CAPÍTULO 60
L a noche hubo caído casi por sorpresa, lo que descorchó otra forma de belleza en la ciudad, ahora las encandiladoras luces bañaban en una tonalidad más cálida las fachadas del entorno. Con el anochecer, la villa emanaba un romanticismo especial.
Paseaban ya hacia el espectáculo, aunque todavía les quedaban unos cuantos metros hasta la entrada del teatro.
Tuvieron que incorporarse a la hilera de personas que esperaba en orden.
Parecía que la función prometía, había una concurrida cola de asistentes que aguardaba acera arriba; generaba una gran expectación.
Aun con abultadas chaquetas, la gente se amontonaba para aminorar la sensación de frío que se hacía paso conforme avanzaba la noche.
Prueba de ello, el murmullo de aquella multitud se transformaba en una nube de vaho que surgía de sus bocas.
Pero, paso a paso, aquella hilera fue siendo engullida por las hambrientas fauces de espectáculo en el Teatro Reina Victoria.
Sarah y Tan también se vieron arrastrados al interior del local del dicharachero presentador Carlos Sobera y, antes de que se dieran cuenta, la multitud les hubo empujado hasta sentarlos en una privilegiada posición del patio de butacas.
Sarah había conseguido unas entradas a muy pocas filas del escenario.
Llamaba la atención aquel tapizado rojo intenso de los asientos que inundaban las cuatro vertiginosas alturas del local, no sería casualidad su elección, ya que cualquier aspecto en escena suele estar meticulosamente medido, y la intensidad de ese tono se debería seguro al significado o sensaciones que evoca en la mente del espectador: excitación, fuerza, éxito, pasión, arrebato…
Sin duda, algo necesario para levantar un estallido de aplausos como el que a la puesta en escena del mentalista iba a producirse.
Y así fue, de pronto, el murmullo ensordecedor de la sala cesó cuando, ya todos acomodados, la luz se desvaneció dejando una misteriosa penumbra que apenas permitía ni distinguir las propias manos.
Archer agarró de la mano a Sarah en aquel fosco, aunque momentáneo silencio, y ella le devolvió una sonrisa que relució en la oscuridad.
Una arcana sintonía de instrumentos de viento se fue haciendo paso, casi sibilinamente, hasta elevarse con tanta potencia que hacía vibrar incluso los huesos de los espectadores, y una voz poderosa retumbaba hasta en los palcos.
«Bienvenidos a una noche de misterio y fenómenos paranormales… ¿Eres normal? Entonces es para ti, porque son “para normales”». Aquella entrada mezclaba un tono desafiante con sentido del humor; era puro Xavier.
Un foco iluminó el centro del escenario, que había estado aguardando completamente oscuro, y en medio del círculo que el cañón de luz dibujaba sobre la tarima… la esbelta fi gura de un hombre de negro, con los brazos en cruz… Era el mentalista.
Toda la sala unisonó exaltada el aplauso de bienvenida y, al cabo de unos segundos, sobre los últimos resquicios de aquella algarabía arrancó su espectáculo.
«Amigos, hoy voy a enseñarles hasta dónde es capaz de alcanzar el poder de la mente.
¿Alguna vez han tenido la sensación de que alguien está dentro de sus cabezas?
Usted —señaló a un hombre calvo que había en primera fila al lado de una mujer—, lleva bastante tiempo casado, ¿verdad?
». El hombre asintió y comentó que llevaba treinta años de matrimonio.
Entonces, Xavier continuó: «Lo sabía, soy mentalista, aunque esto no lo sé por mentalista, lo sé porque lo veo algo dejado.
Seguro que su mujer no sólo le lee la mente, sino que se la domina.
Mire cómo lo tiene atado con correa corta, que ni le ha dejado venir aquí con los amigos».
Aquellas palabras arrancaron una carcajada de todo el público de la sala.
«Vamos a ver… Voy a escoger a una persona de entre el público.
Tú», dijo el mentalista y señaló con vehemencia a una joven.
«¿Cómo te llamas?». La joven le dijo que se llamaba Ana.
El mentalista contestó: «Menos mal que eres mujer porque si no te habrías llamado “Ano”, y así no suena tan bonito.
Pero, en fin, sube un momento al escenario y no tengas miedo de nada, que no quiero ligar contigo, soy gay, estate tranquila, me gusta tu novio».
La gente no podía parar de reír en aquel arranque de show.
Eran bromas y chistes sencillos, pero dichos con una osadía y gracia que lo hacían desternillante.
—Piensa en algo, en lo que quieras, lo primero que te venga en mente— le dijo Xavier a Ana y, de una pequeña mesa negra sobre el escenario, tomó una pizarra en la que empezó a dibujar—.
Mmm… Ya veo… —dibujó como chiste un p ene gigante, y lo mostró al público que arrancó de nuevo a carcajadas—.
