CAPÍTULO 69
« ¡Archer!, ¡detrás!». Estas fueron las únicas palabras que llegó a distinguir Tan en otro de los sueños recurrentes con el señor Jackson. Serían las tres de la madrugada cuando «el gordo» se le hubo aparecido de nuevo durante el letargo en el que había caído en aquel emponzoñado viaje.
Pero el sueño se desvaneció ahí, el furgón circulaba cuesta arriba, cosa que hizo balancear hacia delante a los tres que se sentaban de espaldas al conductor.
Y, al bamboleo de una brusca frenada despertaron los secuestrados.
El antifaz que les cubría la vista les impedía atisbar cualquier indicio que diera a entender en qué momento de la madrugada se encontraban.
Archer había pasado todo el viaje con la cabeza pendiendo hacia un lado, una posición casi imposible, como la que mantuvo en su apartamento la noche que Lisa huyó enfurecida.
El dolor de cervicales no se hizo esperar en cuanto fue recobrando el sentido.
Había despertado agitado y físicamente como un despojo humano.
Aquella prolongada incomodidad se había contagiado a Sarah y Xavier, molestia añadida a las esposas y los trapos que asfixiaban sus voces.
Por el movimiento del vehículo se percibía que éste se había adentrado en una zona de serpenteantes y empinadas callejuelas.
Era como que estuvieran ascendiendo por una montaña, pero desde dentro del vehículo no se sentía ningún crepitar de gravilla o tierra al contacto con los neumáticos, sino que éstos parecían deslizarse por una zona irregular pero firme, por lo que Tan, pendiente de cualquier detalle, imaginaba que debían haberse alejado hasta algún casco urbano antiguo.
En un momento dado se escuchó un agudo chirriar proveniente de los discos de freno, un sonido poco apacible que se anticipó a lo que iba a ser el final de aquel tormentoso viaje.
Nada aventuraba a que la madrugada fuese a acabar bien, porque el trato, conforme avanzaba el viaje, había estado siendo más denigrante.
Desorientados, no sabían ni adónde iban, ni dónde estaban, ni qué se iban a encontrar al atravesar la puerta del furgón.
Los iban a usar para arrancarles información a punta de pistola y, probablemente, les darían un final que ya antes se les fue tendiendo por medio de distintos intentos de asesinato: el ascensor, la bombilla incendiaria…
Y lo peor, toda aquella angustiosa situación se asentaba sobre una frondosa incertidumbre.
Nada peor que tener miedo a lo que no se conoce…
«Ya hemos llegado» anunció con seriedad Amina y, con rudeza, les arrancó los antifaces para evitar que tropezasen al bajar del furgón. La puerta lateral del vehículo se abrió acompañada de un sonido áspero y cortante, un sonido que imbuía un gran desasosiego.
Antes de dar el primer paso que los iba a despegar de los asientos, la apertura del furgón dio lugar a un intenso aroma a flor de azahar, y a un estridente canto de grillo que parecía estar recordando, una y otra vez, las altas horas de la madrugada en las que merodeaban.
Aquel canto perturbador era lo único que se podía hacer oír en el punto en el que el furgón hubo estacionado.
Archer, que seguía prestando atención a cualquier mínimo indicio, con aquellos detalles tan sutiles, pudo deducir que el viaje los hubo trasladado hasta algún municipio del mediterráneo, algo que vería confirmado, pocos segundos después, al ver el característico color blanco de las fachadas de las casas que resguardaban aquella calle, rezagadas en la oscuridad de la noche.
Amina les obligó en tono amenazante a levantarse y pisar suelo.
Uno a uno les fue desabrochando el cinturón de seguridad para hacerlo de forma ordenada y controlada.
Eso sí, en ningún momento se le pasó por la cabeza retirarles la mordaza, ya que cualquier alarido podría despertar a los vecinos del sueño profundo al que aquella calle, aparentemente tranquila, invitaba.
Efectivamente, la vía respondía a las sospechas de Tan; era empinada, adoquinada, y parte de un conjunto de otras tantas que se entrecruzaban sin orden alguno, lo que pudo deducir como un antiguo arrabal.
Aquello fue lo que Tan finalmente divisó en cuanto Amina lo arrastró, agarrándolo de la chaqueta con una mano, hacia afuera. Con la otra sostenía el arma.
«Venga, vamos bajando» ordenó sin alzar la voz pero sin rebajar la dureza.
El trayecto casi eterno había hecho mella en sus articulaciones.
Los tres secuestrados se iban moviendo como bisagra oxidada; les dolían las piernas, las rodillas, la espalda y, por supuesto, las posaderas después de tantas horas sentados dentro del furgón.
Era la primera vez que iban a estirar las piernas.
En cuanto el periodista posó sus pies sobre suelo firme, se percató de que en la parte derecha del vehículo el conductor esperaba firme después de abrir la puerta lateral de éste.
Cabizbajo, lo primero que vio Tan fueron unos botines de piel girada con vetas colgando.
Ahora ya imaginaba de quién se trataba la persona que había estado al volante durante todo aquel trayecto infernal.
Levantó la mirada con cuidado y, después de un recorrido visual sobre aquel outfit «Coachella», descubrió que el «Caronte» de aquel Hades no era otra persona, sino, que… Lisa.
En cuanto sus ojos se encontraron frente a frente, Archer leyó en ellos un sentimiento de odio que la poseía; el entrecejo de Lisa se apretaba marcando una arruga de ira, aunque aquella «presunta amiga» del periodista, en cuanto vio humedecerse la mirada de Tan, apartó la cara.
Aquel movimiento demostró un cierto sentimiento de culpabilidad que no iba a rectificar visto su gesto de querer mirar hacia otro lado, algo a lo que Tan no pudo evidenciarle ningún reproche debido a que no podía hablar todavía.
Cómo no, el trabajo sucio no iba a quedar tan sólo en manos de Amina, y después de la elección de Tan, seguro que la primera vida que correría peligro aquella noche sería la de Sarah. Al menos entre ellas existía un móvil de celos y resentimiento flagrante.
Las otras personas también fueron bajando del furgón, y por la forma en que se estaban dando las órdenes, se intuía que no era Lisa sino Amina quien se encargaba de ejercer la tiranía. La primera se limitaba a actuar sin mediar palabra.
La monja perversa abandonó la última el vehículo; en cuanto pisó la calzada inspeccionó el entorno con prudencia, anduvo unos pasos hacia la parte delantera del furgón, que quedaba pegado a un muro levantado con piedras, donde esperaba enmarcado en él la boca de un antiguo pozo decorado con losas pintadas de blanco calizo.
Se paró allí, levantó el brazo a media altura y señaló con su dedo índice sobre una zona concreta de la pared.
Lisa, ante la mirada de los tres desguarnecidos, dio los pasos necesarios hasta llegar al punto que acababa de indicar la mujer «ensotanada», se agachó, clavó sus dedos con fuerza en unas hendiduras que apenas se distinguían en la pared, y tiró con ímpetu.
Se escuchó el sonido de desgarro de la piedra al friccionar.
Se acababa de abrir un orificio de unas dimensiones suficientes para que cupiese una persona sin demasiada dificultad.
«Todos adentro» ordenó Amina mientras apuntaba con el arma a discreción.
Aquel agujero era de una oscuridad fúnebre.
No entraba en él ni el más mínimo haz de luz, aunque primero lideró el camino la monja tenebrosa para iluminar con una linterna el camino.
A unos pasos tras ella seguían Tan, Xavier y Sarah empujados por Amina, y en última instancia Lisa quedó fuera en el furgón.