X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

E ntonces Sarah abrió la puerta y una pareja estaba esperando en el pasillo, eran una mujer y un hombre que, al parecer, iban a limpiar el habitáculo, debido a que no hubieron dejado el cartel de «no molestar» en la manecilla de la puerta. Y ya que estaban ahí, tampoco les iban a hacer esperar.

—Amor, vámonos mientras lo ordenan todo —propuso Sarah.

—Perfecto —respondió Tan y le ofreció a los del servicio una propina de diez euros para que se esmerasen a fondo.

—Muchas gracias —dijo el aparente botones que acompañaba a la mujer de la limpieza, impolutamente de blanco ella, y el joven, de voz gruesa, vestido de negro y rojo.

También la mujer de aquella pareja de trabajadores agradeció la propina y, de inmediato se pusieron a faenar la habitación.

Primero hubo salido Sarah por la puerta, mientras de espaldas él les había estado extendiendo el billete a los trabajadores.

Antes de que Archer se diese la vuelta para acompañarla, Sarah gritó fuerte asustada y se oyó un golpe acto seguido, lo que hizo que Tan, alarmado, tornase su cuello de inmediato hacia ella.

Estaba en el pasillo de la planta donde quedaba la puerta de su habitación con las manos en el pecho y los ojos fuera de órbita, sobresaltada por algo que todavía la mantenía sin aliento.

—¡¿Qué ha pasado?? —exclamó Tan preocupado asomándose a la puerta.

—Menudo susto me acabo de llevar, amor. —Expiró ella.

—¿Qué ha sido ese golpe?

—Que he salido por la puerta y, sin darme cuenta se cruzaba aquel señor de espaldas, me lo he comido de lleno —relató ella con el dedo indicando hacia un hombre vestido de negro que se alejaba por el corredor.

Todo quedó en un inocente susto, por lo que Tan y Sarah marcharon para continuar con sus planes previstos, el periodista cargaba consigo una pequeña bandolera de piel en la que llevaba las cosas de más valor como la documentación y el pesado lote de monedas de dos euros.

Pero, antes de abandonar el lugar, se acercó un momento a recepción y le cuchicheó algo a la persona que estaba allí en su puesto, por lo que no se pudo saber bien de qué se trataba aquello que le dijo a aquel joven que lo atendió tras el mostrador.

Salieron de nuevo del hotel con el objetivo de asistir al museo del Prado, hacia donde apenas tenían que andar unos escuetos quince minutos por la pomposa Carrera de San Jerónimo.

El tráfico de taxis y autobuses era incesante, lo que hacía que ambos tuvieran que levantar la voz mientras se hablaban el uno al otro.

Pero no muchos pasos más adelante, después de sobrepasar el Palacio del Marqués de Miraflores —nada que ver con el desquiciado pastor de Miraflores que asesinó al grito de «yo por mis corderos, ¡mato!

»— se encontraron con un lugar que le atrajo la atención a Sarah, su fachada destacaba por los motivos cerámicos que la decoraban.

—¡Qué chulada, amor! —dijo Sarah señalando el edificio.

—Sí. Parece cerámica de Manises.

Se trataba del edificio del Teatro Reina Victoria, como así se podía leer de forma prominente en la cornisa que resguardaba su entrada. Su frontal alardeaba unas banderas infinitamente alargadas y carteles enormes anunciando las obras que allí se estaban interpretando durante esos días.

—Podríamos venir esta noche a ver qué tal —propuso Sarah, de quien se podía intuir la inmensa ilusión que le provocaba tal plan por el encendido brillo de sus ojos.

—¡Por supuesto! —exclamó Tan—. Veamos que programación tienen para hoy.

Ambos se quedaron ojeando la parte de la fachada donde se anunciaban las actuaciones y, rápido, Sarah se fijó en un espectáculo que la atrajo con intensidad, era un show titulado: «Misterios Paranormales».

En la imagen de aquel cartel aparecía una intrigante silueta oscura.

La cara quedaba tan sombreada que, únicamente, se podían distinguir los ojos penetrantes del protagonista del anuncio.

El cartel no contenía mucha más información más que la hora de las ocho de la tarde, que era cuando se iba a estrenar.

Ah, también había una frase a modo de subtítulo, la cual desnortó súbitamente a Tan nada más leerla.

¿No había más cosas en las que fijarse Sarah? Justo tuvo que ser aquel cartel.

—Mira lo que pone, amor: Déjate atrapar por el poder de la mente con …

—¡¿Xavier?! —exclamó Tan estupefacto .

Efectivamente, entre las sombras de la cara del protagonista del cartel se podía intuir que aquella figura se correspondía a la del mentalista que lo hubo «asaltado» en el cajero del banco.

—Sí, eso pone. ¿Lo has visto alguna vez? —preguntó ella.

—Que… ¿si lo he visto? —exhaló Tan con cierta ironía y arrugó la frente—. Sí, mi vida.

—Ah, fenomenal. ¿Y qué tal es?

—Como artista no lo sé, en persona… un misterio.

—Pues entonces lo conoces personalmente. ¡Qué nivel!

—Causalidades de la vida… —apostilló Tan y se encogió de hombros.

—No se diga más, ¡mira!

En ese mismo instante Sarah sacó su móvil y después de unos segundos tecleando anunció:

—Acabo de comprar las entradas por internet, así veremos a tu amigo —dijo ella con enorme ilusión.

Archer se había cuidado en todo momento de aquel personaje tan misterioso, de que no supiese cuáles eran sus pasos en cada momento por precaución, pero, de un plumazo, parecía que iban a encontrarse de la forma más inopinada.

¿Cómo iba a negarle Tan a Sarah acudir a aquel espectáculo?

De lo contrario se la jugaba a que se pusiera a refunfuñar, y tampoco quería alterarla con demasiadas historias.

Así, aunque la zozobra hacía mella en Tan por tan sólo pensar en la presencia del mentalista —también durante su escapada a la capital—, la dirección de sus pasos prosiguió por aquella mítica calle de duques y marqueses, en la que en los portales de sus edificios y comercios reinaban un tono sucio polvoriento y centenares de pintadas de gamberros que no llegaban a «grafiteros»; sus no muy diestras manos habían dejado hecha unos zorros la vía .

Pero no muchos más pasos adelante, aquel camino se abría a ojos de ambos para recibir toda una explosión de luz y vistas ajardinadas ante la presencia de Daoíz y Velarde a su mano izquierda, se trataba de los dos leones protectores del Congreso que, por la dirección de sus miradas, podrían ser más bien Hipómenes y Atalanta, dos personajes mitológicos griegos convertidos en leones y condenados a no mirarse; metáfora de lo que vendría aconteciendo en el polarizado interior de aquel parlamento.