CAPÍTULO 62
C uando Sarah se encontraba algo más calmada, bajaron los tres a comprobar el estado en cómo había quedado el cuerpo que yacía sobre la moqueta del patio de butacas.
Sentían la curiosidad por identificarlo.
Durante el trayecto, Xavier decidió revelar el secreto que había estado guardando con tanto recelo.
—Mira, Tan. Necesito que te pongas en contacto con Victoria y Gallardo de inmediato —exigió Xavier.
—Pero ¿de qué va todo esto? —insistió Tan.
—No es fácil de explicar. Corren muchas vidas en riesgo y, sobre todo, la libertad tal y como la conocemos.
—¿No tendrá que ver algo con George C. Sayers?
—Algo… —afirmó el mentalista.
El ambiente cada vez estaba más enrarecido.
De una parte, Xavier había ayudado a salvar a Sarah pero, de otra, acababa de avanzar algo que a Tan le causaba un terrorífico estupor, el nombre de aquel siniestro personaje se acercaba cada vez más a él, aunque lo hacía de una forma absolutamente invisible como éter envenenado.
—Esto que voy a hacer ahora tenemos que evitar repetirlo. —Xavier sacó el teléfono.
—¿A qué te refieres? —preguntó Tan.
—A usar el móvil… —Frunció el ceño— Ya has visto lo que ha sucedido.
Obviamente, Xavier insinuó que el suicidio y el intento de suicidio de Sarah estaban directamente relacionados con las llamadas de teléfono recibidas, pero ¿a qué sería debido?
El mentalista encendió su dispositivo y buscó en internet las últimas noticias, por lo visto, lo que acababan de presenciar Xavier y Tan, no era un hecho aislado, sino que había sucedido en varios lugares del mundo al mismo tiempo.
Los digitales informaban de una aterradora oleada de suicidios espontáneos repartidos en distintos puntos de la capital, de España, de Europa…
y del mundo. Lo único a lo que las noticias no aducían era al elemento que Xavier había indicado: el teléfono.
Habrían pasado por alto aquel detalle, ya que lo trataron como un posible acuerdo derivado de alguna creencia inducida por cualquier secta New Age .
En ese instante Tan se puso manos a la obra y contactó con sus compañeros Antón y Victoria, para trasladarles esa orden, además añadió que, para cualquier comunicación, se pusieran en contacto vía correo electrónico desde un dispositivo conectado por cable; ésta era la última indicación que Xavier le hubo detallado.
Todos ellos, incluidos los contactos de Tan en Londres, desconectaron las antenas de sus dispositivos, volvían a tiempos pretéritos.
—Y ¿ahora qué? —preguntó Tan.
—Ahora toca que sepas algo —respondió Xavier .
Ya prácticamente estaban donde el cimbrado cadáver.
Aguardaba boca abajo y con el fémur de la pierna derecha también visiblemente partido en dos.
La policía aún no había llegado. Y, antes de que Xavier resolviera el misterio que tenía pendiente de anunciar, un detalle les llamó la atención en aquel cuerpo inerte: al lado del cuerpo apareció un libro tirado en el suelo.
—Pero ¡si es la biblia que había desaparecido de la habitación! —exclamó Tan.
—Si al menos fuera sólo de tu habitación… —comentó Xavier.
—¿Al menos?
—Sí. Fue fácil para este mentalista convencer al servicio del hotel.
—Se encogió de hombros y explicó—: No sé si te habrás dado cuenta, pero estamos hospedados en el mismo hotel y, cuando me dirigía a mi habitación esta mañana, tropecé con tu encantadora novia, qué lástima que tú no seas como ella —ironizó—.
Le leí la mente al instante y supe que en la habitación guardabais algo importante y, por supuesto, fue fácil reconocer el libro entre sus pensamientos.
—¡¿Tú lo robaste?!
—Calla y agárralo. La policía ya está entrando.
Archer se abalanzó sobre el libro y se lo entregó a Sarah para que lo custodiase. Casi de milagro encajó en el bolso que llevaba, las dimensiones de éste eran algo reducidas.
Mientras la policía entraba para precintar la zona y formular unas cuantas preguntas a Tan, Xavier y Sarah, entre otros allí deambulando, el mentalista tuvo tiempo de confesar motu proprio que había dejado la biblia bajo custodia a un trabajador del local; no se fiaba de descuidarla en el camerino y, a tenor de los acontecimientos, su custodio había sufrido un espantoso final…
La persona que yacía muerta en el suelo era el depositario del libro.
—¿Han ido expresamente a por él? —preguntó Sarah.
—Lo dudo. Habrá corrido mala suerte, y punto. Como otros tantos, según la prensa. —Xavier se encogió de hombros y concluyó—: O, al menos, eso prefiero creer.
—Y ¿qué le decimos a la policía? ¿Que una llamada de teléfono lo ha empujado a matarse?
—Mejor reservarse detalles y decir lo único que hemos visto, que se ha arrojado desde el palco, y ya. —Levantó el dedo— Y de lo de Sarah… ni mu —ordenó el mentalista ante el asentimiento de los dos.
Seis agentes uniformados se acercaron hasta el cuerpo y los testigos. Se dividieron en parejas para analizar cada uno de los rincones del lugar, asegurar el aislamiento del cadáver y recoger toda información de los que hubieron presenciado el suceso.
Sarah, Xavier y Tan tenían clara la premisa.
Cumplieron prudentemente las indicaciones para evitar tener que dar explicaciones —más allá de lo evidente— que les pudieran «robar» más tiempo.
Preferían ir un paso por delante en la investigación, no obstante, sabían que se les podría acusar por un delito de encubrimiento y, en efecto, corrían un riesgo, ya que el sujeto que ocultase información se presumiría que habría ayudado, en caso de delito probado, al autor de los hechos aun no habiendo participado de éstos.
Pero, en fin, el conocimiento del «detalle» de la llamada de teléfono era algo difícilmente probable, sobre todo por la distancia que les separaba antes de que el individuo fallecido hubiera dado el fatídico salto al vacío.
Los policías abordaron a los tres de forma individual para contrastar sus testimonios, aunque poco tiempo tardaron en liberarse de aquel proceso.
No había más complicación que explicar cómo un cuerpo se hubo precipitado, así que, cuando Tan se dirigió a la salida, allí aguardaban Xavier y Sarah, que apenas llevarían un par de minutos esperando.
—¿Nos vamos? —propuso Tan.
—Si tienes miedo, podemos dormir los tres juntos, a mi no me importa, aunque me pido en medio —bromeó Xavier—. Ah, que sepas que no aguanto que tengas los pies fríos.
Todo aquel tono que a Tan le parecía algo insolente, especialmente después del drama que acababan de presenciar, a Sarah le causó simpatía.
Mientras Archer miraba de reojo a cada comentario, a ella le arrancaba una sonrisa, para hacerle olvidar que estuvo a punto de caer desde la tercera altura del teatro minutos atrás.
Xavier supo, de forma jocosa, cómo cambiar de tercio en aquella situación extrema, para no sentirse con un permanente sabor amargo.
Y Tan, que se percató del giró emocional en Sarah, no tuvo más que respirar profundamente y seguir sus pasos.
—Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí. El secreto —avanzó Xavier.
—¿Hay más? Pensaba que te referías a que tú te llevaste el libro —apuntó Tan.
—Bah, eso no es nada. Lo que os voy a contar es algo más… impactante.