¡No, no, eso no! Lo segundo que estabas pensando.
Exacto, eso. —Borró el falo y se puso de nuevo a dibujar, paró con el rotulador y cubrió la pizarra para que nadie la viese—.
¿Puedes decir al público en qué estabas pensando?
—En un barco —confesó Ana.
Xavier giró la pizarra al tiempo que ella hubo revelado su pensamiento y, en efecto, en la pizarra hubo dibujado un barco, lo cual hizo estallar una atronadora ovación.
Aquella fue la línea sobre la que fue discurriendo la función del artista. Fueron varios voluntarios los que se prestaron para el mismo número, y en todos, y en cada uno de ellos, acertó los objetos en que estaban pensando los que se prestaron.
El siguiente número fue de menor duración, pero no el menos impactante.
Se encendió una gigantesca pantalla en el escenario, a espaldas del mentalista, para que el público de hasta el último rincón del palco más alejado no perdiera detalle de lo que estaba a punto de suceder: una fascinante demostración de «poderes paranormales», tal y como así lo acuñaba el propio Xavier.
De la mesa agarró un objeto, era pequeño, pero, gracias a una cámara que enfocaba el primer plano de sus manos, el público consiguió distinguir que aquel utensilio se trataba de un tenedor de metal.
Mientras lo mostraba a la sala dijo: «estáis a punto de ver algo fruto del misterio, de fuerzas ocultas del más acá, porque si fueran del más allá no estarían acá y no lo podríais ver», bufoneó.
Antes de arrancar con el número, quiso asegurarse de que el público no tuviese ninguna duda sobre ello y bajó del escenario, para que varios asistentes lo tocasen con sus propias manos e incluso lo tratasen de doblar, cosa que, pese a intentarlo, no lo consiguió nadie del público, era un acero realmente rígido y resistente.
Y, entonces, después del testeo, volvió al escenario y, con una mirada obsesiva clavada sobre el tenedor que sostenía entre el pulgar y el índice de una mano, acercó la otra mano que temblaba por el esfuerzo físico y mental que se intuía estaba llevando a cabo, arrimó el dedo índice de la mano que quedaba libre, y en apenas cuatro segundos frotando una púa del tenedor, ésta se dobló noventa grados.
Entre el público se oyó un «oh» al unísono.
Todos quedaron boquiabiertos, pero eso no era todo.
Volvió a repetir el mismo ejercicio con las otras tres restantes púas, y el tenedor quedó hecho un drama; cada punta señalaba en una dirección distinta.
Lo mostró en alto y recibió otro merecido e intenso aplauso.
Volvió a bajar del escenario para que no cupiese duda alguna y, una vez más, pidió a distintas personas que comprobasen la dureza de su acero a la orden de: «tratad de doblarlo de todas las maneras». Varios asistentes lo confirmaron en distintos intentos inútiles de doblegarlo con ambas manos.
Nuevamente subió al escenario y quiso llevar aquel espectacular número a otro nivel.
Agarró otra vez el tenedor con las yemas de los dedos, pero esta vez desde la parte más baja de su mango.
En ese instante volvió a fijar aquella mirada magnética sobre el objeto, la mano que lo sostenía temblaba todavía más que antes y, de súbito, sacudió su muñeca una vez…
Resonó otro «oh» más intenso que el anterior, una expresión del público que rozaba la congoja ante lo que acababa de suceder: hubo retorcido el mango del tenedor en tirabuzón sin prácticamente tocarlo .
Y, por si no era suficiente, dio dos golpes más de muñeca que se tradujeron en dos tirabuzones más en el mango. Aquello provocó que el palmoteo de manos que provino de las butacas resonase hasta el exterior del local. Nadie esperaba ver algo tan… sobrehumano.
Después de aquella impresión y congoja que apresó al público, llevó a cabo otros números de lectura de mente con cartas y otros objetos que los voluntarios del público llevaban en sus bolsos y bolsillos.
Luego se acercó a un joven y sin preguntarle nada reprodujo sus pensamientos: «sé lo que pensáis todos y cada uno de vosotros, y tú lo estás pasando mal.
Deja de pensar en… ¿cómo se llama esa morena que no consigues sacarte de la cabeza?
Ah sí, a la que ayer le mandaste un mensaje declarándote…
¡Florine!». Nadie de los allí presentes conocía el secreto de aquel joven, era algo que sólo él sabía; no lo hubo desvelado a ningún familiar ni amigo antes, por lo que, fue tal el impacto emocional que le provocó, que no pudo aguantar que sus ojos se llenasen de lágrimas.
Xavier acababa de apresar el corazón de todos los asistentes en su propio puño, y en especial el del joven, al demostrar su capacidad de poder violar cualquier mente presente.
