X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

T uvieron que transcurrir unos cuantos segundos para que, después de inspirar y expirar profundamente, Tan reaccionara.

Pero, para cuando salió tras ella, Sarah ya había desaparecido.

Y allí quedaba él, de nuevo ante Goya y entre dos espigadas columnas de la entrada, mirando hacia cada rincón de sus jardines sin reconocer a Sarah entre ninguna de las tantas personas que deambulaban por la zona.

«Probablemente habría ido a por un taxi» pensó él.

Ya que apenas eran unos quince minutos de distancia desde el museo al hotel, prefirió volver a pie, pensaba que seguro se encontraría en la habitación con ella en algún momento, así que no habría mejor lugar que aquél para acudir, y, de paso, airear las ideas durante el paseo para saber cómo abordar la conversación y no defraudarla más aún.

Aunque él no hubiera tenido ningún affaire con Lisa durante su relación con Sarah, estaba más que justificada la reacción que ella hubo descargado.

Archer entendía a la perfección su enfado; tanto tiempo separados podría llevar a imaginar que pudiese haberse producido algún tipo de infidelidad y, si a ello se le añadiese una sospechosa con nombre…

En fin, que no debía por nada del mundo arrancar una trifulca con ella con frases del tipo: «no veas fantasmas donde no los hay»; eso podría agravar la situación, con lo que le tocaba aguantar el chaparrón por haber estado jugando con fuego.

Durante el camino de vuelta a la habitación fueron muchos los pensamientos que lo descentraban pero, sobre todo, lo que más le preocupaba era la forma en que estaría afectando a Sarah aquella sospecha.

Lo único positivo de aquella discusión iba a ser que, en caso de no encauzarse, evitaría encontrarse con Xavier, pero prefería pasar por ese último trago amargo si ello significaba volver a recuperar la confianza de ella.

Tocaba medirse bien las palabras ante una situación tan extremadamente… delicada.

Sus pasos volvieron a ir cuesta arriba por la carrera de San Jerónimo, no tenía pérdida, simplemente se trataba de andar recto a velocidad de crucero hasta llegar de regreso a donde, horas antes, habían disfrutado de una bienvenida idílica, al parecer, ya olvidada.

No era la misma sensación en sus piernas que la de camino al Prado.

A la vez que iba refunfuñando, conforme se acercaba a Sol, sus tibiales se iban cargando por la intensa velocidad de su andar, lo que le derivaba en un inevitable y tenso apretar de mandíbula.

Incluso tuvo que detenerse un instante cuando se dio cuenta de aquel doloroso efecto fruto del silencioso estrés.

Abrió su boca como león hambriento, pero para descargar la tensión de los maxilares, y agarrándose la cabeza con la mano derecha, aplicó presión hacia el hombro e hizo sonar una traca de crujidos provenientes de sus apretadas cervicales.

Una joven que pasaba por su lado se giró súbitamente y sufrió un escalofrío al oír el escandaloso cuello de Tan, y le comentó: «eso no debe de ser muy bueno».

Pero, como por arte de magia, nada más retumbó aquel sonido espeluznante, el cuerpo de Tan recibió una descarga analgésica, y le contestó: «lo necesitaba; la metadona tampoco es buena pero relaja a los “yonkis”».

Sus hombros se destensaron por completo, y la chica, tras escuchar la bruta contestación de Archer, prosiguió su camino con gesto de aborrecimiento.

Aquel encontronazo vino a evidenciar que el periodista no estaba tampoco de demasiado buen humor; solía contestar de forma impulsiva cuando el viento no lo tenía a su favor.

Llegó al hotel de nuevo, donde, en la entrada, casi tropezó con una pareja que salía con las maletas hacia un taxi que les esperaba en la puerta.

Su cabeza estaba en otro sitio; despistado, ensimismado y superado por el miedo que tenía de llegar a la habitación y no encontrar a Sarah, allí, a la espera de una explicación.

Conforme se iba acercando a la puerta de la habitación, sus piernas y sus manos se pusieron a temblar de tal forma que no podía controlarse.

Un nudo de congoja se le asentó en su garganta cuando, de pie, ante la puerta, trataba de agarrar aire de forma desacompasada, entre espasmos en el pecho y casi sin poder tragar saliva.

Accionó la manecilla de la puerta con lentitud y, al abrirla, un escalofrío le recorrió el pecho.

Un rayo de luz se hacía paso lentamente por el hueco de la puerta cuando ésta se iba abriendo.

Cuando ya estaba de par en par, Tan se emocionó, sus ojos húmedos presenciaron la silueta de Sarah de espaldas.

Estaba agarrando toda su ropa y metiéndola en la maleta.

Era evidente que su actitud tenía una lectura: marcharse de aquel hotel.

¿Hacia dónde? Tal vez «de vuelta al aeropuerto», pensó él.

Archer quedó otra vez plantado, asustado, sin saber cómo reaccionar, como en el museo. Aquella terrible sensación no le dejaba prácticamente ni decir un «hola».

Sarah acabó de empacar su equipaje. Señal de ello fue el sonido agudo de la cremallera de la maleta que resonó en toda la habitación. Finalmente levantó la maleta, extendió el asa y dio media vuelta hacia la salida de la estancia.

