CAPÍTULO 67
T an, Xavier y Sarah pivotaron a una hacia la puerta al escuchar aquella insolente interrupción de alguien que nadie de ellos había invitado.
De allí provenían aquellas palabras chulescas que permitieron colarse al haber dejado la puerta entreabierta.
Pero aquella voz no venía únicamente acompañada por un perfume cualquiera, aquel olor los había acompañado en el mercado de San Miguel, el mismo de la estación de Atocha, y el mismo que, en su apartamento, Tan sintió desprenderse del cuello suave y esbelto de… Lisa.
La dureza de su tono desafiante se acentuaba por una pistola semiautomática que se presentó empuñada por su emisora, apuntaba alternativamente a los tres de la habitación.
Aquella escena transportó a Tan a la que afrentó después de tomar las fotos de Downing Street, cuando Taylor le dejó en manos del matón que empuñaba el arma ante la puerta del taxi en Londres, ya que la muñeca de la indeseable que sostenía el arma, presumía en su antebrazo del mismo tatuaje que el que Mr. Jefferson le ayudó a recordar a través de la regresión hipnótica: la figura del Ankh en el icono del «Dios Mismo» que los Hijos de las Sombras alardeaban.
Aquel tatuaje sólo podía significar una cosa entre tanta hostilidad… Ella también era parte de aquella organización siniestra.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó Tan confundido.
—No me toques los ovarios. Recoged vuestras cosas que nos vamos —ordenó sin delicadeza alguna la nueva «invitada».
La agudeza de Sarah irrumpió fugaz, cayó en la cuenta de que la reacción de Tan y el perfume que había asediado la habitación del hotel guardaban una estrecha relación. La trifulca en el museo tuvo mucho que ver al respecto…
—Entonces ¿esta es la buscona de Lisa? —desairó Sarah.
—¡Ja! —exclamó la pistolera—. ¿Tienes problemas de celos con el frígido de tu novio?
—Hace rato que sé que estabas siguiéndonos. Ese perfume que usas se lo restregaste a Tan para beneficiártelo y no pudiste. ¿Estás despechada? —desdeñó Sarah a pesar del arma.
—Creo que estás confundida. Confundida y acomplejada. Este perfume se lo dejé yo a Lisa para que se revolcase con tu «titi» mientras le sacaba una copia de sus llaves —chuleó—. No se lo tiró, pero al menos conseguí las llaves. Por cierto, tuviste suerte, Tan.
Sarah quedó aturdida ante aquella contestación.
Efectivamente, no se trataba de Lisa quien estaba empuñando la pistola, sino de su amiga Amina, a quien Tan preguntó sobre el vendaje que cubría su muñeca en Valencia, el cual, ahora, ya no portaba.
No necesitaba esconder, pistola en mano, su fosca afiliación .
—Es su amiga Amina, Sarah —apuntó Tan resignado.
—¿Amina? Tu nombre significa fiel y honesta. Menos mal —ironizó Xavier, que conocía el significado de cientos de nombres para sacar chascarrillos entre su público.
—¡Basta ya de charla! —ordenó Amina—. Todos afuera y sin rechistar, o probaréis una píldora de plomo.
Amina no parecía estar bromeando, la pistola llevaba un silenciador encajado, factor que conducía a intuir que estaba dispuesta a derramar sangre con un punto de discreción.
Así, sin dejar de apuntarles, ocultó la pistola en el bolsillo del chaquetón que la cubría casi hasta la altura de sus rodillas encorvadas, y les dejó que recogiesen sus enseres para no levantar sospecha al pasar por delante de recepción.
Forzados y casi empujados por el extremo metálico del silenciador, Xavier, Tan y Sarah salieron por la puerta con equipaje en mano, y detrás de ellos Amina, guardando distancias para evitar forcejeos, pero sin perder la perspectiva de tiro.
También pasaron por la habitación del mentalista para recoger sus pertenencias y, sin levantar sospecha alguna, devolvieron las respectivas llaves de sus habitaciones en recepción, donde se despidieron de ellos con un paradójico «que tengan un buen viaje».
Cerca de la entrada del hotel aguardaba esperando un furgón negro, hacia el cual se dirigían, y del que no se intuía qué deparaba su interior, sus lunas eran tan oscuras como el color de su carrocería.
Cuando quedaban pocos pasos para llegar al vehículo, la puerta del maletero se abrió con suavidad, se deslizó hacia arriba con sutileza, al contrario que las palabras de Amina; entonces les ordenó, sin adjetivos y con crudeza, cargar el equipaje en aquel receptáculo donde había otro maletín oscuro.
Acto seguido, cuando la parte trasera iba ya cerrándose a paso inexorable, el zumbido de las guías de la puerta lateral avisaba de que ésta estaba a punto de engullirlos en su desapacible y fosco interior.
Desde el exterior apenas se percibía el color azabache de su tapicería.
Tanta oscuridad no auguraba un recibimiento jaranero.
Las caras de aquellos nuevos pasajeros parecían sacadas de una misma fotocopia; serios, taciturnos, sin saber cuál era su destino, sin poder alzar la voz para no poner en riesgo la vida de ninguno de ellos y, por supuesto, sin haber cenado todavía.
