CAPÍTULO 56
A l colgar el teléfono, Tan, todavía en estado de choque, se dio la vuelta en el rincón por donde erraba, se acercó parpadeando y con el pulso de manos trémulo. Casi sin poder articular palabra le iba a anunciar aquella bomba al director del museo, que permanecía expectante.
—La monja… —balbuceó Tan.
—¿Cómo? —preguntaron al unísono Babetto y Sarah.
—La monja es la asesina —reveló el periodista.
Ninguno de los dos sabía a qué se refería Tan.
No les había detallado hasta ese momento la verdadera historia tras la que se hallaba investigando.
Aunque cuando recuperó su aliento les puso al día acerca de todo.
Pero el director, incrédulo, aunque pasmado, no podía imaginar qué tenía que ver un asesinato a cuatrocientos quilómetros con el asalto al museo, y aún así, no pudo evitar formularle alguna pregunta.
—Y, ¿quién es y cómo se llama esa supuesta «monja asesina»? —inquirió Babetto con cierta reticencia .
—La ayudante del prelado. La que le asiste en la sacristía.
—¿Y su nombre? —insistió.
—No lo sé —lamentó Tan.
—Pues sin su nombre será difícil hacerse con ella, digo yo.
Sarah estaba algo desconcertada, no esperaba que se estuviera abriendo una investigación por asesinato sin saber nada de ello, lo que la hacía sentir algo inquieta y malcarada.
Pensaba que Tan le contaría todo al detalle, por lo que en breve le esperaba al periodista una conversación en la que darle explicaciones a la joven.
A pesar de su estado, se mantuvo discreta ante la presencia del director del museo.
Entonces, a Archer le vino en mente la conversación que mantuvo el día antes con Victoria sobre la obra del artista en cuestión.
—Me comentó un contacto que en los cuadros de el Bosco se esconden mensajes y profecías… —El periodista achinó sus ojos y preguntó a Babetto con gran interés—: ¿Qué mensaje podría ocultar esa pintura?
—Vaya… —espetó el director sorprendido—. No esperaba una conversación de este calibre. Denme un segundo —Se apartó, sacó su teléfono e hizo una breve llamada.
Al colgar se volvió a dirigir a Sarah y Tan.
Les explicó que acababa de llamar a una compañera del museo para que les ilustrase con mayor lujo de detalles sobre la obra del autor.
Entonces, al cabo de un instante apareció una joven que, por su aspecto, debería haberse graduado no mucho tiempo atrás.
—Les presento a Ágata. Nadie mejor que ella les podrá detallar lo que requieran de El Bosco. Se graduó en historia del arte antes de lo habitual y sacó su doctorado en torno a la obra de ese artista.
—Un placer, Ágata. Mi nombre es Tan .
Sarah arqueó ligeramente las cejas al ver lo rápido que Tan se presentó a aquella experta en arte de piel tostada y busto generoso.
—Este caballero es periodista del FDP de Londres y anda tras una investigación para la que necesita de tu conocimiento, Ágata —le avanzó Babetto.
—¡Anda! Qué privilegio poder atenderos —comentó Ágata dirigiendo su mirada a ambos—. Y, ¿en qué os puedo ser de ayuda?
—En alguna cosa que otra —aseguró Tan ante la celosa mirada de Sarah—. Te comento. Por lo que nos ha informado el señor Babetto, la pintura tras la que andamos es la Mesa de los pecados capitales , pero necesitamos conocer qué mensaje alberga la obra —insistió.
—Mmm… Justo es una de sus obras más controvertidas —señaló la experta.
—¿Y eso?
—Digamos que hay algunos holandeses que se hacen llamar expertos en arte, y que aprovecharon, si se puede decir así, la confianza que les dimos en este museo para trabajar sobre esta obra. Usaron esa oportunidad para intentar perjudicar al museo del Prado con difamaciones.
—¿En qué sentido? —preguntó Tan mientras el director asentía.
—En concreto, vinieron a decir que no se trata de una obra de Hieronymus Bosch. Que se trataba de un trabajo de alguno de sus alumnos. ¡Por favor! —desairó.
—¿Y qué se buscaba con eso?
—Pues, teniendo en cuenta que pertenece a la exposición más visitada, pretenderían debilitar su auge desmembrándola, de entre otras, de esta obra maestra.
—Es un tanto retorcido, ¿no ?
—Y tanto —confirmó Ágata—. Cierto es que, en el siglo XV, la autoría no era lo que prevalecía ni tampoco fue posible datarla por dendrocronología al ser un óleo pintado sobre madera de chopo.
La gente entonces no disfrutaba de la firma de un cuadro sino del arte; de la excelencia y magnitud del mismo.
Eso de los ídolos es algo que llega más hacia el siglo XIX, aunque por el estilo, las vestimentas, la cromática y el contenido es indudable que estamos ante una de las pinturas de El Bosco.
Son reseñables las palabras de Felipe II sobre este autor, que aseguraba que «conseguía representar a los hombres no como querían ser, sino como eran en realidad».
Pero bien —se frotó las manos—, a lo que vamos, que será lo que probablemente más os interese: los mensajes de la obra.
—Se agradecería —murmuró Sarah.