A pesar de que Tan estaba completamente bloqueado, se armó de valor y, cuando la joven ya estaba a punto de cruzarse con él sin tan siquiera mirarle a los ojos para salir hacia el ascensor, la frenó de nuevo apoyando la palma de su mano sobre el estómago de ella.

—¿Dónde vas? —preguntó él en voz baja.

Sarah ni contestó. Hizo ademán de querer salir por la puerta de nuevo, sin despegar su mirada del suelo. Él insistió:

—Oye. Que ¿dónde vas?

—Déjame en paz —respondió ella.

—No me da la gana.

—Que te den. —Hizo fuerza hacia delante.

—Por favor. Escúchame, amor —rogó Tan.

—No tengo nada que escuchar, y no me vuelvas a llamar amor. Que te escuche la zorra de esa tal Lisa.

Aunque las respuestas que Sarah le estaba devolviendo no tenían un tono precisamente cariñoso, el hecho de que le estuviera respondiendo de una u otra manera, habría una ventana de esperanza para poder entablar una conversación .

Sarah se sentía totalmente defraudada, e incluso sentía repulsión de pensar que horas atrás se había entregado completamente a una persona que podría haber estado «ensuciando su cuerpo» con cualesquiera otras «fulanas» —pensaba ella— mientras la distancia los hubo estado separando.

—Necesito que me escuches, por favor. Nunca te he fallado —aseguró él—. Me han intentado asesinar dos veces, y cierto es que Lisa estuvo en mi casa, pero no la invité sólo a ella, fue algo casual después de tomar unos vinos en Valencia también con su amiga.

—¿Hay otra chica más? ¡¿Pero qué clase de golfo estás hecho?!

—Leñe, que no. Que iba de vuelta a casa, me había estado escribiendo y, a pesar de haberme negado a quedar con ella, por casualidad —remarcó— la encontré tomando algo con una amiga en una cafetería.

Las dos insistieron que me sentara y, cuando me levanté para volver a casa solo, me acompañaron, se «autoinvitaron» ellas.

Y no pasó nada más. Sí es cierto que subieron a casa y que ella se me insinuó, pero me aparté de inmediato.

Te lo juro —explicó él sosteniéndola con suavidad de los antebrazos.

—No sé, no sé si confiar ya.

—No hay nada que me haga más feliz en el mundo que estar contigo. Jamás te engañaría con otra. Sólo te pido que confíes en mí como hasta ahora, por favor.

Al parecer, su última explicación caló en el corazón de Sarah. Aunque había tomado una decisión drástica de abandonar Madrid en ese mismo instante, en el fondo esperaba que él reaccionase demostrando que la quería. Necesitaba una muestra de amor por su parte para sentirse segura con él .

Su reacción no fue únicamente debido a la irrupción del nombre de Lisa, sino que la aparición de esa chica fue nada más que el detonante de un cúmulo de dudas que no la dejaban conciliar una paz emocional durante todo el tiempo que ambos estaban distanciados.

Era muy duro para ella ver cómo el tiempo y las oportunidades pasaban por simplemente aferrarse a una especie de «amor de verano», de esos que se viven muy intensamente en un tiempo tan breve que no da resquicio a discusión, lo que lo convierte en más idílico todavía, y si a ello se le suma que el corto tiempo fue vivido con intensidad y aventura, una energía fortísima habría atado los sentimientos de uno al otro en un plano supra emocional.

—Eres un imbécil —dijo ella con lágrimas en los ojos, pero con la sonrisa en los labios mientras apoyaba su frente sobre el pecho de Tan.

—Eso no lo pongo en duda, pero un imbécil que está loco por ti.

Sarah se desmoronó con aquellas palabras, y las lágrimas que se deslizaban por su nariz llegaron hasta la camiseta de él, casualmente, dibujaron una mancha con forma de corazón.

Toda la tensión que se hubo acumulado desde la espantada que protagonizó en el museo se disipó en un momento, incluso Tan también perdió más de una lágrima, a pesar de tratar de disimularlo con estoicidad.

¿Cómo iban a echar todo por la borda por una discusión?

Él hizo lo que tuvo que hacer: demostrarle lo que sentía.

Ambos se fundieron en un sentido abrazo.

Los dos se apretujaban con muchísima fuerza, la suficiente para eternizar su unión con ese anhelado gesto.

Y, después del abrazo, sus labios se hicieron uno, se besaban no como cuando estalló la escena de sexo sino con una dulzura especial.

Él acariciaba las mejillas de Sarah y su suave pelo, lo que hacía surtir los efectos en ella como si se hubiera tomado un bromazepam ; relajada, sin ansiedad… ni nerviosismo ni tensión psíquica.

Pasaron horas entre tanta muestra de cariño y desempacando una vez más el equipaje, también les llevaron la comida a la habitación, ya que ni él ni ella tenían la cara como para salir a la calle entre tanto llanto, mejor recomponerse tras un íntimo y abundante banquete con cava incluido.

Al final, todo aquello hubo valido la pena para mantener una relación más reforzada que al principio de la mañana.

Sin duda alguna, había una gran razón en lo que una ex pareja suya le dijo una vez, y que se le quedó grabado en mente: «una relación es como una planta, si no la riegas se marchita y se muere».

Pues bien, toda aquella conversación, aclaraciones, y el amor que se desplegó en la habitación fueron el agua que ayudó a volver a revitalizar la «planta» de la relación que se había ido marchitando con las dudas, la distancia y el tiempo.