CAPÍTULO 59
E n cuanto el día fue cayendo… se acercaba la hora del espectáculo del mentalista.
Sus rostros ya habían dejado de mostrarse desencajados, con lo que se prepararon de nuevo para salir tras una ducha conjunta, como aquella que disfrutaron por primera vez ambos en Londres, en la que el agua caliente no era lo único que ardía al roce con su piel.
El único inconveniente radicaba en la falta de lubricante, así que, después de tanta fricción en aquella jornada, cierta irritación les acompañaría durante varios días para recordar aquel desenfrenado encuentro.
Así, listos, emprendían la salida hacia el Teatro Reina Victoria con otro humor completamente opuesto al de horas atrás, ahora se sentían más unidos que antes, y el paseo hasta el lugar de destino iba a tener algo especial como protagonista: la sonrisa de ambos.
—Un segundo, antes de salir voy a dejar las llaves en la maleta, que me molesta llevarlas encima —comentó Tan y se acercó hasta su equipaje.
—Vale, te espero en el pasillo .
Archer tardaba algo más de lo normal. Simplemente tenía que dejarlas en la maleta, pero parecía que algo no iba bien.
—Amor, ¿ya estás? —preguntó Sarah.
—Un segundo. Por casualidad, ¿has visto el libro? —preguntó él.
—¿La biblia?
—Sí.
—La dejaste dentro de la maleta cuando vino el servicio, amor.
—No está —reiteró Tan nervioso.
En un segundo, el periodista se puso a sacar todas las cosas que tenía dentro del equipaje, a registrar cada esquina de la estancia, debajo de la cama, mesa, sillas…
La habitación pasó en unos segundos de ser una estancia Zen al zoco de Marrakech con toda la ropa y pertenencias repartidas por todas partes.
—Por favor, princesa, ¿puedes mirar en tu maleta, por si me he equivocado?
—Sí, claro. —Sarah regresó al interior de la habitación.
Mientras Tan, acalorado, volvía a poner de nuevo las cosas en su sitio con brusquedad, Sarah tampoco auguraba muy buenas noticias después de rebuscar entre sus cosas.
—Nada de nada —aseguró ella.
—Entonces, ¿cómo ha desaparecido? ¡¿Por obra y gracia del espíritu Santo?! —exclamó Tan encolerizado.
—No sé, nadie ha entrado aquí…
—Excepto el servicio —se avanzó él a decir.
—Sí, pero ¿cómo van a tocar ellos nada?
—Ni idea…
—Espera que llame a recepción, a ver si saben algo —dijo Sarah .
Descolgó el teléfono de la habitación y marcó el código de recepción. Inmediatamente respondió una trabajadora que estaba en el vestíbulo. Sarah le explicó detenidamente la situación y detalló la hora en la que hubo estado limpiando el servicio en la habitación. La chica de recepción respondió:
—No cuelgue, vamos a ver si me puedo poner en contacto con los trabajadores que han subido. A estas horas ya no están aquí porque es otro turno.
—Vale, quedo a la espera —dijo Sarah.
Al cabo de unos segundos se volvió a dirigir a Sarah.
—¿Disculpe?
—Sí —respondió Sarah.
—Mire, acabo de llamar a las dos personas que han subido a la habitación en el día de hoy, pero sus teléfonos salen desconectados.
Dejo nota para que mañana en la mañana, en cuanto vengan, nos puedan aclarar si saben algo, pero, de antemano, le aseguro que jamás hemos tenido ningún inconveniente de este tipo en este hotel, seleccionamos al personal de forma muy minuciosa.
Sería algo inédito que algún miembro de nuestro hotel les hubiera sustraído cualquier objeto.
De todas formas, vamos a poner todo de nuestra parte, y esperemos que aparezca de una u otra forma lo antes posible.
—Vale. Muchas gracias. Pero insista, por favor.
Por suerte, Tan ya hubo sacado del libro, con toda probabilidad, toda la información que necesitaba, incluidas las huellas, pero si alguien más lo andaba buscando para sustraer algún tipo de información sensible como la que Sarah descubrió en sus páginas, mejor no haberlo descuidado solo en la habitación .
—Si alguien piensa que esto es algo casual… Vamos, estoy seguro de que alguien ha entrado aquí y se lo ha llevado —sentenció Tan.
—Después de todo lo que hemos visto…
—Pues sí, pero bueno, espero que no descubran todavía lo que hay oculto en sus páginas y, por supuesto, que sea eso lo único que necesitaban.
Empero la inquietante situación que suponía que alguien hubiera expugnado la intimidad de su habitación para sustraerles la Biblia, no hubo supuesto una conmoción tan impactante como lo vivido en su apartamento.
¿Quién no podía imaginar que alguien supiera de su presencia en el hotel y hubiera pagado a algún miembro del servicio para ello?
«Ojalá todo quedara en eso» murmuró Tan.
—En fin, no vamos a dejar que nada ni nadie nos amargue nuestro día —concluyó el periodista—. Vámonos, y que les aproveche el libro.
—Pues sí —respondió ella más tranquila al percibir la seguridad de su pareja.
—Si me tiene que suceder algo, igual me pasa de la forma más estúpida. Únicamente hay que echar un vistazo a los premios Darwin —comentó Archer.
—¿Premios Darwin?
—¿No los conoces? Son en honor a la estupidez humana. Ejemplos de personas que han perdido la vida de la forma más surreal posible, como el caso de un hombre que fue a comprobar con un mechero si un tanque de gasolina estaba lleno o vacío. En fin, el final ya te lo puedes imaginar.
—Dios…
El periodista empezaba a sentirse «pasado de rosca» por todas las circunstancias que lo hubieron estado sumiendo en un pozo de angustia, por lo que decidió romper emocionalmente con aquella sentencia y disfrutar del momento en pareja.
Desde ese instante estableció un antes y un después en su forma de leer las circunstancias, de ver la vida.
Era una manera de expulsar miedos y demonios afuera.