CAPÍTULO 63
L os tres ya iban dirección al hotel, la calle estaba plagada de policías, y los coches patrulla deslumbraban el entorno con sus balizas encendidas, cuya luz palpitaba azul por toda la vía. Los rostros de los transeúntes se transformaban en avatares de James Cameron a su paso por la zona.
Xavier empezaba a dejarse las cuerdas vocales en aquella conversación, debido al enrabietado sonido de las sirenas de las ambulancias que desfilaban calle abajo:
—¡Hasta hace poco tiempo, formé parte de un experimento científico! ¡Un experimento tras el que hay muchos intereses en juego, y cuya epifanía acaba de comenzar!
—¿Tiene que ver con lo del teléfono? —preguntó Tan desconcertado.
—Deja que te cuente —Dijo en un volumen más normal al haberse alejado un poco más de toda aquella estridencia, escaneó los ojos de ambos y prosiguió—: En aquel experimento trabajábamos mentalistas, hipnotistas, psicólogos, neurocientíficos e incluso gente relacionada con grupos fundamentalistas cristianos.
Trataban de entender el funcionamiento del cerebro humano y, un día, me di cuenta de que lo que querían hacer no era simplemente ser competencia de Neuralink o la china Neuromatrix, sino ir un paso más allá.
Mientras la empresa de Elon Musk, mediante la inserción de un chip en el cráneo, dice que tratan de enlazar el cerebro humano a modo de interfaz cerebro-ordenador para poder llegar a manejar un Smartphone con la mente, en nuestro proyecto pretendían que esto se invirtiera.
—Que ¿el ordenador manejase la mente? —preguntó Sarah.
—Exactamente. Y, por tanto, el cuerpo y la voluntad humana.
—Pero… eso es siniestro —titubeó Tan.
—Absolutamente. Por eso salí del experimento en cuanto supe de sus intenciones reales. No quería que se usaran mis habilidades y mi conocimiento para esa atrocidad. —Tragó saliva— Pero ya era demasiado tarde.
—¿Neuromatrix también lo conseguiría?
—En Neuromatrix más bien persiguen el mismo objetivo que Neuralink, pero han desarrollado un chip de un tamaño bastante más reducido respecto del de Musk.
Aunque todo ello es un juego de niños en comparación del proyecto que podríamos considerar como competencia real del que yo colaboraba.
No sé si lo conocerás, pero el Pentágono está desarrollando también un experimento mucho más terrible llamado BrainSTORMS.
—¿BrainSTORMS?
—Sí, financiado por DARPA. Algo mucho más acercado a lo que yo vi con mis propios ojos.
Se trata de la inyección de tantas nanopartículas como las 80.
000 millones de neuronas del cerebro humano, para que aquéllas se adhieran a estas últimas a modo de nexo electromagnético.
Con esas nanopartículas, que son dos mil veces más finas que un cabello, y que pueden emitir y recibir frecuencias magnéticas, se conseguiría el control teledirigido del sistema neuronal, convirtiendo a seres humanos en verdaderos ciborgs teledirigidos.
Imagínate, un ejército de soldados, cuyos cerebros humanos estarían controlados y monitoreados desde un ordenador.
—Como el que maneja un dron —añadió sorprendido.
—Así de sencillo… Pero nosotros todavía íbamos un paso más allá —remarcó Xavier—.
¿Para qué inyectar ninguna dosis de nanopartículas electromagnéticas, persona a persona, si podemos invadir mucho más fácilmente los cerebros a través de los teléfonos móviles?
Los móviles generan un campo lo suficientemente amplio como para acceder al cerebro.
Con una «inocente» aceptación de un típico permiso en la descarga de una aplicación, o en la visita a una página web, se obtendrían rápidamente millones de beneplácitos de usuarios para ser dueños del campo electromagnético que generan sus dispositivos, y así controlar y monitorear mentalmente a sus usuarios.
—Eso es terrorífico. ¿Y cuánto tiempo llevan desarrollando el experimento en el que tú trabajabas?
—Uf. Es difícil concretar, ya que llevan investigando el control de la mente desde los años 60.
—Pero ¿qué podían hacer en esos años? La tecnología era muy limitada.