—Perfecto, en el centro de la obra —sacó el móvil para mostrar la imagen del cuadro—, como podéis ver, se encuentra Cristo con las vestimentas después de salir de su tumba, es decir, resucitado, que es casi que el momento más importante de la historia de Jesús al margen de la crucifixión.
Pero su postura no es meramente circunstancial, sino que tiene un peso muy importante, ya que su mirada se dirige a todo el mundo que se enfrenta a su imagen.
Además, si os fijáis en los círculos que lo rodean, se representaría como el centro del sol por los rayos que de él se desprenden y por su color dorado, al mismo tiempo que forma un ojo, por la pupila que dibuja también.
O sea, nos lanza un mensaje directamente a los ojos, nos ilumina y nos vigila.
—No es muy tranquilizador —bromeó Tan.
—Para nada, más bien lo contrario —sonrió Ágata—, de hecho, en la parte periférica se presentan en círculo siete escenas que representan los siete pecados capitales: la ira, la lujuria, la envidia, la avaricia, la gula, la pereza y la soberbia; es decir, los males de la humanidad.
Así, Santo Tomás de Aquino afirmó que, de los siete vicios capitales, como así los llamaba él, y detallados por el Papa Gregorio I en el siglo VI, nacen todo el resto de vicios.
Como curiosidad, Tomás de Aquino aseguraba que el adjetivo «capital» tenía su origen en la palabra latina «caput», que venía a significar «asno»; una referencia a la deshumanización por dejarse llevar por el vicio.
—Amplió el zoom de la imagen— Y, en las esquinas, ¿veis?
, cuatro escenas más; son las postrimerías de la vida a la que se enfrenta cualquier ser humano: la muerte, el juicio final y el infierno en contraposición a la gloria.
—Al menos describía una remota esperanza entre tanta perturbación —ironizó Tan y se acercó a la pantalla del móvil rozando hombro con hombro con Ágata—. Pero ¿qué son esos mensajes ilegibles?
Archer se estaba fijando en una serie de misteriosas inscripciones que le eran enrevesadamente ilegibles por la tipografía e idioma en que estaban pintadas, las mismas que no hubo conseguido poder leer en el lomo del libro por el tamaño y movimiento de las páginas.
—Sí, se trata de unos pasajes escritos con tipografía gótica y en latín, de ahí su relativa compleja lectura —puntualizó Ágata con cierta guasa—.
Son tres inscripciones principales aparte de las menciones a los pecados.
En el de la zona superior escribe en latín « Gens absque consilio est et sine prudenti, utinam saperent et intelligerent ac novissima providerent », cuya traducción se entiende como «porque son un pueblo que no tiene ninguna comprensión ni visión, si fueran inteligentes entenderían esto y se prepararían para su fin».
Es un pasaje como anota el autor del libro bíblico del Deuteronomio 32:28-29, y en la parte inferior, otro versículo de Deuteronomio 32:20.
—Espera un segundo. ¿Puedes repetírmelo? —rogó Tan.
Archer, atraído por aquella información de la que pretendería extraer algún tipo de jugo relacionado, sacó el teléfono para anotar los versículos bíblicos que se transcribían en aquella mesa.
—¿Qué más dice? —preguntó Tan después de anotar.
—Pues en la parte inferior queda escrito el texto « Abscondam faciem meam ab eis: et considerabo novissima eorum », cuya traducción sería: «yo esconderé mi rostro de ellos: y veré cuál será su fin».
—Uf. Sólo de escucharlo se me eriza el pelo.
El periodista acababa de quedarse casi sin aliento al escuchar aquella frase tan apocalíptica.
Después de pensar en los «incidentes» que hubo conseguido «esquivar», como la caída del ascensor en el Ateneo o la deflagración en su propio apartamento, de los cuales no quedó rastro de autor alguno, ya que se habían perpetrado desde la ocultación y el anonimato —como si de trampas para alimañas se tratasen—, no pudo evitar el paso al desasosiego, a esa inquietud por inseguridad ante una fuerza invisible capaz de actuar en cualquier momento.
Sentía el miedo de un niño abandonado en un bosque plagado de bestias y maleza en noche cerrada, pero no podía ni debía mostrar síntomas de debilidad ante Sarah, se sentía en la obligación de hacerla sentir segura, como que todo estuviera bajo control, así que, emulando prestancia, preguntó:
—¿Y en el centro de la imagen?
—Es, digamos que…, el mensaje principal. En él cita: « CAVE CAVE DOMINUS VIDET ».
—¿Y significa ?
—«Cuidado cuidado, Dios está mirando».
—¿ Dominus ? ¿Dónde lo pone? —preguntó Tan al no ver la palabra.
—Disculpa. Lo que pasa es que, para abreviar, como en los otros mensajes, en este reza « DUS » en lugar de DOMINUS —aclaró Ágata.
—Ah, vale. Ya decía…
Sin saber si fue por estar en el centro, o por tener la mirada de Cristo de frente sobre aquella inscripción, aquel último mensaje se le quedó grabado a Tan en la retina.
La sensación de sentirse vigilado y juzgado en todo momento tensaba los músculos de sus manos y sus dedos, como si una repentina artritis le hubiera atacado.