Pero, para terminar, quiso destensar el ambiente tan frío que había congelado el aliento de los espectadores con su anterior alarde de autoridad mental, así que se dirigió a culminar su espectáculo de una forma más divertida, y, para ello, sacó una pequeña bolsa de tela en la que introdujo cuatro pequeñas bolas de color negro y una bola blanca del mismo tamaño.
Bajó del escenario con aquella bolsa y marchó hacia el patio de butacas para buscar voluntarios.
Conforme los iba seleccionando, les conminaba a que cada uno de ellos introdujese su mano en la bolsa y tomase una bola de la misma sin mostrarla.
Les iba obligando a que mantuviesen el brazo alargado con el puño cerrado ocultando las respectivas bolas.
Y, cuando llevaba ya cuatro voluntarios, su mirada se desvió hacia donde estaban Sarah y Tan, achinó los ojos, pero pasó de largo, aunque, ni un segundo después, reculó y se dirigió a Sarah.
—Por favor, agarra la última bola que queda en la bolsa. ¿La tienes? —preguntó Xavier.
—Sí —contestó Sarah después de escarbar unos segundos en el pequeño saco.
—Bien. Agárrala fuerte. —Clavó los ojos sobre los de Sarah—. ¿La sientes?
—Sí.
—¡Qué gusto! —gimió—. ¿Es más grande o más pequeña que las de tu novio? No hace falta que contestes, soy mentalista y ya lo he visto desnudo —bromeó.
Toda la sala volvía a estallar a carcajadas a pesar de que el rostro de Tan se mostraba impasible, únicamente lo miraba de reojo con cara de circunstancias. Entre los pensamientos del periodista se repetía: «lo que uno tiene que aguantar…».
«Bien. De momento no me interesas», le dijo Xavier a Sarah y marchó a buscar a los otros voluntarios.
De improviso señaló a uno de aquellos y dio un grito inesperado: «¡Tú!
». El joven se sobresaltó y, antes de que se tranquilizase le volvió a gritar: ¡Tú!
¡Tú tienes la bola negra! ¡Muéstrala a todo el mundo!
El joven volteó el puño y abrió la palma de su mano; efectivamente, en ella había una pequeña bola negra. El artista la agarró con delicadeza con las yemas de sus dedos y la mostró a todo el público del teatro y, cómo no, estalló una intensa ovación .
Pero todavía quedaban otros cuatro participantes por descubrir las pequeñas esferas que habían sacado de la bolsa, por lo que podría haber sido un golpe de suerte, así que, del mismo modo que hizo con el primero de ellos, Xavier fue «adivinando» el color de la bola que cada uno tenía en su puño para demostrar que no era cuestión de azar.
Pero, para darle mayor emoción y tensión, dejó a dos de los cinco participantes para el final, los hizo levantarse, una de ellos, cómo no, era Sarah.
Hasta el momento, los tres anteriores concursantes hubieron mostrado bolas negras.
Xavier lo tenía seguramente todo calculado para un final épico, ya que, si de un principio hubiese sacado la bola blanca, la fuerza del número habría decaído.
Como buen controlador, sabía manejar los tiempos a la perfección.
El sonido de la sala se coordinó antes de que el mentalista pronunciase su veredicto, y un intenso redoble de tambores precedió al que iba a ser su mayor bramido…
«¡Tú!» exclamó y señaló a una señora de unos cincuenta años que quedaba de pie con Sarah.
«¡Tú!» insistió. «Bueno, tú no» le dijo a la señora con socarronería; «¡Tú!
» exclamó señalando a Sarah y volvió a gritar: «¡Tú tienes la bola…
!». El redoble se hacía más intenso, no había espectador que no estuviera conteniendo la respiración y tragando saliva.
«¡Así como el dinero va al dinero, el blanco va al blanco!
, y tu tono de piel «guiri» de no tomar el sol —bromeó— me dice…
¡que tú tienes la bola blanca! ¡¡Enseñad las bolas a todo el mundo!
! Vosotras, digo, no el resto de la gente» bromeó de nuevo. «¡¡Las bolas arriba!!».
De nuevo una atronadora ovación estalló dentro de aquella factoría de fantasía al comprobarse que había acertado cada una de las bolas custodiadas por los participantes del público.
Los espectadores quedaron deslumbrados por los giros de guion, humor y misterio que conseguía conjugar el showman de la noche.
Pero, sólo una persona aplaudía con menor efusividad.
Aun sorprendido por las habilidades del mentalista, Tan aplaudía rezagado desde la butaca con cierta indolencia, ya que la desconfianza le impedía falsear el concepto que se había armado de Xavier.
Y fue en aquella última demostración cuando dio por finalizado su espectáculo, ante un público sumergido en un mar de fascinación e inseguridad, por el miedo que les evocaba ser conscientes de que alguien pudiese violar sus secretos más íntimos, sin ningún tipo de pudor ni defensa.
Aunque como era lógico tras cada espectáculo, tras la última ovación de la sala, las butacas fueron poco a poco vaciándose.