—Trabajaban el tú a tú —ironizó—. Solían manipular directamente el cerebro de las personas a través de programación neurolingüística, inducción, mensajes subliminales, repetición y odio… Mucho odio. Digamos que se aprovechaban de mentes débiles y maleables para hacer de ellas auténticos títeres.
—Aún serán los culpables del asesinato de John Lennon —ironizó Tan.
—Absolutamente —sentenció el mentalista.
Al periodista se le agarrotaron todos los músculos de la cara con su afirmación, lo que se suponía que era una mera expresión jocosa abría una nueva puerta en la historia.
—Estarás de broma —espetó Tan.
—Para nada. Mark David Chapman confesó públicamente, y con literalidad, que el asesinato «fue algo impulsivo, como una misión especial de la que no podía librarme» —puntualizó el mentalista—. Y concluyó que «era muy consciente de lo que había hecho, pero que no sabía por qué».
Se hizo un silencio perturbador durante unos segundos ante aquella explosión informativa. Sarah y Tan quedaron sin hálito.
—Acaso, Tan, ¿crees que una persona asesina premeditadamente a alguien sin saber por qué? —preguntó el mentalista.
—Por supuesto que no, pero no deja de ser impactante.
—Chapman fue un títere que se prestó a la causa de lo que se suponía eran unos fundamentalistas cristianos que, con la excusa de la herejía de Lennon, que culminó con su afirmación de que los Beatles ya eran «más populares que Jesús», hicieron estallar todo un movimiento dirigido a su exterminación.
Incluso les hicieron creer que era el hijo del mismísimo diablo, ya que los números de la fecha de su nacimiento, 9 de octubre de 1940, sumaban 6.
9+1+0+1+9+4+0= 24
2+4= 6
—Un argumento convincente para matar a alguien —añadió Tan con sarcasmo.
—Para alguien que acabó desquiciado, sí.
Y, como en mentalismo sabemos que «contra convicción no cabe inducción», lo que hicieron fue sembrar aquella semilla del odio en Chapman para evitar que existiera convicción contraria al asesinato de John Lennon, porque así, en el fondo, sí tendría algún rencor contra él de una u otra forma —relató Xavier.
—Mediante un prejuicio, claro.
—Una gran forma de odiar a alguien sin saber por qué —dijo el mentalista con su característica sorna.
—La verdad… es un patrón que se repite en el terrorismo. Grupos dominan la educación o la religión, o ambas, y así moldean lo que acaban en muchas ocasiones siendo terroristas —sentenció Tan.
—Pero bueno, como los que dominaban aquel grupo sabían que la mejor manera de acceder en aquellos años a un gran número de personas era a través de la religión, ya que vivían un contexto en el que se practicaba con mayor ímpetu, aprovecharon la coyuntura para confirmar la efectividad de su propósito, de forma simple y mediática… matando al cantante —relató Xavier.
—Sabrían bien que no era la muerte de un cantante cualquiera, así porque sí, Xavier.
—Efectivamente, Tan. Cada una de las acciones de este grupo estaba cargada de un fuerte simbolismo.
Y la canción Imagine se ve que no les convenía.
Predicaba muy abiertamente un mundo utópico en el que todos serían iguales y sin causas que justificasen conflictos.
De hecho, antes de que se lanzase al mercado como sencillo, ya fue disco de oro al ser la canción más aclamada del álbum.
Un número uno en todo el mundo demasiado transgresor para sus planes .
—Pero entonces, ¿qué se supone que eran si no se trataba de fundamentalistas? —preguntó Tan.
—Era un grupo de «iluminados» que decían provenir de la línea de un dios sumerio.
Y, claro, sabían que la cultura sumeria no tenía seguidores en Estados Unidos y, por tanto, la mejor manera de crear una poderosa comunidad elitista era que unos pocos influyeran sobre una masa polarizando la sociedad a través de algo que, efectivamente, movía emociones…
—La religión —añadió Archer cariacontecido.
—Ni más ni menos. Pero una religión que no era la suya, simplemente un disfraz. Así no sentirían que estarían prostituyendo sus creencias… sino las de otros. Y, claro, ¡menudo problema para ellos! —ironizó el mentalista.
