X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

P olítica aparte, el objetivo de la pareja —no el de los leones, sino el de Sarah y Tan— iba dirigido, además de a consultar en el museo sobre aquella misteriosa imagen, a que alguien les ilustrase sobre algo más, para de tal manera se pudiera resolver un misterio que venía ahondando en aquella búsqueda.

Ambos se encontraban algo fatigados, aunque las ganas de aprovechar el tiempo les hacía sacar fuerzas de lo más profundo.

Había que tener en cuenta que, después de un largo viaje para los dos, también tuvieron una extenuante y húmeda actividad en la habitación, lo que provocaba que, de vez en cuando, sus rodillas se tambaleasen durante el transcurso por aquella ruidosa calle, donde la vibración del martillo mecánico de unos obreros, que abrían una zanja en la calzada, retumbaba con crueldad entre sus articulaciones.

—Uf. No veas cómo tengo los pies —aquejó Sarah.

—Te entiendo… —respondió Tan y la miró de forma pícara—. Bueno, no te preocupes, ya llegamos casi. Por suerte, hoy no es entrada gratuita .

—¿Por suerte?

—Sí. Si no la cola que habría daría la vuelta al museo.

—Visto así… —Sonrió Sarah.

Finalmente, atravesaron una transitada explanada gobernada por el dios Neptuno, en cuyo brazo albino se enroscaba una culebra, y en el otro sostenía un afilado tridente sobre un carruaje con forma de concha marina arrastrado por dos hipocampos, tras los que llegaron hasta las puertas del museo, el cual permanecía vigilado desde unas escalinatas, por la estatua de un estirado e inmortal Goya que alardeaba elegante sobre sus aquelarres y la atrevida Maja desnuda .

Aquella era la antesala que daba la bienvenida a todo un centro de arte mundial inundado por el verde de sus jardines y por la vida que, en aquel día, se movía incesantemente en todo su entorno, ataviado de gente esperando entrada bajo una hilera de sombrillas.

Pero ni corto ni perezoso, Tan, con cierta osadía, quiso tomar el camino más corto hacia la pinacoteca, por lo que marchó directo hasta la zona donde aguardaba el acceso y, allí, un vigilante uniformado y con semblante serio frenó el paso de la pareja.

—No pueden saltar la cola —exhortó el vigilante.

—Disculpe, pero no venimos de visita. Venimos para poder hablar con algún responsable —apuntó Tan.

Acto seguido, Tan se echó mano a la cartera y sacó su carné de periodista, en cuyo plástico, además de su juvenil fotografía, aparecía el imponente logotipo del FDP. Las siglas de aquella cabecera disponían de un prestigio internacional difícilmente despreciables.

—Un segundo. —El vigilante se puso de espaldas, accionó el pinganillo de su radio y murmuró—: Tengo en la entrada un periodista de un periódico de Londres que quiere que le atiendan.

—Recibió una contestación a los pocos segundos y se volvió a girar hacia Tan y Sarah— Espérense un momento, ahora les atenderá un responsable.

—Muchas gracias. En otros museos no hay tanto control. Te cuelas y punto —bromeó Tan.

—Esto es el museo del Prado —sentenció el vigilante.

—Supongo que será por lo del robo —insinuó el periodista.

El vigilante lo miró de reojo sin cara de demasiados amigos después de aquel comentario. Al parecer, el asalto al museo estaba todavía presente en la moral de los trabajadores, y no era objeto de bromas entre ellos.

No tardó mucho tiempo en aparecer por la puerta un hombre de algo más de sesenta años de edad. Se encaró primero hacia el vigilante, con quien tuvo unas palabras aparte y, después de que éste le dirigiese con una mirada de reojo hacia Sarah y Tan, se acercó a ellos.

—Buenos días, soy Roberto Babetto —dijo aquel hombre con dificultad a la hora de pronunciar la «erre»—, director del museo. ¿Qué les trae por aquí?

—Muchas gracias por atendernos. Quería formular alguna consulta. ¿Podría ser en un lugar más tranquilo? —preguntó Tan.

—Por supuesto —el director miró hacia los lados y le hizo un gesto al vigilante indicando que «todo controlado»—. Vamos dentro.

Anduvieron sin prisas con aquel hombre tranquilo unos cuantos pasos hacia el interior de la pinacoteca, donde se escuchaba un tímido murmullo de los visitantes que allí dentro no osaban a alzar la voz por la resonancia de la iluminada y abovedada sala .

Eran muchos los que quedaban postrados frente a pinturas y retablos, inspeccionaban hasta casi rozar con la nariz los más minúsculos trazos de las obras de arte que colgaban de sus paredes. Tal vez buscaban encontrar la magia de los artistas en la dirección de sus pinceladas.

—Un poco más y acabarán besando los cuadros —bromeó Tan.

—Sin duda. La verdad que son dignos de ello. ¿Han venido muchas veces al Prado? —preguntó el director en tono parsimonioso.

—Sinceramente… esta es la primera vez.

—Bueno, es una gran oportunidad para admirar su arte.

Como dijo el pintor Antonio Saura, «el Prado es la mayor concentración de obras maestras por metro cuadrado que existe en el mundo».

