CAPÍTULO 64
—Y, volviendo a la actualidad… ¿ahora qué? —preguntó Tan con cierta congoja.
—¿De qué compañía era tu móvil, Sarah? —dijo Xavier.
—¿Mi móvil? Creo que se llama… Sayetel.
—Lo imaginaba —avanzó el mentalista con aparente seriedad.
—Ya sé que no la conoce casi nadie, pero me salía una tarifa muy asequible para estos días en España —respondió ella—. Era una oferta de lanzamiento al ser nueva, y creo que valía la pena.
—Nueva, eh… —Suspiró— Esa compañía es con la que se está ejecutando el plan. En breve controlarán a todo el mundo si consiguen la clave que da acceso al mando absoluto de las redes de comunicación que se han lanzado.
—¿Los satélites? —preguntó Tan.
—Sí.
—Si es Sayers quien está de por medio…, ya son propiedad de ellos.
—Una cosa es la propiedad, y otra la posesión, la disposición, el uso y el control —apuntó Xavier.
—¿A qué te refieres? —preguntó Tan.
—Existe una clave que da acceso a todo, y está en manos de un administrador que vela por la seguridad e injerencia.
Es un cortafuegos que garantiza a las compañías que contratan los servicios de conexión que nada ni nadie ejercerá influencia alguna sobre su uso, como en cualquier red —explicó el mentalista.
—Entonces, ¿esa clave no está en manos de la propiedad? —preguntó Tan.
—No. Pero la están «buscando» —remarcó.
—¿Y en manos de quién está?
—En manos de Sarah —reveló Xavier.
—Que… ¡¿yo la tengo en mis manos?!
—Bueno, más en concreto… en tu bolso.
Xavier acababa de hacer retumbar las baldosas sobre las que andaban con aquella afirmación. Cuánto misterio en torno a aquel libro en concreto, y no por ser la Biblia, sino por los agregados que escondía.
Sus palabras venían a certificar el porqué osó sustraerla de la habitación del hotel, ya que, de ser cierto, sería para haberla mantenido protegida, o quizás no, a lo mejor se pudo haber visto entre las cuerdas cuando apareció tirada en el suelo, y mejor adelantarse a los hechos antes de que lo descubriesen en su artimaña.
Tal vez buscaba la mejor manera de embaucar a Tan para aprovecharse de toda información que iba consiguiendo, podía estar entregándole detalles a píldoras para dominar toda información y, así, empujar su inquietud periodística y sus contactos para alcanzar su propósito.
¿Querría descubrir la clave para apoderarse del sistema de comunicaciones?
¿Querría ser él quien dominase la que se suponía que era un arma tan plenipotenciaria?
Uno no podía confiarse y mostrarse a pecho descubierto frente a un personaje de tal polaridad, sería una temeridad, y Tan todavía mantenía cierto recelo respecto a él, a pesar de la relativa seguridad que le transfería el imán que todavía colgaba de su cuello, le hacía sentirse protegido ante su presencia.
—Y bien. ¿Habéis descubierto algo en el libro? —preguntó Xavier con su mirada clavada en Tan.
—Eh… Nada importante —respondió Archer.
—¿Nada importante? —expresó Sarah.
En aquel instante Xavier lanzó su mirada hacia los ojos de la joven. Aquellos ojos vivos del mentalista sobresalieron de sus cuencas, con mayor violencia de lo habitual, tras aquel comentario incauto que ponía en tela de juicio la respuesta de Tan.
—Sólo unas huellas dactilares que están bajo análisis —se avanzó Tan a responder—. Y nada más —concluyó con una sonrisa.
Archer se interpuso sutilmente entre Xavier y Sarah, le dio un sutil arrumaco, una aparente muestra de cariño que, aunque sí lo sentía hacia ella, iba dirigida evitar que éste allanase sus pensamientos con hostilidad y sin piedad, a fin de registrar cada detalle de los que ella era conocedora.
De nuevo aquella mirada del mentalista volvió a achinarse mientras sus ojos seguían apuntalados sobre los de Sarah.
Era la misma expresión que le dedicó a Tan después de colgarse el imán del cuello.
Si ese objeto funcionaba de verdad, el movimiento de Tan habría podido crear un campo magnético que distorsionase las ondas cerebrales de ella también, quien entendió el gesto impetuoso de Archer que, por su interpretación, se intuía imploraba prudencia.
—No la mires así. Parece que tengas celos de que la abrace —bromeó Tan.
—¿Celos yo? Te falta estilo para que me fije en ti —respondió Xavier.
—Si quieres te lo dejo un momento, que necesito ir al baño —apuntó Sarah a Xavier con simpatía.
—No hace falta. Te acompaño —apuntó el periodista—, yo también necesito evacuar aguas. De paso me pondré algo diferente, a ver si es de tu agrado. Pero antes necesito consultar una cosa.
Archer se apartó un momento y fue hacia la recepción, donde de nuevo se puso a cuchichear algo con el joven que atendía allí, fueron apenas unos segundos los que necesitó hasta volver con Sarah y Xavier.
Los tres subieron hasta la planta en la que se hospedaban, era la misma para todos ellos, sus habitaciones estaban separadas por unos escasos metros de distancia. El trío había quedado para cenar, así que antes aprovecharían para retirarse unos minutos y cambiarse.
Una vez Tan y Sarah tuvieron algo de intimidad en la habitación, el periodista le quiso hacer entender algo un tanto complicado a su pareja .
—¿Te acuerdas de cuando me preguntaste sobre el colgante? —susurró Tan.
—Sí. Me dijiste que era una especie de protección —respondió ella.
—Exacto. Protección frente a Xavier. —Metió la mano en el bolsillo de otra chaqueta que guardaba en la habitación y sacó el otro imán que compró— Necesito que te pongas esto.
—Pero ¿qué es lo que hace?
—Se supone que distorsiona las ondas de los pensamientos, por lo que imposibilitaría a Xavier saber qué hay en tu mente. Creo que funciona, ya que desde que lo llevo puesto tengo la sensación de que no me puede leer la mente.
—Ah, claro. Y no quieres que sepa lo del cuadro que esconde el libro. Por eso me has abrazado y te has avanzado a contestar, ¿verdad? —discurrió Sarah.
—Así es. —Enhebró el cable por el agujero del imán y se lo colgó a Sarah del cuello.
—Queda un poco cutre, pero si es efectivo… por ti me lo pongo —bromeó mientras se miraba, coqueta, en el espejo.
Era una forma de mantener algunas cartas todavía boca abajo y ganar algo de tiempo para saber cuál era la intención real de Xavier, quien no tardaría demasiado en llamar a la puerta de la habitación.
Y, así fue, apenas tardaron unos segundos en oír cómo llamaba a la puerta con tres golpes insistentes.
Abrieron y le invitaron a pasar, Sarah todavía necesitaba un par de minutos más para estar lista; no se decidía por qué vestido ponerse para la cena, duda que aportaba el suficiente tiempo para seguir hablando allí sobre lo que estaba desencadenándose, y para asimismo… recibir un mensaje inesperado.