—Y en cuanto al dios sumerio… ¿no sería Nergal? —titubeó el periodista debido al recuerdo de todo lo sucedido en Londres.
—(Carraspeó) Mmm… Sí.
—¡Los Hijos de las Sombras! —exclamó Tan.
En efecto, el mentalista le confirmó que se trataba de aquella organización, aunque no se sabía si la historia que Xavier estaba contando era del todo cierta o no, si era parte de su imaginario, o en realidad estaba contando algo que jamás hubo salido a la luz pero, aun así, ponía a Tan en máxima alerta, sus nervios ardían al tener ante sí una posibilidad de estar frente a un grupo de indeseables que podría haber estado ejecutando sus pérfidos planes desde décadas y décadas atrás, sin que nadie hubiese recelado ni la más mínima conjetura sobre ello, eso sí, hasta la intervención de Archer en la capital británica.
—Al igual que en Londres, casi se hacen con el control de toda la libertad de expresión cuando casi fulminaron el FDP y aprobaron su Agencia de Control de Contenidos.
En aquellos años, una forma de atacar la libertad habría sido, supongo, matar a una persona que se había convertido en el icono de la libertad y cuyas palabras eran escuchadas por todo el mundo —puntualizó Tan.
—Nada mejor que la música para hacer llegar un mensaje.
—Se tocó la sien con el dedo índice de la mano derecha— Y, como te contaba, durante el experimento consiguieron que tuviera sentimientos de suicidio y de fracaso.
De hecho, llegó a intentar quitarse la vida aunque, debido a la chapuza que hizo con el tubo de escape, la manguera que encajó para asfixiarse con el monóxido de carbono del vehículo se derritió.
—Soy de los que piensa que el que quiere suicidarse lo hace y punto, no se va con medias tintas —afirmó Tan.
—Así es, se mata y punto, salvo casos excepcionales que se salvan in extremis .
Pero a él le indujeron a base de programación mental el sentimiento de suicidarse haciéndolo sentir un fracasado, una persona incompleta, aunque no quería, de ahí que no persistiera lo suficiente en quitarse la vida y buscase completar aquel vacío de éxito yendo a por Lennon, para agradar a su grupo de tarados.
—Miró hacia arriba y completó—: Así consiguieron, por supuesto, que se obsesionara con el cantante de los Beatles, tanto que escuchaba su música a diario —explicó Xavier.
—Y tanto, hasta el punto de matarlo.
—Sí. Se convirtió en un auténtico conejito de Indias psicópata. Le llegaron a hacer creer que estaba poseído por Holden Caulfield, que era el protagonista de la novela El guardián entre el centeno .
—¡¿Qué me dices?! —exclamó Sarah después de un buen rato escuchando aquel relato con atención .
—Sí, bonita. Pero, eso no fue más que una maniobra de distracción, ya que, para evitar levantar sospechas, se usó el mismo patrón con esa misma novela como elemento en común en otros dos asesinatos, bueno, uno en tentativa y el otro consumado.
—¿Por la obsesión con la novela? —preguntó ella.
—Sí, era lo mejor, ¡echarle la culpa a un libro que volvía a la gente psicópata!
—dijo Xavier con ímpetu—, en lugar de a un experimento secreto.
—Su rostro dibujó una sonrisa maléfica— El primero de los tres fue Mark Chapman con Lennon en 1980; el segundo, John Hinckley que, a pesar de alcanzar con un disparo al presidente Ronald Reagan, no lo mató; y el tercero en 1989, un tal Robert John Bardó asesinó a la actriz Rebecca Lucile Shaeffer.
—Vamos, que los convirtieron en patrones de asesinos con trastornos obsesivos para evitar que se descubriera que estaban siendo manipulados —afinó Tan.
—Maniobra de distracción —precisó Xavier—. En definitiva, que Chapman asesinó a Lennon el 8 de diciembre de 1980.
—Entonces, si el nacimiento de Lennon suma «6»… ¿cuánto suma la fecha de su muerte? —retoricó el periodista y procedió a calcular.
8+1+2+1+9+8+0= 29
2+9= 11