Aquí tenemos grandes colecciones a partir de la revolución artística del quattrocento , como Pedro Berruguete y Juan de Flandes, que trajeron a Castilla la influencia del renacimiento con la luz, el espacio y la perspectiva.

—Ya veo. Todo un espectáculo de detalle y colores —contestó Sarah en voz baja y admirando la infinidad de obras.

—Así es. Esta casa es una fuente de inspiración de artistas. Toda una colección de pintores admirados por pintores.

—Imposible negar la mayor —afirmó Tan.

—Aunque no estamos atravesando el mejor momento. Supongo que, siendo periodista, habrá venido por lo del robo. Un suceso histórico como este está atrayendo la atención de toda la prensa.

Sin haberles consultado les hubo conducido justo hasta una sala más oscura, estaba cerrada al público y completamente vacía. La única luz que entraba en su interior provenía de las pequeñas lámparas que colgaban del techo.

—Esta es la sala 56A, supongo que querrá tomar unas fotos con este aspecto tan insólitamente vacuo. Ha pasado de ser la colección más visitada a desaparecer de un plumazo.

Se trataba de la sala donde, hasta hacía nada, estaba expuesta la arrebatada colección de retablos de El Bosco.

Pero Tan no se hubo acercado hasta allí para investigar el robo, ya que lo que más le preocupaba en aquel momento era resolver el misterio que se desprendía del lomo dorado del libro.

Entonces sacó su móvil y, antes de ponerse a tomar algunas fotos oportunistas de la sala expoliada, hizo ademán de mostrarle al director la foto de la pintura que escondía el lateral del libro.

—En realidad no hemos venido por el tema del robo.

Estoy tras la investigación de un asesinato y, aunque parezca remota la relación entre el crimen y esto que le estoy mostrando, no puedo desechar ninguna posibilidad por improbable que parezca.

—Archer tragó saliva, y apeló a Babetto mostrando la pantalla del móvil —: Necesito que me resuelva cuál es esta obra.

—¿En serio? —El director soltó una breve pero irónica carcajada.

—Sí. ¿Sucede algo? —respondió Archer desconcertado.

—Algo sucede, sí…

Archer no entendía el porqué de la reacción tan inesperada de Babetto. ¿Acaso hubo dicho algo incorrecto? ¿Cuál era el sentido del desaire del director?

—Veo que no ha prestado mucha atención al robo —dijo el director con sus característicos problemas de pronunciación de la erre .

—No me dirá que esta obra está… ¡¿entre las robadas?! —exclamó Tan a la espera de una caprichosa respuesta afirmativa.

—Así es. Se trata de la Mesa de los pecados capitales de El Bosco.

Archer, al igual que Sarah, se acababa de quedar atónito tras el escalofrío que aquella respuesta inyectó en todo su cuerpo.

No había pelo que no se le hubiera erizado, su piel amanecía como un campo de juncos y espadañas.

¿Cómo era posible que justo la pintura que aparecía en el libro iba a ser una de las sustraídas? ¿Qué relación guardaría todo aquello?

Antes de que hubieran terminado la conversación con el señor Babetto, el teléfono de Tan se puso a vibrar intensamente. Era la llamada de Gallardo.

—Discúlpeme, Roberto, pero debo contestar. Será un segundo —rogó Tan.

—Sin ningún problema —contestó el director.

Obviamente, a tenor del descubrimiento, Roberto Babetto estaba igual o más interesado en el porqué de aquella búsqueda tras la que iba el periodista, ya que un hecho de tal magnitud no iba a ser una mera coincidencia.

Tal vez podrían estar a punto de descubrir quién y por qué se habría llevado aquella colección.

—¿Novedades? —preguntó Tan al descolgar.

—Parece que hay algo —contestó Gallardo.

En aquel instante, como acto reflejo guiado por los nervios, Tan se puso a deambular con el teléfono pegado a la oreja, inquieto, por los rincones de aquella sala desmantelada, mientras escuchaba la respuesta que su compañero estaba a punto de detonar.

—No sé cómo lo habrás hecho, pero… la prueba ha dado positivo —anunció Gallardo .

—¡¿Cómo?! —exclamó Tan.

Archer no acababa de asimilar con precisión, al momento de aquella notificación, la envergadura que iba a tomar la situación en unos segundos, la multitud de tentáculos que iban a conectar hechos de historias manifiestamente dispares en un mismo móvil.

Roberto Babetto, que permanecía con Sarah intercambiando impresiones sobre cómo hubieron descubierto aquella pintura en el lomo del libro, no le quitaba el ojo de encima a Tan a raíz del estallido de su exclamación. Intuía que estaría a punto de acercarle alguna noticia de su interés.

Gallardo le acababa de corroborar a Tan que las últimas huellas mandadas a cotejar, las impregnadas en la cubierta de la biblia, eran exactamente las mismas halladas en el abrecartas que se habría usado como arma para el cruel asesinato en la catedral.

Las huellas que correspondían a la mano de la monja catacaldos, que sostenía con recelo aquel libro durante el viaje a Madrid, en el que se escondía la imagen de una obra robada y una nota que venía a sugerir que en ello se ocultaba un secreto aún mayor.

Archer empezaba a sospechar que aquella religiosa sanguinaria podría tener algo que ver con el robo de las obras de el Bosco.

Tampoco olvidaba la gran incógnita, la que escondía cuál sería el secreto.