CAPÍTULO 66
A nte la última conclusión de Archer, Xavier inclinó ligeramente la cabeza y emitió una mueca de disconformidad. A pesar de que Sayers pudiera estar —y así lo era— detrás de la conspiración, su nombre no era la respuesta más precisa.
—¿Por qué pones esa cara? —preguntó Tan.
—Estás algo equivocado. Sayers no es quien está dirigiendo la orquesta.
—Si no es Sayers… —El rostro de Tan parecía un poema.
—El flamante taxista —sentenció Xavier.
—¿Taylor?
En el fondo, Archer deseaba no escuchar ese nombre de boca de Xavier.
Trataría de defenderlo encarecidamente, ya que el mentalista no vio en primera persona cómo se organizó en Londres la investigación contra los Hijos de las Sombras, y cómo le hizo entrega de un objeto —la tablilla de oro— con tanto valor histórico, económico y místico .
—No puede ser. Me niego a pensar que Taylor tenga algo que ver con esto —apuntó Tan.
—No es que tenga algo que ver. Él es quien lo ha orquestado todo —insistió Xavier.
—Pero, si él nos ayudó en todo en Londres. Incluso a ti te salvó la vida frente al Museo Británico, ¿verdad, cielo? —interpeló Sarah.
—¿Qué pensáis, que no estoy al corriente de todo? —Xavier elevó el tono enfurecido—: Cuando Taylor os salvó la vida sabía que las cámaras lo estaban vigilando, pero se la traía al pairo, ya que podía desconectarlas cuando le viniese en gana, porque él dirigía toda la organización.
Aquel relato confirmaba las cábalas que Tan se hubo conformado poco tiempo antes acerca del taxista. Xavier no tenía porqué saber de aquellos detalles tan concretos.
—Yo estaba en el hospital, al lado de Jackson, momentos antes de que falleciera —sus ojos decayeron—, y me relató todo lo que estaba pasando.
Su estado de salud había venido a menos a marchas forzadas sin ningún motivo de peso previo, y los médicos jamás nos entregaron las pruebas de ningún análisis —relató el mentalista.
—¿Qué insinúas? ¡¿Lo mataron?! —preguntó Tan espantado.
—Eso no lo sabré nunca con documentos, pero sí sé que allí se escondía algo.
Jackson me llamó porque no confiaba en nadie, y necesitaba de mi ayuda para saber qué tramaba la gente de su entorno.
Cuando se acercó el médico le consulté qué le estaba ocurriendo, pero no quiso contestar, sólo lanzó evasivas.
Yo sabía que escondía algo oscuro por su actitud.
Percibí de su mente que tenía ordenado callar, y lo que también sentí entre sus pensamientos fue que a Jackson le hicieron ingerir una sustancia que le produjo, primero, unos dolores abdominales insoportables y, seguidamente, fuertes mareos.
Pero el supuesto médico ya sabía que la vida de Jackson estaba a punto de terminar, y en su mente destacaba una palabra que no osaba a pronunciar… Etilenglicol.
—¿Etilengli qué? —preguntó Tan con cara de haber mordido un limón.
—Etilenglicol. Es una sustancia tóxica presente en el líquido anticongelante de los vehículos. Así de fácil de conseguir. Además, agradable al paladar, por si quieres probarlo… es tirando a dulce —explicó Xavier.
—No, gracias. Pero, eso debería haber salido en los resultados de análisis de sangre —apuntó Tan.
—Como te he dicho, aquel supuesto médico no quiso informar de nada hasta pasado el tiempo.
Mientras hablaba con él, Jackson había perdido el conocimiento, y antes de que saliese por la puerta de la habitación se escuchó el sonido de encefalograma plano.
Aquel individuo de bata blanca vino a asegurarse de que se iba a morir.
—Xavier se encogió de hombros y concluyó—: Y sí, sí robé una muestra de la sangre de Jackson, pero en ningún análisis que hice por mi cuenta aparecieron restos de Etilenglicol.
—Entonces no fue lo que lo mató.
—Esa sustancia no deja rastro en sangre, y cuando lo deja —se mordió el labio inferior— es muy difícil de hallar su presencia.
—Lo mismo que me hicieron a mí con la escopolamina… —Tan se echó la mano a la barbilla— Trataron de que no dejase rastro en mi sangre también, aunque tuve suerte de analizarlo a tiempo.
—Probablemente tu caso fuera una versión « light », porque les interesaría sacar información de ti .
—¿Recuperar la tablilla de oro? —confirmó Tan con cara de que no cuadrase algo.
—Tú mismo lo has dicho.
—Sí, pero Taylor fue quien me la entregó. ¿Cómo poner en duda su confianza después de un gesto como ese? No le veo la lógica.
—Porque necesitaba de tu ayuda. Sabía que le aportarías la información ganándose tu confianza —apostilló Xavier.
—Como tú, ¿verdad?
—Algo así —ironizó—. Mira, si no quieres confiar en mí no lo hagas, pero estás ante un monstruo que ya has visto en el teatro qué es capaz de hacer.
A Tan le vinieron en mente flashes de imágenes de Sarah a punto de lanzarse hacia un desenlace fatal, de no ser por la mano in extremis del mentalista.
Se quedó unos segundos absorto, con la mirada triste y perdida.
Reflexionó sobre la situación y reaccionó después de un chasquido de dedos que Xavier le profirió a dos centímetros de su nariz.
—¡Despierta! —exclamó Xavier.
—Sí, sí. Disculpa, estaba pensando… —excusó Tan.
—Bien. Me importa un comino lo que quieras pensar. No tenemos prácticamente tiempo ni posibilidades.
—Ya… ¿y qué hacemos? Necesitamos medios para saber qué paso dar.
—Cualquier cosa sin Taylor —insistió Xavier—. Esa rémora urdió de tal forma su plan que, cuando sabía que podía salir mal, fue el primero en traicionar hasta los suyos.
—Pero ¿cómo haría eso?
—¿Te acuerdas del ritual en lo alto de Saint Paul’s Cathedral, verdad? —Lanzó su mirada a Sarah que parecía lista— Seguro que Sarah sí .
—Como para no acordarnos, cielo —dijo ella mirando a Tan con gran preocupación en su rostro.
—Pues, a pesar de su compromiso con aquella secta, fue capaz de romperlo sin inmutarse. También de una forma envuelta de misticismo.
—¿Otro ritual? —preguntó Tan.
Aún no hubo concluido la explicación de Xavier cuando, inesperadamente, una ráfaga de perfume que resultaba familiar invadió la habitación, se hubo hecho paso a través de la puerta de entrada que seguía abierta. Cuando una voz insolente quebró la conversación.
—No hace falta que expliques más, mentalista. Ha llegado el momento de irnos —ordenó aquella voz.
—¿Cómo? —respondieron los tres a una.