Cualquier palabra más subida que otra, con suerte, podría tener por respuesta… el dolor.
Apenas les dio tiempo de analizar el interior del furgón, entre la penumbra se pudo distinguir que el trayecto no lo iban a sufrir únicamente con la atenazadora compañía de Amina, quien de inmediato, al cerrarse la puerta, les impuso que se colocasen unos antifaces para evitar que tuvieran visibilidad alguna durante el viaje.
La quinta persona deparaba sentada, silenciosa, al fondo, en una de las dos plazas de la parte posterior, la cual enfrentaba los tres asientos que acababan de ocupar los «retenidos».
Su silueta, recubierta de una vestimenta que se fundía con el color de la tapicería, evidenciaba que se trataba de…
la diezmada monja catacaldos; allí estaba ella, recogida con su hábito, como una ciruela pasa.
En cambio, el conductor no conseguía ser identificado por ninguno de los tres, lo separaba una pantalla aislante que impedía su reconocimiento.
—Preparaos, porque nos espera un viaje largo —vaticinó Amina sentada también frente a ellos y sin aflojar el arma.
—Una lástima, nos íbamos de cena y a disfrutar de la noche madrileña… Aunque este antifaz también me pone —dijo Xavier y sacó la lengua libidinosamente .
El mentalista no perdía nunca aquel fino y pervertido humor, incluso en las situaciones más extremas.
—Entonces, Amina, como diría el escritor Juan Manuel de Prada…, ¿tú eres otro de esos «capitostes» sectarios o simplemente te quedas en «lacayuela del dinero»? —preguntó desafiante y faltón el mentalista.
—Si te crees que haces gracia con tus bufonadas, estás muy equivocado —gruñó ella.
—Ya he terminado la actuación por hoy, y me han pagado bastante bien.
Aunque no hace falta que me contestes, soy mentalista.
—Paró unos instantes a pensar mientras emitía un sonido parecido al de un mugido—: Mmm…
No, ya veo que no llegas a capitoste, te quedas en simple lacayuela del dinero…
¿Cuánto te han pagado por este servicio?
Si bien permanecía con los ojos vendados, Xavier podía percibir las intimidades de Amina, ella no llevaba ningún imán colgado de su cuello que pudiera interferir el campo de sus pensamientos.
Iba a descubrir algo que, al ventilarlo el mentalista, captaría la atención de Tan, que seguía enmudecido pero atento a cualquier detalle.
—Una pregunta más y, aprovechando que no has podido ir a cenar, te comerás la empuñadura de la pistola —amenazó Amina alterada.
—Está bien, no preguntaré, era para abrir algo de conversación, si no…, si el viaje es tan largo como dices, pensaba que se haría demasiado aburrido —replicó Xavier desafiando entereza.
Durante aquella conversación, el vehículo sacudió a sus pasajeros, acababa de arrancar el motor, era el inicio de su viaje hacia un destino que desconocían, si bien lo que sí era cierto era que iban a convivir unas cuantas horas en aquel furgón hostil .
—Mmm… Veo que estás pensando en dinero, Amina.
No te preocupes, no te voy a preguntar nada, ya te he dicho que no me hace falta —insistió, volvió a emitir el mismo sonido y exclamó—: ¡Anda!
Si te han ofrecido un pago con monedas de dos euros —afirmó—.
Eso es lo que tienes en mente, bonita —aseguró Xavier.
—¿Dos euros? —preguntó Tan.
Xavier demostraba no tener miedo ni ante la presencia de la pistola, una vez tras otra retaba la paciencia de Amina, de la que estaba seguro que, si los había secuestrado, los querrían con vida aquellos que le encomendaron el trabajo; de ahí su absoluta serenidad.
—Sí, Tan. No se vende barato, aunque lo parezca.
Eso de los dos euros es un modo de operar más viejo que la tos para la organización.
Se colaron en el Vaticano y consiguieron, bajo engaños y chantajes, ser perceptores de grandes cantidades de esas monedas a precio de lo que marca su cuña, para revenderlas de cien a ciento cincuenta veces más caras al coleccionismo debido a su limitada e inaccesible tirada.
—Una buena plusvalía —replicó el periodista.
—Así fue como hicieron unos cuantos millones de euros antes de invertir en criptomonedas. Una forma más de corrupción indemne —relató Xavier.
—Sí, esas monedas que tú te llevaste —irrumpió la religiosa con odio en su voz trémula.
—¿Yo? —preguntó el mentalista.
—No, el otro joven, el del petardo, sabe bien de qué hablo.
—¿Petardo? ¿Qué has hecho, Tan? —interpeló el mentalista sin poder aguantar una leve risa.
—Yo no sé nada —evadió Archer con displicencia.
El periodista echó balones fuera con aquella contestación, sin embargo, sabía que, si registraban sus pertenencias, además del libro iban a encontrar fácilmente una bolsa con monedas de dos euros que, de acuerdo a las palabras de Xavier, las incautarían para destinarlas a sufragar los servicios de aquella despótica esbirra.
Simplemente lo hacía por arañar algo de tiempo.