X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

A ntes de que les llegase el momento de levantarse a Sarah y Tan, ésta recibió una llamada de teléfono.

Sin mediar palabra, y con cara de perplejidad, descolgó y se lo llevó al oído.

La única palabra que articuló fue un solitario «¿sí?

» antes de que su mirada quedase petrificada, como si se hubiera convertido en un robot.

Se levantó sin dirigir señal alguna a Tan, le soltó la mano y desapareció entre el público que marchaba hacia la salida.

Archer se quedó confuso, pensó: «habrá surgido alguna emergencia».

Lo único que el periodista sabía era que la llamada provenía de un número oculto, ya que cuando lo fue a descolgar lo vio de reojo en la pantalla.

Aquello le acababa de provocar un gran desconcierto.

¿Y si el mentalista tuviera algo que ver en su huida?

Ya sabía que habían asistido al espectáculo, y ella adquirió las entradas con su teléfono.

¿Lo habría conseguido de alguna manera? Pero, lo más inquietante, ¿por qué habría desaparecido sin mediar palabra ?

Archer se encontraba cada vez más solitario en medio del patio de butacas, miraba de un lado a otro sin distinguirla entre las últimas personas que quedaban allí dentro, y en ese rato no habían tenido discusión alguna como la del museo.

Eso sí, contra todo pronóstico, el único que sí apareció bajando del escenario fue Xavier, se acercaba altivo hacia Tan.

—Qué ¿Te han dejado solo? —ironizó Xavier.

—¿No habrás tenido tú algo que ver? —preguntó Tan con cara de no demasiados amigos.

—¿Yo? ¿Robarte una novia a escondidas? Me gusta que me vean —bromeó.

Archer seguía inquieto, no paraba de mover la punta de su pie derecho y girar la cabeza de un lado a otro ante la presencia del mentalista.

—Tranquilo, le habrán entrado ganas de ir al baño —dijo el mentalista.

—No sé, ha sido extraño. Un número oculto la ha llamado, y ha salido sin decir nada.

La cara de Xavier cambió de repente. Arqueó las cejas y, fuera de lo esperado, no supo qué contestar.

Cuando ya no quedaba casi nadie en el teatro, y con el murmullo de la gente disipado, en el palco más alto, el de la tercera planta, se oyó sonar un teléfono móvil.

Xavier y Tan elevaron sus miradas hacia la ubicación de donde provenía aquel tono de móvil y, de allí, escucharon la voz de un hombre contestar a lo lejos la llamada con un «¿diga?

». Al igual que Sarah, no dijo nada más después de aquella palabra, pero entonces sucedió algo inesperado, aquel individuo se acercó a la baranda del palco con el teléfono en el oído, y sobre las cabezas levantadas del mentalista y el periodista mirando hacia su posición, salvó aquella barrera de protección y se lanzó de cabeza al vacío .

Xavier y Tan quedaron atónitos ante la materialización de aquel suicidio.

El suelo rojo acababa de ser impregnado por el estallido de sangre que se derramó del cráneo despedazado de aquel desconocido.

A Tan le empezaron a temblar las manos, no tanto a Xavier, quien empujó a aquél de un grito a ir a buscar hacia el último palco a Sarah.

—¡Corre! ¡¡Hay que encontrarla ya!! —gritó Xavier con vehemencia.

—¿Có… cómo? —titubeó Tan, todavía impactado.

—¡Para arriba ya!

Al instante salieron disparados como alma que lleva el diablo hacia las escaleras que accedían a los palcos. Por suerte, el mentalista se conocía el interior del local a la perfección, ya que hubo dado una vuelta de reconocimiento antes del espectáculo, lo cual les facilitó el trabajo.

Iban saltando los peldaños de las escaleras de tres en tres hasta que, tras una puerta semiabierta, sucedía aquel último balcón del que se lanzó la persona que todavía yacía cadáver sobre la moqueta.

Nada más aparecieron ante la puerta, Xavier, que iba delante, la acabó de abrir bruscamente para poder ambos atravesarla y, en un extremo de la estancia, vieron a Sarah dirección hacia la baranda, la misma de la que acababa de saltar el extraño.

Sarah todavía tenía el teléfono móvil en el oído, continuaba sin mediar palabra, su mirada seguía inmóvil pero de frente, y, emulando el gesto del suicida, salvó la baranda con una pierna, su cuerpo asomaba ya prácticamente entero hacia el vacío, Tan corría a por ella aunque, justo cuando iba a saltar para agarrarla, el periodista tropezó con una butaca y cayó al suelo.

En aquel momento la vida de Sarah ya estaba vendida, su cuerpo se inclinaba inexorablemente hacia abajo mientras Tan gritaba desesperado: «¡No!

». En su mente se reproducía ya el peor de los escenarios, una captura desgarradora acababa de fotografiarse en su imaginario.

Ya veía a Sarah con el mismo final que el hombre que acababa de saltar antes de ella, con los huesos destrozados por el impacto y sin vida, entre litros de su propia sangre.

Empero la impotencia que sentía Tan desde el suelo, cuando ya todo estaba perdido, una última mano apareció en última instancia, Xavier agarró del brazo derecho a Sarah, aunque no consiguió detener que se precipitase hacia el vacío, eso sí, aun cayendo, Sarah quedó colgando en altura sostenida de la mano de Xavier mientras veía su móvil caer y hacerse añicos al contacto con el suelo del teatro.

De repente la joven se puso a gritar histérica por el pánico de verse en aquella situación tan límite.

A Archer le dio tiempo de reponerse y lanzarse en ayuda de Xavier, a quien empezaba resbalársele el brazo de Sarah, pero el periodista, sacando también gran parte de su cuerpo fuera de la baranda, agarró a Sarah con una fuerza jamás antes ejercida por él, tiró con una potencia sin precedente, y entre ambos consiguieron arrastrar a Sarah hasta la zona segura del palco.

La joven estaba temblando, alterada, histérica.

—¡¿Qué me ha pasado?! —se preguntaba ella mirándose las manos.

—Pero, ¡¿por qué has hecho esta locura?! —preguntó Tan.

—No… no ten… tengo ni idea. —Arrancó a llorar.

El periodista la abrazó con fuerza, estaba sentada en el suelo con las rodillas flexionadas. No sabía qué le había sucedido. Al cabo de unos segundos de no poder articular casi palabra, empezó a hablar de nuevo.

—Ha sido de repente, cuando me han llamado. No ha contestado nadie —relató ella .

—¿Nadie? ¿Y qué has sentido? —preguntó Xavier.

—Ha sido como… como un cambio de voluntad —titubeó.

—Sentías que querías suicidarte y no sabías por qué, ¿verdad? —especuló Xavier.

—Sí, ha sido así.

—¿Estabas consciente?

—Sí, sólo que sentía que tenía que arrojarme al vacío y punto.

—Uf —Xavier agachó la mirada y resopló—, tenemos malas noticias.

—¿Cómo? —preguntó Tan.

—Hay algo que no sabes.

—¡¿Cómo que no sé?! ¡¿De qué va toda esta mierda?! —gritó Tan furioso.

—No pensaba que iba a suceder tan rápido. Al parecer todo se ha precipitado.

¿A qué se refería Xavier? Al parecer sabía algo que le causaba un gran temor, sólo él conocía y se lo podría haber estado reservando todo el tiempo.