CAPÍTULO 57
D espués de aquella última explicación, Ágata echó un vistazo al reloj y le habló en voz baja al director.
—No te preocupes, haz marcha —le dijo Babetto a su compañera.
—Muchas gracias. Bueno, discúlpenme, me tengo que ir ya porque tengo un grupo esperando. —Ágata salió de la sala.
—No sé si tenéis más dudas, pero, si por alguna de aquellas necesitáis cualquier cosa más, o una entrevista, me tenéis a vuestra disposición. —Sacó dos tarjetas de visita y se las entregó a Tan y Sarah.
—Por supuesto, queda pendiente en estos próximos días una entrevista para el FDP.
—Estaré encantado —señaló el director del museo—. Bien, creo que tendrán más cosas que hacer en el día de hoy, si quieren, aprovechen para dar una vuelta por el museo ya que están aquí .
—De momento, lo poco que he visto me ha encantado. Hay otros lugares. Recuerdo, por ejemplo, en el Tate Museum en Londres, donde he estado en varias ocasiones, en los que me cuesta entender su arte —confesó Tan de forma comedida.
—(Risa) El escritor ruso Anton Chéjov dijo en una ocasión algo que creo que compartimos: « las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan » —refirió Babetto para empatizar con Tan.
Así, después de pocas palabras más y haber distendido el ambiente con aquella última ocurrencia, el director, Roberto Babetto, se despidió de ellos con amabilidad. Su gesto destilaba confianza y honestidad, se le vio un hombre bonachón y dedicado.
Mientras tanto, Tan y Sarah dedicaron un buen rato de su tiempo a disfrutar de las maravillas de aquel lugar, o no.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Tan.
—Que ¿qué me ha parecido? —replicó indignada.
—¿Cómo?
—Sí, no disimules. Primero, se te iban los ojos detrás de esa chica, que bien que has buscado el roce con ella, y, segundo, lo que en realidad me duele es que no me hayas mantenido al día de todo lo que está pasando. ¡¿Qué narices es eso de una monja asesina?! —exclamó desconcertada.
—Em… —suspiró profundamente— en fin, te vas a acabar enterando.
—¿Enterando de qué? —insistió preocupada.
—No quería amargarte el viaje ni hacerte sentir insegura. Ya bastante pasaste en Londres por estar conmigo —avanzó Tan cabizbajo.
—Pero ¡dime ya que está pasando !
Sarah estaba a punto de perder los nervios cuando le recordó el incidente de la catedral de Londres.
Su rostro empezaba a adquirir un semblante nada amable, sus ojos, de repente, parecían desquiciados, y en lugar de esperar a que Archer le relatase todo lo ocurrido, le entrecortaba una y otra vez, angustiada, para que fuera al grano y se dejara de eufemismos y circunloquios.
—Déjame que te explique, por favor —rogó Tan, ya nervioso.
—¡Pero ya! —gritó Sarah.
La voz de ella rebotaba por todo el museo debido a la resonante acústica de su galería principal.
Los visitantes que deambulaban por su interior no pudieron evitar torcer sus miradas hacia la pareja debido a aquellos alaridos.
Entonces, Tan la agarró del brazo y le imploró salir para que nadie alrededor supiera de la historia.
Ella, de una brusca sacudida, se deshizo de la mano de Tan que la arrastraba.
Toda su dulzura acababa de desaparecer, su carácter se hubo polarizado y su aspecto no invitaba a ir con rodeos.
—De aquí no me muevo hasta que me lo cuentes —insistió Sarah enfadada, pero en un volumen más moderado.
—Vale… Mira —titubeó—. Han intentado matarme dos veces —confesó Tan.
—¡¿Qué?!
—Tss. Baja la voz, por favor —susurró.
—Pero ¿cómo? ¿cuándo?
En aquel instante, Tan empezó a relatarle lo sucedido con el ascensor y la escena en su apartamento. Pero ella tenía una intuición que estaba a punto de estallar. Era algo que él acababa casi de olvidar, pero le iba a obligar a tener que dar alguna complicada explicación más.
