X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

E l rostro de Tan era un poema cuando confesó, cariacontecido, ante la pantalla del móvil:

—Esto no me lo esperaba…

—¿Qué sucede? —preguntaron Sarah y Xavier al unísono.

—Me acaba de escribir Gallardo y me comenta que, entre las huellas dactilares del libro —levantó la mirada, perdida—, ha aparecido una que demuestra que no son únicamente de la monja…

—¿Las de la biblia? ¿De la monja? —preguntó el mentalista.

—Sí.

—Ya sabía yo que no era de fiar aquella meticona —gruñó Xavier—. Pero ¿de quién más no nos podemos fiar? ¿Del cura?

Archer iba a anunciar algo que iba a dar una respuesta de gran envergadura en aquella habitación. De una manera u otra, se iba a dar a conocer algo de vital importancia .

—Antón me informa que la otra huella corresponde al cadáver que cayó desde el matacán. Había unas huellas casi difuminadas que se corresponden con las del fallecido.

—Porque serían anteriores a las de la monja —afirmó Xavier.

—Así es, en algunos casos las de la monja se superponen a las de la víctima. ¿No sabrás algo al respecto? —Tan le dedicó una mirada con dureza a Xavier.

—Por eso lo mataron.

—¿Por eso? ¡¿Qué es «eso»?! —interrogó Tan enfadado.

Según dio a entender Xavier con su «por eso lo mataron», de nuevo demostraba que sabía algo más que hasta el momento hubo mantenido encerrado a cal y canto, otra píldora que, por la cara que puso a la reacción de Tan, se le habría podido escapar por falta de prudencia.

Xavier se puso algo nervioso en aquel instante y, extrañamente, titubeó al verse sin salida:

—Era un mensajero.

—¿Iba a entregar la clave? —preguntó Tan.

—Algo así. Iba a entregarte la biblia, sin revelar la clave, para que tú la descubrieras.

—¿A mí? Para que… ¿yo la descubriera? ¡¿Y me lo dices ahora?! —reprochó Archer.

—Cuando ya no queda mucho más tiempo. No imaginaba que se desencadenaría todo tan rápido.

—No sé qué pensar… Me dejas atónito, Xavier. No sé si confiar en ti. Seguro que querías hacerte tú con el dominio antes de que el libro se me entregase —lo señaló con el dedo—, y se te avanzó la monja.

—Te lo tomas todo a la tremenda… —ironizó—. No te niego que intentara interceptar el libro, pero para dar solución a todo esto sin ponerte en peligro .

—¿A mí? ¿En peligro? Pero tú… ¿tú de qué me conoces?

Archer no había olvidado, ni mucho menos, que Xavier lo vino persiguiendo hasta el cajero automático, donde lo abordó sin pudor, y con las últimas palabras que el mentalista le hubo espetado entendió definitivamente que no fue un encuentro casual el del cajero automático, sino que lo hubo seguido hasta interpelarlo.

—Digamos que soy amigo de un conocido tuyo… Bueno, mejor dicho, éramos amigos —adelantó Xavier.

—¿Taylor? Porque estoy seguro de que él podría ser quien mandase el mensajero. Es algo muy de él. —Sacó el teléfono de la chaqueta— Necesito hablar con él para que me aclare todo, pero ya.

A Xavier no le pareció una buena idea aquel gesto de Tan, le agarró del brazo con el que sostenía el teléfono para impedirle efectuar la llamada.

De nuevo, los ojos del mentalista sobresalían de su órbita cuando Tan aireó aquella sospecha al respecto de una supuesta amistad del mentalista con Taylor.

—¿Hablas del taxista? ¡¿Taylor el taxista?! —preguntó Xavier nervioso.

—Sí, ¿no es tu conocido?

—Conocerlo… Lo conozco, claro.

—Pues ya está todo dicho. ¡Suéltame el brazo!

Voy a llamarle. —Tan miró fijamente a Xavier y le dijo con extrema seriedad—: En estos momentos necesito la ayuda de Taylor para indagar sobre la clave.

Pero me da la sensación de que me está queriendo mantener apartado de todo esto.

Estoy convencido de que habrá querido que no me pusiera en peligro .

—Deja de divagar de una puta vez y escucha. —Le apretó el brazo casi perdiendo los nervios y confesó—: A mí no me manda Taylor ni, hoy por hoy, tengo amistad con él.

—Y, entonces, ¿a quién te refieres? —preguntó el periodista.

— Con quien tenía amistad de verdad era con tu jefe.

—¿Con… con el señor… Jackson? —balbuceó Tan.

—Efectivamente.

Xavier acababa de dar en el clavo. Su confesión se incrustó en el alma de Tan, de tal forma que sus palabras lo arrojaron con violencia a un estado de conmoción. De repente un escalofrío hizo que todo su cuerpo se sacudiera.

—¿Cierro la puerta? Parece que te haya entrado algo de frío —sugirió Xavier al verle temblar.

—No, no hace falta. Déjala así. Ha sido sólo un escalofrío.

—Tan, Jackson era un buen hombre, aunque un tanto complicado, eso sí. Le gustaba que todo estuviera bajo control, pero, por suerte, conmigo mantenía un trato distinto. Solíamos vernos de vez en cuando y le encantaba sorprender a clientes con algunos números que yo les hacía.

—¿Les hacías mentalismo?

—Así es. Era una buena manera de romper el hielo con ellos en torno a una buena cena. Le ayudaba a hacerles bajar la guardia en las negociaciones para cerrar buenos contratos de publicidad para el FDP.

—Pero ¿él sabía de toda esta conspiración? —preguntó Tan.

—Digamos que era conocedor, mejor dicho, muy conocedor.

Jackson guardaba muchos secretos. —Frunció el ceño— Durante una cena le desvelé el estudio neurocientífico del que estaba participando y, al poco tiempo, me llamó para informarme que, como no se fiaba un pelo, había estado indagando al respecto.

Sabía que había un plan de lanzamiento de satélites, y que se querían poner en práctica, a largo plazo, los resultados que se pretendían obtener en el laboratorio, algo que le pareció siniestro.

Sabía que él no podía disponer del control de todo aquel contingente porque ni siquiera se trataba de una empresa suya.

Por eso, cuando iniciaron los primeros pasos, por orden de Jackson contacté con el administrador de la seguridad del sistema.

Le hice entender que aquello ocultaba un plan perverso, por lo que pusiera la clave de administración a salvo, por si alguien o algo se avanzara a apoderarse también de ello.

—¿Y qué sucedió con él?

—Jackson le dio tu nombre. Le ordenó que te buscase cuando descubriera que los acontecimientos fueran a precipitarse hacia una dirección «equivocada». Obviamente, no podía tener la clave escrita, así como así, para evitar que alguien pudiera interceptarla —explicó Xavier.

—¿De ahí la biblia?

—Puede ser, aunque no entiendo el porqué ni el cómo podría estar integrada en el libro. Debe ser algún código encriptado. Pero, lo que sí es cierto, es que la persona que cayó muerta en la catedral era… —se encogió de hombros— el administrador del sistema.

—Entonces es cierto que ¡venía a entregarme la clave! —exclamó Tan atónito.

—Así es, aunque Jackson sabía que, como era de esperar, correría peligro con aquella información a punto de entregar, en el momento que alguien se enterase de su misión…

Y ya sabes el resultado. Su suerte no fue para nada la deseada, aunque, por desgracia, sí la esperada.

—Suspiró y prosiguió—: Y, precisamente, el peligro venía de la mano de otro conocido tuyo…

—¿Peligro? Sin duda, Sayers. Acababa de salir de prisión. De cajón —avanzó Tan.