquella indicación, presintió que dicho agujero les estaba esperando; no parecía haber sido cavado hacía demasiado tiempo, al lado quedaban todavía una pala apoyada sobre el muro y un montón de tierra sin compactar.
Amina les había ordenado quedarse quietos, estaban esperando algo o a alguien…
A lo lejos se empezó a oír el eco de unos pasos a ritmo pausado. Parecía que aquellas pisadas no venían en solitario, ya que se percibía a más de una persona acercándose. El momento que estaban sufriendo era inquietante. Tal vez, estaba a punto de adentrarse en aquel zulo su verdugo.
Se hizo inevitable que de los ojos de Sarah se escurriesen las primeras lágrimas ante tal pensamiento, aunque, a pesar del drama que estaba viviendo, no cedía a que su dignidad se doblegara, tragaba saliva y se mantenía en pie.
Desde dentro lo único que se avizoraba era el hueco por el que habían accedido, por él entraba una luz tenue y anaranjada proveniente de las velas que contrastaba con el interior sombrío.
Con el inexorable acercamiento de los pasos, aquella luz del butrón se ensombreció, alguien estaba entrando también en la guarida. Era Lisa, aunque no venía sola. Todavía tendrían que esperar hasta ver la cara de quien iba a atravesar el agujero.
Una vez Lisa ya estaba en el interior, de nuevo la atenuación de la luz avisaba de que la persona que Lisa acompañaba se disponía a entrar.
Pero de repente, resonó con fuerza lo que parecía la cerradura del portón principal de la iglesia, que quedaba al lado del altar que escondía aquella estancia oculta.
La sombra que estaba entrando frenó y reculó, y al aviso de un breve «tss», Lisa salió también para comprobar quién estaba entrando en el templo a esas altas horas de la madrugada .
—¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Cómo han entrado? —preguntó la voz bonachona del sujeto que acababa de abrir la puerta.
—Hemos entrado por la puerta —dijo Lisa.
—Pero… ¡si está cerrada a calicanto! —exclamó.
—No se preocupe padre, será sólo un momento…
—¡¿Qué hace?! ¡Déjeme en paz! ¡Voy a llamar a la pol…!
Desde donde estaban los secuestrados se escuchaba a la lejanía un forcejeo agitado que fue inmediatamente acallado en cuanto se bramó —probablemente por parte del párroco de la iglesia— la amenaza frustrada de llamar a la policía.
Y hasta allí se empezó a colar, también, un sonido áspero a los pocos segundos, algo estaba siendo arrastrado por el suelo. Y, efectivamente, Lisa entraba al agujero al tiempo que tiraba de los pies de un hombre inconsciente con alzacuellos.
Consiguió meterlo a pesar de las complicaciones. La ropa negra que llevaba puesta aquel hombre inconsciente había quedado completamente camuflada por el polvo y la suciedad que cubrían la superficie.
Antes de que se consumase la entrada del otro individuo al segundo intento, se le escucharon unas palabras con un marcado acento británico: «Se me resistían sus carótidas».
Los ojos de Tan se entornaron y se abrieron como platos, y a su lado, algo curioso… las cejas de Xavier se arquearon de forma pronunciada; al parecer, ambos acababan de reconocer aquella voz que se acercaba.