—Saca las llaves —le ordenó Sarah .
—¿Cómo? —dijo Tan estupefacto.
—Las llaves te he dicho. Las tuyas y las que hemos encontrado.
Archer, cariacontecido y paralizado por aquella orden, se quedó unos segundos sin saber cómo reaccionar, estaba sintiendo una intensa presión, pero para eso estaba ella, le insistió a la vez que le echó mano al bolsillo para sacar los juegos de llaves.
Él la frenó ligeramente con un «espera, un segundo», y sacó lo que le estaba exigiendo.
De un zarpazo, Sarah le arrebató los dos juegos.
Se puso a compararlas con los ojos fijos sobre ellas, les daba vueltas y las unía una y otra vez.
Después de analizarlas algo más tiempo, levantó la mirada y preguntó enojada:
—¿Por qué tus llaves son exactamente iguales a las que hemos encontrado en el mercado de San Miguel?
—¡¿Cómo?! —exclamó Tan asustado.
—Que digo que ¿por qué tus llaves son exactamente iguales a las otras? —insistió en un tono casi rabioso.
Archer se hubo quedado sin palabras, pasmado.
No esperaba que aquella remota sospecha se hubiera materializado, y menos en un contexto como el que se estaba dando en ese instante, toda una escena en medio del área 27 rodeados de curiosos y dramáticamente amenazado por la lanza de Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano, sin duda, una señal nada halagüeña para el periodista.
—¿Qué pasa?, que la chica aquella te estaba siguiendo para devolverte las llaves de tu apartamento, ¿verdad? —Sarah le puso bruscamente las llaves sobre el pecho a Tan.
—En serio, no sé por qué ha aparecido una copia idéntica a mis llaves —aseguró Tan mientras las comparaba descolocado .
Evidentemente, la defensa de Tan estaba quedando tocada, ni una legión de los mejores abogados podría sacar al periodista de aquel embrollo en el que, cada vez que Sarah añadía más presunciones, su confianza se desplomaba a mayor velocidad en dirección al foso de su tumba.
Pero, entre los dardos que Sarah le estaba lanzando, una luz se encendió en su mente, aquel perfume, aquel aroma que le llamó tanto la atención a su pareja, era el mismo que se confundió con el aroma de la pólvora a la salida de Atocha; quizás era la misma mujer que acompañaba a la monja, pero y si…
De pronto Tan enmudeció, «¿cómo pudo haber pasado?» pensó. ¡Lisa estuvo en el apartamento de Archer con su otra amiga! ¿La amiga de Lisa habría aprovechado algún despiste para robarle las llaves? O aquel aroma… ¿era exactamente el mismo que el de Lisa?
Tan se echó las manos a la cabeza y se agarró el pelo al tiempo que lamentaba:
—No puede ser. No puede ser.
—¿No puede ser el qué? —replicó Sarah.
—Lisa.
—¡¿Quién demonios es Lisa?!
—Su perfume, era el mismo que te llamó la atención.
Tan empezó a recordar cuando Lisa se le aproximó, cuando notó el calor de sus senos reptando por su torso, y el cuello de ella arrimado a su barbilla, del que se desprendía, ahora sí que recordaba, aquel mismo perfume.
—¡Tú eres un golfo!
—¡Que no, que no! —imploró Tan.
Él la volvió a aguantar del brazo mientras ella hacia ademán de salir disparada.
—Que ¡me dejes en paz! —gritó Sarah .
—¡Escúchame! Que no he tenido nada con Lisa.
—¡Ni me vuelvas a mencionar ese nombre, cerdo!
Tras aquel último calificativo, Tan aflojó la palma de su mano y la dejó marchar. Sarah le dio la espalda y se perdió entre la gente en dirección hacia la salida. Allí quedó él, plantado y en silencio como un obelisco en medio de la nada, mientras veía a su amor alejarse y sin retorno.